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martes, 30 de septiembre de 2014

Ustedes Dirán XCVII: Veintitrés minutos (sugerido por Mandarica)

Mandarica me sugirió en tiempos pretéritos que dedicase una entrada al pollito ñoño preferido por todos: Calimero. No tengo muy claro si quería que hablase de la canción o de la serie en sí misma pero, como la canción no me ha dado demasiado juego a excepción del momento en que nos dicen que es un polluelo blanco y negro (el polluelo es negro azabache; lo único blanco que tiene es el trozo de cascarón que lleva pegado a la cabeza desde que nació) y que, según nos comentan, en la pandilla dicen que es un polluelo raro (a lo que él responde "No me toméis el pelo, mi corazón sufre", que no parece una estrategia muy buena para librarse del mobbing), he decidido malgastar 23 preciosos minutos de mi tiempo en mirar un capítulo llamado "Un cuaderno muy agujereado".

Aviso: Este post es más largo que un día sin pan. Si tenéis mejores cosas que hacer ahora mismo (Seguro que sí. Pensad bien), os recomiendo que lo dejéis para más tarde.

Calimero está en el colegio. El profesor habla de Islandia y Calimero muere de aburrimiento porque Priscila, que parece que es su amada más amada, no ha ido al colegio. Un pato verde se ofrece voluntario para llevarle el cuaderno a Priscila y Calimero, que se había quedado frito, espabila tarde y sale corriendo detrás del pato intentando sobornarle con canicas para que lo deje ir a él en su lugar. Ante el poco éxito, le ofrece como obsequio un pañuelo de la propia Priscila. Que viva el fetichismo. Según dice Calimero, ella misma le regaló el pañuelo pero vete a saber si no se lo robó del tendedero.

El pato lo huele casi esnifando el olor que éste emana (a estas alturas yo ya estoy flipando en colorines con esta profusión de parafilias) y dice que sí, que es cierto, que reconoce el perfume pero rehúsa el trato y prefiere llevar el cuaderno porque seguro que Priscila le da un beso de tornillo en agradecimiento por llevarle los deberes.

Calimero lamenta su suerte porque, si no se hubiese dormido, podría haber ido él y podrían haber hecho juntos los deberes (Esto es textual. El pollo éste no quiere hacer manitas, quiere hacer los deberes) pero decide ir igual, aunque nadie lo haya invitado.

Un cerdo y un conejo aconsejan al pato sobre el regalo idóneo para Priscila. El conejo aboga por las flores mientras el cerdo defiende a ultranza las chocolatinas. El pato opta por flores, tal vez porque se haya dado cuenta de que Priscila está ganando unos kilillos. Pero, al salir de la floristería con el ramo, se percata de que ha perdido el cuaderno, el muy tonto, por lo que Calimero, que acechaba tras un cubo de basura como un acosador desquiciado, dice que va a buscar el cuaderno para encontrarlo antes que el pato y, ya que está, se adueña de unas flores del ramo que el pato ha destrozado buscando el cuaderno.

Se va a buscar a un perro que, con su poderoso olfato, sigue el rastro del cuaderno mientras los otros buscan en un vertedero por el que no habían pasado antes (pero nunca se sabe, oye) y hasta recorren el vecindario anunciando por megafonía que buscan el cuaderno.

El perro sigue husmeando. Llegan a la casa de Priscila, donde ven por la ventana (en plan voyeur) que el maestro búho ha encontrado el cuaderno y se lo ha llevado a su alumna. Calimero se alegra de que los otros nunca lo encontrarán (¿se supone que este pollo es tiernito?). Pregunta al perro si cree que le gustarán a Priscila las flores por las que no pagó un duro. Todavía tiene el morro de decirle a la doncella que la idea de llevarle flores se le ocurrió así sin más. Este pollo cada vez me cae peor, de verdad. Priscila le ofrece hacer los deberes juntos y Calimero muere de amor al ver realizada su más oscura fantasía.

