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lunes, 16 de octubre de 2017

Crónicas Felinas CCXXX: Ya tenemos una edad

Marrameowww!!!

La semana pasada la bruja y el consorte se pidieron vacaciones para el miércoles y el viernes, a fin de aprovechar el puente del 12 de octubre y estar cinco días haciendo el vago. Se quedaron en Madrid por motivos que ya contará.

No podía yo consentir que los cinco días de vagancia pasaran en paz y tranquilidad; había que darle algo de emoción al asunto, así que el día del festivo opté por dejarles un regalito en el plato de la comida. El regalito era un diente. Sí, un diente. Total, tengo muchos y sabía que yo voy a seguir comiendo estupendamente pero a ellos les valdría para preocuparse.

Como ese día era fiesta, tuvieron que quedarse con la intriga de qué habría pasado hasta el día siguiente, no sin antes recoger la prueba del delito para enseñarla en la clínica al día siguiente. Les faltó recogerlo con pinzas y ponerlo en una bolsita transparente. También pensé que iba a venir el Ratoncito Pérez, lo cual me hacía bastante ilusión porque, en el caso de los felinos, el regalito cuando viene el Ratoncito Pérez es el propio ratoncito. Pero no vino, el muy cobarde.

Reconozco que la parte de tener que ir al veterinario no fue la mejor de mi plan, pero a veces hay que hacer ciertos sacrificios si queremos angustiar a nuestros humanos. Tuve que soportar que una veterinaria (bastante más simpática que el que está por la mañana y se lleva mal con la bruja, todo hay que decirlo), me abriese la boca y me toquetease las encías. Ya que estaba, aprovechó para mirarme las orejas, los ojos, auscultarme y hasta meterme un termómetro por donde no me da el sol. Todo sea por hacer perder tiempo y dinero a los humanos.

El diagnóstico fue que no me pasa nada. Al parecer el diente ya debía de estar flojo de aquella vez que estaba mal de las encías hace un par de años (ya os lo conté y me da pereza buscar la entrada), así que lo terminé perdiendo. Dice la veterinaria que, en realidad, ya había perdido otro del que los humanos ni se habían percatado. Esto me gustó porque así se sienten malos padres, que no están a lo que tienen que estar.

Según dice la simpática (que cada vez me parece menos simpática), tengo las encías bien pero no estaría de más hacerme otra limpieza de boca en enero o febrero. Porca miseria… yo que pretendía salir airoso ahora ya sé que voy a empezar el año teniendo que ver batas verdes. Algo se rumoreó también de una analítica porque, al parecer, uno ya tiene edad de hacerse chequeos periódicos. Lo que tengo es experiencia, qué sabrán ellos.

También coincidió con el veterinario pedante en que estoy un poquito deshidratado por eso de ser bebedor de grifo, así que los convencieron para comprar una fuente pero la fuente da para otro post, así que eso ya os lo cuento la semana que viene.

Prrrrrr.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXXII: De empollón a delincuente juvenil

Este lo vi hace un montón; mi percepción cronológica es de lo más exacta. Se había quedado por ahí perdido en mis apuntes del móvil, que es básicamente una notita donde me voy apuntando las rayadas que veo para que después no se me olviden. Por lo visto, con notita o sin ella las cosas igual corren riesgo de olvidárseme. Conclusión: mi sistema es una bazofia.

El producto en sí mismo ya ha pasado alguna vez por esta sección y consiste en un producto lácteo con cosas maravillosas que sirve para darnos mucha energía y tenernos a tope de power funcionando todo el día. La única diferencia es que, en este caso, es una variante pensada especialmente para los más peques de la casa.

Vemos a un niño con gafitas, ricitos y pinta de empollón (puedo decirlo porque yo he sido una niña con gafitas y pinta de empollona, aunque sin ricitos) sentarse a la mesa de la cocina, presto a desayunar. Su madre le pregunta si está listo para el colegio. El niño pone cara de terror y vemos cómo se imagina (se puede ver una imaginación, sí; es la magia del séptimo arte) sentadito en su pupitre, donde se amontonan montañas y montañas de deberes. Tan altas que atraviesan el techo. Entre las pilas de deberes, una maestra que parece la Señorita Rottenmeier, lo mira con cara de severidad.

Sale al patio y la niña rubia de pelo largo y pinta de niña bien que le gusta a nuestro protagonista, está con un niño con vaqueros ajustados con cadenita y chaleco vaquero sobre camiseta blanca. Conduce una bicicleta modelo “chopper”. Desconozco si esto existe o la han fabricado exprofeso para el anuncio pero es un auténtico horror. Sobre todo porque, en lugar de llevar pintadas unas llamaradas o algo así, lleva una especie de estampado de leopardo que le da un aire bastante choni y hace que el modelo “chopper” se convierta en modelo “chopped”. A las niñas bien siempre les han gustado los malotes (si es que a esto se le puede llamar “malote”).

