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jueves, 21 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas VI: Cómo sobrevivir a un día en el aeropuerto

Abandonando La Gomera
Diciendo adiós a La Gomera
Y definitivamente había que volver a los Madriles. Nuestro vuelo de vuelta salía a las siete de la tarde pero, como no habíamos conseguido una combinación de ferry-vuelo que nos sirviera, tuvimos que ir saliendo del hotel a las nueve de la mañana.

Camionetita por carretera sinuosa una vez más (Álter con el corazón encogido también una vez más) y viaje en ferry de cuarenta minutos hasta llegar a Tenerife. Me mola el ferry como medio de transporte. Te pones en la parte de fuera y te va dando la brisa marina (bueno, brisa o más bien un vendaval pero es de lo más agradable). Es que me gusta ver agua, qué le vamos a hacer.

Llegando a Tenerife desde La Gomera
Llegando a Tenerife
Nos vino a buscar el taxista al puerto para llevarnos al aeropuerto de Tenerife Norte. Teníamos intención de dejar el equipaje en consigna para poder pasear un poco hasta que saliera nuestro avión pero habíamos buscado en Internet y hasta llamado por teléfono a Aena y todos nos decían que dicho aeropuerto no contaba con consignas. Como yo no daba crédito, lo pregunté de todos modos en el mostrador de información, donde me sacaron de dudas definitivamente. En el aeropuerto de Tenerife Norte no hay consignas. Muy mal, aeropuerto de Tenerife Norte.

Así que nos tocaba estar atrapados allí durante unas ocho horas (seis, si contábamos con que a las cinco ya se podía facturar el equipaje y, al menos, recorrer el Duty Free Shop). Me compré un par de revistas de pasatiempos y nos sentamos a ver la vida pasar. No os cuento el dolor de cuello con el que terminé de estar en una silla incómoda completando crucigramas y sudokus. De a ratos me levantaba y daba una vuelta por allí. Si necesitáis saber dónde está algo en ese aeropuerto, os puedo dibujar hasta un croquis.

Fuimos a comer cualquier porquería ya que en los aeropuertos nunca tienen delicias locales sino platos precocinados de dudosa procedencia. Como idea de negocio yo propondría montar restaurantes chulos en los aeropuertos, que a veces uno se ve ahí atrapado y le apetecería darse un homenaje de buena comida con su sobremesa, su copa y su puro.

Por fin facturamos el equipaje y tengo que decir que el Duty Free, con tantas ganas que le tenía, resultó ser una decepción. Era pequeñito y no tenía nada demasiado interesante. A lo mejor es que me había creado unas expectativas muy altas.

Aeropuerto de Tenerife Norte
Ese no era nuestro avión, pero
a esas alturas me hubiese subido
a cualquiera
Aprovechamos para conocer los baños de la zona de embarque porque los de la zona de llegadas ya los teníamos muy vistos y para tomarnos un café mientras yo mandaba a mi madre el decimoquinto mail del día.

Arribamos, por fin, a la T2 de Barajas. Llegamos tardísimo y ya habían cerrado todos los sitios donde se pudiera comer (sí, en la T2 cierran todo aunque llegan vuelos a todas horas, son unos genios). En casa no teníamos nada que cenar porque habíamos vaciado la nevera, así que nos tocó ir hasta la T4, donde nos habían dicho que había un Burger abierto 24 horas. No había más opciones. Mi experiencia culinaria iba decayendo según se terminaban las vacaciones.

Pero bueno, que me quiten  lo bailado. Había pasado una semana estupenda y no iba a permitir que una vulgar hamburguesa y el hecho de haber hecho un viaje más largo que si me hubiese ido a ver a mi madre a Montevideo me arruinase las vacaciones. Aparte, esta vez no me accidenté ni me enfermé a la vuelta, como suele ser mi costumbre y ya os he contado en relatos anteriores.

Y si el viaje de vuelta hubiese ido sobre ruedas, tal vez no hubiese tenido nada que escribir para hoy. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXIX: El lácteo con superpoderes

Hace mucho que no traigo anuncio internacional, así que hoy era un día tan bueno como cualquier otro para echar mano de un aporte desde el otro lado del charco. Esta, concretamente, viene desde Argentina de la mano de El Demiurgo de Hurlingham que es un colaborador casi fijo de esta sección.

Siempre he dicho que a mí la publicidad argentina, en términos generales, me parece muy buena pero, claro está, a veces patinan, como en esta ocasión.

