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jueves, 30 de agosto de 2018

Volveré… es más amenaza que promesa


Vamos hoy con un post cortito para anunciar que, por fin, me voy de vacaciones. Este año me he tirado trabajando todo el verano por razones que ya explicaré a la vuelta (razones buenas, no os preocupéis por mí, que todo funciona bien en mi vida).

Os diría que no me echéis de menos pero, en realidad, dada la escasez de inspiración que me aqueja últimamente, me da que ni siquiera vais a notar mucho la diferencia… hasta Forlán, que presumía de estar manteniendo vivo el blog, se ha dado a la vagancia y la vida contemplativa que provoca la canícula. Y esta es una clara señal de que necesitamos vacaciones.

No voy a salir de Madrid, así que medianamente estaré leyendo y respondiendo comentarios de vez en cuando pero confío en que el descanso veraniego-otoñal me haga volver con las pilas cargadas y con anécdotas para contar. Como ni siquiera la desconexión provoque la vuelta de las musas, no sé yo ya a qué atenerme.

Pues lo dicho, que nos vemos el 1 de octubre… creo. Ya sabéis que yo para eso de las vueltas soy muy laxa porque tengo que entrenar mi cerebro para la vuelta a la rutina. Resulta que es tan vago como yo y enseguida se acostumbra a eso de vivir mirando las musarañas.

Sed buenecitos y espero que a mi vuelta haya alguien todavía por aquí. Al menos para ayudarme a limpiar el polvo y las telarañas.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Anuncios Pesadillescos CCLVIII: Dudo que sólo sea calcio


De esta marca de leche ya había traído alguno. No de esta modalidad de leche en concreto (o eso creo recordar) pero sí de la misma compañía.

Y no es que me guste cebarme con marcas o productos pero es que a veces no me dejan más remedio. Si estoy delante de la tele medio adormilada (porque, como tengo sueño atrasado desde el 2016, la única forma en que me muevo por la vida es medio adormilada) y, de repente, veo algo que me hace abrir los ojos como platos y disipa completamente mi somnolencia, ¿cómo voy a dejar de compartirlo con vosotros?

El anuncio empieza con una escena bastante normal. En la mesa de la cocina se encuentran desayunando una abuela y su nieto. La madre de la criatura (que desconozco si es hija o nuera o de la abuela) les sirve leche mientras ellos intercambian sonrisas cómplices. Supongo que se ríen porque, en su fuero interno, están pensando “menuda pringada ésta, que viene a servirnos como si fuéramos marqueses mientras nosotros no tenemos que levantar el culo de la silla”. Y tal vez penséis “bueno, a lo mejor la buena señora está muy mayor e impedida para moverse mucho”. Ja. Esperad y veréis.

La voz en off nos pregunta si sabemos por qué esta leche enriquecida con calcio es súper ideal para todos los integrantes de la familia. En vez de deshacerse en explicaciones, prefieren hacernos una demostración visual por lo que, a continuación, vemos al nieto y a la abuela parados frente a los escalones de entrada a la casa. Intercambian una última mirada, asienten con la cabeza al mismo tiempo y, a continuación, bajan las escaleras dando saltitos con los pies juntos, como si fuesen canguros. Como gracia y muestra de complicidad intergeneracional estaría bien. El tema es que continúan calle abajo con sus saltitos de marsupial, pasando junto a una mujer que lleva en sus manos una montaña de cajas, y a la que casi tiran al suelo en clara actitud gamberra.

Desplazándose a saltos, pasan frente al frutero que sonríe y junto a las señoras de la peluquería que los saludan con la mano. Hacen una breve parada en la cancha de baloncesto, donde el niño, sin parar de dar saltitos, encesta de espaldas mientras su abuela lo observa orgullosa.

Finalmente, el niño sube las escaleras de entrada al colegio (sí, habéis adivinado, dando saltos) mientras su abuela lo despide desde abajo. La abuela se ha quedado quieta, finalmente, para alivio del espectador pero esto sólo le dura mientras se despide de su nieto porque, al darse la vuelta para continuar con sus quehaceres matutinos, que vete a saber cuáles serán, da un último saltito chocando los talones en el aire porque encima parece que se quiere chulear.

