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lunes, 1 de septiembre de 2014

Crónicas Felinas CII: ¿Qué tendrá eso?

Marrameowww!!!

La semana pasada la bruja fue a la peluquería, cosa que a mí me fascina.

Ya lo sé. Vosotros estaréis pensando que he perdido la cordura y he comenzado a desvariar, que se me ha pegado la locura humana imperante en mi hogar y que ya no sé ni lo que digo, ¿verdad?

Pues no, nada más lejos de la realidad. Me encanta que la bruja vaya a la peluquería pero no por los motivos en los que pensáis. No es que la vea más bella ni más mona, ni siquiera un poco menos repulsiva. Sigue siendo el mismo engendro que antes de pasar por chapa y pintura y, para colmo, es un engendro más pobre tras pagar esos tratamientos que le crean la ilusión de parecerse un poco a una persona; lo cual me afecta porque tal vez me rebajen la calidad y/o la cantidad de las chucherías. Mi gusto por que vaya a la peluquería tampoco es debido a que así me deje un rato a mis anchas sin tener que soportarla y, encima, vuelva relajada y contenta (ya que ella sí se cree ese cuento chino de que está más guapa). No porque, si bien es agradable eso de librarme de su presencia por un breve lapso de tiempo, el problema es que, como vuelve relajada y contenta, se pone insoportable y todo le cae bien, lo que significa que tengo que esforzarme más de lo habitual para sacarla de sus casillas, con lo cansado que es eso.

¿A que os tengo en ascuas y a estas alturas ya no tenéis ni idea de por dónde voy a salir? Si es que tanto tiempo escribiendo me está convirtiendo poco a poco en un maestro del suspense. Soy la reencarnación felina de Alfred Hitchcock.

Venga, va. Os lo cuento porque tampoco os quiero hacer sufrir tanto. Hoy me habéis pillado blandito. Me gusta que la bruja vaya a la peluquería porque, cuando vuelve, puedo pasarme horas esnifándole la cabeza. Yo no sé qué narices le echarán en esos cuatro pelos mal puestos que tiene pero el caso es que vuelve con un olorcillo que dan ganas de meterle un bocado (y ya sabemos que yo no soy de los que se quedan con las ganas de nada) así que, en cuanto la bruja se sienta en el sofá, ahí que voy yo a tumbarme en el respaldo cuan largo soy, olisqueando a más no dar y con la zarpa preparada para, si le da por alejar demasiado la cabeza, poder rápidamente volver a acercarla y seguir oliendo y mordisqueando, oliendo y mordisqueando en un bucle sin fin…

Si hay algún peluquero leyendo esto, que por favor me saque de dudas y me cuente qué es ese producto que tanto me gusta y del que me estoy volviendo fan incondicional y, ya de paso, si existe algún champú para gatos con ese olorcillo, ya sé lo que me voy a pedir de regalo estas navidades.

Prometo que seré bueno.

Prrrrrr.

jueves, 28 de agosto de 2014

Supercalifornialísticoespialidoso IV: Mexicaneando

Como os comentaba la semana pasada, una vez que abandonamos Venice Beach, nos dirigimos al centro de Los Ángeles (la idea era pasar antes por Santa Mónica pero quedaba bastante lejos de Venice Beach como para ir andando y volver al aparcamiento de superlujo a recoger el coche).

Un árbol enorme justo enfrente de la calle Olvera
El centro de Los Ángeles, a mi modesto entender, no es nada del otro mundo. Claro que hay que reconocer que a mí las ciudades grandes no me van demasiado. Mucho edificio alto, mucho loco suelto por la calle… Vamos, nada que me haya llamado demasiado poderosamente la atención aunque, según mi primo R., hay un restaurante llamado “Philippe´s” donde preparan el mejor rosbif del mundo mundial. El pobre estaba como loco por hincarle el diente a uno pero a mí no me gusta el rosbif y, pese a sus insistencias e intentos de convencerme con argumentos tales como “pero es que es el mejor rosbif del mundo” nada pudo hacer ante mi irrefutable “No me gusta el rosbif, aunque sea el mejor del mundo”. Tuvo suerte que, al día siguiente, su hermana (mi prima S.) se apiadó de él y le llevó a su casa un poco de rosbif de “Philippe´s” para que el pobre no sufriera. Si os gusta el rosbif y andáis por el centro de Los Ángeles, ya me contaréis.
Esta cruz nos informa que Los Ángeles fue fundada el 4 de septiembre de
1781 con el nombre "El Pueblo de Nuestra Señora La Reina de los Ángeles"

El motivo fundamental de ir a “Downtown LA” era recorrer Olvera Street. Esta fue la calle que dio origen a lo que hoy conocemos como Los Ángeles y, como cabe esperar, es una calle completamente mexicana. Hoy por hoy (y cuando yo era pequeña también) está llena de puestecillos con artesanías típicas mexicanas y no tan típicas, como veréis a continuación. M., el hijo menor de mi primo, compró un llavero, de éstos que son una cinta larguísima, con la bandera de Uruguay. Él es nacido en Estados Unidos así que podréis imaginar que yo estaba más feliz que unas castañuelas y casi me lo como a besos. Yo no me compré banderita pero sí piqué con una calaverita roja que luce estupendamente en mi salón. Qué gusto da poder comprar en español en un país de habla inglesa, de verdad.

