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jueves, 19 de abril de 2018

Estoy preciosa


Estoy vieja. Bien dice un dicho que los años no vienen solos (a lo mejor no es un dicho pero mi madre lo decía mucho y supongo que de algún lado lo sacaría). No es que me sienta vieja, sigo haciendo las mismas chorradas que cuando tenía 20 años (tal vez con algo más de visión de futuro pero básicamente sigo estando igual de loca) pero mi cuerpo no opina lo mismo. Me he pasado desde el fin de semana con unos dolores de ciática que van y vienen. Un momento estoy andando como una persona medianamente normal y al momento siguiente noto un latigazo entre la espalda y el punto donde pierde su casto nombre y me transformo en Robocop. A esto hay que sumarle que llevo también un par de días en los que siento como que me está por atacar la gripe pero no me ataca, así que ni siquiera experimento el placer de poder dar penita y andar quejándome por las esquinas mientras continúo con mis quehaceres habituales, que es mi más importante actividad cuando estoy enferma. Creo que siento una especie de placer morboso en autotorturarme yendo a trabajar y planchando la ropa cuando estoy volando de fiebre. Tal vez deberían estudiarme o mejor no, no sea cosa que termine dándole nombre a un síndrome.

Así que ahí sigo. Hecha una patata pero no una patata entera, no. Una especie de puré de patatas caducado que es lo que uno debe parecer para declararse oficialmente enfermo. 
No es agradable, no obstante. Sobre todo ahora que parece que el buen tiempo asoma tímidamente y debería lucir mi mejor sonrisa en vez de caminar como un muñeco articulado mientras me tomo la temperatura cada dos horas porque a cada rato tengo la sensación de que estoy ardiendo de fiebre.

Lo dicho, que anímicamente me siento una adolescente pero mi cuerpo se empeña en recordarme que no me cuezo en el primer hervor.

Encima, se me ha inflamado un ganglio. Uno del cuello, para más señas. Aunque ayer empecé a notar también un dolor sospechoso en la axila por lo que puede que más ganglios quieran venir a inflamarse para que el del cuello no se sienta el gordito del grupo. Lo que me faltaba, pillar paperas a estas alturas de mi vida.  Recuerdo que mi tía las pilló de adulta y recordaba aquello como la peor experiencia de su vida.

Eso sí, parece que mi anatomía también quiere recordarme la (no) tan lejana adolescencia porque, para rematar este aspecto de cadáver ambulante que luzco últimamente, me salió un grano del tamaño de un volcán en mitad de la mejilla. Cuando vi que medianamente podía reventarse, me puse a la tarea con tanta fruición que ahora no tengo volcán pero tengo un cráter.

Pensaré, siendo optimista, que eso es que la naturaleza quiere que pase todas las penurias juntas acabando la treintena para inaugurar mi cuarta década fresca como una lechuga.


No se consuela el que no quiere.

miércoles, 18 de abril de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXLIV: Ni yo soy tan torpe

Los anuncios de detergente para la ropa suelen ser todos más o menos iguales. O sea, nos muestran una ropa, generalmente blanca,  que se engorrina con alguna sustancia (cuanto más pegajosa y colorida, mejor) y luego nos muestran cómo consiguen que, tras el uso del detergente que nos quieran vender, la prenda recupera su blancura original y vuelve a lucir impoluta para que podamos seguir engorrinándola a gusto.

Dado que, como digo, suelen ser todos iguales, raras son las ocasiones en las que traigo este tipo de productos a esta sección (aunque alguna vez, ha habido, no nos vamos a engañar) y ésta, sin duda, es una de esas ocasiones.

Es un anuncio de un jabón para lavar la ropa muy conocido aquí en las Españas. De hecho, recuerdo ver un spot allá por los ochenta (así de vieja soy) que se convirtió en uno de los anuncios más recordados de la publicidad española. Hablo del famoso anuncio de la chica que preguntaba dónde estaba su kimono. Pues bien, como ahora parece que practicar artes marciales ya  no está tan de moda como en mi infancia y estamos en la época donde todo el mundo quiere ser chef, en este caso vemos a una mujer poniéndose un delantal y comenzando a preparar deliciosos platos. No sé qué tal será como cocinera pero torpe es un rato largo. Ni yo con mis dos manos izquierdas consigo ensuciarme tanto. Le salpica el jugo de un tomate al cortarlo, un poco de salsa que prepara como en un molinillo (desconozco el nombre del utensilio y, como podéis imaginar, me importa más bien poco saber cómo se llama), adereza el delantal con unas pocas gotas de aceite que saltan de la sartén y, para rematar, se limpia las manos llenas de pesto en el mismo.

Como no cocino, tal vez esté equivocada pero, las pocas veces que lo he hecho no me limpio las manos llenas de porquería en el delantal. Me las lavo con agua en el fregadero y, como mucho, uso el delantal para secarme (aunque  suelo tener un paño de cocina para tal propósito). El caso es que se ve que a esta le da igual haber dejado el delantal como una obra de Pollock porque tiene su magnífico detergente, que le va a permitir tener un delantal impecable para poder llenarlo nuevamente de porquería en la próxima ocasión.