Cuando el pato se entera de que Priscila ya tiene el cuaderno, sale en su bici hacia la casa como alma que lleva el diablo, llevándose a todos por delante y perdiendo por el camino el remolque y una rueda. Vamos, que sale en una bici y llega en un monociclo. Se enfurruña cosa mala cuando ve por la ventana (qué manía todos con espiar por las ventanas) que Calimero le está explicando a Priscila lo de Islandia (no sé cómo, si se durmió en clase). El pato verde irrumpe en la casa acusando a Calimero de haber robado el cuaderno. Ese cuaderno tiene que tener información clasificada o algo. No puedo creer tanta historia por un cuaderno de deberes. Pollo y pato se ponen a tironear cada uno de un extremo hasta que lo rompen y ella, al borde del desmayo, llora desconsolada. Los amenaza con hacerlos pedazos como al cuaderno si no se van y, sin esperar reacción los lanza de una patada a un tazón de agua. Toda una damisela en apuros.

Al día siguiente, ni el pato ni Calimero van al cole porque están resfriados. Priscila se rehúsa a llevarles sus cuadernos porque dice que son peligrosos pero Calimero alberga la esperanza de que vaya ella misma.

No sé cómo acaba esto porque, de repente, el argumento cambia y vemos a Calimero en las escaleras del frente de su casa y la madre se piña al no ver que el pollo estaba en su camino porque lleva un montón de ropa para lavar (porque han vuelto de vacaciones, dice. No entiendo nada ¿no estaba ayer mismo en la cama con fiebre en jornada escolar?) La madre lo castiga a meter la ropa en la lavadora y, el muy torpe se cae dentro del electrodoméstico. Encima destiñe quedando mitad blanco y mitad negro por culpa del detergente que, según comenta la Sra. Calimera, blanquea cosa mala. Van a quejarse a la fábrica y la madre monta un pollo, como es de esperar en alguien de su especie.

El zorro (en sentido literal y figurado) del fabricante le dice que puede ganar dinero con la nueva cualidad del pollo pero la madre se indigna y no hacen negocio.  

Calimero sale escondido en el cascarón y Priscila se lo quiere quitar a toda costa diciendo "Es que ya no somos amigos?"... Se ve que ya no se acuerda de cuando lo sacó de su casa a patadas. El conejo, que se ve que es un mafioso,  le dice "sal o usaré otros métodos". El pollo sale corriendo y los demás lo pillan y le quitan el cascarón por la fuerza al pollo, que monta una pataleta ante la humillación. Aparece el Director del Colegio, quien lo examina y, entre todos, amenazan con acribillar a publicidad negativa al zorro.

De repente, aparece una mujer con el zorro. Dice que se ha teñido de castaño y se le ha quedado el pelo negro. Oh, tragedia. La turba embravecida amenaza con arrasar la tienda. El director, que por algo ha llegado a donde ha llegado en la vida, dice que usarán los productos a la inversa, a ver si así Calimero vuelve a ser negro y a la del pelo negro se le aclara la cabellera.

Calimero recomienda a los espectadores no jugar con productos de limpieza, aunque la jugada le sale bien y vuelve a ser negro. La antes morena no ha tenido tanta suerte y ahora tiene el pelo blanco. Presa de la ira,  persigue al zorro con un martillo que le lanza por los aires. Dice Calimero que eso es lo mínimo que le puede suceder a un estafador y, con este pacífico mensaje de armonía y llamamiento a no tomarnos la justicia por nuestra mano, se cierra este apasionante capítulo.


P.S. Pedid lo que queráis. Ya veis que estoy hecha a todo…

lunes, 29 de septiembre de 2014

Crónicas Felinas CVI: El inquilino

Marrameowww!!!

Confieso que hoy no tengo muchas ganas de escribir porque estoy enfurruñado. Bueno, en realidad no tengo muy claro si estoy enfurruñado. Me pasa un poco lo mismo que le sucede a a la bruja cada vez que cambia la luna, que de a ratos está triste, de a ratos contenta, de repente se enfada, de repente llora… Pues yo estoy así, aunque no creo que pueda atribuirse a alteraciones hormonales, que tengo entendido que es lo que le pasa a la bruja.

La cosa ha sido tal que así: El sábado, la bruja y el consorte se levantaron a una hora bastante intempestiva para ser sábado, lo que a mí me hizo sospechar que algo raro se traían entre manos. Volvieron horas más tarde. Me encerraron en el salón y escuché que trasteaban en la habitación donde suelen quedarse los padres del consorte cuando vienen de Albacete City. Al poco, me abrieron la puerta del salón haciendo como que no pasaba nada pero yo me olía algo raro hasta que mis sospechas se vieron confirmadas al escuchar unos insistentes maullidos provenientes de la antedicha habitación.