Vemos a un chico en una barca en medio de un lago. El locutor nos habla de desolación y el pobre chico grita “Noooooo” (será por la desolación, claro) mientras la cámara se aleja mostrando cantidades de agua a su alrededor para darnos una imagen de soledad absoluta.

En la siguiente secuencia vemos a otro chico que juega al pingpong con… nadie. Tira la pelotita desde su lado de la red y, del otro lado, no hay nadie para recogerla, cayendo ésta irremediablemente al otro extremo de la mesa.  Una imagen de lo más triste y supongo que por esto, el locutor dice “tristeza”.

Luego vemos a una chica bajo un paraguas en la puerta de un cine. No sé por qué las escenas de abandono siempre tienen que incluir lluvia ¿Los días de sol no se deja plantado a nadie?

Nos explican que el motivo de tanto abandono es la pachorra. No sabemos por qué motivo los amigos con pachorra no son gente real sino unos muñecos de felpa amarillos muy extraños, que se abanican o se tumban en un sofá sin ganas de hacer nada (yo en cualquier momento me convierto en uno de ellos).

Pero llega uno que tiene el remedio al terrible mal de la pachorra. Un yogur. Sí, un yogur, yo qué sé. Le hace entrega del yogur al chico del pingpong mientras le dice que se va a convertir en un héroe. El “pingponero” lanza por los aires el yogur, que cae en la mano del muñeco que se abanicaba y, milagrosamente, se convierte en un ser humano. Lo mismo sucede con el muñeco que se había quedado en el muelle sin subir a la barquita y con la muñeca que dormita en el sofá, a la que su amiga le lanza un yogur desde la puerta del cine.

Todos se comen su yogur y corren a los brazos de sus amigos porque, al parecer, es un yogur que te da muchísima energía. No sé si es porque tiene cereales o a saber qué será lo que tiene…

Así que ya sabéis. Si teméis que vuestros amigos os vayan a dejar plantados, dadles un yogur antes de salir y tendréis fiesta asegurada hasta la madrugada. En lo particular, desde que vi este anuncio siempre llevo un yogur con cereales en el bolso y si veo, un suponer, que la cajera del supermercado está un poco lenta, le abro la boca y se lo echo en el gaznate. No veáis cómo vuelan los productos por la cinta.

N.del T. Aquí en España el significado de “pachorra” es más fiel a la RAE y se usa para hablar de una cierta lentitud en hacer las cosas. En el Río de la Plata se utiliza más bien para referirse a la pereza.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXVI: El tiro por la culata

Marameowww!!!

Domingo por la mañana y la bruja me planta frente al ordenador para ponerme a trabajar. “Hala, te toca escribir tu entrada para mañana”, me dice. Arguyo que no tengo nada sobre lo que escribir, a lo que ella replica que cuente alguna de las maldades de la semana.

“No tengo ninguna”, le digo. La bruja dice que eso es imposible, que cómo no voy a tener ninguna. Oigo cómo su mermado cerebro lucha en vano por encontrar algún ejemplo con el que darme en todo el hocico. Los engranajes oxidados chirrían, se debaten entre la vida y la muerte intentando establecer conexiones neuronales que resultan infructuosas. “Pues Munchkin seguro que ha hecho algo”, dice con tal de no darse por vencida, como quien da un manotazo de ahogado.

“Tampoco”, sentencio. Ella responde que eso es imposible, que algo tenemos que haber hecho o no seríamos nosotros. Que en nuestra naturaleza está el ser perversos y que rememore qué hemos hecho en el fin de semana, por poner un ejemplo. Ahí creo que hasta ella se da cuenta de que lo único que hemos hecho en el fin de semana ha sido dormir y acurrucarnos junto a ella en el sofá para dejarnos hacer mimitos (porque bajó la temperatura y teníamos un poco de frío, no porque de repente hayamos descubierto lo enamoradísimos que estamos de ella). Hasta la dejé dormir hasta tarde (relativamente). “¿Será posible que os hayáis portado bien?”, se pregunta, presa del estupor.

Pues sí, nos hemos portado bien. Ella busca y rebusca en su memoria y no da con cosas que echarnos en cara. “¿Cómo es posible que os hayáis portado bien?”, me pregunta. Respondo que estuve pensando que, si nos portábamos bien, no habría material para la sección, lo cual derivaría en una sección menos y, por ende, un bajón considerable en las visitas semanales y que estaba seguro de que con eso la fastidiaría un montón, ya que por todos es sabido que yo y sólo yo soy la estrella indiscutible de este blog.

