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miércoles, 31 de enero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXXIII: Cliqui cliqui

Hoy le toca el turno a una app de entrega de comida a domicilio. No sé muy bien cómo voy a conseguir darle una extensión adecuada al post porque, en realidad, no hay demasiado texto. Simplemente cantan. La peculiaridad de todo esto es que, quienes cantan, son los alimentos.

Sí, los alimentos. Creo que ya he comentado en alguna ocasión que me da mucha grima cuando en los anuncios/pelis/lo que sea, ponen a hablar o cantar a los animales. Lo que no me esperaba era tener que ver cantar también a objetos inanimados. En este caso no me da grima pero el resultado es bastante WTF.

Para que todos podamos seguir el ritmillo, han elegido la melodía de “Mister Sandman” de las Chordettes.

La cosa parece que empieza normal cuando vemos a un grupo de gente sentada a un sofá y uno de ellos toma el móvil en su mano. Pero acto seguido, el móvil (a quien han dibujado ojos y manitas) empieza a canturrear, animándonos a descargar la aplicación mientras un taco mexicano le hace los coros. Se van sumando a la fiesta unas patatas gajo, unos noodles, una tortilla de patatas (¿alguien pide tortilla de patatas en una aplicación de comida a domicilio?), una hamburguesa, y un flan con nata que nos canta lo rápido que hacen las entregas. No quiero imaginarme cómo puede llegar a nuestro hogar un flan con nata después de un viaje en moto.  Hay que aclarar que a todos ellos les han dibujado también ojos y manos, para darles mayor expresividad.

También nos recomiendan sushi para el resacón. No sé si será porque yo casi nunca bebo (y, cuando lo hago, lo hago con moderación porque tantos años viendo anuncios han hecho mella en mí) pero creo que nunca se me hubiese ocurrido comer sushi estando de resaca. Luego sale una pizza con cara de mafiosa (ahí, sin estereotipos) que nos recomienda  una peli mala, manta y siesta. Desconozco por qué la peli tiene que ser mala. Supongo que será para tener menos cargo de conciencia si te quedas frito.

Finalmente, todos a coro nos dicen que hagamos “cliqui, cliqui” y ya podemos elegir nuestra comida preferida. Dicen “cliqui” en vez de “click” porque era la única forma que tenían de hacer que rimase con el nombre de la app, aunque fuese con calzador.

Y, una vez que se ve que se han decidido a hacer “cliqui, cliqui”, vemos en la puerta al motero con su casco y la bolsa de comida en la mano, haciendo “bom, bom, bom, bom…” para continuar el ritmillo atrapante. Porque no me negaréis que, a estas alturas, todos estamos moviendo el piececito.

Y ahí nos dejan, sin tener muy claro qué leches acabamos de ver y recordando vagamente la película “La fiesta de las salchichas”. No sé si después de esto a alguien le entran ganas de pedir comida a domicilio porque yo me imagino a mi cena cantando y ya no me dan ganas de comérmela.

lunes, 29 de enero de 2018

Crónicas Felinas CCXL: Deteniendo el tiempo

Marameowww!!!

La semana pasada, la bruja llegó a casa como tres horas más tarde de lo que suele llegar porque tuvo que hacer unos recados al salir de trabajar. Convenció al consorte de que la acompañara, lo que significa que nos tuvieron abandonados como doce horas en casa, sin un triste grano de pienso que llevarnos a la boca, al borde de la inanición y sin siquiera pedir disculpas cuando por fin regresaron porque ellos son así, unos seres maleducados por naturaleza, que se creen los dueños del mundo sin caer en la cuenta de que los verdaderos amos y señores somos nosotros. Pero no sufráis, porque la venganza estaba por venir.

Ya sabéis que ella es muy de horarios por lo que, el hecho de haber llegado tarde, le desbarató todos los planes. Sin embargo, hay que reconocer que, si una habilidad tiene en esta vida (seguramente la única porque no la llamó el Señor por el camino del virtuosismo) es la de ser multitarea, como un robot de cocina aunque, dadas sus escasas dotes culinarias, probablemente éste sea el peor símil que se pueda utilizar. De esta manera, consiguió, simultáneamente, hablar por webcam con su tío, responder los comentarios del blog y chatear con una compañera de trabajo. Que quede entre nosotros pero tiene su mérito.