Espié por debajo de la rendija y logré ver una especie de leopardo en miniatura. No sé, una cosa canija pero con muchas manchas y rayas que me da mucho miedo, aunque tanto la bruja como el consorte insisten en que no es una cría de leopardo, que es un gato muy bonito (según ellos) y que se llama Munchkin (cada día son más freakies, de verdad, qué cruz…). Sólo atiné a verlo a través de la ventana de la terraza y mis reacciones han sido, en orden aleatorio, bufar, maullar, esconderme, acercarme a husmear a la puerta, volver a maullar, volver a bufar, espolfarme, mover el rabito de modo juguetón... Todo sin orden ni concierto, según me dé. No sé muy bien cómo comportarme ante este ser invasor porque, por un lado, como que me apetece jugar con él (dicen que no puedo hasta que esté vacunado y hayan pasado unos días para que se me quite el enfurruñamiento) pero por otro lado ¿y si es tan mono como dicen? ¿Y si le hacen más caso que a mí? ¿Y si dejo de ser el rey por culpa de éste intruso con pinta exótica?

De momento, me he dedicado a cometer todas las trastadas posibles para que estén pendientes de mí y se olviden del inquilino.

Le iba a sacar una foto pero, de momento, no os lo enseño. No sea cosa que empecéis con “Qué monoooo” y me hundáis en la más absoluta de las miserias. Si queréis verlo, tendréis que repetir como un mantra “Oh, Forlán, tú siempre has sido y serás nuestro líder y no existirá jamás otro felino que te haga sombra” y tal vez me piense presentarlo en sociedad en capítulos venideros.

Mientras tanto, ahí os quedáis porque estoy enfadado con el mundo y no estoy para hacerle favores a nadie, que bastante tengo con lo que tengo.

Prrrrrr o Pfffff o yo qué se.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Supercalifornialísticoespialidoso VIII: En tierra de Walt (parte 2)

Terminamos hoy con la visita a Disneyland (parece mentira que habiendo ido sólo un día la cosa dé para dos entradas). Aviso que ésta va a quedar un poco larga pero ya tres entradas con Disneyland me parece excesivo.

La entrada al Crucero de la Jungla
Otra de las atracciones que recordaba de mi infancia era el Crucero de la Jungla. Se trata de una barquichuela donde recorres la recreación de… una jungla, sí. Hay animales falsos, plantas verdaderas y hasta aborígenes con pinta de caníbales. Es un paseo entretenido aunque reconozco que, en este caso, sí que lo vi con otros ojos una vez pasados los años. Es que los animales falsos son muy falsos. Vamos, que se nota a la legua que eso es plasticazo. Aun así, vale la pena verlo. Esto por no hablar de las risas que nos echamos en la cola. Resulta que, desde fuera, la cosa no parece para tanto, pero cuando te empiezas a mover por ahí, ves que han puesto montones de cuerdecitas para que des vueltas y más vueltas haciendo cola. Subes escaleras, vuelves a bajarlas, vas para adelante, para atrás… Mi primo, el churri y yo nos reíamos porque tuve la ocurrencia de decir que me sentía como si fuéramos las ratitas de Skinner y que seguramente habría unos científicos con bata blanca observándonos desde algún sitio y comentando “Ya verás. Les pones en un objetivo al final, los metes en un laberinto y ahí que van todos”. Sólo por ese momento ya mereció la pena haber ido a la atracción.
El objetivo final

Desde ahí arriba cayó mi valiente parentela
Una vez recorridas algunas atracciones en Disneyland, fuimos al parque de enfrente, el Disney California Adventure, que es más pequeño pero más “moenno”. Éste no lo conocía. Hay un edificio en ruinas donde subes altísimo en un ascensor para luego caerte desde 55 metros o algo así, llamado “The Twilight Zone Tower of Terror”. Yo no quise montar. Los valientes fueron el churri, mi primo, y M., la hija de mi prima S. (la de los “perrous” y “gatous”). El resto nos quedamos en tierra. El churri dice que la ambientación y todo lo demás está genial pero yo como que pasé de tanto vértigo después de haber pasado por la Space Mountain.

