Escríbeme!!!

¿Sugerencias? ¿Comentarios? ¿Quieres venderme algo o cyber-acosarme? Escríbeme a plagiando.a.mi.alter.ego@gmail.com

lunes, 24 de abril de 2017

Crónicas Felinas CCXI: La que nos espera

Marrameowww!!!

Ya estamos por aquí de vuelta, tras la tortura de haber soportado a los humanos una semana entera dando vueltas por casa. Yo tenía la vana esperanza de que se fueran por ahí de viaje y nos dejaran al cuidado de los padres del consorte, que aunque nos estresan con la escoba todo el día para arriba y para abajo, al menos nos dan jamoncito rico. Pero no, por aquí se quedaron, salvo un día que nos dejaron solos durante toda la jornada y por poco les saltamos a la yugular a su regreso, dado el hambre atroz que teníamos. Estuvimos olfateándolos y me da a mí que se fueron a ver a otros animales, como si no tuvieran bastante con nosotros o no fuésemos lo suficientemente monos. Es que es algo increíble, de verdad. Tienen aquí un par de mamíferos de muy buen ver y se dedican a pagar para ir a ver a otros, con lo bien que podríamos estar todos si ellos se ahorrasen el dinero para comprarnos cosas bonitas o comestibles a nosotros. No hay derecho.

Por lo demás, han estado aquí demasiado tiempo. Salían por las tardes pero a la hora de la cena ya estaban dando por saco. Ni tanto ni tan calvo, digo yo. Deberían hacer turnos y salir un rato por la mañana y otro por la tarde (después de habernos dado pertinentemente de comer, claro). Así no tendríamos que soportarlos durante demasiadas horas seguidas y esto se haría más llevadero para todos. Bueno, se haría más llevadero sólo para nosotros pero es lo que importa. Si ellos se aburren o no tienen a dónde ir no es problema nuestro. Encima es que salen y no se acuerdan de traernos algo. Hubo una tarde que se fueron a tomar chocolate con churros (sí, con treinta grados que había se fueron a tomar chocolate con churros) y no nos trajeron nada. Ni las migajas de un triste churro, oye. Espero que se le acumulen todos los churros en las caderas y maldiga el momento en que decidió no compartir.

Lo peor de todo es que estoy oyendo rumores de que en breve vuelven a coger vacaciones. Y de que hay un par de puentes. Es más, creo que va a venir gente a casa, con lo poco que me gusta a mí que me intenten tocar desconocidos. Con la bruja y el consorte reprimo el asco porque son la mano que me da de comer pero tener que aguantar extraños… Cielo santo, esto va a ser una tortura. Espero que os solidaricéis conmigo y me deis ánimos porque sospecho que esto va a ser muy duro. Qué paciencia hay que tener, entre el abandono y el egoísmo.

En fin, que parece que, al menos de momento, estamos de vuelta por aquí y espero que me hayáis echado de menos. Ya sé que a la bruja no pero hace tiempo que yo he pasado a ser un must en vuestras vidas; tenéis que reconocerlo.

Prrrrrr.

jueves, 6 de abril de 2017

Una que se va

Hoy vamos con un post cortito, sólo para informaros que me retiro un par de semanitas de vacaciones. Bueno, en realidad, mis vacaciones reales son sólo de una semana pero ya sabéis que luego me cuesta retomar la rutina de los madrugones y, como sé que la primera semana tras la vuelta va a ser dura, estoy segura de que no voy a tener ánimo de ponerme a bloguear al volver a casa.

Por tanto, me leeréis nuevamente a partir del próximo 24 de abril. Sé que sobreviviréis sin mí, así que tampoco hace falta que me montéis una escenita.

Desde luego, cada vez que me voy es lo mismo. Llantos, rasgamiento de vestiduras, amenazas varias… Ea, ea, ya pasó. Sorbeos el moquillo y tirad para adelante, que prometo que volveré, de verdad.

Disfrutad de la Semana Santa, comed torrijas y no hagáis nada que yo no haría. Bueno, cortaos un poco, que conmigo ya hay suficientes chalados en el mundo.

Bien pensado, tampoco hagáis nada que yo sí haría. Me molestan los copiotas. No hagáis nada de nada hasta mi vuelta, que si no os oigo no sé qué tramáis.

¡A pasarlo bien!

miércoles, 5 de abril de 2017

Anuncios Pesadillescos CCVII: Total, pa´ná

He visto que han sacado unos cuantos de esta empresa pero me voy a centrar en uno que es el que me parece más pesadillesco.

Vemos una pareja en el baño. Ella intenta pintarse la raya del ojo frente al espejo mientras él se afeita frente al mismo espejo.  Se empujan mutuamente para pillar sitio y, evidentemente, se molestan porque necesitan más espacio vital para dedicarse a sus quehaceres matutinos (o vespertinos; desconozco los horarios de esta gente).

Finalmente, tras un empujón fatal, a ella se le escapa el lápiz de ojos y se pinta una raya que la hace parecer una choni en horas bajas. Se miran y parecería que la mujer le va a echar la bronca del siglo pero, entre risitas, admiten que necesitan un baño nuevo.

En estas están cuando, de repente, se abre la cortina de la ducha y aparece una dependienta de una empresa de elementos de bricolaje y construcción. Nadie llama a la policía ni le vacía un bote de laca en los ojos. Ni siquiera sufren un infarto al recordar la escena de la ducha de Psicosis. Todo lo contrario. El hecho de que haya una mujer metida en su bañera les parece lo más normal del mundo y la siguen, desoyendo todos los consejos que nos daban los cuentos infantiles. Y os preguntaréis que a dónde la siguen. Pues a la tienda, en la que aparecen por arte de magia al levantarse la pared de azulejos de la bañera, como si de un telón de vaudeville se tratase.

Caminan tras ella por los pasillos. Él en albornoz y con la cara llena de espuma de afeitar y ella con su raya felina en el ojo derecho.  Nadie parece extrañarse de ver a personas de esta guisa paseándose por la tienda. Debo de ser yo la única rara que se sorprende de ver desconocidos en mi bañera o personas en albornoz comprando.

La dependienta les habla de las bondades de los productos de la tienda, puestos ahí para que todos los proyectos del mundo sean un éxito. La semi-choni le da un codazo a su maridín. En esta ocasión es un codazo cómplice porque en semejante nave industrial dudo que tengan también problemas de espacio. Al codazo le sigue una miradita de “¿Qué, Manolo? ¿Nos animamos?” y él sonríe aprobatoriamente.

Al final vemos cómo han cumplido su sueño. Un baño con exactamente las mismas dimensiones que antes pero con un espejo más grande y donde han sustituido la bañera por un plato de ducha con mampara. En ese momento no se dan codazos porque él se ducha mientras ella se pinta la raya pero, dado el espacio que existe entre la mampara y el lavabo donde ella se maquilla, me da a mí que no han resuelto nada de nada.

Esta mujer debería hacer como yo, que me maquillo en la mesa del salón, convertida en mi tocador particular. Ahí sólo me molesta el gato, que ya me ha roto dos coloretes.

lunes, 3 de abril de 2017

Crónicas Felinas CCX: Me siento ignorado

Marrameowww!!!

El sábado pasado fue mi cumpleaños. Siete primaveras me cayeron ya. Y pensaréis que la bruja me hizo una fiesta con gorritos y serpentinas. Ja, que os lo habéis creído. Dedicó la tarde a llevar a Munchkin al veterinario a desparasitarse. No es que envidie su protagonismo en ese sentido, que yo con tal de no ir al veterinario prefiero que se olviden de mí las veces que haga falta pero es que me pareció bastante indignante cuando, a la vuelta, las neuronas de la bruja por fin hicieron conexión sináptica y gritó como si hubiese descubierto América “¡Es tu cumple, Peque! Ayyyyy, la mami que no se había acordado… ¡Muchas felicidades!” Y venga besos babosos por su parte y la del consorte; con el asquito que me dan siempre a mí los besos.

