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jueves, 30 de noviembre de 2017

Continuará

Hoy vengo con post corto. Y cuando yo traigo post corto ya sabéis lo que significa. En efecto, me tomo vacaciones. La semana que viene disfrutaré de una reparadora semanita de vagancia extrema. Incluso me quedaré de Rodríguez en casita unos días, así que la desconexión será total. Luego tocará volver a trabajar pero el blog creo que será retomado después del 6 de enero.

¿Qué dices, Álter? ¿Nos vas a tener abandonados todo diciembre?

Sí, soy mala gente, lo admito. Pero es que entre que estas fechas no me molan nada (creo que ya lo habíais vislumbrado a raíz de mi post del jueves pasado) y que en diciembre por aquí suelen quedar cuatro gatos, pues me tomo un descanso, que buena falta me hace.

Pese a que no soy fan de las festividades navideñas, ya sabéis que os deseo lo mejor en estas fechas y siempre, así que espero que terminéis el año como más os apetezca terminarlo y aquí estaremos con un 2018 recién estrenado y un montón de páginas en blanco a rellenar con chorradas varias.

Besitos para todos y portaos bien, que Papá Noel y los Reyes vigilan como acosadores. ¡Se os quiere mogollón!

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXXIX: WC Surfer

Lo vi una sola vez y aun así no he podido quitármelo de la cabeza. Supongo que parte de la estrategia publicitaria debe basarse en eso de que no importa si hablan bien o mal de ti sino que lo que importa es que hablen. Conmigo, al menos en este caso, sin duda lo han conseguido.

Esta cadena de tiendas de productos electrónicos ya tuvo su aparición estelar alguna vez en esta sección pero, no conformes con ello, siguen dándome material del bueno (por decirlo así). A lo mejor me dan el material a propósito, porque les mola ver cómo hablo de ellos. Sí, debe ser eso, sin duda.

En este caso, una chica recibe un mensaje de un tal Fabio, que es el chico que la tiene loquita de amor. Es rubio, con pinta de surfero y así como de buen ver en general. Desconocemos su cociente intelectual pero no sabemos para qué lo quiere exactamente la chica, así que lo dejaremos correr. Ella, loca de la emoción, se mete con una amiga en un baño para enseñárselo. El por qué se tienen que encerrar en un baño para esto sigue siendo un misterio para mí, ya que hace tiempo que existen las capturas de pantalla que se pueden compartir discretamente sin necesidad de montar el número. En fin, el caso es que las dos dan saltitos como si tuvieran el mal de San Vito. Aclaro que ambas han pasado la veintena, no hablamos de chiquillas de quince años. Vamos, que tienen una edad ya, como para hacer el indio de semejante manera (tampoco vamos a entrar en por qué siempre tenemos que ser nosotras las emocionadas cuando alguien nos hace caso; me consta que los hombres también se emocionan, aunque no den saltitos). En estas están cuando entra una tercera chica (sin llamar a la puerta ni nada) y, como consecuencia del golpe de la puerta sobre la espalda de nuestra protagonista, el móvil cae inevitablemente al excusado.

En la siguiente escena vemos cómo la chica llega a la tienda de productos electrónicos, ensopada de pies a cabeza, llorosa y con el móvil en la mano. Vamos, que no sabemos cómo pero la chica parece haber estado buceando en las profundidades del inodoro para rescatar su teléfono. Me recordó a cierta escena de Trainspotting que no relataré por no hacer spoiler y porque me da mucho asquito rememorarla.

La dependienta, con muy buen tino, coge el móvil con unas pinzas y, como la chica había contratado garantía para el teléfono, inserta la tarjeta SIM en un aparato nuevo que han customizado convenientemente con una carcasa con la foto de Fabio, para que así pueda guardarlo en el bolsillo delantero de su cazadora vaquera y lleve a Fabio siempre cerca de su corazón.

La chica sale de la tienda entre fuegos artificiales, por un pasillo de gente que la vitorea como si fuese una súper heroína por haber sacado un móvil de un váter.

Lo que hay que ver. 

lunes, 27 de noviembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXXVI: Peleando por el territorio

Marrameowww!!!

