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jueves, 22 de febrero de 2018

Envidias culinarias

La semana pasada al churri le tocó turno de tarde en el trabajo. Eso significa que ni nos vimos en toda la semana. Bueno, sí nos vimos pero en estado catatónico porque, cuando yo me iba a trabajar, él estaba más que frito y, cuando él volvía, la que roncaba como un cerdo dormía angelicalmente era yo.

Los viernes tenemos la costumbre de pedir hamburguesas a domicilio. Es nuestro momento de comer porquerías, dando por iniciado un fin de semana de desenfreno y poco aprecio por nuestra salud. Por tanto, los viernes que él sale de trabajar a las once de la noche, yo lo espero en casa (medio en coma, pero lo espero) y él me llama cuando está a un par de paradas de casa para que yo vaya haciendo el pedido y así el señor hamburguesero llegue más o menos al mismo tiempo que el churri.

El caso es que el viernes pasado se quedó terminando unas cosas y salió más tarde, por lo que me dijo que mejor se pasaba él directamente por la hamburguesería y las traía. Nos pusimos a mirar cuánto tardaba el autobús que tenía que tomar para ir al local y después venir andando con las hamburguesas y vimos con horror que el último bus ya había pasado. Gentilmente se ofreció a ir andando desde el metro hasta la hamburguesería y desde ahí volver para casa. No es que quede en el quinto pino pero entre la ida y la vuelta es un paseo y me dio como penita. Así que le dije que yo no me había comido lo del mediodía (consistente en pescado con calabaza y judías verdes) porque me había comido un pincho de tortilla en el trabajo y había vuelto sin hambre, por lo que yo podía cenar eso y le pregunté si él tenía algo para cenar. Dijo que sí, que algo encontraría, por lo que quedamos en eso.

Me sentí muy buena persona por haber renunciado generosamente a mi hamburguesa con tal de que él pudiera llegar antes a casa y no anduviese pateando todo el barrio con este frío. Lo malo fue que, cuando él llegó, yo me calenté mi pescado y él para cenar se sacó unos cuantos quesos y pan tostado y se preparó ahí un picoteo maravilloso en un momento. No desmerezco en absoluto el pescadito y la verdura pero confieso que lo miraba de reojo con bastante envidia porque él sí estaba comiendo cosas con grasa y yo ahí con mi pescadito y mi calabaza. Hasta les daba queso a los gatos, a quienes yo miraba con mucho recelo. En una de estas me preguntó “¿Quieres un trocito de queso?”. Contesté que no, evidentemente. Mi orgullo me hizo fingir que estaba yo de lo más a gusto comiendo comida sana pero en mi fuero interno esperaba que el queso le diera estreñimiento o algo.

El sábado pedimos hamburguesa porque yo tenía que desquitarme.

La mía la pedí con doble de queso.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXXVI: La Pollock de los cereales

Una vez más, el anuncio que buscaba sólo lo he encontrado en versión italiana. Creo que mi operador de Internet cada día me da ip´s más extrañas pero como, en realidad, es exactamente el mismo anuncio que vi en España pero en italiano, me ha valido para poder destriparlo. A ver si os creéis que me voy a dejar amilanar por algo tan tonto como una pequeña barrera idiomática.

A esta marca de cereales ya la he traído más de una vez a esta sección pero se ve que no se cansan de hacer cosas raras. En esta ocasión, un letrero nos anuncia que nos va a enseñar “El arte del desayuno”, sea lo que sea eso.

Según nos cuenta la voz en off, el desayuno es un arte y, con estos cereales puedes decidir tú mismo qué crear. Las imágenes nos muestran a una chica observando de cerca un copo de avena (o de lo que sea eso) muy de cerca; como buscando en él las respuestas a todos los misterios de la vida. El plano se abre y vemos que está en el medio de un montón de hileras de frutas, yogur y otras cosas que no atino a ver que son. Es decir, es como si ella fuese el sol y desde sus pies saliesen los rayos, formados por cuenquitos.

Ahí se vuelve un poco loca. Toma en sus manos una caja de cereales y vierte su contenido sobre los tazones en un movimiento de barrido. Es como Pollock pero en versión culinaria. Los copos de cereal vuelan libres hasta que caen sobre el yogur, la fruta y demás cosas, creando un contraste de colores (y sabores) que harían las delicias de cualquier crítico (no sé si de arte o de cocina, pero crítico al fin y al cabo).

Luego sale un tío que está buenísimo echando copos con las manos en un cuenco. No hace nada especial. Pero no lleva camiseta, así que no me molesta en absoluto su presencia. La miel desafía la ley de la gravedad, subiendo desde no sé bien dónde en hilillos como estalagmitas.

