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lunes, 16 de octubre de 2017

Crónicas Felinas CCXXX: Ya tenemos una edad

Marrameowww!!!

La semana pasada la bruja y el consorte se pidieron vacaciones para el miércoles y el viernes, a fin de aprovechar el puente del 12 de octubre y estar cinco días haciendo el vago. Se quedaron en Madrid por motivos que ya contará.

No podía yo consentir que los cinco días de vagancia pasaran en paz y tranquilidad; había que darle algo de emoción al asunto, así que el día del festivo opté por dejarles un regalito en el plato de la comida. El regalito era un diente. Sí, un diente. Total, tengo muchos y sabía que yo voy a seguir comiendo estupendamente pero a ellos les valdría para preocuparse.

Como ese día era fiesta, tuvieron que quedarse con la intriga de qué habría pasado hasta el día siguiente, no sin antes recoger la prueba del delito para enseñarla en la clínica al día siguiente. Les faltó recogerlo con pinzas y ponerlo en una bolsita transparente. También pensé que iba a venir el Ratoncito Pérez, lo cual me hacía bastante ilusión porque, en el caso de los felinos, el regalito cuando viene el Ratoncito Pérez es el propio ratoncito. Pero no vino, el muy cobarde.

Reconozco que la parte de tener que ir al veterinario no fue la mejor de mi plan, pero a veces hay que hacer ciertos sacrificios si queremos angustiar a nuestros humanos. Tuve que soportar que una veterinaria (bastante más simpática que el que está por la mañana y se lleva mal con la bruja, todo hay que decirlo), me abriese la boca y me toquetease las encías. Ya que estaba, aprovechó para mirarme las orejas, los ojos, auscultarme y hasta meterme un termómetro por donde no me da el sol. Todo sea por hacer perder tiempo y dinero a los humanos.

El diagnóstico fue que no me pasa nada. Al parecer el diente ya debía de estar flojo de aquella vez que estaba mal de las encías hace un par de años (ya os lo conté y me da pereza buscar la entrada), así que lo terminé perdiendo. Dice la veterinaria que, en realidad, ya había perdido otro del que los humanos ni se habían percatado. Esto me gustó porque así se sienten malos padres, que no están a lo que tienen que estar.

Según dice la simpática (que cada vez me parece menos simpática), tengo las encías bien pero no estaría de más hacerme otra limpieza de boca en enero o febrero. Porca miseria… yo que pretendía salir airoso ahora ya sé que voy a empezar el año teniendo que ver batas verdes. Algo se rumoreó también de una analítica porque, al parecer, uno ya tiene edad de hacerse chequeos periódicos. Lo que tengo es experiencia, qué sabrán ellos.

También coincidió con el veterinario pedante en que estoy un poquito deshidratado por eso de ser bebedor de grifo, así que los convencieron para comprar una fuente pero la fuente da para otro post, así que eso ya os lo cuento la semana que viene.

Prrrrrr.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXXII: De empollón a delincuente juvenil

Este lo vi hace un montón; mi percepción cronológica es de lo más exacta. Se había quedado por ahí perdido en mis apuntes del móvil, que es básicamente una notita donde me voy apuntando las rayadas que veo para que después no se me olviden. Por lo visto, con notita o sin ella las cosas igual corren riesgo de olvidárseme. Conclusión: mi sistema es una bazofia.

El producto en sí mismo ya ha pasado alguna vez por esta sección y consiste en un producto lácteo con cosas maravillosas que sirve para darnos mucha energía y tenernos a tope de power funcionando todo el día. La única diferencia es que, en este caso, es una variante pensada especialmente para los más peques de la casa.

Vemos a un niño con gafitas, ricitos y pinta de empollón (puedo decirlo porque yo he sido una niña con gafitas y pinta de empollona, aunque sin ricitos) sentarse a la mesa de la cocina, presto a desayunar. Su madre le pregunta si está listo para el colegio. El niño pone cara de terror y vemos cómo se imagina (se puede ver una imaginación, sí; es la magia del séptimo arte) sentadito en su pupitre, donde se amontonan montañas y montañas de deberes. Tan altas que atraviesan el techo. Entre las pilas de deberes, una maestra que parece la Señorita Rottenmeier, lo mira con cara de severidad.

Sale al patio y la niña rubia de pelo largo y pinta de niña bien que le gusta a nuestro protagonista, está con un niño con vaqueros ajustados con cadenita y chaleco vaquero sobre camiseta blanca. Conduce una bicicleta modelo “chopper”. Desconozco si esto existe o la han fabricado exprofeso para el anuncio pero es un auténtico horror. Sobre todo porque, en lugar de llevar pintadas unas llamaradas o algo así, lleva una especie de estampado de leopardo que le da un aire bastante choni y hace que el modelo “chopper” se convierta en modelo “chopped”. A las niñas bien siempre les han gustado los malotes (si es que a esto se le puede llamar “malote”).

En clase de karate o de taekwondo o lo que sea, el profesor decide que el contrincante del pobre niño sea el más grandote de la clase, que no parece tener especial predilección por nuestro infante.

Ante semejantes perspectivas, el niño vuelve a la realidad y se toma el mejunje. El cambio es asombroso. Cruza el jardín sin importarle mojarse con los aspersores, ataviado con una chaqueta dorada y gafas de aviador que hubiesen hecho la delicias de Tom Cruise cuando “Top Gun”. La madre observa orgullosa desde la ventana cómo su hijo se ha convertido en un macarra y, al verlo de espaldas, comprobamos con horror que en la parte trasera de la chaqueta lleva estampado un dragón chino que, para más inri, tiene alrededor de su silueta una especie de neones que se encienden y se apagan al mejor estilo club de carretera.

Lo que cualquier madre desearía para su churumbel.

lunes, 9 de octubre de 2017

Crónicas Felinas CCXXIX: Fue peor el remedio

Marrameowww!!!

Como os adelantaba en el capítulo anterior, Munchkin había sentido un deseo irrefrenable de comer hierba y, ante su ausencia en este nuestro hogar, nuestros humanos salieron disparados a comprar, no sea cosa que el imberbe sienta algún tipo de carencia afectiva que le genere un trauma irreparable de por vida. Para que después digan que el mimado soy yo. No tenéis ni idea del infierno en el que vivo.

Pensaron los pobres ilusos que comprando las semillas, plantándolas y dejando crecer la planta para deleite del interfecto, el problema quedaría resuelto y podríamos recuperar la escasa paz que reina en esta casa.

Pero nada más lejos de la realidad porque la adquisición de las semillas no trajo sino problemas añadidos. Ya sabemos que los humanos no tienen muchas luces por lo que el consorte, en lugar de dejar la bandejita plástica en la habitación prohibida de los secretos misteriosos (que es como llamamos nosotros al cuarto de invitados porque nunca nos dejan entrar ahí por si viene de visita un alérgico; porque piensan los muy atolondrados que habrá alguien deseando verlos), la deja en lo alto del mueble del salón, que es donde estar.