Vieja casita de adobe
Un poco más tarde llegaron mi prima S. con su novio y sus hijos y nos dirigimos a cenar (eran como las seis de la tarde, que para nosotros es más bien la hora de la merienda pero ya se sabe que, donde fueres, haz lo que vieres). Por allí lo único que hay son restaurantes mexicanos así que agradecí a los astros haberme librado del infame rosbif y nos encaminamos a “La Golondrina”. Recuerdo haber comido allí de pequeña y me sigue gustando igual que antes. Pedí unos tacos de camarones que estaban divinos de la muerte. Eso sí, no fui capaz de terminarlos porque las raciones eran más que abundantes, no fuera cosa que nos quedáramos con hambre.


Y así transcurrió el sábado 12 de julio. La semana que viene volveremos con más aventurillas americanas. 

Una vista de la calle con sus puestecillos

Otra toma de la calle. Ojo al cartel de "Mr. Churro"

miércoles, 27 de agosto de 2014

Anuncios Pesadillescos CVII: De cereales y focos infecciosos

Pese a lo surrealistas que han sido mis últimos viajes en avión, como ya os he ido contando, los anuncios televisivos siempre están ahí para recordarnos que siempre hay un peor y que, por muy mal que estemos el churri y yo de lo nuestro, eso no es óbice para que exista gente que esté peor que nosotros.

La escena se desarrolla en un avión, claro está, de otra manera la introducción hubiese sido un completo sinsentido. Vemos a una parejita que ha tenido la inmensa suerte de conseguir asientos juntos, no como nos pasa casi siempre al churri y a mí. Pues bien, el muchacho se acerca a la orejilla de su amada y le susurra algo. Ella se sonroja y emite una risilla nerviosa al escuchar la indecente propuesta que realiza el dueño de su corazón. No obstante, la idea no parece desagradarle porque, algo azorada, le pregunta “¿Ahora?”. A lo que él responde “Me comería hasta la caja”. Una señora mayor abre los ojos como platos, no sé si escandalizada ante semejante declaración de intenciones o porque no entiende qué pinta una caja en todo este tinglado y está intentando imaginarse a qué clase de prácticas retorcidas son aficionados estos dos.

El caso es que el chico, sin poder aguantar más las ganas, la saca en medio del avión.

La caja, digo. Una caja de cereales a la que le pasa la lengua con fruición. Sí, le pasa la lengua a una caja de cartón. Sólo de pensarlo me da dentera,  por no hablar del ataque de ansiedad que me provoca pensar en las bacterias que tendrá eso. Una vez representada esta escena tan “hot”, sirve los cereales en un tazón y vierte leche sobre ellos (ni idea de cómo le han dejado subir al avión con todo eso).

Por si este momentazo no fuera suficiente, nuestro protagonista se pone a rugir con toda la fuerza que su capacidad pulmonar le permite, desatando el caos en pasajeros y azafatas por igual. Todos corren. Los hay, incluso, que se esconden en un baño. No me preguntéis cómo caben siete personas en el baño de un avión porque yo tampoco me lo explico. Eso sin contar, una vez más, con los gérmenes. Gérmenes everywhere. Estoy al borde del colapso nervioso con este anuncio.

Al final ya nos muestran cómo la parejita se ha quedado sola en la zona turista (supongo que los que no están en el baño estarán en Business, dándose la vidorra padre), aunque aun así alcanzamos a atisbar a alguien que seguramente no encontró escondite y va gateando entre los asientos, rezando para no ser visto. Sabéis que en el suelo también hay mucho microorganismo, ¿verdad?

Y me imagino que, ahora que están solos, sí podrán dedicarse a otras cosas aparte de comer cereales. Por lo visto aquello era una hábil estrategia para desalojar al personal. Ahora todo encaja y cobra sentido. Si es que me pongo a criticar antes de tiempo. Agonías que es una. 

martes, 26 de agosto de 2014

Nonagésimo octavo Premio: El premio al blog amigo

Sí, hoy me vuelvo a saltar el Ustedes Dirán pero es que se me acumula el trabajo, sabréis perdonar…

Allá por el 2 de julio, Madre Desesperada me hizo entrega de este premio. No es que no lo haya publicado antes por desagradecida, sino que entre que estuve de vacaciones y tenía reseñas que publicar y demás cosillas, se me quedó en el tintero o en el teclado, según se mire.

Agradezco mucho a Madre Desesperada la entrega del premio, que sólo tiene dos normas: Contar qué significa para mí la amistad y pasarlo a diez blogs. Pues vamos a ello.