Me hubiese valido más que se olvidasen de mí por completo porque, como regalo de cumpleaños, me tocó pastilla antiparasitaria. Como ya he explicado alguna vez, a Munchkin lo llevan al veterinario porque no hay forma de que se tome la pastilla ni de que entienda que, por las buenas o por las malas, lo van a desparasitar, así que más le valdría tomarse la pastilla y aquí paz y después gloria. Él dice que lo hace a propósito por hacer gasto porque, si se toma el pastillujo, a ellos les sale más barato y no se puede consentir que ahorren un solo euro. No le creo mucho pero allá él.

Eso sí, de cena tuve latita pero eso fue por el premio post-antiparasitario, no fue un regalo de cumpleaños como tal. Lo sé porque al imberbe también le tocó y él no cumplía nada de nada. Y no me engañan diciendo que ese era el menú festivo por ser mi cumple; yo quiero un regalo en exclusiva para mí solo. Al menos deberían dejar que me apunte al sorteo de algún blog, a ver si así, al menos, tengo oportunidad de que me toque algo porque la bruja, hace poco, no tuvo más que decir en el Facebook de Desmadreando “Me apunto” y el otro día le llegó todo esto:

Productos Klorane


Se llevó eso por todo el morro, sin cumplir años ni nada. No hay derecho.  Por tanto, reivindico mi derecho a participar en sorteos, que yo soy tan blogger como el que más y es ella la que se lleva todas las cosas chulas (vale, yo no necesito una mascarilla para el pelo porque mi pelaje es soberbio a puro golpe de lametón pero sólo dos veces fui el agasajado en un sorteo. Podéis leerlo aquí y aquí, aunque supongo que lo habréis leído porque a mí no me falláis.

Así que a ver si os ponéis las pilas y organizáis algo para felinos, que nos tenéis muy abandonados.

O si me queréis mandar algo por mi cumple, tampoco me opongo. Se aceptan desde alimentos hasta juguetes. Ya sabéis que no soy exigente y me conformo con cualquier cosita porque nací así, humilde y desinteresado.

Prrrrrr.

jueves, 30 de marzo de 2017

Carta desde la decepción

Querida Madre:

A mediados de mes me hiciste sentir tremendamente afortunada. Pensé que nuestra relación por fin había llegado a un punto de entendimiento y que me ibas a permitir disfrutar del estado de confort que siempre ansío.

Pero lamento comunicarte que, una vez más, me has decepcionado. Apenas unos días más tarde te note fría. Muy fría. Y de lo más húmeda. A estas alturas del año no es cuestión de andar así. Me parece que ya son épocas para que vayamos llevándonos bien y me vuelvas a dar el cálido abrazo de todos los años en lugar de seguir torturándome con tu semblante más gélido.

Mi madre biológica es más predecible. No digo que no tenga sus tormentas de vez en cuando pero, por norma general, la ves venir. Y siento decirlo de una forma tan directa pero tú, Madre Naturaleza, eres una histérica. De repente estás contenta, de repente estás triste y lo mismo pones a cantar a todos los pajaritos que encuentras como me mandas una nevada en plena cocorota cuando estoy volviendo del trabajo. ¿Hay derecho a esto? Yo te defiendo en la medida de mis posibilidades. Que si hay que cuidarte y respetarte, que si eres un ser generoso que nos ofrece todo lo que necesitamos para la vida pero, leches, pon un poquito de tu parte porque, la verdad, me lo estás poniendo muy difícil.

En serio, ¿qué te he hecho yo? Me acuerdo siempre de echar los plásticos al cubo amarillo, de llevar los cartones y los envases de vidrio a sus correspondientes contenedores… Bueno, vale, mando al churri pero el resultado es el mismo, ¿no? Pues sé un poquito agradecida y dame ya la primavera, que después de estar tiritando desde noviembre, creo que me la he ganado. No pido mucho; no hace falta que pueda salir mañana en chanclas a la calle pero con despedirme del plumas y poder llevar apenas una chaquetita fina, me doy por satisfecha. Yo recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre biológica me premiaba cuando me portaba bien. Me compraba cosas o me llevaba de paseo y nunca, pero nunca nunca, me quitaba mis premios una vez alcanzados. Eres un ser sádico y cruel.

Ya no sé si suplicarte o amenazarte con mezclar lo orgánico con los plásticos, a ver si así me tomas un poco en serio.Así que, hasta que no me des mi premio en forma de temperatura no inferior a los veinte grados durante una semana consecutiva, no te ajunto.

Siento que hayamos tenido que llegar a esto pero no me dejas elección. Está visto que no funcionan las buenas palabras ni sirve de nada portarse bien durante todo el año.

Lo lamento pero tengo que decir que Papá Noel mola mucho más que tú. Y eso que él está acostumbrado al frío. Al final se va a terminar convirtiendo en mi favorito.

Sin otro particular, y esperando que tomes debida nota de lo planteado en esta misiva, se despide atentamente

Álter

miércoles, 29 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCVI: Ya no están tan requetebién

En el salón de una casa celebran una fiesta. Dos chicas charlan animadamente sentadas en el sofá cuando, de repente, una de ellas gira la cabeza para contemplar asombrada a alguien. Parece que le ha gustado, aunque no sé muy bien por qué  por los motivos que paso a relatar a continuación.

El objeto de su mirada es un chico con pantalones de pinza (esto ya debería dar una pista de que aquello no va a funcionar, aunque ella lleva una falda de lentejuelas plateadas con una camiseta y una chaqueta como de baseball, así que lo mismo son tal para cual), camiseta azul eléctrico y… una cabeza gigante con ojos tipo dibujito manga aún más gigantes.

El cabezón le ofrece a la muchacha un corazoncito de peluche, a lo que ella responde entornando los ojos con cara de alelada. Posteriormente, saca un ramo de flores de plástico, lo cual respeta la vida de las flores pero contamina y es muy poco romántico, la verdad (yo es que prefiero los bombones porque soy una tragaldabas).

Con el tema de las flores hay algo que no termina de convencer a nuestra protagonista. No sé si porque es igual de tragaldabas que yo y hubiese preferido el chocolate o porque lo de las flores de plástico le ha parecido muy cutre pero el caso es que la música sexy se interrumpe repentinamente y ella se gira con cara de terror para mirar a sus amigas del sofá. Una de ellas, que lleva, para mi horror, una chaqueta dorada, la señala y le susurra la marca de unos cacahuetes con chocolate que siempre han sido muy populares pero que, la verdad sea dicha, últimamente han caído un poco en el olvido.

La protagonista, atendiendo el consejo de su brillante amiga (brillante por la vestimenta; desconozco su capacidad intelectual), saca del interior de su deportiva chaqueta una bolsa de estos cacahuetes (ya sabéis cuáles os digo: estos que antaño cantaban que estaban requetebién).  Se lleva uno a la boca y ofrece otro a su nuevo amigo, acercándolo a sus inamovibles labios.

De repente, al cabezón le entra una temblequera extraña. Al principio me asusté, pensando que tal vez el pobre fuese alérgico a los cacahuetes y la it-girl esta la acabase de liar parda pero no… La reacción es debida a una transformación que, de repente, lo convierte en un chico normal. Bueno, normal… Luce en su cabeza un tupé de esos que causaron furor en la serie “Sensación de Vivir” (o “Beverly Hills 90210”, para los que me leéis desde ultramar) pero, al menos, la cabeza en sí misma ya es de un tamaño anatómicamente correcto. Ella le dice que, sin apariencias, le gusta más. ¿Llevar una cabeza King Size es intentar aparentar? Debo de estar muy fuera de onda. Todo el mundo se les acerca porque se ve que antes tenían un poco de miedo del cabezudo y nos muestran los cacahuetes en primer plano.

Y ya está. Me he quedado igual.

lunes, 27 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCIX: Lo ha conseguido

Marrameowww!!!

Contra todo pronóstico, Munchkin ha conseguido ser más listo que la bruja. No sería mérito si la hazaña la hubiese conseguido yo pero, viniendo de él, creo que es justo y necesario darle el mérito que merece.

Como recordaréis, el imberbe dedicaba los amaneceres de los fines de semana a despertar a la bruja mediante cariñosos zarpazos en el cuello, el hombro o cualquier  otra parte de su anatomía que quedase al descubierto. La bruja se levantaba, lo pillaba y lo echaba fuera para seguir durmiendo un rato más.

