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miércoles, 27 de agosto de 2014

Anuncios Pesadillescos CVII: De cereales y focos infecciosos

Pese a lo surrealistas que han sido mis últimos viajes en avión, como ya os he ido contando, los anuncios televisivos siempre están ahí para recordarnos que siempre hay un peor y que, por muy mal que estemos el churri y yo de lo nuestro, eso no es óbice para que exista gente que esté peor que nosotros.

La escena se desarrolla en un avión, claro está, de otra manera la introducción hubiese sido un completo sinsentido. Vemos a una parejita que ha tenido la inmensa suerte de conseguir asientos juntos, no como nos pasa casi siempre al churri y a mí. Pues bien, el muchacho se acerca a la orejilla de su amada y le susurra algo. Ella se sonroja y emite una risilla nerviosa al escuchar la indecente propuesta que realiza el dueño de su corazón. No obstante, la idea no parece desagradarle porque, algo azorada, le pregunta “¿Ahora?”. A lo que él responde “Me comería hasta la caja”. Una señora mayor abre los ojos como platos, no sé si escandalizada ante semejante declaración de intenciones o porque no entiende qué pinta una caja en todo este tinglado y está intentando imaginarse a qué clase de prácticas retorcidas son aficionados estos dos.

El caso es que el chico, sin poder aguantar más las ganas, la saca en medio del avión.

La caja, digo. Una caja de cereales a la que le pasa la lengua con fruición. Sí, le pasa la lengua a una caja de cartón. Sólo de pensarlo me da dentera,  por no hablar del ataque de ansiedad que me provoca pensar en las bacterias que tendrá eso. Una vez representada esta escena tan “hot”, sirve los cereales en un tazón y vierte leche sobre ellos (ni idea de cómo le han dejado subir al avión con todo eso).

Por si este momentazo no fuera suficiente, nuestro protagonista se pone a rugir con toda la fuerza que su capacidad pulmonar le permite, desatando el caos en pasajeros y azafatas por igual. Todos corren. Los hay, incluso, que se esconden en un baño. No me preguntéis cómo caben siete personas en el baño de un avión porque yo tampoco me lo explico. Eso sin contar, una vez más, con los gérmenes. Gérmenes everywhere. Estoy al borde del colapso nervioso con este anuncio.

Al final ya nos muestran cómo la parejita se ha quedado sola en la zona turista (supongo que los que no están en el baño estarán en Business, dándose la vidorra padre), aunque aun así alcanzamos a atisbar a alguien que seguramente no encontró escondite y va gateando entre los asientos, rezando para no ser visto. Sabéis que en el suelo también hay mucho microorganismo, ¿verdad?

Y me imagino que, ahora que están solos, sí podrán dedicarse a otras cosas aparte de comer cereales. Por lo visto aquello era una hábil estrategia para desalojar al personal. Ahora todo encaja y cobra sentido. Si es que me pongo a criticar antes de tiempo. Agonías que es una. 

martes, 26 de agosto de 2014

Nonagésimo octavo Premio: El premio al blog amigo

Sí, hoy me vuelvo a saltar el Ustedes Dirán pero es que se me acumula el trabajo, sabréis perdonar…

Allá por el 2 de julio, Madre Desesperada me hizo entrega de este premio. No es que no lo haya publicado antes por desagradecida, sino que entre que estuve de vacaciones y tenía reseñas que publicar y demás cosillas, se me quedó en el tintero o en el teclado, según se mire.

Agradezco mucho a Madre Desesperada la entrega del premio, que sólo tiene dos normas: Contar qué significa para mí la amistad y pasarlo a diez blogs. Pues vamos a ello.

Es difícil explicar con palabras qué es la amistad. No soy de muchos amigos y sí de muchos colegas. Con un colega te lo pasas bien, te ríes y compartes alguna cosilla de tu vida pero sin entrar en demasiados detalles. Con un amigo también te ríes y te lo pasas bien pero forma parte de tu vida, a veces más que muchos miembros de la familia. Están ahí cuando los necesitas y para ello no es necesario estar llamándose o mandándose mails todo el día. Un amigo es esa persona que sabes que está ahí, aunque no la veas a diario. Alguien con quien contar para lo bueno y para lo malo y alguien por quien estar en las mismas condiciones.

Dice el dicho que quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Y sí, es un tópico como la copa de un pino pero no podría yo estar más de acuerdo con esa afirmación. A mis mejores amigas (ya os hablé de ellas alguna vez) las conozco desde que tenía seis años (a una de ellas la conocí después pero la sensación es la misma) y, francamente, mi vida no sería la misma sin ellas. Hemos pasado juntas por mil cosas, buenas y malas y son un pilar fundamental en mi vida. No podría estar yo más agradecida por los tesoros que me han tocado en suerte. Espero que opinen lo mismo… que sufrirme a mí tiene tela y aun así me aguantan, las muy santas.