El resultado es de fácil deducción. Mi compañero de batalla se ha pasado días desquiciado, mirando hacia arriba y maullando, desoyendo los comentarios acerca de la paciencia que supone la agricultura.

Creció. Un poco. Dicen los humanos que lo suyo sería esperar un poco más pero columbro que ya empezaban a estar un poco hartos de tanto maullido sin sentido.

Y aquí viene otro problema más. A mí no me vuelve especialmente loco esa planta pero me gusta, así que si la bajan para que la engullamos, yo también quiero engullir. Pero Munchkin desconoce el verbo “compartir”, por lo que su técnica consiste en apoyar la pata encima de la planta para no dejarme libre ningún hueco sobre el que pueda yo ejercitar mi mandíbula. Lo único divertido viene cuando los humanos intentan retirarnos la bandeja y el imberbe tira arañazos a diestro y siniestro para evitar que se la lleven. No lo consigue nunca pero, al menos, desparrama por el suelo una cantidad interesante de tierra y hasta alguna semilla no eclosionada, lo que les obliga a barrer más veces de las deseadas (el número de veces deseado es cero, por si lo dudabais).

Pero, quitando ese momento, he de decir que me fastidia que no me deje comer. Yo soy muy bueno pero hasta que me tocan el hocico. Así que me peleé con él. Últimamente andamos a la gresca todo el día. Bien sé yo los motivos pero no los desvelaré porque luego la bruja me lee y prefiero que viva comiéndose el tarro, pensando si la culpa la ha tenido ella por mala madre.

Torturar a la bruja ya cansa porque supone mucho ejercicio de imaginación, así que he optado por dejar que se auto-torture y así ya me da el trabajo hecho.

Ser maquiavélico y vago no son cualidades excluyentes.

Prrrrrr.

jueves, 5 de octubre de 2017

Reflexiones “made in Álter”

Una situación que viví hace un tiempo me hizo reflexionar. Bueno, yo lo llamo “reflexionar”; la gente normal como vosotros lo llamaría “una ida de olla”.

Mi trabajo queda bastante cerca de mi casa pero tiene la desventaja de que está muy mal comunicado. En su esquina únicamente para una línea de autobús por lo que, en caso de perderlo, tengo que caminar aproximadamente setecientos metros desde una conocida calle de Madrid, por la calle de mi trabajo. Pues bien, mi rutina es la siguiente: tomo un autobús en la esquina de mi casa y, cuando llego a cierta parada de la calle conocida (la llamaremos “parada estrella”), que es desde donde parte el autobús que pasa por la esquina de mi trabajo, me fijo si está por pasar (llevo preparada una aplicación en el móvil que me avisa del tiempo de espera para tal fin). En caso afirmativo, me bajo en esa parada y me espero al que me deja bien. En caso negativo tengo dos opciones:

A) Si el autobús que me deja en el trabajo está en esa parada, me espero dentro de mi autobús (porque más vale autobús en mano que ciento rodando) y, si lo adelantamos, me bajo en la parada siguiente y lo engancho ahí.

B) Si resulta que es mi ansiado autobús el que nos adelanta a nosotros, pues ya doy la batalla por perdida y me bajo dos paradas más adelante (la llamaremos “parada de consuelo”), hasta la esquina dela calle importante con la calle de mi trabajo, y ya desde ahí camino los dichosos setecientos metros.

 El caso es que, como la primera parada del autobús que me deja bien es la “parada estrella”, suele quedarse ahí un par de minutos parado hasta que inicia el recorrido por lo que, un buen día, llegaba yo en el que había cogido en mi casa y vi llegar el segundo autobús. Conté con que iba a estar un poco parado, por lo que me daba tiempo a bajarme y hacer el trasbordo ahí mismo. Se ve que justo ese día, mi segundo autobús llegaba con la hora pegada a las posaderas, por lo que, según subió la gente, arrancó y me dejó ahí, con cara de pánfila (con mi cara de siempre, vaya). Desde la “parada estrella” hasta mi trabajo tiene que haber más de un kilómetro. Vi en los cartelitos que anuncian los tiempos que faltaba apenas un minuto para que pasase otra línea que me deja en “parada de consuelo” y, al menos, con eso me ahorraba un trecho.

Pero no lo esperé. Fui andando desde ahí hasta mi trabajo, poseída por una sensación de autosuficiencia que no soy capaz de explicar. En serio, ¿por qué hacemos esas cosas? ¿A qué se deben esos momentos de orgullo estúpido donde el único damnificado sigues siendo tú pero aun así sientes qué has llevado a cabo una terrible venganza contra vete a saber quién. 

Y esa era mi reflexión. Ya veis qué profunda. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXXI: Qué engañados nos tenía

Hace tiempo que dejé de verlo pero, como lo tenía en la lista, pues vamos allá. De todas formas, como los anuncios van y vienen como el Guadiana, tampoco me sorprendería volver a verlo en la pequeña pantalla el día menos pensado.

El anuncio empieza con un plano de la ciudad de Nueva York donde vemos el pedestal de la Estatua de la Libertad. Sólo el pedestal porque, tal como nos indica el cartelito que simula un boletín especial de noticias, la estatua en sí misma ha desaparecido. Ay, madre, ¿qué habrá pasado? Ya la hizo desaparecer David Copperfield en su día y nadie armó tanta alharaca pero esperemos a ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

Vemos cómo la multitud se agolpa en las inmediaciones intentando comprender qué ha sucedido. Hay una chica que, al verlo, se quita los cascos de su reproductor de música. Esto es algo que hago yo muy a menudo. Cuando tengo que ver algo con atención me quito los cascos como si estar utilizando los oídos mermase mi sentido de la visión. Habría que estudiar este fenómeno pero esto ya lo dejaremos para alguno de mis posts reflexivos y sesudos de los jueves, que si no me voy a ir por los cerros de Úbeda y ya sabéis que yo soy muy de ceñirme al tema y no irme nunca por las ramas.

Finalmente, la encontramos. Está sentada (sí, sentada porque no sólo ha desaparecido sino que ahora también se mueve aunque, curiosamente, nadie hace mención a este fenómeno) en medio de una avenida. Se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y se abanica con la Declaración de Independencia que lleva siempre en la mano izquierda. De repente, estira la otra mano y coge un vaso con un brebaje con potasio y magnesio destinado a recuperar la energía (que no se sabe por qué está en una mesita en medio de la calle, con un cartelito de la marca y todo). Se lo bebe y, acto seguido, se incorpora y vuelve a ocupar su sitio en el pedestal. Eso sí, ahora, en vez de la consabida antorcha que suele sujetar con su mano derecha, ahora lleva  el vaso con el complemento alimenticio, destripando siglos de simbología.