Pero como la necesidad es la madre del ingenio, Munchkin fue depurando su técnica. No es que lo haya conseguido todo a la primera. Ha sido una carrera de fondo pero al final ha obtenido el ansiado éxito.

Empezó escondiéndose debajo de la cama cuando veía que la bruja se levantaba para que no lo cogiese en brazos para echarlo. Cuando veía que la bruja salía de la habitación, iba él detrás dispuesto a recibir su alimento para encontrarse con que la bruja lo había vuelto a engañar ya que, en cuanto ponía las cuatro patas fuera del dormitorio, la bruja volvía a entrar y lo dejaba fuera.

Munchkin dio un paso más y decidió no salir de debajo de la cama hasta escuchar abrirse el armarito que alberga habitualmente nuestro pienso. Pero nada; el resultado siguió siendo el mismo.

Por tanto, empezó a no salir de su escondite hasta escuchar efectivamente la bolsa de pienso pero esto no era sino otra engañifa de la bruja que, según lo veía aparecer en la cocina con cara de inanición, lo dejaba con dos palmos de narices esperando hasta que ella tuviese a bien levantarse.

Así que ayer por la mañana, a eso de las siete aunque la bruja decía que eran las ocho por no sé qué historia de un cambio de hora (yo es que de esas cosas no entiendo y, como no afectan a mi diario vivir, tampoco me interesan), Munchkin venció su gula y supo esperar pacientemente hasta escuchar el pienso cayendo en el platito después de que la bruja hiciera diferentes sonidos engañosos y viniera un par de veces al dormitorio a comprobar que el niñato no tenía intención alguna de salir de su refugio hasta ver atendidas sus demandas.

Y, claro, como le echó de comer a Munchkin, me tuvo que echar también a mí pero, como no nos puede dejar a nuestro libre albedrío porque al final cada uno se come la comida del otro y eso es un caos (según ella), no le quedó otra que poner mi plato en el dormitorio y cerrar la puerta con la intención de seguir durmiendo. Algo más durmió pero le costó porque, entre mis sonidos de masticación y posteriores maullidos del imberbe queriendo recuperar su sitio en la cama una vez satisfecha su necesidad, no conseguía conciliar el sueño.

No sé cómo lo veréis vosotros pero yo a éste le veo futuro como Secretario General de algún sindicato.

Prrrrrr.

jueves, 23 de marzo de 2017

Fui chica Almodóvar (Parte 2)

Continuamos con la historia comenzada el jueves pasado y que podéis leer aquí.

Como soy una aprovechada, le di a J. mi bolsa con la ropa y le dije que me la llevara, que ya me pasaría por su habitación a recogerla. Preguntó al compañero que sí iba a viajar, a quien llamaremos C., que si se llevaba también su ropa.  C. respondió que tampoco era cuestión de cargarlo como un sherpa. Guardó la bolsa con la ropa en el maletero de un taxi y nos fuimos todos menos J.

Llegamos y alquilamos el coche. Al abrirnos el maletero para que comprobásemos lo espacioso que era, tuve un flashback y le dije a C. “Oye, ¿y tu bolsa de la ropa?”. Ponerse blanco es poco.  Creo que estuvo a punto de desmayarse al darse cuenta de la cantidad de prendas que iba a tener que comprar. Mi jefa dijo “Yo creo que se la ha dado a J.”. Yo opinaba que no. C., al principio quiso aferrarse a la idea de mi jefa pero fue atando cabos y se dio cuenta de que llevaba razón yo. Nos llevamos el coche y, durante todo el camino, mi jefa llamaba por teléfono al hotel para preguntar cómo podíamos hacer para localizar a un taxista. La chica del hotel, que era muy amable (y casualmente uruguaya, no digo más), le preguntó a mi jefa si tenía el ticket del taxi. Lo bueno de viajar por trabajo es que uno pide ticket de todo, así que lo tenía. De ahí pudimos sacar el número de teléfono de la compañía y el número del vehículo. La uruguaya maja le dijo a mi jefa que le diera el número, que iba a intentar encontrar al taxista.

Llegamos al hotel, aparcamos y la uruguaya nos dijo que había localizado al taxista y que iba presuroso a nuestro encuentro con la ropa de C.  Justo estábamos hablando en el lobby cuando vimos aparecer al taxista, triunfal, con la bolsa de C. en la mano. C. daba palmas con las orejas y vi cómo recuperaba el color en su semblante. Estábamos deshaciéndonos en agradecimientos hacia el taxista y la recepcionista cuando, de repente, aparcó otro coche en la entrada del hotel y bajó corriendo el hombre que nos había alquilado el coche, con el mismo tono lívido que le había visto a C. minutos atrás. Nos encontró a todos allí y también lo vi recuperar el color. Nos explicó que había venido corriendo (o conduciendo rápido) a ver si nos encontraba porque en la guantera del coche que nos había alquilado se había dejado unas llaves de otro coche que tenían para alquilar.

Tanto mi jefa como yo nos acordamos de las películas de Almodóvar (las de los ochenta, se entiende), donde siempre había gente persiguiendo a otra gente que a su vez perseguía a más gente y nos dio la risa tonta.

Y, una vez recuperada la ropa y las llaves, pudo volar cada mochuelo a su olivo. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCV: Pues yo no reconecto

No tengo palabras para describir lo extremadamente perturbador que me resulta este anuncio.  Intentaré escribir el post sin sufrir una crisis nerviosa en el proceso.

La escena nos sitúa en el interior de una sala de juntas. A la mesa se sientan cuatro hombres y dos mujeres, todos con su traje gris y anodino. Llega una tercera mujer, que supongo que será la presidenta de la junta, también con traje gris pero con un paquete de gominolas en la mano.

Se sienta a la mesa y dice que van a hablar de las gominolas  en cuestión. No sé si es el único punto del día o si hay más materias que discutir como el presupuesto anual o a cuántos van a despedir ese mes pero lo importante es lo importante. Van a hablar de las gominolas.

La que antes se atreve a participar en el debate, coge de la bolsa una nube (o “marshmallow”, para que veáis que tengo idiomas) y, con una cara que pretende ser de niña repipi pero que más bien la hace parecer una loca de psiquiátrico, dice que eso es una montañita blanquita y dulce (podría decir “dulcecita”, ya que está).

Luego habla otro con dos platanitos en la boca, a modo de colmillos, diciendo que así puede ser un vampiro. A continuación, un hípster trajeado juega con un osito de goma diciendo que el oso es astronauta y va a la luna a comerse un platanito.

Un hombre bizco con gafas de culo de botella saca emocionado un corazón de gominola de la bolsita y exclama “¡El corazóoooon!”. En este momento, una mujer también de gafas pero más bien con pinta de Señorita Rottenmeier que hasta ese momento parecía la única cuerda del grupo, ya que observaba la escena con una cara que iba del asombro a la desaprobación, pasando por el descrédito, de repente le arrebata a Rompetechos el corazoncito de la mano y dice que esa es su favorita y que, cuando se la come, se siente una princesa.

Y todos se ríen, encantados de la vida.

Todo esto, ya de por sí, es bastante extraño pero lo que de verdad me pone los pelos de punta es que todos los actores están doblados por niños pequeños (con voces muy extrañas, por cierto; no es que sea yo una gran experta en infantes pero no conozco a ninguno que tenga una voz similar). Así que, si ya de por sí la cosa daba bastante grima, súmale a eso tener que escuchar a gente que ya no cumple los treinta con vocecilla como de dibujo animado. Es extremadamente inquietante.

Tal vez yo sea la rara, porque he leído opiniones en Tú Tubo de gente felicitando a la agencia por la originalidad del anuncio y destacando la importancia de reconectar con nuestro niño interior pero yo confieso que con este anuncio puedo hacer muchas cosas: temblar de miedo, tener pesadillas, clavarme alfileres bajo las uñas en un vano intento por olvidar… pero nunca reconectar.

lunes, 20 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVIII: Here comes the hotstepper

Marrameowww!!!

