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jueves, 1 de diciembre de 2016

Fin de temporada

Bueno, pues este cuerpito se va de vacaciones de Navidad. En realidad, laboralmente hablando, tengo sólo dos semanas y, encima, separadas entre sí, pero como ya sabéis que cada vez que me voy de vacaciones me cuesta volver a reenganchar el ritmo normal y que en estas fechas tan señaladas media blogosfera está demasiado ocupada comiendo polvorones como para pasarse por estos lares y esto queda más muerto que una rave en un pueblo amish, pues cierro el chiringuito hasta enero. Ahí, confiando ciegamente en que me estaréis esperando cuando vuelva.

No soy yo de hacer balances anuales pero tengo que reconocer que este 2016 ha sido, por decirlo de una forma diplomática, algo convulso, sobre todo en lo que a trabajo se refiere. Espero que el 2017 me traiga cosas mejores o, al menos, que no me traiga nada peor, que con eso yo ya me daría por satisfecha.

Un placer haber compartido este añito con vosotros y espero que el año que viene haya muchos anuncios pesadillescos, que Forlán siga haciendo de las suyas y que me sigan pasando cosas raras en general, para poder venir a contároslas.

Sed buenos, vigilad las calorías navideñas y que los Reyes Majos os traigan todo lo que les pidáis, que sé que os lo merecéis aunque más no sea por haberme aguantado.


¡Feliz 2017, gentuza!

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Anuncios Pesadillescos CXCIII: El usurero hortera

El que os traigo hoy tiene todos los ingredientes para formar parte de esta sección: Es cutre, ridículo y da vergüenza ajena. Lo digo así, sin paños calientes para que luego no haya sorpresas y nadie se lleve un disgusto si luego le da por buscarlo en las redes, que ya voy sintiéndome un poco responsable de vuestra salud mental y debo avisar de los efectos secundarios.

La cosa empieza en una cocina, suponemos. Digo “suponemos” porque en realidad es un plató vacío (y de un verde de lo más desagradable) donde sólo hay una mesa con un frutero y una taza, un par de sillas y una lámpara de techo que parecen flotar en el vacío porque son del mismo tono de verde que el resto del plató. Aparte de este impresionante decorado, también tenemos a un hombre y una mujer quienes, por suerte, no van vestidos de verde o veríamos una cabecitas y unas manos en suspensión, lo cual sería (aun si cabe) más grimoso.  Eso sí, cabe destacar que al hombre le queda grande la ropa. Me da que tenían pensado que el anuncio lo protagonizase otro que lo superaba en un par de tallas.

Ella revisa unos papeles con cara de preocupación y él comenta con voz consternada que han llegado los recibos. Ella lo mira esperando que él sea el héroe que la libre de todo mal y le pregunta qué van a hacer. Él dirige la vista hacia la cámara con los brazos en jarras y, por la cara que pone, le falta decir “Oh, y ahora ¿quién podrá defendernos?”.

Pero, en lugar de aparecer el Chapulín Colorado, lo que aparece es un cartel luminoso con la palabra “Calma” y un tío ataviado con pantalón negro, zapatos que juraría que son marrones pero que espero que no por mantener un poco el buen gusto y, atención, una camisa estilo Elvis Presley de purpurina aguamarina con flecos en las mangas y cuello levantado. Este hombre tan elegante contonea las caderas y canta una versión de una canción de… ¿Elvis? No. De Sergio Dalma. De verdad, esto de los covers en la publicidad se les está yendo de las manos.

Canta una oda a un microcrédito rápido de hasta tres mil euros mientras debajo te ponen las condiciones bien pequeñitas para que no veas, tan embobado como estás viendo el movimiento de pelvis de este señor, que para un préstamo de mil euros terminas devolviendo casi dos mil al cabo de 24 meses gracias a un maravilloso TAE del 79,38% ¿79,38%? ¿Estamos locos?  Vamos, que si tenías problemas para pagar los recibos ahora le vas a sumar un recibo más. Pero esto no te lo cuentan, claro está. Es mucho mejor pensar que el hombre de las caderas bamboleantes viene a solucionarnos la vida como si de un hada madrina hortera se tratase.

Pues lo dicho, cutre, ridículo, hortera y, si nos da por leer la letra pequeña, hasta un poco indignante.

En qué mundo vivimos…

lunes, 28 de noviembre de 2016

Crónicas Felinas CXCVI: Soy el gato Fénix

Marrameowww!!!