Luego, en una copa con más yogur, cereales y fruta, la chica del principio pone una mora en lo alto del todo, como coronando su obra maestra y nos dicen que la creatividad se desarrolla con el arte de estos cereales.

Luego la vemos de pie con un tazón en la mano, comiendo a dos carrillos. Un tazón que habrá recogido del suelo, supongo. Vemos que el sol entra a raudales por la ventana y es ahí cuando comprendo cómo esta muchacha se levanta tan inspirada. No tiene que empezar su jornada a las cinco de la mañana como una servidora. Porque os puedo asegurar que a las cinco de la mañana toda mi creatividad se limita a poner café y leche en una taza y calentarla en el microondas.

Cuando entraba a trabajar a las tres de la tarde, hasta tostadas me hacía. Era toda una artista. 

lunes, 19 de febrero de 2018

Crónicas Felinas CCXLIII: El significado de los sueños

Marrameowww!!!

Pese a que soy de buen dormir, como todo buen gato que se precie, tengo que decir que últimamente, no sé si por la edad, estoy teniendo sueños muy raros. No especificaré cuáles porque prefiero que los humanos sigan haciendo sus elucubraciones intentando adivinar qué será lo que sueño pero os cuento lo que ellos ven, para que vosotros también podáis establecer vuestras teorías y así me echo unas risas.

Tenemos un castillito que os enseñé inicialmente en este post. Con el tiempo ha ido perdiendo pisos porque nos hemos ido cargando palotes de esos, a base de dar saltos sobre su superficie pero a día de hoy aún sobreviven las dos cestitas, aunque colocadas a una altura más baja. Munchkin y yo hemos decidido de común acuerdo (o tras unos cuantos zarpazos de lucha territorial, no lo recuerdo bien) que a mí me corresponde la cestita más alta y a él la más baja. Esto es algo evidente si tenemos en cuenta que el rey de la casa soy yo. No voy a dejar que cualquier advenedizo venga a usurparme el trono.

Pues bien, hace ya algunos días que estamos los dos durmiendo plácidamente, cada uno en su cestita, cuando yo de repente me despierto dando maullidos, bajo a la plataforma central (en la nueva disposición del castillito, la cestita de Munchkin queda directamente sobre la plataforma y la mía donde antes estaba la cuevita, para que os hagáis una idea) y muerdo al imberbe en el cuello, que suele despertarse sobresaltado y mirarme fijamente como preguntado “¿A ti qué leches te pasa y por qué me despiertas de estos malos modos?”. Acto seguido, me vuelvo a subir a mi cesta y ambos volvemos a entregarnos a los brazos de Morfeo.

Esto ha sucedido en tres ocasiones (que los humanos hayan visto) y ellos piensan que me da por rememorar la casa de los padres del consorte, cuando yo me dedico a maullar y morder a Munchkin en el cuello para disuadirlo de sus locas ideas de salir a la terraza. Si os apetece leer la historia completa de esa terraza, podéis hacerlo pinchando aquí. Si sois vagos, os cuento la versión resumida: En la terraza de los padres del consorte hay mucho ruido y no es como la nuestra que tiene cristal por todas partes. Esa es abierta y da mucho miedo. Y, si a mí me da miedo, a él también tiene que dárselo; por lo que le prohíbo terminantemente salir ahí  y, como soy el rey de la casa (por si no lo había mencionado), él me hace caso y se queda dentro.

Y ahora es cuando toca que vosotros lancéis todo tipo de teorías absurdas sobre cuál será la temática de mis sueños. No hay premio ni nada pero como sólo yo conozco la respuesta y no la pienso desvelar, pasaré un rato entretenido leyendo vuestras chaladuras. ¿Y qué mejor premio podéis tener que saber que habéis entretenido al dueño y señor de la blogosfera?

Prrrrrr.

jueves, 15 de febrero de 2018

No gané pero gané

Como muchos de vosotros sabéis, entro a trabajar a las siete de la mañana. Una hora muy agradable para entrar a trabajar, sobre todo ahora en invierno, con lo a gusto que se estaría en la camita bajo el edredón nórdico.

A eso de las nueve hago un break con un grupito de compañeras para tomarnos un café. Como en ese grupito hay fumadoras y no fumadoras y yo pertenezco a las primeras, me suelo quedar fuera un ratito (sí, con toda la rasca porque el vicio no entiende de estaciones) y las que no fuman y son más sensatas se suelen subir antes para no pelarse de frío en la calle.