“Eres maquiavélico”, me dice, como si acabase de hacer el descubrimiento del siglo y le fuesen a dar un Nobel. “Pues que sepas que eso es una maldad, así que ya estás tardando en sentarte a escribirla”. Intento encontrar mil argumentos que secunden que la ausencia de maldades no es una maldad per se, independientemente de las motivaciones intrínsecas que haya podido tener para ello. No cuela. La bruja concluye “Te ha salido el tiro por la culata, amigo mío”.

Y lo peor de todo es que tiene razón, así que no me queda más remedio que plantar mis zarpas sobre el teclado y relataros cómo pensaba destrozar su vida bloguera y me he tenido que tragar mis palabras por haber sido un bocazas (nota mental: a la próxima, guardarme sólo para mí mis intenciones. Si quiero parecer bueno, tengo que parecer también un poco tonto, por mucho esfuerzo que me cueste).

Si no la gana la empata, la condenada.

Prrrrrr.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas V: Un cabrito, un hermoso paseo y un queso fallido

Torre del Conde, San Sebastián de la Gomera
Frente a la Torre del Conde
Y el viaje iba tocando a su fin. Al día siguiente tocaría poner rumbo nuevamente a los Madriles, por lo que decidimos pasar el día conociendo San Sebastián de la Gomera, que eso de andar todo el día en chanclas y bañador está muy bien pero también hay que culturizarse un poco.

De manera que tomamos la guagua (que es un autobús, pero dicho en canario) y para allí que nos fuimos. He de decir que a mí los viajes por carreteras gomeras me ponían un poco de los nervios porque son muy estrechas, hacen dos millones y medio de curvas y vas pegado a un barranco. El que se saque el carnet de conducir en La Gomera ya puede conducir en cualquier sitio del mundo. Llegamos sanos y salvos, así que dimos una vuelta por el parque de la Torre del Conde para ver la ídem. Es una fortaleza castellana del Siglo XV pero se rumorea que en realidad no valía para nada, más que para satisfacer el ego del Conde de La Gomera porque no tenía ni armas ni nada de nada.

Peces en el puerto de San Sebastián de la Gomera
¿Veis qué felices los pececillos?
De ahí fuimos a ver la Playa de San Sebastián (sólo a verla, porque yo le había dicho al churri que me daba pereza infinita andar haciendo turismo con los bártulos de la playa, por lo que no nos llevamos nada). Desde allí dimos un paseo (largo y a pleno sol del mediodía) por el puerto. Soy de puerto, bien lo sabéis vosotros y siempre me quedo embobada, ya sea un puerto deportivo, pesquero o comercial (los containers amontonados tienen algo que me fascina) pero tengo que decir que en mi vida había visto yo un puerto, sea del tipo que sea, con el agua tan limpia. Era cristalina y se podían ver perfectamente miles de peces nadando felices entre los barcos.

Playa de la Cueva, San Sebastián de la Gomera
La arena quemaba un montón
Llegamos a la Playa de la Cueva. Tenía yo intención de comer en un restaurante que había justo enfrente, al que llevaba llamando infructuosamente para reservar desde el día anterior. Un cartel de “Cerrado” me dio la respuesta a por qué nadie atendía el teléfono. El churri insistió en bajar a caminar por la arena de la  playa. Y sí, habéis adivinado, llevaba las mismas sandalias que el día de los pedruscos en Playa Santiago. Aquí no había pedruscos pero a esas horas la arena era como lava ardiente colándose entre mis dedos, así que hice el ridículo una vez más dando saltitos y gritando “Ay, quema, quema muuuchooo”. Si no doy el cante allá donde vaya no me quedo a gusto.

Álter en las calles de San Sebastián de la Gomera
Buscando dónde comer
Total, que teníamos calor, hambre y yo le sumaba unos pies quemados, así que ¿qué podíamos hacer? Pues volver hacia el centro y comer, claro está. Dado que el restaurante al que yo quería ir estaba cerrado, nos pusimos a investigar por Internet y recalamos en un restaurante llamado “La Salamandra” (Calle Real, 18). Todo lo que había en la carta tenía una pinta fabulosa pero nos dijeron que fuera de carta tenían cabrito y los ojos nos hicieron chiribitas. Pedimos una ensaladita para acompañar, que así parece todo más sano. La ensalada estaba buenísima y el cabrito… ¿qué decir del cabrito? Era una cosa deliciosa. Lo coroné con un postre de chocolate que se fue directo a mis caderas pero qué placer, oye.