Luego del bache que os relataba la semana pasada, me enorgullece comunicaros que Munchkin y yo hemos vuelto a nuestro ser y las trastadas han vuelto a formar parte de la cotidianeidad de este nuestro hogar. Bien dice la sabiduría popular que no hay mal que cien años dure y que siempre que llovió, paró, aunque en estos madriles parezca que no vaya a parar nunca y que en cualquier momento vayamos a tener que salir en canoa (a mí no me molesta; yo estoy calentito en casa y me divierte ver cómo la bruja se enfada porque no se le seca la ropa).

Munchkin, por su parte, ha aprendido una nueva habilidad de la que estoy seguro que vamos a sacar mucho partido. Ya os he contado en varias ocasiones que le encanta despertar a la bruja a zarpazos los fines de semana para que nos provea el alimento que tanta falta nos hace pero ahora ha descubierto que hay una técnica bastante más sutil y muy, pero muy, efectiva. Veréis: Junto a su lado de la cama, la bruja tiene un bloque de madera pintado hace años por un amigo suyo que ella usa a modo de mesita de noche. Como es una cosa artesanal, no es perfectamente plano, por lo que Munchkin había descubierto hace tiempo que era muy divertido subirse ahí y moverse  para que aquello emitiese un repiqueteo allegro ma non troppo que la ponía bastante de los nervios. No contento con eso, ahora ha caído en la cuenta de que el boque en cuestión está colocado justo debajo del interruptor de la luz del techo, por lo que ahora, si no consigue que se levante con el concierto de percusión acompañado de arañazos, también le da con la luz en los ojos a modo de interrogador del FBI.

En cuanto a mí, hace unos días descubrí sobre el microondas un extraño recipiente negro. Llevaba ahí bastante tiempo pero no le había prestado atención. Pues me dio por mirar dentro y vi que en su interior habían tirado cápsulas de las que se usan para preparar tés y cafés en esa máquina infernal que compraron el invierno pasado y que hace sus delicias. Ni corto ni perezoso, me las ingenié para extraer una cápsula usada de leche y jugar con ella por todo el pasillo, dejando a mi paso el inevitable rastro de leche que se escapaba por el agujerito y que la bruja tuvo que limpiar mientras blasfemaba de lo lindo.

Así que, como veis, ha sido una semana muy provechosa llena de nuevos descubrimientos. Como de bien nacidos es ser agradecidos, no puedo sino presentar mi gratitud a todos aquellos que aportasteis vuestras ideas en el post anterior. También los hubo que dijeron que no fuera malo y blablablá…  Las moralinas me dan sueño, así que reconozco que no presté demasiada atención a dichos comentarios.

Pero a los que habéis contribuido con mi acervo maligno, muchas gracias desde mi corazón gatuno.

I´m back.

Prrrrrr.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Napoleón y las perchas

Os he hablado en múltiples ocasiones de mis muchas rarezas. No tenéis más que pinchar en la etiqueta “Mis manías” para sentiros un poco más cuerdos. Pero tengo que decir que el tema ya empieza a toma un cariz preocupante.

Hallábame yo el otro día viendo tranquilamente una serie de televisión, cuando una fruslería, un detalle sin importancia, una nimiedad, vino a perturbar la tranquilidad que estaba teniendo hasta aquel entonces el visionado.

Una de las protagonistas de la serie estaba hablando con su hermano en el dormitorio mientras colocaba su ropa en perchas. Hasta aquí, todo muy normal, salvo por el hecho de que me percaté de que la muchacha metía la percha en las camisetas por arriba. Es decir, por el cuello de la prenda.

Y no os exagero ni una pizca si os digo que me desconcentré y al final tuve que tirar para atrás la secuencia para poder enterarme de qué habían dicho haciendo ímprobos esfuerzos para no fijarme en ese detalle. Mi mente no era capaz de otra cosa que no fuera gritarle a la televisión (como los abueletes) “¡No metas la percha así! ¡Métela por debajo porque si no vas a dar de sí el cuello de la camiseta!”. No diré que llegué a hiperventilar pero creo que me faltó el canto de un duro. Bueno, vale, con esto último estoy exagerando, a ver si al final os vais a pensar que estoy todavía más loca y para qué queremos más, pero no negaré que el asunto me hizo pasar un mal rato y bastante inquietud.