El caso es que, una mañana de estas, cuando ya iba subiendo, recibo una llamada de una de las compañeras no fumadoras. Me sorprende que algo sea tan urgente como para que no pueda esperar a verme arriba, así que atiendo con cierta preocupación y me suelta “¿Cuándo es tu cumple?”. Me quedo un poco sorprendida con el hecho de que esto requiera una llamada telefónica pero respondo “El 14 de mayo”. Se vuelve loca con mi respuesta y me dice “Pues sube rápido, que en la radio sacan cada día una fecha al azar y si has nacido ese día y tu llamada es la número 100, ganas 10.000 euros; y hoy ha salido el 14 de mayo”. Uyyyyy, creo que nunca llegué tan rápido a mi puesto de trabajo.

Llego, móvil en mano, me dan el número de teléfono y empiezo a llamar hasta que se cumple el plazo. No, no gané nada. Ganó una de A Coruña que no sé quién la manda nacer un 14 de mayo.

Y diréis, “pues vaya porquería de anécdota” pero no. Ahora viene la parte interesante. No sólo estaba llamando yo. En un momento tenía como a diez compañeros llamando desde sus móviles a ver si sonaba la flauta. Vamos, que espontáneamente se montó allí un call center. Y, en ese sentido creo que gané mucho aunque el precio no fuera dinerito. Me pareció algo muy bonito que la gente, desinteresadamente y sin que yo les hubiese pedido nada, haya puesto su granito de arena para intentar que yo ganara. Gente así vale un potosí así que, en lugar de frustrarme por no ganar, terminé el día muy contenta.

Una compañera, presa de los nervios, marcó mal y, cuando nos dijo “el mío da tono”, a mí casi me da un ataque. Luego constatamos que del otro lado de la línea su interlocutor no entendía nada de lo que le decía ella acerca de un premio de 10.000 euros.

Por la tarde le comenté al churri “Pues hoy podía haber ganado 10.000 euros”, a lo que me respondió “¿Y no ganaste?”. A ver, alma de cántaro, ¿tú te crees que si hubiera ganado no te hubiese llamado un minuto más tarde con un ataque de histeria considerable gritando “¡He ganado 10.000 eurooooooos!”. 

Qué poco me conoce después de diez años. 

miércoles, 14 de febrero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXXV: ¿Este es nuestro futuro?

La cámara hace zoom sobre la fachada de un edificio de soluciones auditivas. A continuación, nos encontramos en el interior, donde dos señores rememoran sus años mozos.

Uno de ellos indica que son amigos desde niños y que, cuando cumplieron 16 años, ambos se compraron la misma moto. El otro acota que la historia es cierta pero que la suya era más rápida. Noto aquí una gran inexactitud o, al menos, un uso no adecuado del lenguaje. Si se compraron la misma moto significa que sólo había una moto y la compartían, por lo que la moto del Señor 2 no podría ser más rápida que la del Señor 1.

Supongo que la imprecisión lingüística hace en realidad referencia a que se compraron el mismo modelo de moto. Y si era el mismo modelo tampoco me entra mucho en la cabeza que una de ellas pueda ser más rápida. Tal vez la moto del Señor 2 estuviera trucada porque el Señor 2 era un malote (no tiene mucha pinta de malote pero vete a saber cómo era este hombre a los 16 años; habría que investigar su pasado).

En fin, seguimos. El Señor 1 dice que, cuando descubrió que el Señor 2 también tenía un problema de audición, lo acompañó al centro este, por lo que ahora ambos llevan una solución auditiva. Ojo, que usa el verbo “descubrir”, lo que quiere decir que hasta el momento nadie había dado aviso de que el pobre Señor 2 no se enteraba de nada cuando le hablaban. Vamos, que sus hijos y nietos andarían muertos de risa diciéndole tonterías para comentar entre ellos “¿Ves cómo no se entera?”. Por ese motivo es que yo conservo a mis amigas de la infancia. No se puede confiar en nadie más.

Bueno, pues el caso es que el Señor 2 vuelve a confirmar la historia de Señor 1 pero matizando que la suya es más moderna y se conecta al móvil. Vamos, que puede escuchar el  Carrusel Deportivo directamente con el aparatejo ese. Desconozco si, al cumplir años, volvemos a esa costumbre que tienen los niños de competir por todo o que estos siempre han sido así de cansinos toda la vida.

¿Vamos a acabar así todos? ¿Me acordaré de una muñeca que tenía a los ocho años y les restregaré a mis amigas que la mía hacía popó? Porque tenerla, la tenía, así que tendré que reservarme esa baza, por si acaso.

Ante el nuevo ataque de “Puesyomasismo”, su amigo le palmea la espalda y, acto seguido, interviene una doctora (o no sé si es doctora; una que se supone que trabaja ahí), diciendo que esta es la nueva generación, que elige seguir disfrutando de su vida y ya nos cuenta las bondades de estos centros auditivos y todas esas cosas que ya no tienen gracia.

Creo que los ha interrumpido antes de que se den de leches y terminen montando ahí la de San Quintín, con lo feo que queda eso en un anuncio.