Como se le hacía tarde, terminó estas tres acciones y decidió irse a duchar, preparar la ropa para el día siguiente y posteriormente cenar para irse a dormir e iniciar una nueva jornada a las cinco y cuarto de la mañana siguiente. Pero como yo estaba enfurruñado por el abandono al que me había visto sometido ese día, no pensaba ponérselo tan fácil, por lo que me dediqué a correr por la casa tirando cosas y colándome en cuanta habitación abría, a fin de hacerle perder minutos y los nervios al mismo tiempo (porque yo también soy multitarea,  a ver qué os pensáis).

Pena que con las zarpas no sea yo capaz de sujetar una cámara de vídeo, porque hubiese sido muy interesante dejar constancia para la posteridad de la cara de loca que se le ponía cada vez que intentaba hacer la más mínima tarea y yo entraba corriendo en la habitación o me colaba en el armario. También aproveché, una vez que me hube colado en la habitación del ordenador, a esconderme bajo el escritorio y patalear con las patas traseras cuando ella intentaba sacarme de ahí, convirtiéndola en testigo impotente de cómo los minutos corrían por el reloj, sin manera posible de ganar algo de tiempo.  

Así que, queridos felinos (y algún cánido) que me leéis, he aquí mi consejo del día: Si veis que vuestros humanos tienen prisa por el motivo que sea, dedicad vuestro mayor esfuerzo a ralentizar todo lo posible sus tareas. Convertíos en un obstáculo infranqueable, lo que viene siendo un “grano en las  posaderas” y ya veréis cómo se doblegan a vuestra voluntad.

Ahora se lo piensa dos veces antes de dejarnos abandonados tanto tiempo.

Prrrrrr.

jueves, 25 de enero de 2018

Tacones cercanos

Exposición Manolo Blahnik Madrid
Decidme si no es una monada
Hoy vengo con un post cultural. Bueno, cultural. Tampoco para tirar cohetes. Digamos que es una recomendación para quienes seáis tan frívolas como una servidora.

Hace un par de semanas, el churri y yo quedamos con mi amiga S. y su chico porque teníamos plan. Bueno, más que plan, teníamos planes, ya que quedamos juntos pero después nos dividimos. Los machotes se fueron a la exposición de Star Wars en el Edificio Telefónica, que creo que ya no está, por si acaso os interesaba ir… yo siempre con noticias frescas. Mientras tanto, las dulces y delicadas féminas nos fuimos a ver zapatos a la exposición de Manolo Blahnik en el Museo Nacional de Artes Decorativas (Calle de Montalbán, 12, Madrid).  Ésta está hasta el 8 de marzo, así que estáis a tiempo todavía.

Llegamos a la puerta y yo no daba crédito. Había una cola como de media hora para entrar. Creo que jamás había visto tanta afluencia de gente para ver una exposición. Se ve que hay más fetichistas de los zapatos de los que yo me imaginaba. La gente iba pasando de a grupitos y, justo cuando nos iba a tocar, cortaron la fila para dejarnos a S. y a mí en el siguiente grupo. Como S. está preñadísima de la muerte, adelantó un poco su prominente barriga para hacerla más visible y el señor vigilante nos dijo “pasad”. Pues va a ser que estar embarazada tiene sus ventajas, oye.

Yo me imaginaba una exposición más pequeñita pero abarca una planta y media del museo y hay
Exposición Manolo Blahnik Madrid
No sé si el tacón será muy cómodo
pero lo que es moda...
zapatos para aburrir. Si me seguís desde hace tiempo, sabréis que toda la vida he querido tener unos, así que yo tenía fuertes tentaciones de romper las vitrinas y llevármelos todos. Estaban desparejados pero siempre puedes ponerte un modelo en cada pie e ir creando tendencia. A lo mejor si S. hubiese vuelto a marcar barriga se hubiesen apiadado de nosotras y nos hubiesen dejado llevar alguno; si es que no sabemos aprovechar.