Luego fuimos a pasear por la zona de la película “Bugs”. Las atracciones son para niños pequeños pero para dar una vueltecita caminando por ahí está muy bonito.
Paseando cual bichitos

Después subimos todos a “Soarin´Over California”, que es un cacharro en el que te sientas, te levantan en el aire y, gracias a una pantalla gigante en 3D, vas sobrevolando California. Tiene efectos de aire, de movimiento y hasta olfativos (lo juro, al pasar por encima de los naranjales, hueles las naranjas y en la costa huele a mar). Está curradísimo.

Luego de esta experiencia fuimos a cenar y, para terminar la jornada, vimos el espectáculo de agua, imagen y sonido que hacen en el lago. Es espectacular. Los chorros de agua suben no se sabe cuántos metros (bueno, se sabrá, pero yo no. Muchos). Y luego van proyectando imágenes de películas de Disney sobre los chorros de agua. Es algo increíble, en serio. Lo rematan con unas llamas (de las de fuego, no me refiero a bichos escupidores) de tales dimensiones que hasta tuve que mirar hacia otro lado porque me quemaba la cara. Totalmente recomendable.

Como ya nos echaban del parque, aproveché para pasar por la tienda de fuera, donde recordaréis que me habían dicho que tenían las mantas de Jack Skeleton. Veo todo un stand dedicado a la película “Pesadilla Antes de Navidad” pero la mantita brillaba por su ausencia. Veo que por ahí tienen más mantitas pero eran todas de Mickey o de Princesas Disney. Doy vueltas. Le pregunto a una que me dice que en el stand antedicho tiene que haber, que mire bien. Miro bien, el churri mira bien, todos los que vamos (que somos 7, creo que 14 ojos estarían capacitados para encontrar las mantitas) miramos bien y ahí no hay mantitas. Le pregunto a otra, luciendo mi mejor cara de desquiciada y, creo que con más miedo que amabilidad, dice que va a ir al almacén a mirar. Va y vuelve con las dos que le quedaban. Le arranco una de las manos antes de que venga alguna otra chalada y me quede sin ninguna. Doy palmas con las orejas y, ya que estoy, pillo un cojín a juego, para quitarme el disgusto.


Y ya felices, previo paso por caja, emprendimos el regreso porque al día siguiente partíamos a un destino también de utilería pero para adultos. A ver quién lo adivina. Os dejo con los Increíbles desfilando:


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Anuncios Pesadillescos CX: Educando en el terror

Vemos en un cuarto de baño a un padre con su hijo. El niño, con cara de profunda consternación pregunta a su progenitor si ese día también tiene que lavarse los dientes. En la versión Disney edulcorada, el padre empezaría a cantar una pegadiza canción donde le hablase de que hay que sonreír a la vida y que para que su sonrisa sea la más bonita del mundo mundial tiene que cepillarse a diario los dientes. Aparecerían lagartijas bailando sobre el lavabo mientras una zarigüeya toca el tambor sobre el caparazón de una tortuga y todo sería fiesta y algarabía pero se ve que, últimamente, las canciones pastelosas no dan el mismo resultado que en nuestra tierna infancia, por lo que el padre opta por una versión mucho más dura de la realidad, apelando a sus terrores más primarios en plan H.P. Lovecraft y le cuenta que, durante la noche, los monstruos que viven en la boca del niño se vuelven horribles, comenzando a devorar sus dientes, que se vuelven negros. Le falta decir que se le van a caer todos, uno a uno, y que sólo podrá conseguir trabajo como suplente del Cuñao.

Mientras el padre suelta toda la perorata, el niño abre la boca de par en par frente al espejo intentando ver esos monstruos terribles de los que habla su papá, sin conseguir ver nada pero regalándonos una serie de muecas que hacen que la imagen de los seres que habitan nuestra boca comience a ser cada vez menos horripilante.

Según nos cuenta este padre apocalíptico, la única forma de combatir a estos espantosos seres es mediante la pasta de dientes. Al parecer, existe uno que se llama Cariesaurus y no nos enteramos de cómo sigue la cosa porque el niño comienza a chillar, presa del pánico, y vemos  a la madre entrar en el baño con la cara cubierta por una mascarilla negra (¿de qué puede estar hecha una mascarilla negra?). El padre se une a los alaridos (me recuerda al churri, que alguna vez también se ha sorprendido al verme con la mascarilla, y eso que la mía es blanca nuclear) y ya no nos cuentan más de qué pasa con el Cariesaurus. Vaya, ahora que estaba yo enganchada a la historia y me quedo sin saber cómo termina…

Si este anuncio lo hubieran echado cuando yo era pequeña me juego lo que sea a que hubiera estado sin lavarme los dientes una semana. A mí siempre me gustó comprobarlo todo empíricamente y, si me decían que había monstruos horribles viviendo en mi boca hubiese hecho todo lo que hubiera estado en mi mano para pillarlos infraganti en pleno ataque a mis premolares. Menuda era yo.

