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jueves, 23 de junio de 2016

Señales

Vaya por delante que no me considero una persona supersticiosa. Al menos, no extremadamente supersticiosa, aunque tengo mis cosillas, como no pasar por debajo de una escalera (esto creo que es más por miedo a que me caiga un bote de pintura o un cascote en la cabeza más que por superstición, que bien dicen que mujer prevenida vale por dos), no dejar las tijeras abiertas o echarme la sal por encima del hombro si se vuelca. Al final, lo mismo, un poco supersticiosa sí que soy.

Pero bueno, la historia que vengo a relatar tal vez no tenga tanto que ver con la superstición sino con el hecho de si se cree o no en las señales. Me refiero a las señales cósmicas, claro, no a las de tráfico, que en esas más nos vale creer si no queremos tener un disgusto. Yo, en lo personal, no suelo creer en las señales y siempre he sido de la idea de que, cuando una persona quiere ver señales, las va a ver por todas partes.

El caso es que este año decidí comprar el cupón de la ONCE para el sorteo del día de la madre, que nunca se sabe cuándo la suerte puede estar de mi lado y así  poder pasarme el resto de mis días tumbada en la playa bebiendo cocolocos. Sí, mi sueño es convertirme en una vaga alcohólica; cada cual con sus aspiraciones.

Antes de comprarlo, iba yo un día caminito del trabajo soñando con mi futuro enriquecimiento y posterior cirrosis cuando, en el trocito ese de arena que suele haber al pie de los árboles que adornan nuestras calles, veo, entre otro montón de porquerías, un naipe. Me pareció curioso encontrarme un naipe tirado en la calle (aunque no tan curioso como la vez que encontré una paloma con cascabel).



Vete a saber qué azaroso destino condujo el naipe hasta allí y, como justamente mis pensamientos versaban sobre el azar, me fijé en que se trataba de un seis de tréboles. Con aquello que dicen de que los tréboles dan suerte me dije “pues en seis va a terminar el cupón que me compre”.

Así lo hice y, curiosamente, en seis terminó. No acerté con ninguno de los otros cuatro dígitos pero igual me dio subidón. Tendría que haber seguido buscando naipes por la calle, a ver si en una de esas daba con la combinación correcta. Lo malo hubiese sido si daba con una figura.

Aproveché el reintegro para canjearlo por un cuponazo y un sueldazo pero ahí ya no me tocó nada porque no recibí más señales del más allá. Debo haberme quedado fuera de cobertura o algo. Por lo menos me consuela saber que mi dinerito fue destinado a una buena obra, aunque los cocolocos deban esperar.

¿Creéis en las señales del destino? ¿Las cosas que nos pasan son casuales o causales? ¿Os habéis encontrado naipes tirados por la calle? ¿Y alguna otra cosa rara? Abiertos quedan el debate y la polémica. 

miércoles, 22 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXIX: ¡Ding!

Anusca me comentó este anuncio el otro día y, si bien confieso que lo había visto, se ve que me pilló en un momento en que estaba con el radar de las pesadillas apagado porque no le había prestado yo demasiada atención. Tras un segundo visionado debo coincidir con ella en que estamos ante una nueva joya de los anuncios pesadillescos. Debo de estar perdiendo facultades, porque no alcanzo a comprender cómo casi se me escapa esta maravilla. Una vez más, gracias, Anusca, por haberme permitido contemplar esta obra maestra.

Estamos en un pueblo del lejano Oeste (o de Almería, mismamente, que no es tan lejana). Dos vaqueros se miran con cara de malas pulgas mientras el sepulturero del pueblo coloca tablones en un ataúd. Uno de los vaqueros escupe en el suelo. Qué cosa que me da asquito, venga de un rudo vaquero o de quien venga, en serio, qué costumbre más insana. Habría que multar a cuanto individuo se dedique a hacer estas porquerías en la vía pública.

Al ver que uno de los vaqueros se dispone a desenfundar su pistola, el sepulturero pone cara de susto. Desconozco por qué motivo, ya que en su caso un duelo significa negocio, por lo que más bien debería estar contento ante la perspectiva de tener un nuevo cliente a la vista. A lo mejor es que es un vago y no tiene ganas de trabajar, con el calor que hace en esos pueblos del lejano Oeste.