Nosotras babeábamos fuerte, dejando surcos sobre los cristales, y el chico de S. empezó a mandar mensajitos preguntando si nos quedaba mucho, porque era evidente que ellos habían terminado antes (se fueron a ver juegos a una tienda, ya hartos de esperarnos). Nosotras mentíamos cual bellacas diciendo que ya nos quedaba poquito. Nos quedó poquito como tres veces más mientras seguíamos sacando fotos de cuanto zapato llamaba nuestra atención, que eran casi todos (si alguien me roba el móvil va a pensar que tengo una zapatería).

Cuando por fin fue cierto que habíamos terminado, nos juntamos los cuatro a comer porque en eso sí que coincidimos. Ya seas freaky o frívolo, hay que alimentarse para seguir frikeando o frivolizando a gusto.

Os dejo algunas fotitos (siento la mala calidad pero las saqué con el móvil sin pensar en que tal vez me diera por compartirlas en el blog, así que son un poco churro, la verdad).

¿Y vosotros? ¿Os hubieseis unido al grupo freaky o al grupo frívolo?

Exposición Manolo Blahnik Madrid
Un modelo "elfa de los bosques" que me encantó.

Exposición Manolo Blahnik Madrid
La foto es un espanto pero estos fueron mis favoritos, por lejos (encima, es el modelo "Madrid" ¿Qué más quiero?)

Exposición Manolo Blahnik Madrid
Mirad estos, qué peluditos para el invierno.

Exposición Manolo Blahnik Madrid
Una bota inspirada en los samurais. Yo es que lo quería todo.

miércoles, 24 de enero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXXII: Extrañas técnicas de ligue

Vemos a una chica cepillándose los dientes con fruición. Dedica tanta energía a sacar brillo a sus piños, que se va a desgastar el esmalte. A continuación, la vemos correr para alcanzar un tren que amenaza con abandonar la estación. Mientras corre, sonríe. No sé vosotros pero lo que yo menos hago cuando persigo un medio de transporte público es sonreír. Más bien pongo cara de agonía y voy suplicando en bajito “No te vayas, no te vayas”. Si es un medio de transporte donde el conductor sea capaz de verme, hasta le pongo carita de pena.

Nos encontramos ya dentro del tren. De cercanías, supongo, porque la gente va apelotonada y nunca he visto esto en un tren de larga distancia. Para el caso es lo mismo porque el destino es lo de menos. Lo que nos interesan son los pasajeros. La chica (a quien se ve que la técnica de la sonrisita le ha funcionado) va de pie con cierta cara de hastío. Detecto aquí una cierta incongruencia, ya que el momento idóneo para sonreír era éste, cuando ya se ha hecho con el triunfo y ha conseguido ascender al ferrocarril.

En uno de los asientos, una niñita. Lleva en la mano una marioneta que hace ruidito al abrir y cerrar la boca como esos juguetes para perros que tienen un pito que suena al apretarlo. Vamos, que es un sonido de lo más molesto. Una vez más, la paradoja hace acto de presencia y la chica se pone a hacerle cucamonerías y caras raras a la niña. Caras muy raras. Abre y cierra la boca como un pez fuera del agua, infla los carrillos, pone bizcos los ojos… Vamos, una monada de chica. A todo esto, la niña se ríe y la chica mira de reojo sobre su hombro izquierdo. Resulta que allí hay un chico. No le veo nada del otro mundo pero supongo que el anuncio intenta representar que el chico en cuestión es guapo. La chica, muerta de vergüenza, retoma la compostura y se pone muy seriecita a mirar al infinito.

El chico la mira y también sonríe con unos dientes de anuncio (ah, que es un anuncio, vale). Ella no puede evitar reírse porque parece que tiene cierta tendencia a reírse en situaciones incómodas. La voz en off nos pregunta si estamos preparadas para el chico perfecto. Vamos, que porque tiene la dentadura sana ya no puede ser un psicópata ni un maltratador ni un depravado ni tonto del bote ni uno que nos ponga los cuernos y nos haga “de sufrí”. Tiene los dientes sanos y eso es lo que importa, como en los caballos.

Volvemos a ver a la chica cepillándose los dientes y ahí nos cuentan las maravillas del dentífrico que usa para ligar en los trenes.