Todo el mundo aplaude de lo más feliz y aquí termina la cosa. Todo esto me hace pensar que, tal vez, la estatua que estamos acostumbrados a ver sea en realidad una estatua viviente de estas que pueblan nuestras calles y parques. Vale, tendría que ser una mujer altísima pero cosas más raras se han visto, dejadme divagar en paz.

De ser cierta mi teoría, ahora entiendo cómo consiguió Copperfield hacerla desaparecer. Estaban compinchados desde el principio y no tuvieron más que idear un plan para que ella escapase por algún túnel situado estratégicamente, dejándonos a todos con dos palmos de narices.

De todas formas, cuando vaya a Nueva York pienso dejarle ahí unas moneditas porque ese sí que es un trabajo sacrificado. 

lunes, 2 de octubre de 2017

Crónicas Felinas CCXXVIII: Antojos felinos

Marrameowww!!!

Munchkin a veces tiene asociaciones de ideas muy extrañas. Supongo que recordaréis que en ocasiones anteriores os he hablado de una hierba que nos dan de vez en cuando (no la droga psicotrópica de la que os hablaba la semana pasada; la otra, la que nos plantan en una bandejita de plástico y nos dan a modo de golosina). Si no os acordáis, pues rebuscad por ahí entre mis entradas; los gatos somos vagos y no me apetece ahora mismo ponerme a buscar enlaces para haceros la vida más fácil, como si no tuviera mejores cosas que hacer.

A lo que iba, que de vez en cuando estos humanos nuestros plantan unas semillitas en una bandejita de plástico que colocan en la parte alta de una estantería para que no podamos destrozar la planta en dos asaltos y, un par de veces al día, nos la ofrecen como un manjar de los dioses para nuestro deleite. A mí no es que me haga tanta gracia, la verdad. Le recorto un poco las puntitas con los dientes, como si fuese una podadora felina, y con eso ya me doy por satisfecho pero el imberbe arranca la hierba de raíz a bocado limpio porque nunca se ha podido decir que sea un gato fino y educado; y eso que viene de un barrio más pijo que yo. Está claro que la clase es algo con lo que se nace y lo que natura non da, Salamanca non presta.

Hace un tiempo largo que no la compran. No sé si están ahorrando para algún evento especial o que son unos seres insensibles que ya ni se preocupan por nuestro bienestar y nuestros placeres terrenales pero, al parecer, hace unos días Munchkin tuvo un antojo irrefrenable. Estaba tan campante subido a la mesita de centro, que es su actividad favorita porque desde ahí le tapa la tele a la bruja cuando está tumbada en el sofá, lo que la obliga a tener que incorporarse y consumir en el proceso un par de calorías que posteriormente compensará con una bolsa de patatas fritas porque es una glotona y después se queja de que ha engordado pero me pregunto yo que cómo no va a engordar si va en autobús hasta para coger el autobús y pasa el día comiendo porquerías… Me estoy desviando, ¿verdad? Como iba diciendo, estaba Munchkin en la mesa y, sin que se sepa hasta hoy el motivo, se bajó y se fue directamente a la estantería, mirando en la dirección donde suelen poner la bandejita de plástico y maullando a todo maullar.

La bruja intentó explicarle en un par de ocasiones que no había hierbita de esa pero él respondía con maullidos cada vez más lastimeros. No sabemos si es que está pasando por algún cambio hormonal, lo cual le hace tener caprichos gastronómicos.

Los humanos han decidido comprar hierba pronto. No por caridad sino porque dice la bruja que pasa de que no la dejen ver la tele en paz.

Prrrrrr.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Arreglar desarreglando

Como ya hemos terminado de relatar las vacaciones (lo que me cunden a mí una vacaciones de una semana en materia bloguerística), volvemos a relatar situaciones surrealistas de mi cotidiano vivir, que nunca faltan y son la sal de mi vida.

En este caso, más que la sal de mi vida, fue la sal de la vida del churri, ya que yo únicamente oficié como espectadora pero como él no tiene blog, me adueño de su experiencia y os lo cuento.

Nosotros tenemos televisión de pago. Vamos, que somos tan pardillos que pagamos para hacer lo que hace gratis casi todo el mundo. Esto es, recorrer toda la parrilla de canales con el mando para terminar sentenciando  “no echan nada”. La única diferencia es que la parrilla de canales sobre la que hacer zapping es mucho más extensa.

El caso es que descubrí un buen día mientras me dedicaba a la noble actividad del zapping, que en el canal 11 aparecía un cartelito señalando que era un canal de suscripción y que, si queríamos contratarlo, teníamos que llamar a atención al cliente. Sabía yo que era un canal de suscripción pero lo curioso es que sí estamos suscritos a ese canal y, más curioso todavía, que va en paquete con el canal 12, y ese se veía perfectamente.

Hicimos lo habitual: Resetear el decodificador, volver a descargar los canales… pero nada. Así que el churri, que es el titular del servicio, llamó ipso facto. Con “ipso facto” quiero decir que llamó cinco días más tarde, harto de escucharme diciendo “Chiqui, tienes que llamar a lo de la tele”, “¿Has llamado a lo de la tele?”, “¿Cuándo vas a llamar a lo de la tele?”. Yo puedo ser muy intensa cuando quiero. A todo esto, debo puntualizar que tampoco se me iba la vida en ver o no ver ese canal pero saber que algo no está como debería desestabiliza mi escaso equilibrio mental.

Pues eso, que llamó. Le dicen que resetee el deco. Lo hace, pese a que ya estaba hecho, porque es muy obediente. Lo malo de eso es que nuestro deco tarda la vida en volver a pillar señal cuando se enciende, así que ahí teníamos que tener a la muchacha esperando. Volvemos a descargar los canales con idéntico resultado. La chica refresca los canales en remoto y  ¡ya se ve el 11! ¡Albricias! ¡Aleluya! Ah, no, que no está arreglado porque se ve el 11 pero no se ve absolutamente nada más.

Vuelve a refrescar los canales (con su subsiguiente reseteo de deco y tiempo de espera para que eso vuelva a su ser). Le pide al churri que mire a ver si ya se ve todo. Pues se ve… casi todo. Ahora hemos perdido el 12. Yo estaba a punto de gritar “¡Trata de arrancarlo, por Dios!”.

La chica, creo que harta de nosotros y deseando quitarse el marrón de encima porque estaría próxima su hora de merendar, le dice al churri que no se preocupe, que eso será porque todavía no se han refrescado todos los canales pero que en un ratito seguro que ya se ve y finaliza la llamada porque somos unos cansinos. El churri también tenía pinta de estar deseando terminar con aquello, que ya llevaba su buena media hora. Yo no, porque me estaba frotando las manos pensando en el pedazo de post que pensaba escribir (helo aquí).

No sé si por casualidad o porque al final tocó algo más, pero el caso es que tenía razón y, un rato más tarde, ya se veían todos.

Me recordó a esos juegos de lucecitas, donde tienes que dejar todas las bombillas encendidas pero cuando enciendes una se apagan otras tres. Al final se consigue pero hay que echarle paciencia.