El otro día, tras servirnos la comida, la bruja se dejó la bolsa de pienso de Munchkin un rato sobre la encimera.

Y ya lo sé. Seguro que estáis pensando que lo que voy a relatar es cómo el imberbe se abalanzó sobre la bolsa vaciando su contenido y comiendo hasta reventar (qué malo es conocerse) pero no, no va de eso. De lo que va es de que ha descubierto que el “gato modelo” que aparece en su paquete de pienso es sospechosamente parecido a él. He aquí la prueba:

pienso gato sobrepeso


Esto hizo que, del shock, no se acordase de atacar el contenido y se quedase embobado contemplando el continente. Vale, el gato de la bolsa es más bien gris y Munchkin no se dejaría poner un collar ni por todo el pienso del mundo pero la verdad es que hay que reconocer que el parecido es innegable.

Pues bien, a raíz de este reciente descubrimiento está que no hay quien lo aguante. Dice que eso es porque sus genes son los mejores y que seguro que el que sale en la foto es un primo lejano suyo, que ha triunfado en el mundo del modelaje. Que seguro que a él también le darían una campaña si se decidiera a dedicarse a la publicidad pero que no  lo hace porque está seguro de que la bruja aprovecharía para vivir a su costa y no tener que volver a trabajar nunca más en su triste existencia. En eso sí estoy de acuerdo con él, pese al delirio generalizado de sus planteamientos.

Yo le he preguntado si es consciente de que la foto pertenece a una bolsa de pienso de dieta. Que tal vez no es que sus genes sean tan hermosos sino que a lo mejor lo que sucede es que son genes con tendencia a la obesidad pero como si oye llover. Dice que es la envidia la que me hace maullar tamañas atrocidades. Que ya me gustaría a mí que los gatos negros tuviésemos un poco más de protagonismo pero que por algo somos siempre los últimos en ser adoptados ya que por todos es sabido que damos mala suerte y somos un mal presagio desde que el mundo es mundo. Yo no le hago ni caso porque sé que el negro es muy elegante y, además, combina con todo. Seguro que yo triunfaría mucho más en el mundo de la moda. Tengo el pelo más largo y suave y además mi bolsa primordial en envidiable. Pero no me interesa; soy un intelectual y no estoy para frivolidades.

Así que ahora se pasa el día posando, caminando por el pasillo con un cadencioso contoneo de caderas y diciendo que por algo en inglés llaman “catwalk” a las pasarelas y que por eso los angloparlantes son potencia mundial, porque saben dar a las palabras su justo significado y así no hay lugar a malos entendidos.

Por si os lo estabais preguntando, sí, esa etiquetita naranja es el precio. Me parto.

Prrrrrr.

jueves, 16 de marzo de 2017

Fui chica Almodóvar (Parte 1)

A raíz de un comentario que me dejó Laura en el post del jueves pasado,  me dio por recordar la situación de mi vida en la que más he sentido estar atrapada en una película de Almodóvar. Como la historia, pese a haber sucedido en un lapso de unas tres horas, es más larga que un día sin pan y no quiero cerrar la semana aburriéndoos porque luego seguro que me lo echáis en cara, vamos a dividirla en dos posts. Tiene ventajas para vosotros porque se os hace más amena la lectura y para mí porque me saco dos entradas de la misma tontería y parece que mi vida es más intensa de lo que en realidad es.

La historia que nos ocupa sucedió en Santiago de Chile, allá por el año 2006 (sí, ya estoy con mis batallitas de abuela cebolleta pero es lo que hay). Para los que no lo sepáis, me tocó ir a Santiago durante tres meses por temas de trabajo. Fue una gran experiencia pese a las palizas de quince horas diarias de trabajo que me metía. Como trabajábamos mucho, los fines de semana intentábamos desconectar un poco, saliendo por ahí a turistear lo poco que podíamos.

El caso es que un fin de semana largo que tuvimos (el único en tres meses, así que había que explotarlo al máximo), nos invitaron a mi jefa, a un compañero y a mí a ir a una casita que tenía en Valparaíso un chico chileno que trabajaba con nosotros. Para poder movernos con más comodidad y no andar pendientes de autobuses y demás, decidimos alquilar un coche. Pues bien, el día que íbamos a alquilar el coche, decidimos que era una estupenda idea ir primero a lavar la ropa. Como teníamos poco tiempo libre y había que optimizar, chantajeamos emocionalmente a la chica de la lavandería pidiéndole que, cuando terminase la lavadora, nos metiese la ropa en la secadora mientras nosotros íbamos a comer. Porque se suponía que teníamos que esperar a que terminase la lavadora para meterla nosotros en la secadora pero le dijimos que nos hiciese el favor, que acabábamos de llegar de Madrid. La chica accedió pero comenté mientras comíamos que ya se nos podía haber ocurrido otra excusa porque la chica iba a comentar entre sus conocidos que los españoles éramos unos guarros que hacíamos viajes transatlánticos con la ropa sucia. Ahí, dando buena imagen de España.

Recogimos la ropa y un cuarto compañero, que no iba a ir a Valparaíso pero había venido a la lavandería  y a comer con nosotros y a quien llamaremos J., dijo que se volvía para el hotel.

Y de cómo continúa la historia os hablaré el jueves que viene. Pues sí, os dejo con la intriga pero tened en cuenta que si hubiese escrito un post eterno, a estas alturas hubieseis perdido el interés. Si lo único que hago es pensar en vosotros. Soy un espíritu generoso y altruista de los que ya no quedan.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIV: Se equivocaron de juego

Hoy vamos con una “trilogía” de estas que me molan por las múltiples posibilidades que me dan para esta sección.

Se trata de una página web para jugar al bingo online. Hasta hace un tiempo el bingo parecía cosa de octogenarios, que aprovechaban lo de estar marcando numeritos en un cartón para socializar con otros octogenarios. Ahora que se puede jugar por Internet, hasta la gente joven puede pasárselo bomba jugando a este juego tan dinámico y entretenido.

Los tres se desarrollan en un plató de entrevistas, donde el entrevistador es un popular presentador de programas del corazón (y algún reality show) y que,  tengo que decirlo, me cae como una patada en el hígado.

Pero no voy a ser prejuiciosa. A ver de qué va esto.

En el primero de ellos, le preguntan al entrevistado por qué nunca había jugado al bingo online. Él contesta que es porque no sabía que se puede jugar desde el móvil y, así, ganar con su número preferido dondequiera que esté. Vamos, que si no puede jugar todo el día y a todas horas, el juego no le interesa. Pero no es esto lo más desconcertante sino que, dicho esto, tira el móvil por los aires (desconozco por qué razón) y coge de la mano a una bola azul del número 33 con pestañas enormes que está sentada a su lado (sí es una bola con brazos y piernas). Se arrodilla y comienza a besarle la mano, el brazo y… por suerte, ahí cambian el plano y vemos al presentador instándonos a registrarnos.  

Al segundo entrevistado, le preguntan qué se siente al haber ganado más de treinta mil euros jugando al bingo. El aludido, a quien identifican con el nick con que supuestamente está registrado, dice que está feliz de ser uno de los ganadores, mientras nos acribillan a nicks sobreimpresos en la pantalla, que se entiende que serán de más ganadores. Añade que todo ha sido gracias a su número favorito. Antes de hablar de su número favorito, tengo que aclarar que, como no podía ser de otra manera, la perorata anterior la acaba de soltar con una naturalidad y un desparpajo tales, que no nos queda ninguna duda de que estamos escuchando a un ganador real.

Ahora sí, hablemos del número. En este caso se trata de un siete, también azul, pero sin pestañas. Lo que lleva este número son unos morritos rojos de lo más seductores. Esta vez es la bola quien se lanza a buscar contacto físico con el jugador.

Por último, entrevistan a una usuaria que lleva cuatro años jugando al bingo. Ahí es nada. Le preguntan qué es lo que más le gusta. Responde que en esa plataforma es seguro pagar con tarjeta (no sé si hay más formas en las que se pueda pagar en una página de juego online) y que su número de la suerte nunca le falla. Se trata del 27. Tiene bigote y mueve los bracitos desesperados cuando la jugadora empedernida se tira encima de él vete a saber con qué intenciones.