La escena del día anterior se repite. Vuelve a subir a un tren abarrotado de gente y, en un frenazo ¿con quién creéis que se choca? A mí me hubiera molado que se chocara con la niña de la marioneta, a ver si acaba con el peluche metido en la boca (la chica, no la niña, no soy tan cruel) pero como esta es una historia de amor al más puro estilo de peli de sobremesa del domingo, habéis acertado. Es el chico de la dentadura nívea.

Por los altavoces se anuncia que el tren va a estar parado un buen rato y ellos se ríen, como dos alelados. Que sí, que ligar está muy bien  pero ya podían haberse dado los teléfonos y no sacrificar llegar tarde al trabajo, digo yo.

P.S. Esto me recuerda algo que me pasó en un metro imitando a una rata pero me da palo contarlo; y, como sois malas personas, sé que me lo pediréis.

P.S.2 Me ha quedado más largo de lo normal pero es que no quiero sacrificar nada. No tiene desperdicio.

P.S.3 Que no, que ya os dejo en paz, en serio.

lunes, 22 de enero de 2018

Crónicas Felinas CCXXXIX: Aprovechando las adversidades

Como os contaba aquí, la bruja y el consorte me compraron una fuente porque, según el veterinario, la razón de mi leve deshidratación se debía al hecho de que sólo bebía agua del grifo, a menos que ya fuera causa de fuerza mayor, en cuyo caso me resignaba a beber del plato. Digo “me compraron” porque Munchkin sigue terne en sus trece con eso de no aceptar los avances tecnológicos y continúa aferrado a las tradiciones, bebiendo de su platito naranja de toda la vida.

Si os leísteis la entrada en su momento (y si no, os la leéis ahora, ya que me he tomado el trabajo de enlazarla; a ver si os creéis que voy a hacerlo todo por vosotros), recordaréis que comenté que el cacharro salpicaba agua y, como consecuencia de ello, la cocina tenía un charquito constante en las inmediaciones de la fuente. Como querían poner remedio a dicha circunstancia, entraron a un famoso portal de venta por Internet (ese donde puedes comprar desde un tenedor hasta una réplica a tamaño real del Apolo XIII) y compraron una especie de alfombrita verde turquesa (no me preguntéis por qué motivo; a la bruja le dio con que tenía que ser verde turquesa porque no hay quien la aguante desde que ve programas de decoración) con huellitas de gato estampadas. Muy mona, sí. Pero poco práctica.

Porque la alfombrita es así como “mullidita” y, por ende, absorbe el agua. Sí, vale, ya sé que la idea era que absorbiera el agua para que no se formara un charco en la cocina pero el tema es que, al quedar ensopada de agua, yo decidí que ya no quería beber de la fuente porque me negaba en redondo a estar apoyando las patitas en esa superficie tan desagradable. Así que hicieron un pan como unas tortas y ahora tienen una alfombrita abandonada a su suerte junto a otros trastos mientras piensan si le pueden buscar alguna otra utilidad.

Como quitaron la alfombrita, yo he vuelto a beber de la fuente y, además, he descubierto algo muy útil. Como la fuente salpica (cosa que ya ha quedado sobradamente explicada en este post y el anterior), al beber me mojo el pechito y, como el suelo está mojado, también el rabo. Por lo que he llegado a la conclusión de que la tarea ideal a realizar después de beber es ir a pedirle mimos a la bruja. Mimos intensos, de esos en los que me restriego bien.  Como ella es incapaz de negarme un mimo porque está muy necesitada de cariño (supongo que el hecho de ser una bruja sin sentimientos no ayuda a la hora de conseguir que la gente te quiera), hace de tripas corazón y se aguanta el repelús cuando yo me restriego todo mojado sobre su cara y su ropa. Pero le veo la cara y sé que, en el fondo, está sufriendo cosa mala.

En verano le dará más igual pero ahora en invierno es un entretenimiento maravilloso.

Prrrrrr.

jueves, 18 de enero de 2018

Me mola pasarlo mal

Estas vacaciones dediqué muchas horas a jugar juegos de ordenador. Es algo que hago habitualmente porque, como ya he comentado alguna vez, soy una freaky de las aventuras gráficas pero en vacaciones me desmeleno y soy capaz de estar ahí todo el día, dale que te pego.

