Escríbeme!!!

¿Sugerencias? ¿Comentarios? ¿Quieres venderme algo o cyber-acosarme? Escríbeme a plagiando.a.mi.alter.ego@gmail.com

jueves, 22 de enero de 2015

Tell me lies, tell me sweet little lies

Dice el dicho que la mentira tiene patas cortas. O que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. O que mujer refranera, tonta y majadera, pero de éste último mejor pasamos.

Tengo un par de preguntas que últimamente no me dejan dormir: ¿Por qué a veces mentimos en cosas estúpidas? Y, más importante aún, ¿por qué la mentira utilizada para la cosa estúpida en cuestión suele ser, aun si cabe, todavía más estúpida?

Pongamos unos cuantos ejemplos prácticos para ilustrar este debate que hoy abro en este humilde blog.

Este verano iba con el churri en el bus y, cerca de nosotros, iban unas cuantas personas que supongo serían todas de la misma familia ya que eran de edades variadas. Pues bien, a una de ellas le sonó el móvil y se puso a inventarle a su interlocutor/a una rocambolesca historia acerca de que estaban en la piscina en casa de no sé quién y que por eso antes no le había cogido el teléfono y que no sabía cuándo volverían a casa. No sé si la persona al otro lado de la línea  creyó la excusa pero, de haberlo hecho, sería porque era sorda, un poco lela o ambas cosas a la vez ya que a ver cómo explicas que en la piscina de la casa de alguien de repente se escuche “Próxima parada: Alcalá con Goya. Correspondencia con líneas…” sumado al ruido característico de las puertas al abrirse y cerrarse “Pssss. Psssss”.

Algo parecido, pero a la inversa, presencié recientemente. Una chica iba andando por la calle y comunicaba a otra persona por el móvil que iba en el Metro. De más está decir que se escuchaban bocinazos, ruido de tráfico y demás señales acústicas que uno no espera escuchar en el interior del Metro. En este caso también me apuesto lo que sea a que el receptor del mensaje tampoco lo creyó o eso quiero creer, al menos. En caso contrario, voy a empezar a plantearme que la gente es sumamente inocente y que mentir es mucho más fácil de lo que pueda parecer a simple vista.

Por último, os cuento una anécdota que no sólo presencié sino que viví en primera persona. Una noche cualquiera llego a casa después del trabajo y, como suele ser su costumbre, el churri había dejado la llave puesta por dentro. Toco timbre, el churri me abre. Entro y el churri queda detrás de mí cerrando la puerta.

Un par de horas más tarde (como a la una de la madrugada) estamos nosotros tan ricamente despatarrados en el sofá viendo la tele cuando, de repente, suena el timbre. El churri va a ver quién llama y resulta que es una vecina para avisarnos de que la puerta se había quedado entornada pero no cerrada (milagro que no se haya escapado un gato). El churri, ni corto ni perezoso, me recrimina haber dejado la puerta abierta de manera tan extremadamente insensata.

Volved a leer el sexto párrafo.

Pues eso.

miércoles, 21 de enero de 2015

Anuncios Pesadillescos CXXIII: No, si diferente es…

Los de hoy vienen en un pack. Se trata de una serie de anuncios cortitos que, sumados, dan como resultado una pesadilla de dimensiones descomunales.

En este caso, la empresa anunciante es una compañía de móviles. El mensaje que pretenden transmitir con este cúmulo de espantos es que son diferentes y que las diferencias son algo bueno. Esta conclusión es algo discutible, viendo el resultado final. Eso sí, hay que reconocer que se han currado una campaña completa por dos duros, a juzgar por los nimios gastos de producción que a todas luces han tenido.

En uno de ellos, vemos un montón de vaqueros azules de plástico (me refiero a muñequitos que representan al típico cowboy, no a pantalones) que desfilan en procesión hasta que, en medio de tan ordenada fila, aparece un indio rosa, también de plástico. Y ésa es la diferencia. De fondo, suena la típica musiquilla de western, aunque yo le hubiera puesto algún éxito de Village People, que creo que pegaba más.

En el segundo vemos un montón de plátanos que se desplazan verticalmente por la pantalla (me juego lo que sea a que para que las frutas se muevan han usado una cinta de éstas de las cajas de los supermercados) y, de repente, aparece una desorientada pera. ¿Será un homenaje a Ana Botella? Vale, tendrían que haber usado manzanas en lugar de plátanos pero el fruto escogido le daría otro rollito al asunto así que casi prefiero creer que sí, que pensaban en ella al confeccionar el anuncio y, de esta manera, me hace hasta gracia. Lamentablemente, creo que la teoría del tributo a la Señora Botella la tengo sólo yo así que el anuncio me sigue pareciendo un espanto. La banda sonora del anuncio es el “Banana Boat Song” de Harry Belafonte. Por si no caéis en qué canción es ésa, pensad en Beetlejuice y veréis cómo enseguida os dais cuenta.