Y más o menos esto es todo. No es que haya mucha más tela que cortar pero, en serio, tenéis que verlo para entender el nivel de porquería que acumula ese delantal. Dudo que sea científicamente posible ensuciarse tanto.

Bonus track: Gracias a Naar he visto con otros ojos un anuncio de otro detergente, al que no había prestado ninguna atención porque los de esta marca siempre consisten en echar una prenda en un tanque de agua, removerla con un montón de porquería y después sacar la prenda impecable tras haber usado el antimanchas ese. Pero este tweet de mi querida amiga me hizo percatarme de algo:


En la versión de Internet lo han corregido y dicen “yodo” pero, en la versión televisada, se continúa diciendo “chocolate”.

Bienvenidos a la nave del misterio.

lunes, 16 de abril de 2018

Crónicas Felinas CCLI: Es un por una buena causa

Marrameowww!!!

Bienvenidos una semana más a vuestra sección favorita, donde las miserias de la bruja salen a la luz. Soy plenamente consciente de que os encanta que os cuente las maldades que le hago y, haciendo memoria, creo recordar que nunca os hablé de la estratagema que utilizamos el imberbe y yo para conseguir que la bruja no sea capaz de dormir bien una sola noche.

Sí os he contado, por ejemplo, que la despertamos a horas intempestivas los fines de semana para que nos dé de comer pero no sé si os he llegado a hablar del hecho de dormir en sí mismo. De haberlo hecho, ruego que me disculpéis, que uno ya tiene ocho años (los cumplí el uno de abril pero nadie, absolutamente nadie, me felicitó) y a veces se le olvidan cosas.

A lo que iba: A la hora de dormir adoptamos posiciones muy específicas, con la clara intención de que la bruja duerma lo más incómoda posible. No sucede así con el consorte, al que permitimos dormir a pierna suelta porque nos cae mejor.

Pues bien, Munchkin se acomoda a sus pies. Y diréis “pues no es para tanto; muchos gatos duermen a los pies de sus humanos”. Y sí, eso es cierto pero Munchkin tiene la feliz idea de considerar “pies” a la última cuarta parte de la cama, lo que obliga a la bruja a dormir con las piernas encogidas porque no tiene espacio para estirarlas. Con esto conseguimos que se levante a diario con dolor de piernas.

Pero, claro está, no iba a quedar así la cosa, porque si nos esforzamos para que tenga dolores en el hemisferio inferior de su cuerpo, también tendremos que hacer algo para conseguir incomodidades en el superior y ahí es donde entro yo, que me posiciono sobre la almohada junto a la cabeza de la bruja pero intentando arrinconarla lo más posible contra el borde de la cama. No es cuestión de ponerme al centro y que ella esté medianamente cómoda, no. Lo interesante de todo esto es ocupar toda su zona para que a ella sólo le quede disponible una esquinita y se vea forzada a dormir con el cuello torcido. De esta manera, consigo que viva en una tortícolis permanente.

Y así queda de guapa: con las piernas encorvadas y el cuello torcido se presenta todos los días en el trabajo como si fuera el Jorobado de Notre Dame. El objetivo, básicamente, es que la gente rehúya de ella pensando que es un engendro del averno y así sólo esté pendiente de darnos de comer a nosotros. A menos simpatías provocadas en la gente, menos posibilidad de vida social y, por tanto, menos oportunidades de dejarnos abandonados a nuestra suerte los fines de semana esperando el alimento.

Hay que atar todos los cabos sin dejar nada al azar. A ver si pensáis que dormimos pegados a ella por capricho, con el asquito que da. Todas nuestras acciones están pensadas en pro de un bien mayor.

Prrrrrr.

jueves, 12 de abril de 2018

¿Heavy o hippie?


Mi trabajo es una auténtica mina de conversaciones absurdas. Sobre todo en la zona donde me siento yo, donde nos sentamos las más escandalosas. Creo que ya se han cansado de separarnos como en el cole (ha pasado ya varias veces; no os creáis que exagero) y al final han optado por dejarnos todas juntas, supongo que con la vana esperanza de que nos terminemos agotando entre nosotras.

El caso es que esta situación provoca que haya conversaciones dignas de ser grabadas, como la que tuvo lugar el pasado viernes. No la grabé pero la retuve en mi memoria y por eso hoy vengo a reproducirla.

Las protagonistas fueron dos compañeras, a quienes llamaremos Juanita y Pepita. Suelo dar iniciales pero no sé quién va a entrar a leer esto y no quiero despertar suspicacias.