Había aprovechado las ofertas de Halloween en una conocida plataforma de juegos que no mencionaré para no hacer publicidad (a menos que me ofrezcan juegos gratis, que una tiene sus principios pero ya se sabe que los principios son una cosa muy frágil) y, por ende, poseía un montón de juegos de miedo que aún no había tenido oportunidad de jugar por motivos absurdos como tener que ducharme, trabajar para comer y demás bobadas.

Así que, en cuanto me vi con unos días libres, opté por sumergirme de lleno en mis aventuras terroríficas. Tengo que decir que, a estas alturas, he jugado tanto que ya no suelen provocarme más que un ligero nerviosismo pero hubo una, una en concreto, que no podía jugar más de un capítulo diario por el estado de tensión permanente al que me veía sometida. Tanto es así, que siempre terminaba con dolor de espalda y de mandíbula, de tanto encogerme y apretar los dientes. Hacía años que no pasaba tanto miedo con un juego (hay que decir que era más walking simulator que aventura gráfica en sí misma), por lo que los últimos capítulos los jugué con el pobre churri al lado para darme apoyo moral.

A lo que voy con esto es a que, en un momento de susto bestial, Forlán me miró con cara de extrañeza y me dio por pensar que los animales nunca pasan miedo a propósito. Si algo les asusta, huyen del peligro para estar tranquilitos en otro sitio. El ser humano es algo muy extraño. Sé que no todos somos iguales pero a muchos nos mola pasar miedo o practicar deportes donde nos jugamos la vida. Aclaro que este último no es mi caso porque me va el peligro pero en un entorno controlado; tan valiente no soy y a eso hay que sumarle que soy muy vaga y todo lo que empiece con “deporte” sea de riesgo o no, sí que me da miedo de verdad. 

Leí alguna vez que eso tiene que ver con la adrenalina. Parece que hay gente que tiene unos niveles de adrenalina más bien bajos y necesita “chutes” para sentirse más vivo o qué sé yo. No sé si será mi caso pero el asunto es que me mola eso de pasar miedo. Lo paso fatal, pero cuando termina la experiencia, ya sea de caer en picado en una montaña rusa o de recorrer una casa llena de sustos, y se me pasa el tembleque, lo recuerdo como una experiencia maravillosa.

Si alguno de vosotros es tan raruno como yo, os diré que el juego es “Layers of Fear” y no pasaba tanto miedo con un juego desde “Dark Fall”. Y ha llovido bastante desde entonces.

miércoles, 17 de enero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXXI: Yo no rememoro nada

De esta gente creo que ya escribí en alguna ocasión pero es que no dejan de sorprenderme; cada vez que sacan un anuncio es más raro que el anterior y así no hay quien pare con ellos.

Se trata de anuncios de ambientadores. Cada uno forma parte de una serie donde se tratan diversos “valores” o sensaciones o no sé muy bien cómo describirlo. Para muestra, dos botones.

En uno de ellos, vemos a una mujer colocando con mimo sobre una mesa un marco con una foto. En la foto, se aprecia a una pareja de unos sesenta años. A continuación, regula la intensidad de la fragancia del ambientador que tiene enchufado. Viene la pareja de la mujer en cuestión, se toman de las manos y él parece infundirle ánimos. La voz en off nos habla de expectativas por que todo salga bien y que hay que respirar profundamente y mantenerse unidos. En esto, suena el timbre, los dos se acercan a abrir la puerta y en el descansillo está la pareja de la foto de antes. Todos se abrazan y, en la pantalla, vemos sobreimpresa la palabra “valor” y nos informan que la marca de ambientadores tiene una fragancia para eso.

Ehhhhh. No entiendo nada. Columbro que los señores mayores son los suegros de la chica y que ese día se van a conocer. Por la escena inicial, me da a mí que esa foto de los papis del muchacho no suele estar ahí en esa mesita. La ponen para hacer el paripé y estoy segura de que piensan retirarla una vez que salgan por la puerta. Sea como fuere, ¿tanto miedo por conocer a los suegros? ¿En serio es necesario respirar profundamente y tomarse de las manos para armarse de valor? Como no sea porque los suegros sean unos conocidos asesinos en serie, no sé a qué viene tanto alboroto. Y que el ambientador vaya a influir en algo en todo ese proceso ya me parece todavía más increíble.