La última imagen son las cajas de leche dando saltitos sobre la encimera de la cocina. Y ya si hasta los seres inanimados dan saltitos, miedo me da preguntar qué lleva esa leche aparte de calcio.

jueves, 23 de agosto de 2018

Defensa del lepidóptero


Iba en el autobús la otra mañana rumbo al trabajo con una compañera que, aparte de compañera es vecina. Vive en la esquina de mi casa y se sienta a mi lado en el trabajo; así que yo creo que la veo más horas a la semana que al churri.

En fin, el caso es que íbamos hablando de nuestras cosas (de las cosas que medianamente se pueden hilar a las seis y veinte de la mañana) cuando, en la ventana que llevaba yo a mi izquierda, se posó una polilla. Mi compañera casi entra en estado de pánico y me dice “¡¡¡Ay, tienes al lado una polilla!!!”. Confieso que a mí tampoco me gustan demasiado pero no les tengo ese terror que les tiene otra gente y esto me dio que pensar (repito: lo que se puede pensar a las seis y veinte de la mañana).

¿Por qué las polillas nos producen aversión? La respuesta es simple: Porque son feas. La mayor parte de la gente (no digo toda porque sé de personas que se ponen histéricas hasta con las inocentes y cuquísimas mariquitas) ve una mariposa y dice “Ayyyyy,  mira que mariposa tan bonitaaaaa” y se solazan en ese bucólico momento.

Las polillas son el mismo bicho pero con la diferencia de que son nocturnas, no tienen colores vistosos y son más “peluditas”. Pues ahí tenéis un claro caso de discriminación entomológica basándonos en el aspecto del pobre bicho. Las polillas no pican, no hacen mal a nadie y mis gatos las consideran un manjar sólo comparable a que nosotros viéramos patas de jamón de jabugo volando por los aires y chocándose contra las bombillas. Si a eso le sumamos que a todas luces son unas fiesteras porque se pasan toda la noche de picos pardos, deberían parecernos graciosísimas. Total, por las noches se ven muchos seres poco vistosos y, en ocasiones, muy peluditos y no hacemos tanta alharaca. Pasa lo mismo con las babosas, que yo creo que las discriminamos porque son caracoles homeless.

Tendemos a defender más a los animales que nos parecen bonitos. Sobre todo si son mamíferos porque tenemos una cierta sensación de pertenencia de grupo. No se habla de la defensa del besugo ni se ondea una bandera por los camellos, pese a que son los encargados de traernos regalos en enero (o de surtirnos de sustancias estupefacientes, según de qué clase de camellos estemos hablando).

Así que vaya desde aquí mi defensa y mi solidaridad con las polillas, que también merecen su espacio en el mundo y en los medios de transporte público. Aunque no pagan billete y eso sí me cabrea un poco porque tal vez estemos ante un claro caso de discriminación positiva. Ya que van a usar autobuses, metros (y, a veces, hasta taxis) para desplazarse de un lugar a otro en lugar de usar sus alitas que para eso las tienen, qué menos que exigir que paguen su parte.

Si exigimos igualdad, que sea con todas las consecuencias.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Anuncios Pesadillescos CCLVII: Aprovechando la coyuntura


¿He traído alguna vez un anuncio de agua? La cosa no me suena, sinceramente, pero siempre hay una primera vez para todo.

Se trata de una marca de agua mineral muy conocida. Una cantante también muy conocida comienza a cantar una versión del “A quién le importa” de Alaska que todos hemos cantado en alguna noche de fiesta, totalmente convencidos de que el resto de la humanidad está preocupadísimo por lo que hacemos o dejamos de hacer en la vida, cuando en realidad probablemente a todos se la traiga con viento fresco.

Las imágenes, mientras suena la cancioncita de marras, nos muestran a mujeres en diferentes situaciones: montando en moto, andando por la calle, una embarazada bailando, una chica boxeando, otras rapeando (supongo, por la vestimenta, aunque tal vez me esté dejando llevar por los prejuicios), otra encabezando una manifestación, una niña montando en bicicleta, una chica jugando a los bolos en silla de ruedas, niñas recibiendo medallas de natación, otra que se rapa la cabeza, una que baila en el supermercado (confieso que me siento identificada; más de una vez el hilo musical me ha hecho marcarme un baile en mitad del pasillo de congelados, para deleite, o sorna, de los encargados de vigilar las cámaras), un equipo de fútbol americano femenino, otras dos que se hacen arrumacos, una señora mayor que baila en la calle, una joven que también baila en la calle… y ahí se ve que se quedaron sin presupuesto para más actrices y vuelven a mostrar más o menos a las mismas, aunque también nos enseñan a una madre dándole el pecho a su bebé en un sitio público y a otra que está sentada mientras un hombre pinta un mural.