Como a todo en esta vida, por lo visto.

P.S. Sí, me ha quedado largo pero me pilláis con el día vago y no me da la gana editar. Además, me dijo mi querida amiga Madre Desesperada que al SEO le gustan más los posts largos. Creo que a los lectores no tanto pero qué sabréis vosotros.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXX: Me han hecho los deberes

Vengo hoy con un anuncio de vaqueros. De prendas vaqueras, quiero decir, no de un anuncio estilo western. Probablemente lo hubiese dejado correr porque en sí mismo no me resulta demasiado pesadillesco. Bueno, seré franca: no me resulta nada pesadillesco.  “¿Y por qué lo sacas a colación entonces?”, estaréis gritando a la pantalla. Pues leed el post entero y os vais a enterar, ansiosos, que sois unos ansiosos.

No hay mucho que relatar porque en realidad en el anuncio no sucede gran cosa. Vemos gente enfundada en sus vaqueros y sus cazadoras también vaqueras (ah, bueno, creo que ahora lo que mola es decir “denim”) a lo largo y ancho del planeta. Bailando. Sí, todos bailan. Bailan en África, bailan en Asia,  bailan en discotecas occidentales, en clubs de New Orleans, bailan los turcos, los latinos del Bronx, los niños, los adultos, los viejecillos… en la calle, en casas, en el campo. Bueno, creo que os hacéis una idea de lo que quiero decir. Que se ve gente bailando, bailando mucho y bailando bien. Y usando vaqueros. Al final del anuncio, podemos leer la frase “Vive como bailas” y el logotipo de la marca de ropa en cuestión.

Y ya.

Bailan todos divinamente y, como yo me quedo embobada viendo a la gente bailar, pues, como decía, no se me hubiese ocurrido traer el anuncio a esta sección pero el caso es que, antes siquiera de haberlo visto yo, me encontré con este tweet de mi querida Naar:


Así que mi Naar me ha hecho el trabajo para esta semana.

Poco más puedo añadir, así que me temo que el post de hoy va a quedar un poco escaso. Solamente diré que, en realidad, da igual si eres un prodigio de la danza o si te mueves como puedes. Lo importante es bailar. Es ser feliz. Es dejar que la música mueva vuestros piececillos hacia donde sea y os olvidéis del stress, de los malos rollos y del conductor de autobús que no os respondió cuando le distéis los buenos días. Bailad siempre que podáis.

 Pero el tweet es tan sublime, tan bueno y tan gracioso que ahí os lo dejo para vuestro deleite.


Y seguidla, no seáis bordes. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXVII: Noche de juerga

Marrameowww!!!

Dado que la bruja me recriminaba que no habíamos hecho suficientes maldades la semana anterior, esta he decidido poner toda la carne en el asador para que no se queje

La semana pasada transcurrió bastante tranquilita. La bruja ya estaba un poco de los nervios, pensando que al final yo iba a cumplir mis amenazas de dejar desierta esta sección. No sé si azuzado por una bruja sedienta de contenidos o motu proprio, el consorte decidió la noche  del viernes darnos hierba gatera o catnip o como lo queráis llamar (ellos lo llaman “droga para gatos, directamente).

No sé qué tienen esos hierbajos que nos da por revolcarnos y pedir más. A mí en lo personal  (o tal vez debería decir “en lo felino”) creo que me hace más efecto la valeriana pero para pasárselo bien un viernes por la noche cualquier sustancia psicotrópica es buena. Total, que el consorte nos dio la hierba gatera y, luego de ver ratones rosas y revolcarnos un poco, a Munchkin y a mí nos dio por pelearnos. No sé ni cuál fue el motivo: tal vez por mantener la hegemonía sobre la mesa donde descansaba el material (lo que la bruja catalogó más tarde como una reyerta por conservar el territorio de la droga) o si simplemente se debió a alguna desavenencia no resuelta convenientemente en el pasado. No llegó la sangre al río, tampoco os vayáis a creer. Más que nada porque aun drogados somos conscientes de que tenemos objetivos comunes que priman sobre cualquier desacuerdo vano y también porque no tenemos ningún río cerca.

Luego de la pelea de yonquis (bruja dixit), decidimos que ya era hora de que nos fuésemos todos a dormir. Pero el problema fue que la resaca nos dio hambre, por lo que a las siete de la mañana ya estaba yo fastidiando para que me diesen de comer. El consorte me echó del dormitorio para que me fuese a hacerle compañía al otro resacoso. Al rato empecé a maullar para que me dejaran entrar. Me dejaron entrar porque son unos blandos y, acto seguido, el imberbe, que había estado muy calladito hasta entonces, empezó también a maullar desde el otro lado de la puerta para que lo dejasen entrar también a él.

Conclusión, el consorte se tuvo que levantar a las ocho y media de la mañana porque la bruja dijo que se negaba a levantarse a esas horas. Para que luego digáis que es buena. Me dio un poco de pena porque mi plan era lograr que la que se levantase la bruja, que para eso se levanta a las cinco de la mañana todos los días y no queremos que pierda el ritmo, que luego los lunes son muy duros. En el fondo lo hago por su bien. En esta historia todavía no tenéis claro quiénes son los malos.

En conclusión, que al final no sé si fui manipulado para dar contenido al blog pero la noche de juerga no me la quita nadie.

Prrrrrr.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas VI: Cómo sobrevivir a un día en el aeropuerto

Abandonando La Gomera
Diciendo adiós a La Gomera
Y definitivamente había que volver a los Madriles. Nuestro vuelo de vuelta salía a las siete de la tarde pero, como no habíamos conseguido una combinación de ferry-vuelo que nos sirviera, tuvimos que ir saliendo del hotel a las nueve de la mañana.

Camionetita por carretera sinuosa una vez más (Álter con el corazón encogido también una vez más) y viaje en ferry de cuarenta minutos hasta llegar a Tenerife. Me mola el ferry como medio de transporte. Te pones en la parte de fuera y te va dando la brisa marina (bueno, brisa o más bien un vendaval pero es de lo más agradable). Es que me gusta ver agua, qué le vamos a hacer.

Llegando a Tenerife desde La Gomera
Llegando a Tenerife
Nos vino a buscar el taxista al puerto para llevarnos al aeropuerto de Tenerife Norte. Teníamos intención de dejar el equipaje en consigna para poder pasear un poco hasta que saliera nuestro avión pero habíamos buscado en Internet y hasta llamado por teléfono a Aena y todos nos decían que dicho aeropuerto no contaba con consignas. Como yo no daba crédito, lo pregunté de todos modos en el mostrador de información, donde me sacaron de dudas definitivamente. En el aeropuerto de Tenerife Norte no hay consignas. Muy mal, aeropuerto de Tenerife Norte.