Daos cuenta de que hay un denominador común en las tres entrevistas. Todos tienen número de la suerte. ¿Número de la suerte en el bingo? Si ahí lo que importa es que salgan todos tus números. Si tienes un número de la suerte, tal vez te convenga más jugar a la ruleta.

No puedo comentar más. Estoy en shock y esto ya me ha quedado muy largo.

lunes, 13 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVII: Vigilancia extrema

Marrameowww!!!

La semana pasada tuvimos saturación de humanos. El consorte tuvo turno de tarde en el trabajo, lo cual significó que la bruja salía de casa, como siempre, a eso de las seis y cuarto de la mañana y el consorte se quedaba aquí hasta cerca de las dos y media de la tarde. La bruja llega siempre a eso de las tres y media, por lo que apenas hemos tenido una hora de libertad cada día. Eso deja muy poco margen para planificar maldades.

Lo único que medianamente hemos conseguido es un poco de tortura psicológica. Por norma general, cuando llega la bruja a casa vamos los dos corriendo a su encuentro. Ella piensa que la recibimos en la puerta pero en realidad es una técnica de acoso y derribo para que nos dé de comer. Los días pasados la bruja llegaba a casa y nosotros no nos movíamos del sofá, la cama, el castillito, la cesta, la casita o cualquier otra de las superficies que tenemos habilitadas para dormir, que son muy variadas. La bruja abría la puerta y, tras haber traspasado el umbral, tenía que andar buscando dónde nos habíamos metido. Nos echaba la bronca diciendo “Pero bueno, ¿qué pasa, que no venís a recibirme?”. Daban ganas de responderle “Pues qué va a pasar. Que el consorte ya nos ha dado de comer y ahora mismo no hay nada que necesitemos de ti”.

Así que maldades, lo que se dice maldades, no hemos podido hacer muchas pero al menos nos quedábamos con la satisfacción de verle esa cara de profunda decepción. Parece mentira que a estas alturas todavía no se haya percatado de que todas las “muestras de cariño” que a veces parecemos prodigarle no son más que meros intentos de sacarle algo que queramos en ese momento. Y luego se piensa que es lista, la muy pavota. A estas alturas de la película todavía no entiende cómo funciona el mundo felino.

Pese a esa escasa satisfacción tras hacerla sentir mal, os tengo que contar que la noche del viernes fue muy dura. Los humanos no se habían visto en toda la semana. Bueno, se habían visto pero en estado catatónico ya que, cuando la bruja se iba el consorte aún dormía y, cuando el consorte volvía, la bruja ya estaba en el tercer sueño. Lo más que habían tenido eran breves charlas telefónicas en algún descanso del trabajo. Por este motivo, cuando el consorte volvió el viernes por la noche, se pusieron al día de tooooodas las apasionantes novedades que les habían sucedido durante la semana en sus respectivos trabajos. Fue muy duro tener que escucharlos durante media hora relatando historias soporíferas.  

Espero que pase mucho tiempo antes de que al consorte le vuelva a tocar turno de tarde. No sé si seré capaz de soportar otra vigilancia prácticamente continua y, para colmo, el boletín semanal de novedades, con las ganas que tengo yo de sofá y mantita.

Los gatos también merecemos descansar el fin de semana.

Prrrrrr.

jueves, 9 de marzo de 2017

Surrealismo 4 – Álter 0

Hay días que parece que el surrealismo me persigue. Cierto es que tengo una especie de imán para las situaciones extrañas pero una cosa es un hecho aislado y otra muy distinta cuando parece que los astros se han alineado específicamente para poner a prueba mi resistencia.

Digo esto porque la semana pasada tuve uno de esos días. Bueno, mentiría si dijera que fue un día. Más bien fue una acumulación de sucesos extraños en un lapso de veinte minutos.

Volvía yo de trabajar, con más sueño que ganas de vivir, y me bajé del autobús una parada antes porque decidí pasarme por el veterinario a comprar el pienso de Munchkin. Iba andando por la calle, feliz y despreocupada, cuando de repente se dirige a mí un hombre que tenía que andar cerca de los sesenta años, preguntándome si era de la zona. No suelo fiarme de desconocidos pero, dada su edad y que a priori no parecía sospechoso, le contesté afirmativamente, pensando que iba a preguntarme por una calle, una tienda o algo parecido. El hombre se pone a contarme que ha cerrado una tienda de electrónica que estaba “ahí” (dijo “ahí” y señaló un punto indeterminado) y que andaba vendiendo baterías de carga externa. Me saca una, con su embalaje original y todo y, poniéndomela en la mano me dice que ya viene cargada y que las vende a diez euros con otra de regalo.

Me excusé diciendo que no llevaba dinero encima y me fui de allí, pensando de dónde habría sacado las baterías este hombre. Punto uno: Si tienes una tienda que va a cerrar, haces una liquidación de stock, no te dedicas a ir atosigando a los viandantes para venderles tus porquerías.  Punto dos: ¿En tu maravillosa tienda sólo vendías baterías? ¿No tenías ningún otro producto? Punto tres: ¿Tan poca mercancía tenías que te cabe la tienda en un bolsillo del abrigo?

Le conté mi odisea a la auxiliar de veterinaria (porque a alguien se lo tenía que contar) y me dijo que a ella una vez le habían ido con el cuento de que habían cerrado una cuchillería y que andaban vendiendo una cubertería. Vamos, que a todas luces pinta que se trata de material robado, ya sean cubiertos o baterías.

Me dirijo a mi casa con el pienso y, al pasar por una explanada donde siempre aparcan muchos coches, veo uno con las puertas traseras abiertas y, en el asiento de atrás, dos hombres haciendo vete a saber qué trapicheo (opté por mirar hacia otro lado, que no quiero líos). Lo malo es que, al mirar hacia otro lado, veo a otro que cierra el portal de su casa y, en cuanto pisa la calle, se persigna como si fuese a la guerra o algo.

Pensé que al llegar a mi casa (que nunca me pareció que estuviese tan lejos) ya por fin podría escaparme de tanto surrealismo pero me encontré en el portal con un cartelito publicitando una clínica ayurvédica y que contenía la siguiente frase: “Segunda sesión = Sanguijuelas gratis”. Me entró tal ataque de risa que agradezco no haberme cruzado con ningún vecino. Sé para qué se usan las sanguijuelas pero, escrito así, mi mente enseguida empezó a imaginar que me iban a regalar un saquito con sanguijuelas para criarlas en mi casa cual amorosas mascotas.

En serio ¿por qué me pasan a mí estas cosas?

miércoles, 8 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIII: Al principio, sí. Pero después no.

La última vez que me mudé, hace ya casi cinco años y espero que pasen muchos años más, recuerdo que los tiempos ya habían cambiado desde la vez anterior. Quiero decir, que ya no tenía que dedicarme a comprar el periódico y llamar a todos los que podían interesarme para ir a verlos. Gracias a los avances tecnológicos, esta última vez pude hacer una primera criba visitando portales de venta y alquiler de viviendas, lo cual en principio está muy bien porque ya vas un poco más “a tiro hecho” y puedes ir descartando las que desde un principio te parecen un espanto. Esto no es óbice  para llevarse sorpresas, no obstante (si me seguís desde hace menos tiempo y queréis conocer esa odisea, a la derecha tenéis la etiqueta “La Mudanza” para deleitaros). Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y el tema de los portales de búsqueda de vivienda tienen también sus inconvenientes; como, por ejemplo, que terminas básicamente hasta el moño de visitar páginas web y llega un momento que se te salen las fotos y los filtros por las orejas y ya no recuerdas si el que vas a ver es el que tenía un dibujo de unos ratones fornicando en el baño o el del teléfono de disco en el salón (ambas cosas son verídicas)

Pero bueno, no sé para qué tanto preámbulo. Ah, sí, es que el anuncio es muy corto y con algo hay que rellenar. El asunto es que hoy os traigo un anuncio de un portal de búsqueda de casas. Con una música romanticona, vemos a una chica corriendo con cara de ansia desesperada desde una terraza, al tiempo que un muchacho corre en sentido opuesto desde una puerta, luciendo una sonrisa de oreja a oreja. Corren los dos con los brazos abiertos y todos pensaríamos que se van a dar el abrazo de su vida (o no, porque es un recurso muy manido a estas alturas) pero no. Ella corre a abrazarse a la puerta que ha franqueados hace un segundo su amado (o su compañero de piso; no sé por qué doy por sentado que son pareja) mientras él pone boquita de pato y se abalanza a besar la tarima flotante como el papa después de aterrizar.