En clase de karate o de taekwondo o lo que sea, el profesor decide que el contrincante del pobre niño sea el más grandote de la clase, que no parece tener especial predilección por nuestro infante.

Ante semejantes perspectivas, el niño vuelve a la realidad y se toma el mejunje. El cambio es asombroso. Cruza el jardín sin importarle mojarse con los aspersores, ataviado con una chaqueta dorada y gafas de aviador que hubiesen hecho la delicias de Tom Cruise cuando “Top Gun”. La madre observa orgullosa desde la ventana cómo su hijo se ha convertido en un macarra y, al verlo de espaldas, comprobamos con horror que en la parte trasera de la chaqueta lleva estampado un dragón chino que, para más inri, tiene alrededor de su silueta una especie de neones que se encienden y se apagan al mejor estilo club de carretera.

Lo que cualquier madre desearía para su churumbel.

lunes, 9 de octubre de 2017

Crónicas Felinas CCXXIX: Fue peor el remedio

Marrameowww!!!

Como os adelantaba en el capítulo anterior, Munchkin había sentido un deseo irrefrenable de comer hierba y, ante su ausencia en este nuestro hogar, nuestros humanos salieron disparados a comprar, no sea cosa que el imberbe sienta algún tipo de carencia afectiva que le genere un trauma irreparable de por vida. Para que después digan que el mimado soy yo. No tenéis ni idea del infierno en el que vivo.

Pensaron los pobres ilusos que comprando las semillas, plantándolas y dejando crecer la planta para deleite del interfecto, el problema quedaría resuelto y podríamos recuperar la escasa paz que reina en esta casa.

Pero nada más lejos de la realidad porque la adquisición de las semillas no trajo sino problemas añadidos. Ya sabemos que los humanos no tienen muchas luces por lo que el consorte, en lugar de dejar la bandejita plástica en la habitación prohibida de los secretos misteriosos (que es como llamamos nosotros al cuarto de invitados porque nunca nos dejan entrar ahí por si viene de visita un alérgico; porque piensan los muy atolondrados que habrá alguien deseando verlos), la deja en lo alto del mueble del salón, que es donde estar.

El resultado es de fácil deducción. Mi compañero de batalla se ha pasado días desquiciado, mirando hacia arriba y maullando, desoyendo los comentarios acerca de la paciencia que supone la agricultura.

Creció. Un poco. Dicen los humanos que lo suyo sería esperar un poco más pero columbro que ya empezaban a estar un poco hartos de tanto maullido sin sentido.

Y aquí viene otro problema más. A mí no me vuelve especialmente loco esa planta pero me gusta, así que si la bajan para que la engullamos, yo también quiero engullir. Pero Munchkin desconoce el verbo “compartir”, por lo que su técnica consiste en apoyar la pata encima de la planta para no dejarme libre ningún hueco sobre el que pueda yo ejercitar mi mandíbula. Lo único divertido viene cuando los humanos intentan retirarnos la bandeja y el imberbe tira arañazos a diestro y siniestro para evitar que se la lleven. No lo consigue nunca pero, al menos, desparrama por el suelo una cantidad interesante de tierra y hasta alguna semilla no eclosionada, lo que les obliga a barrer más veces de las deseadas (el número de veces deseado es cero, por si lo dudabais).

Pero, quitando ese momento, he de decir que me fastidia que no me deje comer. Yo soy muy bueno pero hasta que me tocan el hocico. Así que me peleé con él. Últimamente andamos a la gresca todo el día. Bien sé yo los motivos pero no los desvelaré porque luego la bruja me lee y prefiero que viva comiéndose el tarro, pensando si la culpa la ha tenido ella por mala madre.

Torturar a la bruja ya cansa porque supone mucho ejercicio de imaginación, así que he optado por dejar que se auto-torture y así ya me da el trabajo hecho.

Ser maquiavélico y vago no son cualidades excluyentes.

Prrrrrr.

jueves, 5 de octubre de 2017

Reflexiones “made in Álter”

Una situación que viví hace un tiempo me hizo reflexionar. Bueno, yo lo llamo “reflexionar”; la gente normal como vosotros lo llamaría “una ida de olla”.

Mi trabajo queda bastante cerca de mi casa pero tiene la desventaja de que está muy mal comunicado. En su esquina únicamente para una línea de autobús por lo que, en caso de perderlo, tengo que caminar aproximadamente setecientos metros desde una conocida calle de Madrid, por la calle de mi trabajo. Pues bien, mi rutina es la siguiente: tomo un autobús en la esquina de mi casa y, cuando llego a cierta parada de la calle conocida (la llamaremos “parada estrella”), que es desde donde parte el autobús que pasa por la esquina de mi trabajo, me fijo si está por pasar (llevo preparada una aplicación en el móvil que me avisa del tiempo de espera para tal fin). En caso afirmativo, me bajo en esa parada y me espero al que me deja bien. En caso negativo tengo dos opciones:

A) Si el autobús que me deja en el trabajo está en esa parada, me espero dentro de mi autobús (porque más vale autobús en mano que ciento rodando) y, si lo adelantamos, me bajo en la parada siguiente y lo engancho ahí.