Os cuento otro, no os preocupéis. En éste, una mujer le da un toquecito al ambientador del baño y se queda ahí, oliendo su aroma con cara de alelada. Nos enseñan un flashback, donde ella se recuerda paseando de la mano con su maridito mientras lleva un ramo de flores en la mano. El maridito en cuestión entra al baño mientras ella se mira el espejo. Va sin afeitar y en pijama y, tras él, entran dos niños alborotando y dando saltitos. Pero nos recuerdan esa sensación de seguir sintiéndote en tu luna de miel diez años después. Es la complicidad y, cómo no, tienen una fragancia para eso también. No sé vosotros pero a mí el ambientador del baño nunca me ha traído maravillosos recuerdos de paseos con el churri. Mucho menos si después lo veo recién levantado porque nadie (absolutamente nadie) está guapo recién levantado. 

Lo mismo en el hotel donde pasaron la luna de miel usaban el mismo ambientador de baño porque no me lo explico. 

lunes, 15 de enero de 2018

Crónicas Felinas CCXXXVIII: El lado equivocado

Marrameowww!!!

Vengo hoy con un nuevo tutorial para gatos principiantes porque hacía mucho que no daba consejos acerca de cómo desquiciar a un humano.

En este nuestro hogar hay puertas que suelen estar cerradas. La de invitados nos está vetada de forma indefinida porque la bruja dice que arañamos el sofá-cama y, encima, lo llenamos de pelos y que qué va a pasar si pernocta allí algún alérgico. Así que en esa me cuelo siempre que puedo cuando la bruja entra a por la tabla de planchar o la escalera de mano (porque, aparte de cuarto de invitados, es trastero; que sepáis que si algún día os quedáis a dormir en casa de la bruja vais a dormir rodeados de cacharros que la bruja nunca sabe dónde meter).

Después tenemos las que están abiertas constantemente: La cocina, nuestro baño (tenemos baño privado como corresponde a gatos de nuestra alcurnia y si algún felino que me lea no tiene, ya está tardando en exigirlo), el salón porque la bruja ya da por perdido el sofá y el dormitorio principal, aunque este último a veces se cierra para que la bruja pueda dormir a pierna suelta y Munchkin no la despierte pidiendo comida a las tres de la mañana.

Luego hay otras en las que sí nos dejan entrar pero sólo cuando hay vigilancia humana. Estas son: El baño de los humanos y la habitación donde el consorte frikea en el ordenador. Ahí  es donde yo quería llegar. Puedo comprender que estén cerradas cuando no hay nadie (me fastidia, pero bueno, ya me he acostumbrado a este hecho) pero, habiendo gente en casa, no sé por qué a veces se encierran en la habitación del ordenador o en el baño y no me dejan entrar. Dice el consorte no sé qué de que ya he tirado el router al suelo unas cuantas veces pero son puras falacias.

Si se da el caso de que un humano se encierra en una habitación, yo supongo que debe ser porque dentro tiene que estar haciendo algo muy interesante. Así que maúllo para que me dejen entrar. Maúllo mucho. Seguro que hasta los vecinos se enteran de que estoy intentando acceder a algún área de la casa. Así que al rato, hartos de escucharme, me abren y vuelven a cerrar para que no entre también el imberbe, porque dicen que es más fácil controlar a un gato que a dos. Y, según cierran la puerta, yo entonces imagino que Munchkin debe estar disfrutando a solas de una aventura sin igual y, por tanto, empiezo a maullar para salir hasta que me abren.

Este proceso, queridos compañeros felinos, puede repetirse tantas veces como sea necesario hasta que vuestros humanos se desesperen o hasta que os dé sueño y os vayáis a dormir la siesta.

Si entremedias os da hambre, también podéis comenzar a maullar para que os alimenten pero recordando que, sea cual sea el lado de la puerta del que os encontréis, siempre será el lado equivocado.

Prrrrrr.

jueves, 11 de enero de 2018

La media docena

El pasado 9 de enero este blog cumplió seis añitos (tendría que ir planteándome enviarlo ya a primaria). Así que, como estaréis imaginando, hoy me toca ponerme un poco moñas.