Así que nos tocaba estar atrapados allí durante unas ocho horas (seis, si contábamos con que a las cinco ya se podía facturar el equipaje y, al menos, recorrer el Duty Free Shop). Me compré un par de revistas de pasatiempos y nos sentamos a ver la vida pasar. No os cuento el dolor de cuello con el que terminé de estar en una silla incómoda completando crucigramas y sudokus. De a ratos me levantaba y daba una vuelta por allí. Si necesitáis saber dónde está algo en ese aeropuerto, os puedo dibujar hasta un croquis.

Fuimos a comer cualquier porquería ya que en los aeropuertos nunca tienen delicias locales sino platos precocinados de dudosa procedencia. Como idea de negocio yo propondría montar restaurantes chulos en los aeropuertos, que a veces uno se ve ahí atrapado y le apetecería darse un homenaje de buena comida con su sobremesa, su copa y su puro.

Por fin facturamos el equipaje y tengo que decir que el Duty Free, con tantas ganas que le tenía, resultó ser una decepción. Era pequeñito y no tenía nada demasiado interesante. A lo mejor es que me había creado unas expectativas muy altas.

Aeropuerto de Tenerife Norte
Ese no era nuestro avión, pero
a esas alturas me hubiese subido
a cualquiera
Aprovechamos para conocer los baños de la zona de embarque porque los de la zona de llegadas ya los teníamos muy vistos y para tomarnos un café mientras yo mandaba a mi madre el decimoquinto mail del día.

Arribamos, por fin, a la T2 de Barajas. Llegamos tardísimo y ya habían cerrado todos los sitios donde se pudiera comer (sí, en la T2 cierran todo aunque llegan vuelos a todas horas, son unos genios). En casa no teníamos nada que cenar porque habíamos vaciado la nevera, así que nos tocó ir hasta la T4, donde nos habían dicho que había un Burger abierto 24 horas. No había más opciones. Mi experiencia culinaria iba decayendo según se terminaban las vacaciones.

Pero bueno, que me quiten  lo bailado. Había pasado una semana estupenda y no iba a permitir que una vulgar hamburguesa y el hecho de haber hecho un viaje más largo que si me hubiese ido a ver a mi madre a Montevideo me arruinase las vacaciones. Aparte, esta vez no me accidenté ni me enfermé a la vuelta, como suele ser mi costumbre y ya os he contado en relatos anteriores.

Y si el viaje de vuelta hubiese ido sobre ruedas, tal vez no hubiese tenido nada que escribir para hoy. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXIX: El lácteo con superpoderes

Hace mucho que no traigo anuncio internacional, así que hoy era un día tan bueno como cualquier otro para echar mano de un aporte desde el otro lado del charco. Esta, concretamente, viene desde Argentina de la mano de El Demiurgo de Hurlingham que es un colaborador casi fijo de esta sección.

Siempre he dicho que a mí la publicidad argentina, en términos generales, me parece muy buena pero, claro está, a veces patinan, como en esta ocasión.

Vemos a un chico en una barca en medio de un lago. El locutor nos habla de desolación y el pobre chico grita “Noooooo” (será por la desolación, claro) mientras la cámara se aleja mostrando cantidades de agua a su alrededor para darnos una imagen de soledad absoluta.

En la siguiente secuencia vemos a otro chico que juega al pingpong con… nadie. Tira la pelotita desde su lado de la red y, del otro lado, no hay nadie para recogerla, cayendo ésta irremediablemente al otro extremo de la mesa.  Una imagen de lo más triste y supongo que por esto, el locutor dice “tristeza”.

Luego vemos a una chica bajo un paraguas en la puerta de un cine. No sé por qué las escenas de abandono siempre tienen que incluir lluvia ¿Los días de sol no se deja plantado a nadie?

Nos explican que el motivo de tanto abandono es la pachorra. No sabemos por qué motivo los amigos con pachorra no son gente real sino unos muñecos de felpa amarillos muy extraños, que se abanican o se tumban en un sofá sin ganas de hacer nada (yo en cualquier momento me convierto en uno de ellos).

Pero llega uno que tiene el remedio al terrible mal de la pachorra. Un yogur. Sí, un yogur, yo qué sé. Le hace entrega del yogur al chico del pingpong mientras le dice que se va a convertir en un héroe. El “pingponero” lanza por los aires el yogur, que cae en la mano del muñeco que se abanicaba y, milagrosamente, se convierte en un ser humano. Lo mismo sucede con el muñeco que se había quedado en el muelle sin subir a la barquita y con la muñeca que dormita en el sofá, a la que su amiga le lanza un yogur desde la puerta del cine.

Todos se comen su yogur y corren a los brazos de sus amigos porque, al parecer, es un yogur que te da muchísima energía. No sé si es porque tiene cereales o a saber qué será lo que tiene…

Así que ya sabéis. Si teméis que vuestros amigos os vayan a dejar plantados, dadles un yogur antes de salir y tendréis fiesta asegurada hasta la madrugada. En lo particular, desde que vi este anuncio siempre llevo un yogur con cereales en el bolso y si veo, un suponer, que la cajera del supermercado está un poco lenta, le abro la boca y se lo echo en el gaznate. No veáis cómo vuelan los productos por la cinta.

N.del T. Aquí en España el significado de “pachorra” es más fiel a la RAE y se usa para hablar de una cierta lentitud en hacer las cosas. En el Río de la Plata se utiliza más bien para referirse a la pereza.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXVI: El tiro por la culata

Marameowww!!!

Domingo por la mañana y la bruja me planta frente al ordenador para ponerme a trabajar. “Hala, te toca escribir tu entrada para mañana”, me dice. Arguyo que no tengo nada sobre lo que escribir, a lo que ella replica que cuente alguna de las maldades de la semana.

“No tengo ninguna”, le digo. La bruja dice que eso es imposible, que cómo no voy a tener ninguna. Oigo cómo su mermado cerebro lucha en vano por encontrar algún ejemplo con el que darme en todo el hocico. Los engranajes oxidados chirrían, se debaten entre la vida y la muerte intentando establecer conexiones neuronales que resultan infructuosas. “Pues Munchkin seguro que ha hecho algo”, dice con tal de no darse por vencida, como quien da un manotazo de ahogado.

“Tampoco”, sentencio. Ella responde que eso es imposible, que algo tenemos que haber hecho o no seríamos nosotros. Que en nuestra naturaleza está el ser perversos y que rememore qué hemos hecho en el fin de semana, por poner un ejemplo. Ahí creo que hasta ella se da cuenta de que lo único que hemos hecho en el fin de semana ha sido dormir y acurrucarnos junto a ella en el sofá para dejarnos hacer mimitos (porque bajó la temperatura y teníamos un poco de frío, no porque de repente hayamos descubierto lo enamoradísimos que estamos de ella). Hasta la dejé dormir hasta tarde (relativamente). “¿Será posible que os hayáis portado bien?”, se pregunta, presa del estupor.