Así que no sé hasta qué punto este anuncio puede ser perjudicial para niños con inquietudes científicas o demasiado curiosones, como servidora. Tal vez hayan abierto la puerta a toda una serie de experimentos científicos no autorizados y acabaremos siendo devorados todos por el Cariesaurus.

Sea lo que sea. 

Fe de erratas: En el anuncio pesadillesco de la semana pasada, comenté que no recordaba que mi madre hubiese hecho albóndigas alguna vez. Me ha amenazado con cosas dignas de la Yakuza si no me retractaba inmediatamente porque, según dice, sí ha hecho albóndigas. La cosa me quiere sonar así que le creeremos, no vaya a ser que desatemos una terrible venganza... Hala, ¿contenta?

martes, 23 de septiembre de 2014

Ustedes Dirán XCVI: A la rica rima fácil (sugerido por Zum)

Zum, nuestra jovenzuela preferida, me sugirió esto hace años mil. No he podido localizar por qué vía. Juraría que me lo mandó por Facebook pero no he sido capaz de encontrar el mensaje. Por suerte, he conseguido el enlace y puedo hoy ofreceros esta maravilla.

Bien podría ir en “Anuncios Pesadillescos” pero jamás he visto esto en la tele así que no sé cuál ha sido su grado de alcance hacia el gran público.

Comenzamos con unas imágenes en blanco y negro donde vemos a una madre y una hija en pijama que se abrazan en mitad del pasillo como si ya no fueran a volverse a ver en la vida. El locutor apocalíptico nos informa que, si tu hijo tiene miedo a la oscuridad, toda la familia pierde el sueño (me aventuro a pensar que tal vez lo pierdan incluso los miembros de la familia que no viven bajo vuestro mismo techo).

Pero, por suerte para todos, unos amables fabricantes han pensado en esos terribles momentos fabricando un cojín (disponible en formato cuadrado o corazoncito) que brilla en la oscuridad. Vamos, como el Gusiluz de toda la vida pero en formato cojín.

Por lo que vemos en las imágenes, mientras una cancioncita discotequera nos hace mover los piececillos, no sólo es adecuado para que los niños no tengan miedo. También vemos a una adolescente chatear en la cama vete tú a saber con qué depravado iluminada por el cojín; dos niñas se dedican a darse almohadonazos luminosos, otra apunta maneras de futura acaparadora y se ve que los colecciona porque sobre su cama debe haber unos cinco, todos brillando como si el dormitorio se hubiese convertido de repente en una fiesta rave.

La letra de la canción da más miedo que la oscuridad en sí misma, con joyas como “Mi cojín molón mola mogollón” o “En la fiesta de pijamas es la estrella que más brilla. Me acompaña cuando duermo, no tengo pesadillas”. Esto lo ha compuesto Leonardo Dantés como poco. Ya me estoy imaginando la coreografía con movimientos espasmódicos mientras todos coreamos ““Mi cojín molón, oh, oh,  mola mogollón”. Yo aquí huelo a éxito para el verano 2015. El anuncio es más viejo pero nunca hay que perder la esperanza de que en algún momento podamos pasar las noches veraniegas bailando al son del cojín molón.  Mira, ha rimado y todo. Puedo aprovechar este momento de inspiración para colaborar con la marca porque, para rematar la faena, en el anuncio de TúTubo, el anunciante informa que están buscando nuevas estrofas para la segunda versión. Así que, ya sabéis, echad mano de vuestra imaginación y haced vuestro aporte. Los comentarios de la gente son lo que ha sumado valor a esta joya publicitaria para un producto, sin duda, tan necesario.

A mí, a bote pronto, se me ocurre algo como:

“Mi cojín molón
Mola mogollón
Duermo como un lirón
Aunque pase un camión”.

Aunque me sigue convenciendo más lo de “bailar a su son”.

Seré buena. Podéis disfrutarlo aquí


P.S. Mandadme vuestra propuestas, no seáis vaguncios.