El 9 de enero de 2012, fecha inaugural del blog, contaba yo con treinta y tres añitos. La edad de Cristo, dicen. Me sentía yo ya mayor pero ahora, que ando rozando los cuarenta, pienso que quién los pillara. Habrá quien diga que gané en experiencia y en madurez pero me da a mí que ni lo uno ni lo otro. En fin, esta reflexión la dejaremos para mi post cumpleañero. Centrémonos en el blog.

Seis años para un blog son mucha tela. Leí hace tiempo que la esperanza media de vida de un blog son cinco meses, así que, si me paro a calcular un poco, he multiplicado por 14 esa esperanza de vida. Ni tan mal, oye. El mérito no es mío, sin embargo. Bueno, vale, he conseguido vencer mi habitual inconstancia y me he mantenido aquí al pie del cañón, que alguna flor a mí misma también tendré que echarme pero el motivo principal por el que esto siga vivo sois vosotros. Me gusta escribir; eso está claro. Pero, si sólo fuera por el placer de darle a la tecla, guardaría mis divagaciones en el disco duro de mi portátil rosa-divino de la muerte- que me tiene loquita de amor y nadie se enteraría de mis tonterías. Cuando una persona decide abrir un blog es porque quiere abrir una ventanita al mundo. Y si a esa ventanita no se asoma nadie, pues para qué seguir, la verdad. Este no es un blog multitudinario; no me siguen miles de personas ni me paran por la calle para pedirme fotos (¿a algún blogger le pasa eso o es algo reservado exclusivamente a los youtubers?) pero, si de algo me enorgullezco, es de tener un público muy fiel. Estáis ahí siempre. Hay nicks que aparecen en los comentarios desde el principio de los tiempos y nunca (pero nunca, nunca) podré agradecer lo suficiente esa fidelidad. Me encanta responder vuestros comentarios, me encanta pasearme por vuestras casitas y me encanta formar parte de esta comunidad tan chula que se ha ido formando a lo largo de los años. Una comunidad donde siempre ha primado el buen rollo, donde no he tenido problemas de trolls ni de haters ni de nada (supongo que el hecho de tener un perfil bajo ayuda en ese sentido) y que ha pasado a formar parte de mi vida, como una segunda familia virtual (algunos no tan virtuales a estas alturas, que las tardes de cañitas con algunos de vosotros son impagables).

Mil gracias a todos por estar ahí un añito más y, a los que lleguéis este año (si llegan), os doy la bienvenida y espero que aquí os sintáis como en casa porque este es un blog para sacudirnos un poco las tragedias cotidianas y echarnos unas risas, que buena falta nos hacen a veces. 

miércoles, 10 de enero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXX: ¿Anfitrión perfecto o inútil redomado?

Vamos hoy con el primer anuncio pesadillesco del año. Realmente lo vi el año pasado pero qué importa. Qué exigentes sois.

Me ha parecido apropiado traer este anuncio tras las fiestas navideñas ya que en muchas casas la gente se embarca en tareas culinarias titánicas que hacen desfallecer al más pintado. No es mi caso, como ya os comentó Forlán el lunes.

Lo primero que vemos es a un hombre haciendo cola en la pescadería, con su numerito en la mano y cantando una versión aggiornada de “Se acabó” de María Jiménez. En ella se queja de tener que hacer cola. Posteriormente, lo vemos ya en su casa, con el pescado crudo colocado sobre un plato. Sujeta el plato con ambas manos y mira al pescado fijamente a los ojos. Desconozco si es porque no sabe muy bien qué hacer con él o si pretende hipnotizarlo para que se cocine solo. Después de haberle mantenido fija la mirada (y sin reírse, lo cual tiene mucho mérito) recorre con su vista toda la anatomía del pescado y pone cara de asquito. En la canción nos explican que eso es porque no es muy fan de limpiar y soportar olores. Sí, es lo que tiene, el pescado huele a pescado. Qué vamos a hacerle.

Después vemos a una mujer con cara de estar sufriendo mogollón (como dato curioso diré que tengo una camiseta igual a la suya pero en turquesa; no viene a cuento pero me gusta contaros mi vida y el contenido de mi armario). En su mano derecha sujeta en alto un pulpo. Con la izquierda, le toca los tentáculos. Una vez más no sé si es porque no sabe cocinarlo o si está preguntándose si ponerle unos bigudíes o hacerle un peinado afro.