Y ése es el anuncio. No hay más. Mi primer impulso fue decir “Menuda estupidez. ¿Quién va a ponerse a abrazar y besar los elementos de un piso? Esto es un anuncio pesadillesco como una casa”. Pero luego le di una segunda vuelta al razonamiento y, recordando las penurias que pasé para encontrar el piso en el que ahora estoy sentada escribiendo (¡Leeros la pestaña “La Mudanza”, hombre ya!) tal vez sí sentí un cierto deseo de liarme a besos con las puertas, las ventanas, los suelos y hasta con el agente inmobiliario y el casero, en un momento dado.

Pero como no tengo sección “Anuncios que al principio sí pero después no”, aquí se va a quedar éste. 

lunes, 6 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVI: Se ha escrito un crimen

Marrameowww!!!

Creo que ya he comentado que Munchkin no es demasiado cariñoso que digamos. Al consorte le pide algún mimo que otro de vez en cuando pero pasa bastante de la bruja salvo para pedirle alimento. Y no lo culpo, la verdad. No todo el mundo ha sido dotado de mi estoicismo.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, ha descubierto que el cariño puede ser una técnica de tortura tan buena como cualquier otra. Sospecho que esto lo ha aprendido de mí. Es así que ahora, cuando ve a la bruja tumbada en el sofá (que es siempre que no tiene nada que hacer porque es una vaga redomada), le da por ir a tumbarse encima de ella.

Hasta aquí la cosa no sería ni digna de mención pero el asunto es que no se tumba de cualquier manera. Primero se tira sus buenos diez minutos “amasando” a la bruja. Clavando bien las patas sobre sus carnes. Y no elige las carnes al azar, no. Le gusta ejercer presión sobre la vejiga o el estómago para que la bruja no vaya a pensarse que le están dando un agradable masaje de “almohadillopuntura”. Y luego, cuando a la bruja ya se le está escapando una lagrimilla por el rabillo del ojo (es incapaz de echarlo porque está trabajando en mantener las buenas relaciones diplomáticas con el imberbe), o amenaza con hacerse pis de un momento a otro a causa de la presión en la vejiga, ya se tumba sobre sus muslos. A veces se coloca de frente a ella, momento que la bruja aprovecha para rascarle la cara y las orejas (y él para soltarle algún bocado a traición) pero, en la mayor parte de ocasiones, se pone mirando hacia sus pies, de tal manera que la bruja sólo contempla el orondo trasero de Munchkin y le rasca un poco el muslamen, conformándose con lo poco que le ha tocado en suerte porque ella es así, perdedora y mediocre por naturaleza. Como, en esta pose, el imberbe no puede dar mordiscos, de vez en cuando retuerce la columna con esa agilidad propia de nuestra especie y le planta un zarpazo en la mano. En definitiva, que las negociaciones diplomáticas avanzan muy lentamente, como casi todas las negociaciones diplomáticas del mundo.

Lo bueno de que Munchkin se tumbe en sus piernas es que me deja libre a mí el torso, espacio que aprovecho para tumbarme cuan largo soy, tapándole media cara con la cabeza. De esta forma,  la dejamos inmovilizada y con dificultades para respirar. Y no, no nos echa porque está a nuestra merced  y porque piensa, la muy ilusa, que esto es amor en lugar de un intento de placaje (y de homicidio doloso con premeditación).

Si alguien conoce a algún gato que esté interesado en vivir con nosotros, que nos lo diga. No va a vivir muy bien, la verdad, pero todavía hay sitio en las pantorrillas y me gustaría comprobar cómo la inmovilizamos del todo.

Prrrrrr.

jueves, 2 de marzo de 2017

Decidido: Voy a ser emprendedora

Hablaba con mi madre por Skype el otro día y, no sé por qué razón, nos pusimos a conversar acerca de restaurantes modernos (y caros). No preguntéis por qué. Nosotras somos muy de divagar y tal vez lo que originó esa conversación fue el precio del transporte público o el nivel de lluvias de la última semana a ambos lados del charco o cualquier otra cosa no relacionada con la hostelería.

El asunto es que mi madre juraba y perjuraba haber leído algo de un restaurante que tiene una sola mesa, de tal manera que tú reservas y el restaurante abre solo para ti. A mí eso de tener a todo el personal del restaurante pendiente de mí me da un poco de agobio. Cualquiera lo diría, con lo fan que soy yo del protagonismo pero lo que me gusta es que me rían las gracias, no que estén pendientes de si me falta un dedo de vino en la copa. Creo que sólo iría si me prometen que me van a poner una pared de ladrillo y una banqueta para que yo pueda soltar ahí un monólogo y no tengan más remedio que reírse de mis chistes porque para eso estoy pagando.

A raíz de eso yo recordé otro que te sirve (y te cobra) aromas. Sí, aromas. Te traen algo que dicen que es, por ejemplo, aroma de bosque, que supongo que consistirá en un montón de hierbajos y un cacho de madera ardiendo para que tú huelas el humito, con el consiguiente tufo a barbacoa en el pelo. Tú hueles eso, pagas a precio de oro y después te vas a un Burger porque algo habrá que cenar.

Y luego mi madre me habló de otro que, cree recordar, está en Grecia y que está completamente a oscuras para que disfrutes al cien por cien del placer sensorial de la comida en tu paladar. Esto sí me pareció un buen negocio. Puedes saltarte a la torera las normas de bromatología. Nadie se va a quejar de que había un pelo en la sopa o de que te han dado las sobras del comensal anterior. Todo el mundo saldrá encantado porque ojos que no ven, corazón que no siente.

Ya me imagino al maître comentándole al chef “Me han dicho los de la mesa seis que les ha parecido sublime el efecto crocante en la salsa de fresas del postre”. El chef, con un guiño cómplice al maître, le revelaría que en realidad se trataba de cucarachas bebé.

La siguiente escena sería el maître llevando la cuenta en una bandejita de plata, con lágrimas en los ojos de intentar contener la risa y diciendo para sus adentros “Hay que ver cómo es este Jean-Pierre”, al tiempo que movería la cabeza de un lado a otro.

Así que me he propuesto abrir un restaurante de estos. Todo son ventajas. Puedes hacer el guarro a placer y las risas están aseguradas. ¿Qué más puedo pedir de un puesto de trabajo?

miércoles, 1 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCII: Aperitivos y dopaje

Vemos a un chico en una fiesta. Una fiesta de estas que se supone que son elegantes, porque todos los hombres van de traje mientras las mujeres lucen sus mejores vestidos de noche. Se ven copas de champán por doquier y un cisne esculpido en hielo. Aquí es donde yo diría que tan elegante no será la fiesta con semejante horterada presidiendo el salón pero la nota discordante realmente no la da el ave congelada sino que el chico del que hablaba al principio está comiendo triangulitos de maíz directamente de la bolsa haciendo sonidos crujientes con la mandíbula y llenándose los dedos de polvillo rojo. Glamour nivel experto.

Comienza a sonar “I need a hero” de Bonnie Tyler y, mientras el chico se llena la boca con un triángulo de esos (yo soy de las que los van mordisqueando para evitar la cara de hámster que se le queda a él, pues los vértices se le clavan en la parte interior de los carrillos) y, sin motivo aparente, se tira a la piscina vestido como está (con traje y zapatillas deportivas, a lo Emilio Aragón en VIP Noche). No se tira de cabeza sino haciendo algo parecido a la grulla de Karate Kid pero con los brazos en posición hercúlea. Ya sé que no me habéis entendido pero esto es indescriptible.