El caso es que Juanita estaba hablando con otra gente de sus planes para el puente de mayo (como andamos prácticamente todos a estas alturas; yo no veo la hora de que llegue y salir un poco de Madrid si puedo). Pepita, que se sienta a mi lado, un poco lejos de Juanita, oyó (o creyó oír) algo acerca de Granada y comenzó la siguiente conversación, que no tiene desperdicio (pondremos a Pepita en color rosa y a Juanita en color azul, por ningún motivo en especial):

—¿Te vas a Granada?

—¿Quién se va a Granada?

—Tú.

—No, yo no me voy a Granada.

—Ah, había oído algo de Granada.

—Pues no me voy a Granada. Me voy a Águilas y, si puedo, iré también a Mojácar.

—¿Y qué vas a ir a hacer a Mojácar?

—Hay un festival.

—¿Hay un festival en Mojácar?

—Sí, un festival hippie.

—Sí, no va a ser un festival heavy.

—¿Por?

—Porque no pega.

—¿A mí no me pega Mojácar?

—No, el heavy no le pega a Mojácar.

—Ah, ya.

—Yo, si puedo también me iré en el puente.

Y ahí ya no me pude resistir y pregunté “¿A Granada?” con claras intenciones de entrar en un bucle conversacional preguntando si en Granada había heavies o hippies pero la cosa no prosperó, por lo que me puse a hablar con otra compañera de no sé qué otro tema que tampoco era el colmo de la seriedad, luego de haber comentado con otra más que la conversación que acabábamos de presenciar era de lo más surrealista. A todo esto, Pepita se había puesto los cascos y, de repente, mirando por la ventana, exclamó “¡Un relámpago!”, ajena completamente a lo que nos habíamos reído con su conversación.  Ella es así.

La pena es que, por haberse puesto los cascos, se perdió el sonido del trueno, del cual le avisamos pertinentemente, claro está, porque, ante todo, somos buenas compañeras.

Comprobar que me junto con gente que está igual que yo en cuanto a salud mental, me hace plantearme qué tipo de parámetros se siguieron en las entrevistas de trabajo. No sé si creer que es casualidad o si buscar ayuda profesional urgente.

miércoles, 11 de abril de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXLIII: La boda más glamourosa “ever”

Carpanta en chándal
Carpanta en chándal (¡¡Gracias, Chema!!)
Creo (sólo creo, porque llevamos ya más de doscientos cuarenta anuncios y mi memoria no da para tanto) que nunca había traído un anuncio de una tienda deportiva. No es que en términos generales me parezcan la panacea pero, hasta el momento, me parece que ninguno había hecho saltar mi radar detector de pesadillas.

Pero, recalco, eso ha sido hasta el momento porque la racha de sequía de indumentaria deportiva ha terminado y, por fin, podemos sufrir con algo de este rubro.

Vemos una boda. El novio y la novia se miran embelesados frente al altar donde un cura los contempla entre sonriente y beatífico. Del lado izquierdo de nuestra pantalla, los “damos de honor” o como se llamen los acompañantes del novio (nunca lo he sabido y me da pereza buscarlo, así que quien me quiera sacar de la ignorancia será bien recibido). Del lado derecho, las damas de honor (ahora sí que sí). Ni unos ni otras merecerían mención alguna si no fuera porque he observado que una de las damas de honor lleva en su mano el bolso. No es que sea yo una gran experta en bodas ni nada parecido pero no he visto jamás a una dama de honor con bolso. Me da que debe ser una antigua compañera de instituto de la novia y se han reencontrado por Facebook. La dama de honor no conoce mucho a la familia y teme por sus pertenencias (o le han llegado rumores de que los allegados del novio son un poco mangantes). Sea como fuere, la muchacha se aferra a su bolso como Sofía, la de las Chicas de Oro.

El caso es que la voz en off nos dice que se supone que tu boda es el día más feliz de mi vida (y yo aquí, perdiéndomelo) y por ello nos animan a imaginárnoslo en chándal. Y de repente vemos a los novios e invitados haciendo cabriolas en indumentaria deportiva. La novia sigue llevando velo pero sujeto con una diadema de estas que usan los tenistas (tendrán un nombre, pero no soy aficionada al tenis y sigo con la misma pereza para buscarlo). El novio mantiene su pajarita pero, en lugar de chaqueta de traje, lleva una de chándal. La de toda la vida, con rayas blancas longitudinales. Un cuadro, los dos.

Los invitados tampoco se quedan atrás, aunque por lo menos llevan un look menos ecléctico. Van en ropa deportiva de pies a cabeza, de no ser por las joyas que lucen las abuelas sobre sus camisetas rosas.

Nos informan que la vida es mejor en chándal y ahí queda la cosa. No es que haya mucho más que contar pero sentí la imperiosa necesidad de compartir esto con vosotros.

La única duda que me queda es si la dama de honor seguirá aferrada al bolso a pesar del cambio de atuendo. Le he perdido la pista entre la multitud y la intriga me está carcomiendo.

Lo mismo se lo han birlado en el vestuario.