Pues sí, nos hemos portado bien. Ella busca y rebusca en su memoria y no da con cosas que echarnos en cara. “¿Cómo es posible que os hayáis portado bien?”, me pregunta. Respondo que estuve pensando que, si nos portábamos bien, no habría material para la sección, lo cual derivaría en una sección menos y, por ende, un bajón considerable en las visitas semanales y que estaba seguro de que con eso la fastidiaría un montón, ya que por todos es sabido que yo y sólo yo soy la estrella indiscutible de este blog.

“Eres maquiavélico”, me dice, como si acabase de hacer el descubrimiento del siglo y le fuesen a dar un Nobel. “Pues que sepas que eso es una maldad, así que ya estás tardando en sentarte a escribirla”. Intento encontrar mil argumentos que secunden que la ausencia de maldades no es una maldad per se, independientemente de las motivaciones intrínsecas que haya podido tener para ello. No cuela. La bruja concluye “Te ha salido el tiro por la culata, amigo mío”.

Y lo peor de todo es que tiene razón, así que no me queda más remedio que plantar mis zarpas sobre el teclado y relataros cómo pensaba destrozar su vida bloguera y me he tenido que tragar mis palabras por haber sido un bocazas (nota mental: a la próxima, guardarme sólo para mí mis intenciones. Si quiero parecer bueno, tengo que parecer también un poco tonto, por mucho esfuerzo que me cueste).

Si no la gana la empata, la condenada.

Prrrrrr.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas V: Un cabrito, un hermoso paseo y un queso fallido

Torre del Conde, San Sebastián de la Gomera
Frente a la Torre del Conde
Y el viaje iba tocando a su fin. Al día siguiente tocaría poner rumbo nuevamente a los Madriles, por lo que decidimos pasar el día conociendo San Sebastián de la Gomera, que eso de andar todo el día en chanclas y bañador está muy bien pero también hay que culturizarse un poco.

De manera que tomamos la guagua (que es un autobús, pero dicho en canario) y para allí que nos fuimos. He de decir que a mí los viajes por carreteras gomeras me ponían un poco de los nervios porque son muy estrechas, hacen dos millones y medio de curvas y vas pegado a un barranco. El que se saque el carnet de conducir en La Gomera ya puede conducir en cualquier sitio del mundo. Llegamos sanos y salvos, así que dimos una vuelta por el parque de la Torre del Conde para ver la ídem. Es una fortaleza castellana del Siglo XV pero se rumorea que en realidad no valía para nada, más que para satisfacer el ego del Conde de La Gomera porque no tenía ni armas ni nada de nada.

Peces en el puerto de San Sebastián de la Gomera
¿Veis qué felices los pececillos?
De ahí fuimos a ver la Playa de San Sebastián (sólo a verla, porque yo le había dicho al churri que me daba pereza infinita andar haciendo turismo con los bártulos de la playa, por lo que no nos llevamos nada). Desde allí dimos un paseo (largo y a pleno sol del mediodía) por el puerto. Soy de puerto, bien lo sabéis vosotros y siempre me quedo embobada, ya sea un puerto deportivo, pesquero o comercial (los containers amontonados tienen algo que me fascina) pero tengo que decir que en mi vida había visto yo un puerto, sea del tipo que sea, con el agua tan limpia. Era cristalina y se podían ver perfectamente miles de peces nadando felices entre los barcos.

Playa de la Cueva, San Sebastián de la Gomera
La arena quemaba un montón
Llegamos a la Playa de la Cueva. Tenía yo intención de comer en un restaurante que había justo enfrente, al que llevaba llamando infructuosamente para reservar desde el día anterior. Un cartel de “Cerrado” me dio la respuesta a por qué nadie atendía el teléfono. El churri insistió en bajar a caminar por la arena de la  playa. Y sí, habéis adivinado, llevaba las mismas sandalias que el día de los pedruscos en Playa Santiago. Aquí no había pedruscos pero a esas horas la arena era como lava ardiente colándose entre mis dedos, así que hice el ridículo una vez más dando saltitos y gritando “Ay, quema, quema muuuchooo”. Si no doy el cante allá donde vaya no me quedo a gusto.

Álter en las calles de San Sebastián de la Gomera
Buscando dónde comer
Total, que teníamos calor, hambre y yo le sumaba unos pies quemados, así que ¿qué podíamos hacer? Pues volver hacia el centro y comer, claro está. Dado que el restaurante al que yo quería ir estaba cerrado, nos pusimos a investigar por Internet y recalamos en un restaurante llamado “La Salamandra” (Calle Real, 18). Todo lo que había en la carta tenía una pinta fabulosa pero nos dijeron que fuera de carta tenían cabrito y los ojos nos hicieron chiribitas. Pedimos una ensaladita para acompañar, que así parece todo más sano. La ensalada estaba buenísima y el cabrito… ¿qué decir del cabrito? Era una cosa deliciosa. Lo coroné con un postre de chocolate que se fue directo a mis caderas pero qué placer, oye.

Como ya sabéis que si yo no compro un queso local vaya donde vaya es como si no hubiera viajado, pregunté en el restaurante dónde podía conseguir quesos buenos (le tenía yo echado el ojo a un queso ahumado de cabra que provoca orgasmos). El chico que nos atendía, que era tan majo como todos los que nos atendieron en cualquier otro sitio al que hayamos ido, dijo que él en realidad era de Las Palmas, pero que preguntaba a la cocinera. Qué gente más adorable. La cocinera nos recomendó una tiendecita que, si pasas por delante ni la miras, así que estoy segura de que debían tener los mejores quesos de la zona pero me quedé sin llevarme uno porque era tarde y ya habían cerrado. Si alguien sabe de algún sitio bueno en Madrid donde pueda conseguir queso gomero, le estaré eternamente agradecida.

Iglesia Matriz de la Asunción, San Sebastián de la Gomera
La iglesia pirateada
Pero bueno, la ausencia de queso no nos iba a impedir disfrutar del resto del paseo. Vimos la Iglesia Matriz de la Asunción, construida en el siglo XV y que fue atacada por los piratas en innumerables ocasiones. Eso de los piratas a mí me llegó al alma. Pasamos por la casa de Colón y callejeamos sin rumbo fijo, recalando en un barecillo a tomarnos un cafecito.

Culminamos la jornada dando una vuelta por el paseo marítimo (sobre la acera para que yo no siguiese dando saltitos en la arena) y volvimos a esperar la guagua para dar por culminado nuestro último día. Daba penita pensar que al día siguiente había que irse…. snif. 

Playa de San Sebastián, San Sebastián de la Gomera
La Playa de San Sebastián. Esta no sé si quemaba.

Recorriendo San Sebastián de la Gomera
Callejeando

Álter en San Sebastián de la Gomera
Disfrutando del paseo con la panza llena de cabrito

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXVIII: El pollo como nuevo fetiche

No sé qué tiene el pollo que resulta ser un animal tan explotado en materia de publicidad. Vale, este es un anuncio de pollo. De una cadena de comida hecha a base de pollo, quiero decir, así que tiene más sentido que lo nombren pero, no sé, tal vez con ver una persona deleitándose mientras come sería suficiente para que nos hagamos una idea de la experiencia religiosa que debe ser comer ahí (para quien le guste el pollo, claro; a mí es que me suele hacer bola y por eso nunca compro nada en esa cadena de fast food).