Hace casi cuatro años (hay que ver cómo pasa el tiempo, aunque me sigo sintiendo un chaval) mis zarpas escribían este post. En aquella época Luhay ya no estaba entre nosotros y al imberbe ni siquiera había nacido, por lo que yo venía siendo gato único con el aburrimiento supremo que ello conlleva pero también con ciertas libertades y con la ventaja de disfrutar de toda la atención y de poder hacer y deshacer a mi antojo, cual monarca absolutista.

Poco menos de un año más tarde de aquella entrada llegaba Munchkin a pisotear mis privilegios. No es que me arrepienta, que tener con quien jugar y un cómplice con el que planificar maldades no está pagado pero lo malo que tiene el jovenzuelo irrespetuoso este es que no sabe respetar las jerarquías y, por ende, los derechos adquiridos por mí desde el principio de los tiempos.

Es así que ahora que llega el invierno, pretende adueñarse del rayo de sol que entra por la mañana. Yo me tumbo ahí tan a gusto, a que me dé el solecito, y este rebelde sin causa viene  a morderme en el cuello y a subírseme encima con claras intenciones de hacerme abandonar mi puesto para colocarse él con actitud triunfante.

¿No me creéis? Pues contemplad estos espeluznantes documentos gráficos:

Gatos peleando por el sol

Gatos peleando por el sol


¿No os doy penita? Eso es lo que tengo que aguantar cada vez que intento tener un poco de paz y tomar un algo de sol para calentar mis huesecillos y para dar envidia a la bruja, a quien sé que le gustaría poder tumbarse en el suelo a tomar el sol pero mide demasiado (sobre todo a lo ancho, pero esto último que quede entre nosotros; no se lo digáis o corro el riesgo de estar comiendo pienso de marca blanca durante una semana) como para entrar en ese huequito. Llegados a este punto, vale la pena destacar que, según avanza el día, la zona soleada va ganando superficie, alcanzando unos nada despreciables dos metros cuadrados. Pero, si os creéis que eso pone fin al conflicto, no podéis estar más equivocados. El imberbe ya puede tener medio salón para ponerse al sol donde le dé la gana que él siempre querrá el trozo de sol donde estoy yo. De más está decir que yo me defiendo con uñas y dientes y al final tiene que conformarse con el trocito que le toque. Sólo faltaba que yo fuese a estar cediendo derechos en pro de un advenedizo.

Y así es como me paso el día entero. Defendiendo mi territorio. También tengo que decir que, a veces, después de pelear un rato, me termina dando calor tanto sol y, finalmente, opto por irme a un sitio con más sombra. A veces lo importante no es el sitio en sí sino el demostrarle quién es el auténtico rey de la casa, que estos jóvenes ya no respetan canas ni sabiduría a la hora de intentar abrirse paso a codazos en el mundo.

Qué cruz.

Prrrrrr.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Soy el Grinch

Creo que en mis círculos sociales ya estoy empezando a ser conocida como el Grinch pero es que es comenzar noviembre y empiezo a ponerme de mala leche ante la perspectiva de las fiestas navideñas. Iba a decir que eso me pasa al empezar diciembre pero desde hace unos años ya se encargan los centros comerciales de retirar los últimos dientes de vampiro y la última bolsa de golosinas y empezar a recordarnos que vienen Papá Noel, los Reyes Magos, los renos, los camellos y la madre que los trajo a todos. Las estanterías se llenan de polvorones, mantecados, pasteles de gloria (creo que esto es lo único que me gusta de las navidades; deberían vender pasteles de gloria todo el año), turrón del duro, del blando y de ese con fruta escarchada que siempre se compra pero al final nadie se come. Qué pesadez, madre.

Y os preguntaréis si no me pasa lo mismo con San Valentín o con Halloween. Pues sí, me pasa pero son fiestas de las que puedo pasar más fácilmente. Por ejemplo, en mi casa San Valentín no lo hemos celebrado en la vida. Si nos apetece regalarnos algo así porque sí, lo hacemos y si nos da por ir a cenar, pues también. San Valentín es algo que puedes ignorar y que ni te vaya ni te venga la historia.

Con Halloween pasa algo parecido. Si no lo quiero celebrar, pues no lo celebro y ya. Si surge algún plan divertido como el que os conté este año (y que podéis leer aquí)pues me apunto, porque para hacer el chorra no hay horario ni fecha en el calendario.