De verdad, ¿lo mío es normal? ¿Ya no sólo me preocupo porque mis prendas no se den de sí sino que ahora también me preocupo por las prendas de ficticios personajes de televisión? ¿En qué momento las manías, las extravagancias, o como queráis llamarlo, dejan de ser un simpático dato anecdótico y comienzan a ser susceptibles de tratamiento psicológico? ¿A alguien más le pasan estas cosas? Decidme que sí, por piedad. Mentidme si es necesario para que no sienta que voy a terminar mis días en un pabellón psiquiátrico, presumiendo con mis amigos de que he conocido en persona a Napoleón y a Catalina la Grande, porque si algo tiene de bueno verse recluido en un pabellón psiquiátrico es que se conoce a un montón de gente interesante. Sobre todo si terminas trabando amistad con alguien que padezca de personalidad múltiple. Eso mola; tienes cinco o seis amistades en una. Lo que no sé es si se conformaría con un solo regalo de cumpleaños o si debería comprar uno para cada una de las personalidades. ¿Qué dicta el protocolo en estos casos? Es importante que lo sepa porque tengo que ir aprendiendo a comportarme entre mis pares, que luego no me va a gustar convertirme en el bicho raro del manicomio y que nadie vaya a querer contarme la batalla de Waterloo mientras yo le coloco las casacas en perchas.

Cuidando que no se les arruguen las solapas.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Anuncios Pesadillescos CXCII: De surrealismo, productos bancarios y Lionel Richie

Hoy vamos con otro “largometraje”. Había visto algún anuncio cortito de esto y ya de por sí me había quedado alucinada pero, trasteando en TúTubo, he visto para mi alegría que existe versión extendida y, como buena freaky que soy, vengo a compartirla con vosotros porque yo soy así, generosa y altruista.

Voy a empezar hablando del producto porque es algo así como intangible. Se trata de un sistema de pagos por el móvil, tanto en locales comerciales como entre amigos y conocidos. A esta intangibilidad se le suma que todo el anuncio es una versión de la canción “Say you, say me” de Lionel Richie, que han modificado ingeniosamente por “Pay you, pay me”. Y diréis “¿Pero no hay subtítulos?”. Haberlos, haylos, pero en inglés, así que si no sabes inglés y ves este anuncio pues no te enteras mucho de qué narices anuncian. Muy útil, el spot, sin duda.

Primero medio te lo explica un tío sentado en una butaca dentro de un despacho maravillosamente decorado con una bola del mundo ¿Aún queda gente que tenga algo así en su casa o su despacho? Por suerte, lo explica en español, para que no nos quedemos tan colgados, pero enseguida amenaza con que lo va a cantar (en inglés).

Paso de transcribir la letra, así que os voy contando la secuencia de imágenes.  El pibe este empieza a cantar y un hombre bigotudo pintado en un cuadro le hace los coros. Luego canta a dúo con una chica. A él lo vemos dentro de una tele ochentera y, a ella, de otra. Las teles se mueven arriba y abajo y, entre las dos, rebota un móvil que va y viene en un claro homenaje al Pong, que tanto furor causó en los 70´s. Ya voy entendiendo lo del mapamundi.

Después sale una abuelilla duplicada por ordenador portando en su mano un vaso con una dentadura postiza que canta la canción. ¿Por qué? Pues ni idea pero ahí está. A la abuelilla le sigue el hombre del principio flotando sobre una nube en la posición del loto. Luego vemos una especie de presentación de oficina donde se proyecta sobre una pantalla el funcionamiento del sistema pero explicado de aquella manera, así que seguimos sin enterarnos de mucho.

Él y la anterior chica de la tele recorren los pasillos de la oficina sentados en unas sillas con rueditas mientras a su alrededor bailan billetes, monederos y moneditas creados por ordenador.

Y llega el momento del solo de batería, donde la abuelilla (que, al parecer, ya se ha puesto la dentadura) aporrea sin piedad unos tupperwares. No tengo muy claro si lo hace con baquetas o con agujas de tejer pero, ya a estas alturas, ¿qué más da ese detalle sin importancia? Y ya, por fin, se reúnen todos los personajes en la oficina cantando a coro y acompañados por un mono de juguete que toca los platillos sobre la fotocopiadora.

Cae una lluvia de confeti y desaparecen todos.

Salvo el mono.