Es difícil explicar con palabras qué es la amistad. No soy de muchos amigos y sí de muchos colegas. Con un colega te lo pasas bien, te ríes y compartes alguna cosilla de tu vida pero sin entrar en demasiados detalles. Con un amigo también te ríes y te lo pasas bien pero forma parte de tu vida, a veces más que muchos miembros de la familia. Están ahí cuando los necesitas y para ello no es necesario estar llamándose o mandándose mails todo el día. Un amigo es esa persona que sabes que está ahí, aunque no la veas a diario. Alguien con quien contar para lo bueno y para lo malo y alguien por quien estar en las mismas condiciones.

Dice el dicho que quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Y sí, es un tópico como la copa de un pino pero no podría yo estar más de acuerdo con esa afirmación. A mis mejores amigas (ya os hablé de ellas alguna vez) las conozco desde que tenía seis años (a una de ellas la conocí después pero la sensación es la misma) y, francamente, mi vida no sería la misma sin ellas. Hemos pasado juntas por mil cosas, buenas y malas y son un pilar fundamental en mi vida. No podría estar yo más agradecida por los tesoros que me han tocado en suerte. Espero que opinen lo mismo… que sufrirme a mí tiene tela y aun así me aguantan, las muy santas.

Y luego está la amistad virtual, que es diferente pero también mola, oye. Eso de ver que conectas con alguien a través de un monitor, los nervios en las desvirtualizaciones, ése poder hablar con alguien que no has visto nunca como si le conocieras de toda la vida… También digo siempre que he tenido suerte con los que os prodigáis por aquí. De momento sólo cuento con buenas experiencias y espero que siga así porque está muy bien esto de conocer gente maja.

Bueno, no me enrollo más. Lo voy a pasar a diez amiguitos virtuales (aunque puede cogerlo quien quiera). Ojo, que no hace falta explayarse tanto como yo, en las reglas no comentan nada de extensión mínima en cuanto a las reflexiones.

Los afortunados (creo) son:


- Naar, de Tirando pa´lante.

- David, de Kassius9.



-Inma, de Inma y su mundo.

- Inmagina, de Territorio sin dueño.

- Mandarica, de Mejor será que corras.


- Y el último se lo dejo a Dolega, que no lo va a publicar pero para que vea que no me olvido.


¡¡A ser felices y disfrutar de la amistad!!

lunes, 25 de agosto de 2014

Crónicas Felinas CI: Cuánta frustración

Marrameowww!!!

Como si no hubiera sido suficiente maldad el dejarme abandonado a mi suerte durante dos semanas mientras éstos recorrían mundo dándoselas de gente jovial y despreocupada, a principios de la semana pasada escuché cómo  la bruja le decía lo siguiente al consorte: “A este gato ya le va tocando la vacuna”.

Fue escuchar eso y yo, que estaba en ese momento compartiendo sofá con los humanos, tan tranquilo y sin meterme con nadie, abrí los ojos como platos y miré fijamente a la bruja, sin dar crédito a lo que mis pabellones auditivos captaban. Y no lo digo para que os hagáis una idea de mis pensamientos en tal momento o podáis imaginaros una especie de reconstrucción de los hechos ficticia, no señor. Literalmente levanté la cabeza, abrí los ojos todo lo que pude y miré a la bruja. Ella, impasible, sólo atinó a decirme “Sí, hijo, sí”. Y encima se tronchaba junto con el consorte al tiempo que decían “Qué gracioso, si parece que lo hubiera entendido y todo…”.

Nos ha fastidiado, ¿cómo no lo voy a entender? Llevo escuchando la misma cantinela todos los veranos de mi vida, que ya son cuatro. No sé a los humanos cuánto os costará pero os puedo asegurar que para un felino escuchar algo cuatro veces ya es suficiente para memorizarlo.

Puse toda la cara de gato con botas que pude pero eso no impidió que la muy perversa me enganchara el jueves pasado por la mañana, cuando yo estaba tan a gusto panza arriba tomando el sol en el alféizar y me metiera en el transportín. No os vayáis a pensar ni por un momento que me dejé meter sin resistirme. Empecé a patalear ya en el aire según vi el infame bolsito rosa pero apenas soy un felino de cuatro kilos y la bruja cada día pesa más. Si os chiváis de haber dicho esto, lo negaré rotundamente y os lanzaré una maldición gitana. Si lo guardamos entre nosotros, prometo ir trayendo más información jugosa de cuando en cuando.

A lo que iba, que no pude zafarme de sus garras de bruja malvada y allá que me sacó  a la calle, con toda la solana y las obras (no tengo ni idea de por qué siempre que la bruja me lleva a algún sitio, hay maquinaria haciendo ruido).

Una vez allí me hicieron pesarme (no sé para qué, si yo siempre mantengo un peso ideal, no como otras que yo me sé) y me preparé mentalmente para recibir los dos pinchazos de rigor… que esta vez fueron tres. Sí, tres. Resulta que el muy torpón me atravesó la piel de lado a lado y tuvo que repetir el pinchazo. Ayyy, cómo me gustaría tener la mala leche que tenía Luhay. Yo no era capaz ni de protestar y encima, el muy pazguato no hacía más que decir “Qué bueno es, a estas alturas ya me debería haber metido un bocado”.

Y no, no pude darle lo que pedía a gritos.

Prrrrrr.