Después vemos a otra, muy peripuesta ella, con un vaquerito y una camisa blanca de rayas limpiando mejillones. Es el atuendo ideal para limpiar mejillones o realizar cualquier otra tarea doméstica. Yo para limpiar el baño suelo ponerme un little black dress, porque leí en la Cosmo que es una vestimenta ideal para cualquier evento. Encima, se corta con el cuchillo; va a poner fina la camisa clarita.

Pero el sufrimiento de toda esta gente termina porque, por suerte, ahora venden pescado, cefalópodos y moluscos en una práctica cazuela de plástico que metes al microondas y al poquito ya estás disfrutando. Los vemos sentados a la mesa con cara de estar de lo más contentos. Rico no sé si estará porque, lo que es comer, no veo comer a nadie. Tampoco sé qué ha pasado con la fashion victim de los mejillones porque en la mesa no la veo.

En definitiva, que para las próximas fiestas os planteéis si vale la pena pasar tanta penuria o si preferís ofrecer a vuestros invitados una cazuela de plástico recalentada al microondas. Seguramente perderéis puntos como anfitriones pero ganaréis en salud mental. Y, si no, pues contratáis un catering sin contárselo a nadie y aquí no ha pasado nada. 

lunes, 8 de enero de 2018

Crónicas Felinas CCXXXVII: La No Navidad

Marrameowww!!!

Un año más que me toca estrenar. La bruja es una vaga y bien que le gusta despedirse pero no tiene lo que hay que tener para retomar. Se ve que prefiere recibir los comentarios del estilo “Pásatelo muy bien, disfruta de las vacas”, que tener que andar dando explicaciones por la ausencia. Ya os lo digo yo. No hay explicación que valga. Os dejó abandonados de mala manera; para que luego digáis que le tenéis estima.

Las fiestas pasaron en Bruja’s Manor sin pena ni gloria. Este año no ha habido viaje a Albacete ni hemos recibido visitas, así que el “banquete” navideño fue compartido entre la bruja, el consorte… y ya. La bruja y el consorte. A nosotros nos cayeron apenas dos trocitos de queso y un poco de salmón ahumado. Eso no es banquete ni es nada.

De los petardos ni hablaré porque al final digo lo mismo todos los años. A ver, seres humanos, los animalitos sufrimos mucho con ese ruido insoportable. Demostrad vuestra alegría soltando al aire farolillos chinos o algo y dejad nuestros órganos auditivos en paz. Si es que no aprendéis.

De regalos ni hablamos tampoco porque no nos cayó nada. También hay que decir que la bruja y el consorte tampoco se regalaron nada entre ellos porque son unos sosos y unos vagos a los que les da pereza salir a comprar regalos. Que digo yo que, en la era de Internet, eso ya debería dejar de ser una excusa pero se vuelven de lo más tradicionales cuando les conviene.

Si a todo esto le sumamos que no adornan la casa porque: 1) La bruja tiene el espíritu navideño en el mismo sitio que el instinto maternal y 2) Saben que, gracias a nosotros, poner espumillón, bolas y demás cosas brillantes en este nuestro hogar no  serviría más que para despertarse a las tres de la mañana con un estruendo infernal de adornos haciéndose añicos; pues entonces ya podemos llegar a la conclusión de que las así llamadas “Fiestas Navideñas” en esta casa ni son fiestas ni son navideñas ni son nada más que una simple excusa para inflarse  a comida que nosotros no pudimos ni catar y para comer uvas viendo a un señor con capa en la tele. Bueno, el consorte come uvas. La bruja las va acumulando en los carrillos hasta quedar con cara de hámster e irlas masticando y tragando como buenamente puede después de haber sonado la decimosegunda campanada. Luego se extrañará de por qué no se le cumplen los deseos. Y eso que este año compró uvas sin pepitas pero concluyó que no le gustan. Se ve que el sabor de lo transgénico no es lo que más le gusta en esta vida.

Pues nada, que después de esta “No Navidad” seguimos aquí. Espero que vuestras fiestas hayan estado más entretenidas que las de este par de sosos, que hayáis tenido regalitos y que en vuestro barrio la gente sea civilizada y no haya tirado petardos.

Prrrrrr.