El caso es que un chaval entra en un local y se dirige al mostrador. La dependienta le pregunta si quiere algo “rico, rico”. Dado que el cliente responde afirmativamente, le informa que tienen la promoción del “pollo pollo”. Él se emociona y le responde que tiene todo el rollo. Me veo venir una secuencia de rimas traídas de los pelos. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.

Ella se dirige a la parte trasera del mostrador, donde recoge un cubo con trozos de pollo empanado y, súbitamente, el local se queda vacío y a oscuras, iluminado únicamente por unas luces de neón. La dependienta con su cubo, de repente está acompañada por otras dos chicas con sendos cubos de pollo en las manos. Comienzan a bailotear y a cantar una canción donde afirman que tú lo que quieres es “pollo pollo” (entiendo que las piezas de pollo estarán pegadas al cubo para el anuncio porque si no ya estaríamos viendo volar por los aires trozos de ave). Las chicas bailan en patines. Me presunto si su seguro cubre un accidente por caída mientras se baila en patines una oda al pollo. ¿Habrá una cláusula especial para eso?  Como el local se les queda corto para dar rienda suelta a su desenfreno, continúan la juerga en el aparcamiento. La coreografía merece especial mención, con los codos hacia afuera para imitar el aleteo de la gallinácea.

Y sí, las rimas son todo un lujo. La alita la tiene loquita, vaya rollo tiene el pollo y que cómo le ponen las hamburguesitas. Esto no rima con nada pero sirve para hacer un primer plano de la pierna de la dependienta en shorts pasando la mano de manera sensual. El sexo vende aunque sea para anunciar productos avícolas.

Tan extrañamente como había empezado semejante despropósito, se interrumpe cuando vemos a la dependienta nuevamente tras el mostrador haciendo entrega del cubo al cliente. Entiendo (dentro de lo que soy capaz de entender en esta demencia) que todo ha sido obra de la calenturienta imaginación del muchacho y que la chica no ha abandonado en ningún momento su puesto de trabajo para ponerse a bailotear. Creo.

Y el anuncio termina aquí. Al final no nos hemos enterado de cuál es la promoción. No nos han dicho precios ni cantidad de pollo a servir ni nada de nada. Sólo sabemos que a ella le ponen las hamburguesitas. 

lunes, 11 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXV: Me lo prohíben todo

Marrameowww!!!

El otro día me tocó ir a vacunarme. Ya sabéis que no llevo nada bien eso de ir al veterinario pero lo llevo todavía peor cuando me llevan entre semana por la mañana porque el veterinario que está en la clínica es un sargento que pretende que los gatos vivamos bajo un régimen marcial. Que si no podemos comer de a poco, sino que nos tenemos que zampar toda la ración de una sentada, que si no se nos puede dar ni una mísera chuche… Con la bruja no se lleva nada bien porque, cada vez que habla con él, le termina dando una clase magistral salpicada de términos en latín (dice, por ejemplo, que a los gatos no se nos puede dejar ad libitum) y le da un repaso de todas las cosas que está haciendo mal, haciéndola sentir la peor cuidadora de animales del mundo (tal vez sólo precedida por Glenn Close en Atracción Fatal).

Pero como, en esta ocasión, el encargado de llevarme era el consorte y a él no le da tantas lecciones (la bruja sospecha que el veterinario en cuestión padece de cierta misoginia pero yo opino que ni misoginia ni ratones muertos; el tema es que no hay más que verle la cara de lerda para darse cuenta de que hay que explicarle todo hasta la extenuación), me llevó por la mañana porque era el rato que tenía libre.

El veterinario me vacunó pero como nunca se quedan conformes sólo con eso, también me hizo un chequeo. Determinó que, aunque no era preocupante, se me veía un poquito deshidratado. El consorte se extrañó, ya que ningún veterinario había constatado nunca semejante cosa y, además, bebo agüita. El veterinario preguntó entonces “¿No será bebedor de grifo?”. Lo preguntó así, como si ser “bebedor de grifo” sólo fuese comparable a ser ebrio consuetudinario o como si el consorte le hubiese dicho que fumo.

El consorte confirmó sus terribles sospechas. “Sí, es bebedor de grifo”. Pues le pareció fatal también. Aprovechó para aleccionar también al consorte, diciéndole que eso no se podía consentir y que yo tenía que beber del platito comoestámandadodetodalavidadedios. De nada valieron las explicaciones de que también bebo del plato pero que si pillo a un humano por banda le pido agua del grifo (por fastidiar, más que nada). Según él, es una costumbre malísima que implica que yo me divierta y, por tanto, hay que erradicarla.

Así que el consorte ahora se encuentra inmerso en la tarea de comprar un bebedero que tenga chorrito de agua permanente para asegurarse de que también bebo agua cuando no están en casa. Yo ya bebo agua cuando no están en casa pero este veterinario le mete el miedo en el cuerpo a cualquiera y como el consorte es muy sentido, enseguida se pone en campaña para buscar solución a cualquier problemilla.

Yo seguiré pidiendo agua del grifo porque, si no, no les doy trabajo y eso sí que no se puede consentir, querido veterinario del mal.

Prrrrrr.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas IV: Turismo gastronómico y verbenilla

Una mañana en Playa Santiago
Playa Santiago
Al día siguiente de visitar el Parque Garajonay, nuestros doloridos músculos sólo pedían un poco de descanso y optamos por quedarnos todo el día en el hotel haciendo el vago, que es un lujo que una persona sólo puede permitirse en vacaciones. Así que pasamos la mañana en la piscina de agua salada del hotel (que era una gozada) y cuando ya estábamos suficientemente mojados y tostados por el sol, fuimos a comer al restaurante de la piscina. De postre me pedí una copa de helado que venía preciosamente adornada con un loro ataviado con una pluma.  Al verlo, le dije al churri que me lo pensaba llevar de recuerdo, a lo que el churri comentó “Mira que te gusta juntar moñadas”. Pues sí, me gusta.

Mi vergüenza era verde y se la
comió un perro
Una vez con la pancita llena, decidimos ir a echarnos la siesta porque, ya que estamos en plan vagancia, hay que hacerlo a lo grande. A la que íbamos volviendo a la habitación el churri me hizo percatarme de la pinta de domingueros que llevábamos y yo, que soy como soy, le dije “es mejorable”, procediendo a colocar en el sombrerito de paja el loro con pluma del helado. Le pedí que me sacara una foto para el blog porque este es el tipo de imagen que quiero que tengáis de mí (la sacó en vertical con el móvil, me disculpo en su nombre). Lo mejor vino después, cuando me dijo “¿a que no hay huevos a llegar con eso a la habitación?” Y los había, claro. Me recorrí todo el hotel con el loro ese en la cabeza, pasando por la piscina principal, que estaba a rebosar de gente. Cabeza alta, muy digna, segura de que iba a marcar tendencia este verano. Creo que el churri pasó más vergüenza que yo. Eso le pasa por desafiarme.