A continuación lo vemos sujetando con cada mano la mano de otros dos tíos mientras una chica le da triángulos de maíz en la boquita. El plano se abre y vemos que está echando un pulso simultáneo con sendos forzudos.

La secuencia cambia y lo vemos comiendo otro triangulito (ahora sí parece capaz de alimentarse por sí mismo). Hecho esto, se retira de los hombros una capa azul noche y observamos que luce unos pañales de tela. No, no es un anuncio de elementos contra la incontinencia. Por lo visto se dispone a enfrentarse a un luchador de sumo que le dobla el tamaño a lo alto, a lo ancho y en circunferencia.

No sabemos el resultado de esto porque el anuncio termina con una imagen de la bolsa de triangulitos y el lema “Atrévete”. Tal vez hayan tenido que llevarse al actor al hospital y ya no había tiempo de cambiar el anuncio, por lo que optaron por cortar las escenas que pudieran herir la sensibilidad del espectador y dejarlo como estaba.

Así que voy a tener que plantearme, la próxima vez que me siente delante de la tele a contemplar cómo engordan mis caderas, si no sería conveniente salir a retar a la vecina a un duelo de capoeira o similar. Lo de comer por comer ya no mola nada y ahora el objetivo de zampar aperitivos es armarse de valor para hacer cosas arriesgadas que no harías en circunstancias normales.

Tal vez los controles anti-dopping de los deportistas de élite deberían incluir un análisis para descartar si se han ingerido triángulos de maíz en las últimas veinticuatro horas y, en caso afirmativo, descalificarlos ipso facto

lunes, 27 de febrero de 2017

Crónicas Felinas CCV: Los gestos del hambre

Marrameowww!!!

Ya he comentado en alguna ocasión que, a la hora de comer, Munchkin es un ser de lo más exigente. Cuando tiene hambre no atiende a razones y es capaz de tirar al suelo todo lo que encuentre desatendido sobre una mesa, con tal de que le presten atención y ver satisfechas sus demandas.

Pero a esta técnica de “acoso y derribo” le ha sumado otra arma, tal vez más cercana a la tortura psicológica, que utiliza cuando ve que lo de tirar las cosas al suelo ya no surte efecto o, en su defecto, cuando ya no queda nada más que tirar. Ésta consiste en mirar fijamente a la bruja con cara de enfurruñado. Y puede quedarse con esa cara de estar enfadado con el mundo durante horas. Frunce el ceño, inclina ligeramente las orejas hacia atrás y mira a la humana (por llamarla de alguna manera) con cara de profunda ofensa.

La bruja ha intentado captar un documento gráfico de alguno de esos momentos para ilustrar este post pero, en cuanto ve acercarse la cámara, mira hacia otro lado. Supongo que tiene miedo de que luego esas fotos vayan a ser utilizadas en su contra en un juicio. Lo más cercano que ha podido conseguir ha sido esto:



Sí, la foto está en vertical porque la bruja es una paleta y no ha aprendido todavía eso de que las imágenes que se toman con un móvil tienen que ir en horizontal. Ella es feliz siendo una cutre. Como digo, no es su momento de mayor enfurruñamiento pero la inútil ésta no ha sido capaz de captarlo en todo su esplendor.

Nótese también en la fotografía que tiene un bigote quebrado en el hemisferio derecho de su careto. Lleva meses así y no hemos sabido en qué momento ni bajo qué circunstancias se lo quebró. Puede haber sido haciendo cualquier cosa; no es muy ágil que se diga y está siempre piñándose; la última fue el sábado pasado, que se cayó al intentar subir a una mesita de centro que tendrá treinta centímetros de alto, tirando una botella de refresco marrón carbonatado en el proceso.  En fin, que me disperso, el asunto es que ahí luce con orgullo su bigote quebrado, apuntando hacia arriba como dedo acusatorio.

Desconozco si esta técnica le reporta mejores resultados. Yo creo que la de tirar cosas le iba mejor. Sobre todo porque, con la cara de enfadado, lo único que consigue es que la bruja se parta la caja comentando la jugada con el consorte “Mira qué cara; si está graciosísimo”. Y así pueden pasarse horas; las mismas que le dure el enfado a él. Venga a comentar lo gracioso que está y sin inmutarse por la pérdida de calorías y azúcares que empiezan a hacer mella en su organismo (eso según él, que intenta hacerles creer que está al borde de la desnutrición extrema y la muerte por inanición).

El pobre está indignado. No consigue que tomen en serio su legítima hambre.

Prrrrrr

jueves, 23 de febrero de 2017

Dime cómo se inspecciona esto, que ya lo hago yo (Segunda parte)

Sé que os dejé con mucha intriga la semana pasada por lo que, sin más dilación, arrancamos con la segunda entrega (si os la perdisteis, leedla antes pinchando aquí para enteraros de algo). Me voy a pasar un poco de extensión pero tres capítulos ya van a ser muchos.

Respuesta del técnico: “Yo no tengo por qué andar llamando a nadie. Yo toco timbre y, si no me abren, me voy”. Intento no entrar al trapo y le digo que vale, que venga para casa, que ahí estoy. Me responde que no, que se ha ido a atender un aviso urgente y que ese día ya no tiene tiempo de volver hasta mi casa. Creo que la lengua me sangraba ya de tanto mordérmela. Para tranquilizarme, me dice que la semana que viene andará también por mi zona y que me llama un día por la tarde para pasarse. No sé la de veces que le pregunté “¿pero cuento con que me vas a llamar?”. Por supuesto que me iba a llamar, faltaría más. Podía dormir tranquila con la certeza de que se comunicaría conmigo.

El 16 de diciembre llamo a la distribuidora para poner  una reclamación (¿a que ya habíais adivinado que no me iba a llamar? Qué listos son mis lectores). Tienen un problema informático. Me piden que llame más tarde o al día siguiente. El 17 de diciembre siguen tocándose las narices con problema informático y me instan a llamar al día siguiente. Les doy otro día más de plazo porque soy así de generosa y porque tengo vida más allá de estar llamando a la distribuidora. Consigo poner una reclamación.

El 20 de diciembre me llaman desde la distribuidora para decirme que vuelven a pedir cita a la contrata y que me llamarán para concretar.

No me llaman pero el martes 10 de enero, al llegar de trabajar, me encuentro un papelito en el buzón donde ponía que habían estado a las diez de la mañana y que no había nadie (qué sorpresa que no haya nadie en un sitio donde te han dicho por activa y por pasiva que hasta la tarde no hay nadie). En el papel venía el teléfono del técnico y me conminaba a llamar hasta el día siguiente como  último día. Sí, por increíble que parezca, me estaban dando un ultimátum. Como soy muy bien mandada, lo llamé. Me dijo que en esa semana me llamaba para pasarse un día por la tarde. Habéis adivinado: pasó el miércoles, el jueves y el viernes y no supe nada más del técnico.

El 16 de enero llamo nuevamente a la distribuidora y me dicen que reiteran la reclamación. El 17 me llama un tercer técnico y me dice que se va a pasar esa tarde. Con pocas esperanzas de que eso vaya a suceder, le contesto que estupendo, que ahí estaré.

Y, contra todo pronóstico, vino. Y me hizo la inspección. Yo no cabía en mí de gozo. Llamé al churri para darle la buena noticia y creo que los dos dábamos saltos de alegría, cada uno a un lado de la línea.

El 20 de enero me volvió a llamar el mismo técnico para decirme que tenía que pasarse a hacer la inspección. Volvía a tener mal apuntado el número de planta. Le dije que mi número de planta era otro y que ya la había hecho y me dice “Ya, ya, era por confirmar que estuviese hecha”.

Me dio hasta penica.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Anuncios Pesadillescos CCI: De amor sin prejuicios

Un hombre entra en casa con un perro lanudo en brazos. De estos que parecen rastafaris. Nos dice que pasear los llena de energía y de suciedad, mientras deposita al perro en el suelo. Ya en los tres primeros segundos de anuncio me surgen varias incógnitas:

1) ¿Por qué trae al perro en brazos? ¿No se supone que vienen de pasear? ¿O es que el paseo es sólo para el dueño y el perro viaja cómodamente en brazos? ¿O es que el dueño no quiere que el perro pise el césped del jardín pero no le importa que pise el suelo de su casa con las patorras llenas de porquería?