La tensión se puede cortar con un cuchillo. Las miradas de odio se cruzan sin piedad y, de repente, uno de los vaqueros empieza a dar vueltas sobre sí mismo, como la bailarina de una cajita de música, al tiempo que emite como un mantra un sonidito de “Ahhhhhhhh”, ante la cara de estupor del otro vaquero y del sepulturero, que se ve que ha perdido la ilusión de enterrar a alguien y piensa que le hubiera salido más rentable ser el dueño del manicomio del pueblo. Cuando por fin termina de dar vueltas dice “Ding”.

Nosotros, simples espectadores, nos quedamos con la misma cara de desconcierto que los protagonistas del anuncio, esperando a ver qué es lo que sucederá a continuación, pero no sucede nada. La escena termina y vemos a un chico sacando un vasito de arroz del microondas, quien se lo zampa mientras ve a los vaqueros por la tele. Todo muy lógico y muy normal. Me extraña que no hayan sacado una serie de anuncios donde pudiésemos ver a Rocky dando vueltecitas en el ring de combate, o a Escarlata O´Hara girando y girando con el rábano en la mano a la espera de poder gritar aquello de “A Dios pongo por testigo” (eso sí, no antes de haber emitido su conveniente “Ding”). Se podría crear toda una saga de grandes clásicos del cine convertidos en odas a los vasitos de arroz.

Ya que nos ponemos a hacer el ganso para vender un arroz instantáneo, pues nos ponemos en condiciones. 

lunes, 20 de junio de 2016

Crónicas Felinas CLXXXI: A mis pies

Marrameowww!!!

Como os comentaba la semana pasada, con esto de los calores estoy comiendo menos. Y los humanos saben que esta situación se repite verano tras verano pero, como son un poco cortos de luces, también verano tras verano se preocupan por si estaré comiendo suficiente.

Esto me viene de perlas para fastidiar porque, al ver que andan todo el día persiguiéndome, plato en ristre, puedo aprovechar la coyuntura para hacerme el interesante (aún más). El otro día, sin ir más lejos, la bruja tenía que salir a hacer un recado y me dijo “a ver si comes algo antes de que me vaya”, por lo que me puso el plato de comida en el salón. Yo comí dos granos y pasé de ella. La bruja guardó el plato con un suspiro y, cuando salió al pasillo, yo me planté delante de la habitación del ordenador, que es uno de mis lugares preferidos para comer. La bruja dijo “ah, ¿que quieres comer ahí?” y, acto seguido, fue a buscar el plato y ahí me dejó comiendo mientras ella terminaba de arreglarse. Cuando volvió yo ya no estaba comiendo, sino que me dedicaba a ver qué podía romper. En esa habitación siempre hay un montón de cosas entretenidas que mordisquear y/o tirar al suelo y es por ese motivo que no nos suelen dejar estar ahí sin vigilancia pero, ante la  perspectiva de que yo pudiera comer algo, la bruja había decidido saltarse la norma.

Pues bien, la bruja recogió el plato y se disponía a guardarlo cuando, al pasar por el baño, empiezo a hacer patitas en la puerta para que me abra. La bruja pensó que quería beber agua del grifo de la bañera, que es otra de mis grandes aficiones pero, según abrió la llave, yo empecé a restregarme contra sus piernas sin hacer ni caso de la cascada que se precipitaba hacia el vacío (bueno, hacia el vacío no, más bien hacia el sumidero), por lo que la bruja comprendió que no quería agua. Quería que me volviera a poner el platito pero, esta vez en el baño. Los suspiros de la bruja ya habían dejado de ser suspiros hacía rato y se habían convertido más bien en gruñidos y expresiones tales como “pero mira que eres pesado y caprichoso; malcriado es lo que te tenemos; muy malcriado”. Mucho protestar pero ahí se quedó esperando a que yo terminara de comer otro poco.