Y luego está la amistad virtual, que es diferente pero también mola, oye. Eso de ver que conectas con alguien a través de un monitor, los nervios en las desvirtualizaciones, ése poder hablar con alguien que no has visto nunca como si le conocieras de toda la vida… También digo siempre que he tenido suerte con los que os prodigáis por aquí. De momento sólo cuento con buenas experiencias y espero que siga así porque está muy bien esto de conocer gente maja.

Bueno, no me enrollo más. Lo voy a pasar a diez amiguitos virtuales (aunque puede cogerlo quien quiera). Ojo, que no hace falta explayarse tanto como yo, en las reglas no comentan nada de extensión mínima en cuanto a las reflexiones.

Los afortunados (creo) son:


- Naar, de Tirando pa´lante.

- David, de Kassius9.



-Inma, de Inma y su mundo.

- Inmagina, de Territorio sin dueño.

- Mandarica, de Mejor será que corras.


- Y el último se lo dejo a Dolega, que no lo va a publicar pero para que vea que no me olvido.


¡¡A ser felices y disfrutar de la amistad!!

lunes, 25 de agosto de 2014

Crónicas Felinas CI: Cuánta frustración

Marrameowww!!!

Como si no hubiera sido suficiente maldad el dejarme abandonado a mi suerte durante dos semanas mientras éstos recorrían mundo dándoselas de gente jovial y despreocupada, a principios de la semana pasada escuché cómo  la bruja le decía lo siguiente al consorte: “A este gato ya le va tocando la vacuna”.

Fue escuchar eso y yo, que estaba en ese momento compartiendo sofá con los humanos, tan tranquilo y sin meterme con nadie, abrí los ojos como platos y miré fijamente a la bruja, sin dar crédito a lo que mis pabellones auditivos captaban. Y no lo digo para que os hagáis una idea de mis pensamientos en tal momento o podáis imaginaros una especie de reconstrucción de los hechos ficticia, no señor. Literalmente levanté la cabeza, abrí los ojos todo lo que pude y miré a la bruja. Ella, impasible, sólo atinó a decirme “Sí, hijo, sí”. Y encima se tronchaba junto con el consorte al tiempo que decían “Qué gracioso, si parece que lo hubiera entendido y todo…”.

Nos ha fastidiado, ¿cómo no lo voy a entender? Llevo escuchando la misma cantinela todos los veranos de mi vida, que ya son cuatro. No sé a los humanos cuánto os costará pero os puedo asegurar que para un felino escuchar algo cuatro veces ya es suficiente para memorizarlo.

Puse toda la cara de gato con botas que pude pero eso no impidió que la muy perversa me enganchara el jueves pasado por la mañana, cuando yo estaba tan a gusto panza arriba tomando el sol en el alféizar y me metiera en el transportín. No os vayáis a pensar ni por un momento que me dejé meter sin resistirme. Empecé a patalear ya en el aire según vi el infame bolsito rosa pero apenas soy un felino de cuatro kilos y la bruja cada día pesa más. Si os chiváis de haber dicho esto, lo negaré rotundamente y os lanzaré una maldición gitana. Si lo guardamos entre nosotros, prometo ir trayendo más información jugosa de cuando en cuando.

A lo que iba, que no pude zafarme de sus garras de bruja malvada y allá que me sacó  a la calle, con toda la solana y las obras (no tengo ni idea de por qué siempre que la bruja me lleva a algún sitio, hay maquinaria haciendo ruido).

Una vez allí me hicieron pesarme (no sé para qué, si yo siempre mantengo un peso ideal, no como otras que yo me sé) y me preparé mentalmente para recibir los dos pinchazos de rigor… que esta vez fueron tres. Sí, tres. Resulta que el muy torpón me atravesó la piel de lado a lado y tuvo que repetir el pinchazo. Ayyy, cómo me gustaría tener la mala leche que tenía Luhay. Yo no era capaz ni de protestar y encima, el muy pazguato no hacía más que decir “Qué bueno es, a estas alturas ya me debería haber metido un bocado”.

Y no, no pude darle lo que pedía a gritos.

Prrrrrr.

jueves, 21 de agosto de 2014

Supercalifornialísticoespialidoso III: De cenas, madrugones, desayunos y Venice Beach

Como llegamos  un viernes por la tarde-noche, como comprenderéis ese día no se hizo mucho, más que ponernos hasta las orejas de pollo frito con puré de patatas y hablar largo y tendido con mis tíos y mis primos que pasaron a saludar.

Tras la tormenta de ideas pertinente en cuanto a lugares a visitar, mi primo R., que fue nuestro chófer durante casi toda nuestra estadía, se curró un itinerario impresionante para que todos los días estuviesen cubiertos y nada quedase librado al azar y la improvisación (luego me preguntan a quién me parezco…). Así que, ya sabiendo cuáles eran los planes para el día siguiente, nos fuimos pronto a la camita.

El jet-lag me hizo levantarme a las siete de la mañana, arrastrando al churri en el proceso, que si yo madrugo en vacaciones me niego a ser la única. Mi tía, que ya estaba levantada, nos preparó un desayuno tan copioso que yo creo que la mujer tenía miedo que nos fuéramos a perder ese día por esos mundos de Dios y fuésemos a morir de inanición.