2) ¿Por qué, al abrir el plano, se observa que el suelo ya tiene manchas antes de que el perro empiece a andar por él? Es muy extraño todo.

En fin, el caso es que suelta al perro rastafari y éste va dejando huellas. Pero muchas huellas. Mogollón de huellas que apuntan todas en un mismo sentido; como si el perro fuese obra de un científico loco y tuviese dieciocho patas.

Pero el hombre no sufre porque tiene una fregona futurista y también rastafari, llena de trencitas que se mojan y dan vueltas en un escurridor que hace las veces de centrifugadora, echando el agua asquerosa al cubo. Esa agua en la que seguramente volveremos a sumergir la fregona para limpiar una segunda estancia, sí. O que me diga alguien que cambia el agua entre habitación y habitación, que se ganará toda mi admiración y mis respetos.

El asunto es que, como la fregona es rastafari, el perro empieza a hacerle ojitos mientras suena una canción soul que hace que hasta a nosotros se nos ericen los pelos de la nuca (con o sin rastas). Miedo me da pensar qué puede llegar a pasar con esa pobre fregona cuando se quede sin vigilancia. Eso si me creo el anuncio, cosa que es complicada. No soy ninguna experta en perros porque nunca he tenido ninguno pero mis gatos son más bien de perseguir sin piedad a la fregona (en casa friega el churri porque yo siempre estoy quejándome de la espalda; y sí, me quejo porque me duele, que os estoy viendo venir) e intentar destrozarla a zarpazos y mordiscos. No sé si esto será común a todos los animales o que los míos son destructivos de por sí o que no hemos dado con el peinado “fregonil” que enamore perdidamente a mis gatos.

El anuncio termina diciéndonos que tenemos que enamorarnos de la turbo-limpieza. Claro, no tengo yo mejor cosa que hacer que enamorarme de una fregona. Ya bastante poco romántica soy como para encima andar suspirando por objetos inanimados. Por muchas rastas que lleven y pese a ese look exótico que hace que me teletransporte a una playa de Jamaica donde podría vivir un tórrido romance con las palmeras como únicos testigos de mi pasión…

Estoooo, que no, que no me enamoro de una fregona y punto en boca.

lunes, 20 de febrero de 2017

Crónicas Felinas CCIV: Llamada a la colaboración ciudadana

Marrameowww!!!

Ayer fue el cumpleaños del consorte. Para celebrarlo, decidió viajar a su tierra natal hasta mañana martes. No lo culpo, cualquier excusa es buena para librarse un par de días de la bruja.

Pero, así como no lo culpo, también os digo que ya podría haber aprovechado para llevarnos con él. Viajar a Albacete, si bien estresante, es satisfactorio. Tenemos nuevos muebles que arañar y nos dan jamón, lo cual siempre es un aliciente.

Pero no, nos ha dejado aquí, a merced de la bruja. Dos días de suplicio teniendo que soportarla sin que haya nadie que nos defienda. La bruja es implacable y, sin que esté aquí el consorte para ejercer de abogado del diablo, veo que vamos a llegar muy reprimidos a mañana. Tal es nuestro miedo a que esta bruja perversa nos lance un conjuro y nos convierta en alguna alimaña, que no nos hemos atrevido a portarnos mal; al menos de momento. Aún tenemos un día para pensar un golpe de efecto que desbarate todos sus planes.

Pero tiene que ser una trastada épica; nada de medias tintas. Si la trastada es demasiado light no compensará el castigo. Tiene que ser algo que haga que merezca la pena haber transgredido las normas aunque haya que afrontar consecuencias.

El problema es que estamos como cohibidos y no se nos ocurre nada, por lo que recurro  a vosotros a fin de que me iluminéis. Acepto todo tipo de sugerencias y, si conseguimos sacarla de sus casillas de aquí a mañana, prometo relatarlo la semana que viene para vuestro solaz. No os cortéis, aunque penséis que pueda tratarse de una jugarreta desproporcionada. El imberbe y quien suscribe no tememos a los retos. Dicen que siempre es bueno aceptar nuevos desafíos si se quiere prosperar en la vida.

Nada me humillaría más si la respuesta de la bruja a la pregunta “¿Qué tal se han portado?” fuera “Uy, divinamente, no me han dado ningún problema; son unos cielos”. Si hay algo que no quiero ser en esta vida es “un cielo”. Uffff. Me da la escarlatina sólo de pensarlo.

Y tal vez os preguntéis “¿Tan desesperado está que recurre a la ayuda humana?” Y la respuesta es sí. No me avergüenza decirlo; o sí me avergüenza pero hay ocasiones en las que hay que tragarse el orgullo si se quieren obtener resultados. A problemas desesperados, medidas desesperadas.

Sé que soy vuestro gato preferido en la blogosfera y el mundo entero, por lo que estoy seguro de que no me dejaréis en la estacada y alguno de vosotros tendrá una idea genial (o, si no es genial, al menos será pasable; soy consciente de que sois humanos y tampoco quiero exigir nada por encima de vuestras mermadas posibilidades). Así que hacedlo por mí: estrujaos las neuronas y dadme material jugoso con el que conducir a la bruja un pasito o dos más cerca de la locura. Si son tres pasitos os prometo que os hago la ola.

¿Preparados para el brainstorming?

Prrrrrr.

jueves, 16 de febrero de 2017

Dime cómo se inspecciona esto, que ya lo hago yo (Primera parte)

A menudo me pregunto por qué parece que en todas las empresas y comercios se me toma por el pito del sereno. Por ejemplo, si entro a un bar e intento pedir al camarero que le dé al botoncito para la máquina de tabaco, el camarero en cuestión atenderá incluso a gente que ha entrado después que yo antes que a mí.  Sirva esto como ejemplo fútil de situaciones en las que me veo inmersa a diario.

Ahora paso a lo que realmente vengo a contaros. Allá por junio recibí una carta de mi distribuidora de gas donde decían que en septiembre pasarían a hacer la inspección quinquenal. Como tuve todo el follón en el trabajo que ya os conté (y, si no lo leísteis, podéis hacerlo pinchando aquí), en el momento no le di mayor importancia pero como posteriormente terminé pidiendo vacaciones para septiembre, el 21 de agosto llamé  para decirles que yo en septiembre no iba a estar y me dijeron que no había problema, que ya me llamarían más adelante. Pocos días más tarde recibo otra carta diciendo que van a hacer la inspección el día 23 de septiembre, por lo que el 8 de septiembre vuelvo a llamar reiterando que no voy a estar. Me dicen que esas son cartas que ya están programadas y que no me preocupe, que me llamarán más adelante y que sin en seis meses (ahí es nada) no me han llamado, que se lo haga saber.

El 1 de diciembre me  llaman para preguntarme si el día 9 me viene bien. Digo que sí pero que tiene que ser por la tarde. Me dicen que de cuatro a seis de la tarde porque a partir de la seis ya no trabajan. Yo me quedo pensando que ese es un horario ideal para hacer la inspección a gente que trabaje con horario de comercio pero, como no es mi caso, les digo que vale, que en ese horario estaré en casa.

Llega el ansiado 9 de diciembre y, a las 16:18, me llama el técnico diciendo que en diez minutos se presenta en mi domicilio. Le digo que muy bien, que ahí le espero. A las 17:29, como no ha aparecido ya me preocupo pensando si habrá sido abducido o algo, por lo que llamo yo. Le digo que llevo una hora esperando y que si ha tenido algún problema, a lo que responde “Pues claro, como que he estado tocando timbre y no me ha abierto nadie”. Le digo que eso es imposible, que no me he movido de casa y que sorda, de momento, no estoy. Me confirma entonces el domicilio y me dice que le habían apuntado mal la planta. Vaya, pobre hombre… Le indico que eso me parece comprensible pero, que si tenía mi teléfono, por qué no me llamó para preguntarme por qué leches no le abría la puerta, a lo que me contesta…

Lo sabréis en el segundo capítulo, donde continuaremos con esta fascinante historia.