Otra técnica infalible es no moverme de la cestita y esperar a que venga la bruja a darme de comer en la boquita con la mano. Pocas cosas he visto más humillantes hacia una persona desde los tiempos en que los esclavos lavaban los pies de sus amos. No hay más que verla soportando el dolor de riñones, acuclillada frente a mi cesta, como quien adora a una deidad, ofreciéndome manjares directamente en la boca.

Esto de tener a la bruja a mi merced poniéndome el plato donde yo exijo es de lo más divertido.

Prrrrrr.

jueves, 16 de junio de 2016

Dos días con el Pájaro Loco III

Diciendo adiós a Woody
Bueno, pues hoy os relato lo que aconteció el segundo y último día que pasamos en Port Aventura. Luego de un maravilloso desayuno que nos trajeron puntualmente a la habitación y de una duchita porque la higiene es fundamental, dejamos nuestra maleta en consigna y nos dispusimos a disfrutar del segundo día (algo menos de un día, en realidad, ya que nos teníamos que ir sobre las cuatro y media para pillar el tren de vuelta).

El churri llevaba desde el día anterior diciendo que quería ir al espectáculo de Can Can del Far West y, como yo ya había tenido mi ración de samoano el día anterior, me pareció justo. Así que el plan era llegar, esperar al churri a que se montara en el Furius Baco, al que no había podido montar el día anterior y tomar el trenecito que va directamente de Mediterránea a Far West para ver a las del Can Can y montar en las atracciones que nos faltaban por aquella zona.

Mientras esperaba a que el churri dejara de dar vueltas cual peonza en el Furius Baco sucedieron dos cosas:

1) Vi a una madre colocando la gorra a su hijo de tal manera que pareciera más alto para que pudiera montar en esta atracción. No seré yo quien se meta en cómo cría una madre a su hijo pero os juro que se me pusieron los pelos como escarpias. Las alturas mínimas no son un capricho discriminatorio contra la gente bajita. Están puestas por seguridad. Sinceramente, no me entra en la cabeza poner en juego la seguridad de tu hijo sólo por darle el gusto de que se suba ahí. Ya tendrá tiempo cuando crezca.

Una alegoría de la trampa que nos esperaba
2) En los paneles donde indican los tiempos de cola para algunas atracciones, vi que en la Polynesia había una montaña rusa virtual de Ice Age sin espera, así que, una vez que el churri bajó del Furius Baco, le dije que podríamos ir y luego ya tirar para el Far West. He aquí un Álterconsejo: No vayáis. Es una trampa. Cierto es que no hay cola para entrar pero primero te meten en una sala donde te chutan diez minutos de publicidad del parque y luego, cuando ya vas a entrar, otros veinte minutos de escenas de la película. Cuando ya por fin entras, os diré que no es para tanto. He montado en montañas rusas virtuales mucho más curradas que ésta. El movimiento al que te someten no tiene mucho sentido con respecto a las imágenes que proyectan y no da mucha emoción. Podéis pasar del tema, si os interesa mi opinión. Lo divertido fue que, al salir, al churri le tocó ser el primero y, en vez de estar bien señalizada la salida, puedes optar por ir hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo creía que era hacia la izquierda pero, como el churri tiene mejor orientación que yo y tiró hacia la derecha, le seguí. Y también le siguieron las otras treinta personas que había en la sala. En conclusión, terminamos todos otra vez en la entrada y la liamos parda. Me chifla dar el cante.

Yo, con cara de culpable como el bicharraco
El caso es que al final se nos hizo tarde para ver a las del Can Can y yo me sentía de lo más culpable. Al final, el churri me dijo que dejara de darle vueltas al tema y que disfrutara. Cogimos el famoso trenecito y llegamos al Far West, donde montamos en los coches de choque (donde yo siempre me llevo algún golpe contra el carrito pero que al churri le encantan), en los barriles que dan vueltas y vueltas y yo siempre acabo mareada, en los rápidos donde nos volvimos a mojar y en Stampida, que es una montaña rusa de madera que traquetea bastante pero que es muy divertida.