Y sí, ese es el único hombre que sale en todo el anuncio. Se ve que beber agua es algo que hacen exclusivamente las mujeres. Los hombres pueden hidratarse a base de cerveza mientras ven el fútbol en la tele con sus amigotes, supongo. Lo malo es que el tema del empoderamiento femenino después les falla con el uso del lenguaje. Dicen que debemos liberarnos del qué dirán para ser nosotros mismos. No dicen “nosotros y nosotras” ni “mismos y mismas”. Ni siquiera usan un “nosotres”, que tan de moda está ahora, con la clara intención de que todos los correctores de texto del mundo colapsen y Garcilaso se revuelva en su tumba. Han fallado estrepitosamente ahí.

Y ya rematan diciendo que es un agua 100% libre de impurezas. ¿100% libre de impurezas? ¿Es agua destilada o qué? Cada vez que en un anuncio se afirma algo así, muere un Ingeniero Químico.

Es todo muy confuso. No entiendo qué tiene que ver la liberación femenina con el agua porque, hasta donde sé, hasta las mujeres oprimidas beben agua. Creo que esto es lo que comúnmente se conoce como “aprovechar la coyuntura”. Tomo un tema que esté de actualidad y lo meto con calzador aunque no venga ni a cuento.

Lo que hay que ver.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Anuncios Pesadillescos CCLVI: Los alimentos acosadores


Recuerdo que, en mis épocas de estudiante, un profesor nos contó que el nacimiento de la figura del superhéroe coincidió aproximadamente con el nacimiento de la burocracia. La idea de poder tomarte la justicia por tu mano sin tener que pasar por interminables trámites previos resultaba de lo más atrayente a la audiencia.

Pero, al parecer, ya nos han metido tantos superhéroes para solucionar nuestros problemas más importantes (como robos, asesinatos, accidentes y demás) que han decidido buscarles tareas más mundanas. De hecho, a día de hoy, según la publicidad, cualquier objeto inanimado puede convertirse en superhéroe. Ya tuvimos un ejemplo hace algunas semanas con un quesito (creo recordar que hemos tenido algún otro pero llevamos ya más de doscientos anuncios, así que no pretenderéis que tenga memoria a tan largo plazo) y hoy vamos con un gel para las llagas de la boca.

Vamos por partes. El anuncio está hecho en base a animación (por suerte, porque ya ver a un ser humano disfrazado de gel para las llagas me  parece demasiada humillación para el pobre actor que debe ganarse el pan). Lo primero que vemos es a una chica sentada a la mesa del desayuno, tocándose un moflete con cara de sufrimiento  y pensando “Tengo una llaga”. Acto seguido, los alimentos y objetos de la mesa cobran vida y vemos cómo una cafetera, una naranja, un limón y una tostada, se levantan y, caminando hacia ella, corean todos “Tiene una llaga, tiene una llaga, tiene una llaga…”, con ese soniquete de niño repelente que todos hemos oído alguna vez (o hemos hecho, si se da el caso de que fuimos niños repelentes). Hay que decir que la cafetera es una torpe porque, en su avance por la mesa, tira una taza que, por suerte, estaba vacía.

Pues bien, como la muchacha necesita una capa protectora sobre su llaga, una mano sin cuerpo deposita una caja de este producto sobre la mesa. Me encantan esas manos en publicidad, que aparecen de la nada trayendo una solución; en mi casa nunca pasan estas cosas. Un momento, que pruebo…

Necesito un bolso caro.

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Nada. ¿Lo veis?

Me he dispersado. Sigo. La caja da vueltas sobre sí misma y se convierte en un superhéroe de capa morada (y protectora, columbro). Demuestra su acción sobre sí mismo, creando una cúpula invisible sobre su cabeza, de manera que los alimentos no puedan hacerle bullying. Porque sí, será muy superhéroe pero tiene el tamaño de la cajita de gel. Vamos, que lo puedes aplastar con un pie por mucha capa protectora que tenga.

Pues eso, que el gel promete proteger nuestra llaga de los ataques alimentarios al tiempo que nos da un chute de ácido hialurónico que hará que cicatrice mejor y más rápido. No sé si os habéis fijado pero, hace unos años, nadie hablaba del ácido hialurónico y ahora no hay producto que se precie que no lo incluya. Vale para todo.

El ácido hialurónico es la nueva agua de Lourdes.