Y en el tercero, que para mí es el más horripilante de todos, escuchamos a Elvis Crespo (¿alguien sabe qué ha sido de este hombre?) con su “Suavemente” mientras una muñequita de porcelana gira, al principio despacito y más rápidamente cuando se anima la melodía. Una vez más, me arriesgo a aventurar cómo han conseguido tal efecto y estoy segura de que ha sido con un tocadiscos, pasándolo de 33 a 45 rpm en el momento álgido. Digo que es el que más me horripila seguramente porque las muñequitas de porcelana siempre me han dado mal rollo. Mi abuela tenía un montón y sólo de imaginármelas bailando salsa en el salón me dan los siete males.

Y esta sería la “Trilogía de la Diferencia” que está haciendo nuestras delicias. Añadiría, de propina, otro anuncio de la misma compañía donde, para promocionar su “tarifa infinita” nos enseñan primero la cabeza de un perro salchicha y, en un desplazamiento lateral de la cámara, su lomo (y más lomo, y más lomo…) hasta llegar a las patas traseras.

Ya me diréis si habéis podido dormir.

lunes, 19 de enero de 2015

Crónicas Felinas CXVIII: Grand Felinix

Marrameowww!!!

Se me ha ocurrido una idea fantástica para un programa de televisión. ¿Recordáis aquellas épocas del Grand Prix, cuando los pueblos competían entre sí para ver quiénes se desenvolvían mejor en unas ginkanas de lo más variopintas? Algo parecido sucedía también en el aún más antiguo Juego de la Oca. Ahora bien, yo me pregunto, ¿sería posible extrapolar esta idea al mundo felino y que existiese un programa donde los gatos deban superar diversas pruebas de agilidad y/o habilidad?

La idea me la ha sugerido Munchkin. Venía macerándola ya desde que lo vi subirse a lo alto de una puerta como os contaba aquí pero el empujón definitivo me la dio el vídeo que hoy os traigo. La bruja y el consorte habían cocido huevos y os insto a observar con qué insistencia y dedicación este jovenzuelo intenta pescarlos de dentro de la olla con agua (fría, claro está, que si el agua estuviera caliente paso de concursos televisivos y lo llevo al circo directamente). De más está decir que no lo consiguió pero creo que es digna de admiración esa superación de la tradicional aversión al agua que caracteriza a los de nuestra especie.

Os dejo con el impresionante documento gráfico que sin duda va a revolucionar la televisión tal y como la conocemos y, si hubiera por ahí algún productor televisivo dispuesto a recoger el testigo de mi idea, puede ponerse en contacto conmigo por este medio para negociar las condiciones contractuales que deben incluir, como mínimo, pienso de marca y juguetes nuevos, que los nuestros los tenemos ya muy vistos.

video


Por cierto, el momento en que la cámara se mueve de sopetón y se escucha una risilla coincide con el instante en que tanto bruja como consorte fueron ensopados en un arrebato de entusiasmo por parte del concursante así que esto también me hace pensar que para esta prueba se podrían incluir muchachas en camiseta y sin sujetador en las inmediaciones para aumentar la audiencia masculina del concurso. No sé vosotros, pero yo a esto le veo futuro.


Prrrrrr.

P.S. Perdón por la canijez y la escasa calidad del vídeo. La bruja lo sacó con el móvil y no es que sea muy espabilada en esos temas (ni en general).

jueves, 15 de enero de 2015

Karma y burocracia. Combinación letal.

El karma se toma su tiempo pero acude. Siempre acude.

Os pongo en antecedentes: La primera vez que fui a Albacete iba con la idea de que se trataba de una ciudad pequeña; muy pequeña. Por tanto, cuando llegué y vi de repente un autobús urbano me sorprendí tanto que le dije al churri “Anda, si tenéis autobuses”. Prometo que lo dije sin maldad pero ya le valió a mi partenaire para vacilarme de lo lindo con los autobuses de Albacete. De esto debe hacer, lo menos, siete años.

Pues bien, resulta que el pasado 17 de noviembre tuve a bien enviar a mi madre un sobre con los regalitos que le había comprado en USA (sí, desde julio los tenía ahí pendientes, ¿qué pasa?, soy latina) y otras cosillas que había quedado en mandarle. Normalmente los envíos suelen tardar cosa de una semana pero a día 3 de diciembre no había llegado y en la web la única información que me daban con el localizador era que el ingreso se había hecho el 17 de noviembre y que el 21 se había producido la salida internacional. Interpreté esto como que el paquete ya había trascendido nuestras fronteras y se encontraba en tierras uruguayas, por lo que mi madre llamó a Correos de allí, donde le dijeron que allí no había llegado y que eso no significaba necesariamente que el envío hubiera salido de España sino que había salido de la oficina pero podía estar esperando a que alguien se dignara a subirlo a un avión.