Pasando por México, montamos en el tren del Diablo, que es un acelerador bastante chulo y dirigimos nuestros pasos hacia China, donde el churri por fin se montó en el Dragon Kahn, donde a mí no me suben ni encadenada. He de decir que al llegar a China tuve un momento de iluminación y le dije al churri que, si nos dábamos prisa, llegábamos a tiempo de ver el espectáculo de las pompas de jabón. Así que corrimos y sí, lo vimos. Hay que decir que es un show muy bonito y me sentí un poco menos culpable por haber dejado al churri sin ver a sus cabareteras revoleando la pata.

Los de Renfe podrían ser así
Y ya nos fuimos a comer porque aún tocaba volver a por la maleta e ir a tomar el tren. Os voy a dar
otro Álterconsejo (hoy estoy que lo tiro). En la zona Mediterránea hay un restaurante que se llama Racó de Mar. Es a la carta y te sirven en la mesa. Tienen un menú que, si bien no es barato, está muy rico y apenas cuesta unos cuatro euros más que los menús de hamburguesa recocinada de otros sitios, donde encima tienes que llevarte tú la bandejita, así que creo que vale la pena pagar esa diferencia.

Y ya con la pancita llena nos fuimos a recoger la maleta y a tomar el tren.  Llegamos a la estación demasiado pronto y encima el tren llegó con retraso, así que podríamos haber aprovechado un poco más en el parque pero somos un poco agonías.

Pues hasta aquí mi crónica. Esta entrega me ha quedado larguísima pero cuatro entradas para dos días de parque ya era como para que me mandaseis a freír espárragos. 

miércoles, 15 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXIX: ¿Qué saben las vacas?

El que hoy nos ocupa versa sobre una bebida de estas que se supone que suben las defensas y te ayudan a estar todo el día a tope de energía sin temor a los virus ni a los bajones. En sus anuncios antes había simpáticas abuelillas pero se ve que ese mercado ya está saturado y han decidido ampliar horizontes y focalizar el target de ventas en el medio rural.

Es muy temprano en la granja (o eso suponemos) y oímos el canto de un gallo. Luego descubrimos que en realidad no es el gallo quien canta sino el propio despertador, al que le podrían haber puesto un soniquete un poco más agradable para ayudar a un despertar pacífico.

El marido apaga el despertador-gallo y, una vez en la cocina, se bebe un invento de estos mientras su mujer lo contempla con cara de estupor tomándose su café en la mesa, como se ha hecho toda la vida de Dios, que se ve que estos ingenios modernos no van con ella. El granjero se calza unas botas de agua y, pese a las inclemencias del tiempo, se dispone a realizar sus tareas al ritmo de “Walk this way”. Se pone a soldar una valla (yo no manejaría aparatos eléctricos bajo la lluvia por aquello de las descargas pero podéis llamarme maniática si queréis) ante la impasible mirada de una vaca (las vacas deberían ser agentes secretos, no hay nada que altere su semblante, así que supongo que deben saber algo que nosotros desconocemos; la dominación del mundo está en manos del ganado bovino y, si no, al tiempo); retira ramas de un riachuelo; finge que toca la guitarra con un rastrillo en mitad del gallinero y bailotea con un cubo en la porqueriza, donde, dejándose llevar por la emoción, se desliza por el barro sobre sus rodillas para darle un biberón a un cerdito que hay que reconocer que es una auténtica monada (admito que no pude evitar un “ohhhhh”), mientras un vecino en bata que desconocemos de dónde ha salido, le aplaude desde el otro lado de la valla.

Revolea las mangueras al limpiar el suelo y hasta pinta un mural en el garaje donde inmortaliza a la familia entera: Él mismo, su mujer, el gallo, las gallinas y la vaca que tanto sabe. Corregidme si me equivoco pero creo que los pobres cerdos han quedado fuera de esta maravilla pictórica.

Del remozado garaje sale nuestro afable e hiperactivo granjero al volante de un tractor decorado con luces de neón y se va en su cani-tractor por los caminos. No sabemos muy bien a hacer qué pero supongo que aún tendrá muchas tareas que no quiere postergar pese a que ya se está haciendo de noche.

Y todo esto con una minibotellita de estas. Voy a tener que probarlas, sobre todo porque necesitaré energía para la ardua tarea de investigación que va a suponer desvelar el secreto oculto de las vacas.

No dejaré a mi público con esta incógnita.