Después de desayunar, arreglarnos y cotillear a gusto (durante horas, dado el madrugón que nos habíamos metido), llegó mi primo R. con su mujer, S.  y dos de sus tres hijos, L. y M., y fuimos a Venice Beach.

Llegando a la playita
Antes de partir, le pregunté a mi primo si me llevaba el bañador y esas cosas y me miró con cara de “¿pero tú te piensas que me voy a tirar cual lagarto? Vamos a dar una vueltecilla por el paseo marítimo”. Así que me resigné a no poder lucir palmito. Menos mal, porque había por ahí cada palmito (femenino y masculino) que quitaba el hipo y tampoco es plan de hacer el ridículo.

Venice Beach es un sitio peculiar donde hippies, pijos  y “pijippies” conviven en perfecta armonía (o eso aparentan). Todo está pensado para ganar dinero. En el parking nos soplaron cincuenta dólares por ser un coche grande (en el cartel ponía que eran cuarenta y no se hacía alusión al tamaño del vehículo pero resulta que el cartel sólo era visible una vez que entrabas). 

El parking en cuestión. Para que no os pillen.

El parking del mal está justo enfrente de esto. No hay pérdida.
La mayoría de los artistas callejeros no permiten que les saques una foto a menos que les pagues por ello y la venta de marihuana es legal si llevas receta. Pero a no preocuparse si no tienes receta. Hay un montón de locales donde, por unos treinta dólares, te expiden un certificado prescribiéndote el tratamiento. Todo controlado. 
En la playuki

Me encapriché de un vestido que no compré porque me pedían veinticinco dólares que no valía. Me dijo mi primo que regateara. Sí, claro; no sé regatear ni en español, como para regatear en inglés.

A M. se le acercó un músico a “regalarle” un CD y terminó pidiéndole la voluntad a mi primo. La voluntad de mi primo se valora en cinco dólares y una bronca a M. por haber picado.

De ahí fuimos a Olvera Street, de la que hablaremos en el próximo capítulo. Os dejo hasta la semana que viene con un par de fotitos más de Venice Beach.




miércoles, 20 de agosto de 2014

Anuncios Pesadillescos CVI: El Doctor Barbudo, supongo

Un barbudo. Un barbudo a la orilla del mar. Un barbudo a la orilla del mar que encuentra una caja. Un barbudo a la orilla del mar que encuentra una caja con un aparato de limpieza en su interior.

Una jungla. Una jungla con enchufe en un tronco. Una jungla con enchufe en un tronco y manguera en medio de la maleza.

El barbudo conecta el aparato tanto al enchufe como a la manguera de su peculiar isla desierta y empieza a manguerear el suelo. Sorprendentemente, el suelo de la isla es de azulejos y conforma un caminito de lo más coquetuelo. Apunta la manguera a un montón de hojarasca y, de debajo surge un coche, que queda impoluto con un poco de jabón y la potencia limpiadora de su cacharro. Nadie diría que lleva meses sin ser arrancado.

Y no queda aquí la cosa, el hombre avanza y dirige el chorro de agua a un edificio precolombino cubierto de enredaderas. Para cuando termina, vemos que no es un edificio precolombino sino una casa de reciente construcción y diseño modernísimo que alberga en su interior a una rubia que, presuponemos, debe de ser la mujer del barbudo que ha estado de punto de morir aplastada bajo la roña.

Y es así como nos demuestran que, sin importar lo guarro o dejado que seas, este aparatejo tiene un accesorio para cada necesidad, que te hará recobrar la decencia en un pispás. Lo que no parece incluir el invento es afeitadora, que no le vendría nada mal a nuestro protagonista para afeitarse esas barbujas de Robinson Crusoe que gasta.

De manera que no os preocupéis. Podéis dedicaros a la vida contemplativa sin preocuparos de tener nada en condiciones que, en cuanto la suegra diga que viene de visita, podéis lograr un entorno de ensueño en un abrir y cerrar de ojos para que parezca que sois gente de bien y no tengan que repetirle a su hijo/a que ya le había dicho ella que iba a casarse con un/a vago/a de quien no podía esperarse nada bueno y que no le iba a traer más que disgustos y probablemente alguna enfermedad infecciosa a costa de vivir en ese estado de dejadez, con lo limpitos que eran en su familia, sobre todo su bisabuela, en paz descanse, que…

Pues eso, a callarle la boca a la suegra y a hacerse con un aparato de éstos para que podáis pasar de todo a placer sin que se note que sois lo más parecido a un vagabundo. Eso sí, afeitaos las barbuncias (o las piernas y las axilas, según vuestro sexo) porque, al parecer, ese aspecto de vuestra imagen no puede mejorarse de esta manera y delataría vuestro auténtico carácter de eremitas.

Un poco de ropa limpia y sin rotos tampoco vendría mal para completar el cuadro. Sé de un quitamanchas que logra que, metiendo una camisa en un cuenco con agua y este producto, salga limpia, seca y planchada.

Pero ése es otro anuncio.