B) Si resulta que es mi ansiado autobús el que nos adelanta a nosotros, pues ya doy la batalla por perdida y me bajo dos paradas más adelante (la llamaremos “parada de consuelo”), hasta la esquina dela calle importante con la calle de mi trabajo, y ya desde ahí camino los dichosos setecientos metros.

 El caso es que, como la primera parada del autobús que me deja bien es la “parada estrella”, suele quedarse ahí un par de minutos parado hasta que inicia el recorrido por lo que, un buen día, llegaba yo en el que había cogido en mi casa y vi llegar el segundo autobús. Conté con que iba a estar un poco parado, por lo que me daba tiempo a bajarme y hacer el trasbordo ahí mismo. Se ve que justo ese día, mi segundo autobús llegaba con la hora pegada a las posaderas, por lo que, según subió la gente, arrancó y me dejó ahí, con cara de pánfila (con mi cara de siempre, vaya). Desde la “parada estrella” hasta mi trabajo tiene que haber más de un kilómetro. Vi en los cartelitos que anuncian los tiempos que faltaba apenas un minuto para que pasase otra línea que me deja en “parada de consuelo” y, al menos, con eso me ahorraba un trecho.

Pero no lo esperé. Fui andando desde ahí hasta mi trabajo, poseída por una sensación de autosuficiencia que no soy capaz de explicar. En serio, ¿por qué hacemos esas cosas? ¿A qué se deben esos momentos de orgullo estúpido donde el único damnificado sigues siendo tú pero aun así sientes qué has llevado a cabo una terrible venganza contra vete a saber quién. 

Y esa era mi reflexión. Ya veis qué profunda. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXXI: Qué engañados nos tenía

Hace tiempo que dejé de verlo pero, como lo tenía en la lista, pues vamos allá. De todas formas, como los anuncios van y vienen como el Guadiana, tampoco me sorprendería volver a verlo en la pequeña pantalla el día menos pensado.

El anuncio empieza con un plano de la ciudad de Nueva York donde vemos el pedestal de la Estatua de la Libertad. Sólo el pedestal porque, tal como nos indica el cartelito que simula un boletín especial de noticias, la estatua en sí misma ha desaparecido. Ay, madre, ¿qué habrá pasado? Ya la hizo desaparecer David Copperfield en su día y nadie armó tanta alharaca pero esperemos a ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

Vemos cómo la multitud se agolpa en las inmediaciones intentando comprender qué ha sucedido. Hay una chica que, al verlo, se quita los cascos de su reproductor de música. Esto es algo que hago yo muy a menudo. Cuando tengo que ver algo con atención me quito los cascos como si estar utilizando los oídos mermase mi sentido de la visión. Habría que estudiar este fenómeno pero esto ya lo dejaremos para alguno de mis posts reflexivos y sesudos de los jueves, que si no me voy a ir por los cerros de Úbeda y ya sabéis que yo soy muy de ceñirme al tema y no irme nunca por las ramas.

Finalmente, la encontramos. Está sentada (sí, sentada porque no sólo ha desaparecido sino que ahora también se mueve aunque, curiosamente, nadie hace mención a este fenómeno) en medio de una avenida. Se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y se abanica con la Declaración de Independencia que lleva siempre en la mano izquierda. De repente, estira la otra mano y coge un vaso con un brebaje con potasio y magnesio destinado a recuperar la energía (que no se sabe por qué está en una mesita en medio de la calle, con un cartelito de la marca y todo). Se lo bebe y, acto seguido, se incorpora y vuelve a ocupar su sitio en el pedestal. Eso sí, ahora, en vez de la consabida antorcha que suele sujetar con su mano derecha, ahora lleva  el vaso con el complemento alimenticio, destripando siglos de simbología.

Todo el mundo aplaude de lo más feliz y aquí termina la cosa. Todo esto me hace pensar que, tal vez, la estatua que estamos acostumbrados a ver sea en realidad una estatua viviente de estas que pueblan nuestras calles y parques. Vale, tendría que ser una mujer altísima pero cosas más raras se han visto, dejadme divagar en paz.

De ser cierta mi teoría, ahora entiendo cómo consiguió Copperfield hacerla desaparecer. Estaban compinchados desde el principio y no tuvieron más que idear un plan para que ella escapase por algún túnel situado estratégicamente, dejándonos a todos con dos palmos de narices.

De todas formas, cuando vaya a Nueva York pienso dejarle ahí unas moneditas porque ese sí que es un trabajo sacrificado.