Como ya sabéis que si yo no compro un queso local vaya donde vaya es como si no hubiera viajado, pregunté en el restaurante dónde podía conseguir quesos buenos (le tenía yo echado el ojo a un queso ahumado de cabra que provoca orgasmos). El chico que nos atendía, que era tan majo como todos los que nos atendieron en cualquier otro sitio al que hayamos ido, dijo que él en realidad era de Las Palmas, pero que preguntaba a la cocinera. Qué gente más adorable. La cocinera nos recomendó una tiendecita que, si pasas por delante ni la miras, así que estoy segura de que debían tener los mejores quesos de la zona pero me quedé sin llevarme uno porque era tarde y ya habían cerrado. Si alguien sabe de algún sitio bueno en Madrid donde pueda conseguir queso gomero, le estaré eternamente agradecida.

Iglesia Matriz de la Asunción, San Sebastián de la Gomera
La iglesia pirateada
Pero bueno, la ausencia de queso no nos iba a impedir disfrutar del resto del paseo. Vimos la Iglesia Matriz de la Asunción, construida en el siglo XV y que fue atacada por los piratas en innumerables ocasiones. Eso de los piratas a mí me llegó al alma. Pasamos por la casa de Colón y callejeamos sin rumbo fijo, recalando en un barecillo a tomarnos un cafecito.

Culminamos la jornada dando una vuelta por el paseo marítimo (sobre la acera para que yo no siguiese dando saltitos en la arena) y volvimos a esperar la guagua para dar por culminado nuestro último día. Daba penita pensar que al día siguiente había que irse…. snif. 

Playa de San Sebastián, San Sebastián de la Gomera
La Playa de San Sebastián. Esta no sé si quemaba.

Recorriendo San Sebastián de la Gomera
Callejeando

Álter en San Sebastián de la Gomera
Disfrutando del paseo con la panza llena de cabrito

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXVIII: El pollo como nuevo fetiche

No sé qué tiene el pollo que resulta ser un animal tan explotado en materia de publicidad. Vale, este es un anuncio de pollo. De una cadena de comida hecha a base de pollo, quiero decir, así que tiene más sentido que lo nombren pero, no sé, tal vez con ver una persona deleitándose mientras come sería suficiente para que nos hagamos una idea de la experiencia religiosa que debe ser comer ahí (para quien le guste el pollo, claro; a mí es que me suele hacer bola y por eso nunca compro nada en esa cadena de fast food).

El caso es que un chaval entra en un local y se dirige al mostrador. La dependienta le pregunta si quiere algo “rico, rico”. Dado que el cliente responde afirmativamente, le informa que tienen la promoción del “pollo pollo”. Él se emociona y le responde que tiene todo el rollo. Me veo venir una secuencia de rimas traídas de los pelos. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.

Ella se dirige a la parte trasera del mostrador, donde recoge un cubo con trozos de pollo empanado y, súbitamente, el local se queda vacío y a oscuras, iluminado únicamente por unas luces de neón. La dependienta con su cubo, de repente está acompañada por otras dos chicas con sendos cubos de pollo en las manos. Comienzan a bailotear y a cantar una canción donde afirman que tú lo que quieres es “pollo pollo” (entiendo que las piezas de pollo estarán pegadas al cubo para el anuncio porque si no ya estaríamos viendo volar por los aires trozos de ave). Las chicas bailan en patines. Me presunto si su seguro cubre un accidente por caída mientras se baila en patines una oda al pollo. ¿Habrá una cláusula especial para eso?  Como el local se les queda corto para dar rienda suelta a su desenfreno, continúan la juerga en el aparcamiento. La coreografía merece especial mención, con los codos hacia afuera para imitar el aleteo de la gallinácea.

Y sí, las rimas son todo un lujo. La alita la tiene loquita, vaya rollo tiene el pollo y que cómo le ponen las hamburguesitas. Esto no rima con nada pero sirve para hacer un primer plano de la pierna de la dependienta en shorts pasando la mano de manera sensual. El sexo vende aunque sea para anunciar productos avícolas.

Tan extrañamente como había empezado semejante despropósito, se interrumpe cuando vemos a la dependienta nuevamente tras el mostrador haciendo entrega del cubo al cliente. Entiendo (dentro de lo que soy capaz de entender en esta demencia) que todo ha sido obra de la calenturienta imaginación del muchacho y que la chica no ha abandonado en ningún momento su puesto de trabajo para ponerse a bailotear. Creo.

Y el anuncio termina aquí. Al final no nos hemos enterado de cuál es la promoción. No nos han dicho precios ni cantidad de pollo a servir ni nada de nada. Sólo sabemos que a ella le ponen las hamburguesitas.