Total, que llamé a Correos de aquí. Pulsé la opción de información sobre un envío y una maquinita me pidió el número de envío y me dio la misma información que ya tenía. Por tanto, me hice la tonta, que se me da de vicio, y marqué otra opción distinta para conseguir hablar con un ser humano. La chica insistía en que de España sí había salido y yo ya me imaginaba mi pobre sobre flotando sin rumbo en mitad del Atlántico. Ella, en su profesionalidad, consideró conveniente abrir una reclamación para rastrearlo, según me dijo (no sé si con sabuesos). Así que me sometió a un interrogatorio digno de la Gestapo y me volvió a preguntar otra vez tooodos los datos. Tanto los míos como los de mi madre. Y aquí es cuando el karma entra en acción. La muchacha me pide la dirección de mi madre, se la doy y me pregunta “¿Ahí hay códigos postales?”. A punto estuve de decirle “Tú pon que es la cuarta toldería a la derecha” o quizás podía haberle informado que, por haber, hay hasta autobuses.

Me dio mi número de reclamación y me dijo que me mandarían información sobre la misma por e-mail.

El 6 de diciembre supe, por la página de Correos de Uruguay y por mi propia progenitora, que el paquete había llegado a su destino.

El 30 de diciembre me llegó un correo informándome que mi reclamación había sido solucionada. Ole ahí.

miércoles, 14 de enero de 2015

Anuncios Pesadillescos CXXII: Diversión vs Salubridad

Han pasado ya las fiestas navideñas pero no podía dejar de comentar la campaña lanzada para estas fechas de una conocida tienda sueca de muebles. Corrijo: de la única tienda sueca de muebles conocida.

Unas señoras cargadas de bolsas cruzan un parque nevado donde hay multitud de niños jugando con sus nuevos regalos traídos por Papá Noel (imagino que las señoras son más dadas a los Reyes Magos porque, si no, no entiendo a qué viene tanta bolsa, a menos que las señoras sean unas dejadas que se han esperado hasta último momento). En fin, el caso es que comentan lo felices que se ven los niños con sus nuevas posesiones y llaman a uno de los niños para preguntarle qué le ha traído el barbudo. El niño mete una mano en el bolsillo y de su interior saca un muñequito de metal. Es una silueta que ahora entenderemos para qué sirve, no os impacientéis. Las señoras, que no dan crédito, lo miran con conmiseración y, por si acaso el niño no se sentía mal, le dicen “¿Sólo eso?”. Ahí, ahí. Estas señoras seguro que animaban a las tropas en sus años mozos.

Tenemos momento flashback y nos trasladamos al instante en que el niño abre el paquetito con el muñeco, al que mira con desconfianza como diciendo “¿y ahora qué hago yo con esto?”. Mira inquisitivamente a su padre, quien a su vez mira a la madre con cara de complicidad. Resulta que el muñecajo es un molde para galletas, por lo que los vemos posteriormente en la cocina. Las galletas las preparan, sí, pero hay que ver la que lían. Se tiran harina por encima, amasan los tres la mezcla en amor y compañía y, una vez hechas las galletas, el niño (que parece un poco vándalo) se dedica a decapitar a una de las galletas-muñequito o a tirar otra a la pecera, en un claro homenaje a las películas de mafiosos. Siguen haciendo galletas como si no hubiera un mañana. El niño tira un huevo al suelo pero no importa porque ahí está el perro de la familia dispuesto a limpiar con la lengua el desaguisado. Continúan tirándose harina mientras el niño salta con las deportivas sobre la mesa. Muy higiénico todo. Está bien porque así las galletas tienen más sustancia y, aparte de la aburrida harina, el azúcar y la esencia de vainilla tendremos toppings de piedrecillas del parque, partículas de barro y, con suerte, algún chicle pisoteado.

Volvemos al parque y ahí la señora, que es toda optimismo y palabras de ánimo le suelta “ay, pobre”. El niño pone cara de condescendencia como diciendo “no tienes ni idea” mientras las señoras se alejan en busca de un par de zapatos.

Y ahí se queda tan contento el niño con su molde, pensando cuándo van a volver a hacer galletas con lo bien que se lo pasan. Parece que al perro le ha salido alto el colesterol en la última analítica pero eso son daños colaterales.