Pero la Navidad es distinta. Hay una convención social que te empuja a participar de la vorágine festiva aunque no quieras. Las comidas o cenas con los compañeros de trabajo, las quedadas con los amigos, otro tipo de compromisos sociales que no tienes ni idea de dónde han salido… Y si dices que no vas, quedas como una borde antisocial que no se relaciona con sus compañeros/amigos/gente que conoces por diferentes circunstancias de la vida. Y la lotería. Que esa es otra. En mi trabajo toca comprar el décimo de Barcelona, el de Madrid, la participación del sindicato… Que claro, puedes optar por no comprar nada pero ¿y si toca y te quedas con cara de boba? ¿O si compro sólo uno de los décimos y resulta que toca el otro? Pues la misma cara de boba. Así que al final cedes y compras. Y, al menos a mí, de momento no me ha tocado más que un reintegro allá por el 2010, que terminé invirtiendo en la Lotería del Niño por si acaso mi fortuna estaba ahí pero no, tampoco. No sé yo si esto compensa.

Y antes por lo menos en Nochevieja me iba de fiestuqui con mis amigos pero desde que todos son padres pues ya no, claro.

Un sacacuartos, es lo que son las fiestas. Hasta el gorro navideño estoy ya. 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXXVIII: Ya habrá tiempo

¡Vienen las Navidades! Oh, sí. Eso significa que empiezan los anuncios imbuidos de espíritu navideño. Ya ha salido el de la lotería (no, no hablaré de él; no porque me guste sino porque, de momento, no hemos conseguido superar el momento Raphael mirándonos con cara de psicópata) y pronto empezaremos a ver los de turrones. De hecho, me sorprende que no hayamos empezado ya a verlos.

¿Y qué nos trae la Navidad aparte de lotería y turrones? Siiiiiii, jugueteeeeees. Así que vamos hoy con el anuncio del catálogo de juguetes más famoso en las Españas. Sí, el de esos grandes almacenes tan super-mega-híper-famosos. En Internet los he pillado por separado pero en la tele han hecho una extended version para que podamos disfrutar de estas joyas de una sentada.

La idea, básicamente, es que este es el mejor momento del año para que los niños se porten bien, ante la perspectiva de verse sin regalos la mañana de Navidad y/o de Reyes.

En el primero, sale un bebé sentado en una trona, al lado de su hermana mayor, que se encuentra dibujando. La niña escucha en su cabeza la voz de su hermanito conminándola a pintarle la cara con corazoncitos y cosas que se le ocurran, utilizando su rostro como lienzo particular.

Para el segundo, quien le habla a la niña protagonista es una dentadura en un vaso. Esto, de por sí, debería dar miedo pero, en este caso, la dentadura insta a la niña a sacarla del vaso y ponérsela en su propia boca, aprovechando que hay perdido varios dientes de leche. No sé a quién se le puede ocurrir esa idea, la verdad. Creo que jamás en mi vida se me hubiese pasado por la cabeza ponerme una dentadura postiza usada.

Luego tenemos un niño con gafas y gorra de baseball al que el pez del acuario le pide que lo libere, sacándolo de ahí. Es una mezcla entre “Liberad a Willy” y “Nemo”.

Y en el último, la voz de la tentación viene de un chicle, que intenta que un niño lo pegue bajo el pupitre para ir a hacer compañía a los otros chicles que allí habitan. No sé cuál es más asqueroso, si éste o el de la dentadura.

Pero ninguna de las malvadas voces ve satisfecho su objetivo porque, ante la perspectiva del nuevo catálogo de juguetes, la primera niña tapa el rotulador y lo sustituye por un muñequito para jugar con su hermanito; la segunda coge el vaso pero, en lugar de probarse la dentadura, se la lleva a su abuelo, que el pobre hombre debía de llevar horas hablando sin que nadie lo entendiera; el del pececito estira la mano pero no para sacar al pez del acuario sino para darle de comer y, finalmente, el niño del chicle vuelve a metérselo en la boca (desconozco si después lo tira en la calle para que lo pise un viandante desprevenido).

Deben de estar pensando que ya tendrán tiempo el siete de enero.