A la noche fuimos a cenar también en el hotel. Las fiestas de Playa Santiago estaban en todo su apogeo, por lo que los camareros intentaron infructuosamente que fuésemos a la verbena después de cenar. Nuestros maltrechos cuerpecillos no estaban para festejos (aunque ellos iban a ir después de currar y tenían que entrar otra vez a las ocho de la mañana pero yo estoy ya muy mayor).

Relajándonos en La Chalana
Creo que esta es LA imagen de mis vacaciones
Esto no duraría mucho tiempo, no obstante. La mañana siguiente la pasamos en la playa y, para comer, optamos por ir al bar La Chalana que es un sitio donde no os podéis fiar del aspecto. Es decir, tú lo ves de fuera y parece un chiringuito de playa sin más  pero os puedo asegurar que he comido como nunca en mi vida. Se pone hasta arriba, así que se disculparon por ponernos en un banquito donde estábamos sentados uno al lado del otro… frente al mar. Una afrenta terrible, sí. Estábamos bajo una sombrilla pero mi pie derecho quedaba al sol y me lo quemé. No hay dolor. El queso frito gomero, las gambas (con más queso) y las croquetas de atún me aliviaron todos los males. Tal vez la jarra de sangría también hizo lo suyo. Me quedé alucinada con la atención. Cuando pedimos los cafés, al chico se le volcó un poquito en el plato (cosa que en Madrid es de lo más habitual).Pues nos ofreció traer otro; yo no daba crédito a mis oídos. Obviamente, dijimos que no, que no pasaba nada. Pues se ve que aun así se quedó con cargo de conciencia y nos invitaron a los cafés. Ole por esa gente maja de La Gomera. No me extraña que en “The Times” le hayan dedicado un artículo.

A la noche, fuimos a cenar al Junonia (Avda. Marítima, 58) donde sólo pedimos ensalada porque el queso frito aún estaba siendo digerido pero la presentación, lo rica que estaba y, una vez más, lo majísimo que era el camarero, me hizo plantearme atarme a un cactus con pinchos y todo y no querer irme nunca más de esa isla buena.


Playa Santiago engalanada, esperando la noche
Y sí, tras las cena fuimos a la verbena. Asistimos a un concierto de un grupo tinerfeño de rock llamado “Ni 1 pelo de tonto” que hacen covers de los ochenta. Lo que me divertí, con lo ochentera que soy, no tiene precio. La energía y el buen rollo que tenía esa gente no se puede describir con palabras. Eso sí, me di cuenta de que ya pertenezco a la franja etaria para los que antaño se ponían los pasodobles. Había por allí un grupito de chicas de unos 16 años, empeñadas en que el cantante interpretara “Despacito” (por suerte, se negó rotundamente) y eso me hizo percatarme de que yo ya estoy “en el otro grupo” pero me dio igual; disfruté como una enana y me fui a dormir enamorada de Playa Santiago, de su gente y de los canarios en general.  

Aquí os dejo más fotitos hasta la semana que viene:

Álter en Playa Santiago
Cansada pero feliz

Una mañana en Playa Santiago, julio de 2017
Otra vista de Playa Santiago

Playa Santiago, julio de 2017
Y otra más

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXVII: Rigor científico

Hoy vamos con uno de desengrasante. Creo que no hay año que no traiga a esta sección un anuncio de este producto pero me da a mí que se han enterado de que escribo sobre ellos y les va la marcha. Toda su ansia es leer cómo hablo de ellos.

En esta ocasión han contratado a una conocida pareja de humoristas. Y cuando digo conocida quiero decir muy conocida. Vamos, que yo era pequeña y estos dos ya andaban en danza por las televisiones de España.

Uno de ellos se ha vestido de científico y, frente a un microscopio, nos informa que las bacterias y los hongos son como los radares de tráfico, que siempre están aunque no se los vea. Mientras nos cuenta esto, vemos en el monitor que tiene a su derecha a un montón de bichos verdes peludos que, imaginamos como buenos televidentes avispados que somos, deben de ser las bacterias.

Nos dan la oportunidad de mirar por el microscopio del científico y vemos que el bicho verde peludo es el otro humorista, quien manifiesta ser un enamorado de la grasa, lo cual demuestra pringando la lente del microscopio. El científico pulveriza algo sobre el mismo pero, al parecer, sin el producto adecuado las bacterias únicamente se reirán de nosotros. Para demostrarlo, volvemos a ver al bicho verde sacando la lengua y canturreando que es una bacteria y es imposible matarla. Al final teníamos razón, el bicho verde es una bacteria. Qué listos somos.

El científico, entonces, nos dice que con este quitagrasas se elimina todo, todo. La grasa y todos los bichos verdes o de cualquier otro color que pululen por las encimeras de nuestras cocinas. En realidad dice que elimina al 99,9% de estos seres. Me gustaría saber cuáles son los que sobreviven al ataque químico.

Dicho esto, vuelve a pulverizar el microscopio y la bacteria verde manifiesta que así da gusto morirse. Salta del microscopio y aparece junto al científico, con un tamaño de ser humano y dando tumbos hasta que cae redonda al suelo. O sea, ¿que la bacteria ha crecido antes de morir? Me recordó al anuncio de Nopol de Les Luthiers, con aquello de que fortalecía a las polillas (aquí lo tenéis, no seáis ansiosos)

Y otra duda que me surge es, si el científico se supone que quiere investigar a la bacteria ¿por qué narices la mata? No veo yo mucho rigor científico en eso. Lo más lógico sería esperar a que muera de muerte natural para así estudiar su ciclo de vida.

En fin, que estos del quitagrasas cada año que pasa se superan a sí mismos. Creo que, si algún año no sacan anuncio nuevo o me vienen con algún ama de casa  sonriendo y hablándonos de lo reluciente que tiene ahora la cocina, me voy a sentir hasta decepcionada.

Así que, pese a que me dejan ojiplática cada año, espero que sigan así muchos años más. Se han convertido en un valor seguro para esta sección. 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXIV: Al final tenía razón

Marrameowww!!!

Ya he relatado en anteriores ocasiones que suelo traer de cabeza a los humanos con el tema de la comida. Hay días en que como menos porque sí, porque me apetece que se preocupen un poco. Munchkin, en cambio, es de deglutir el pienso como si se fuesen a agotar las reservas mundiales.

Hace cosa de una semana se nos terminó el pienso. El consorte no encontró el que solemos comer habitualmente, por lo que compró otro que es de la misma marca y del mismo sabor pero sin control de bolas de pelo. Esa es la única diferencia, doy fe. Bueno, esa y que el de control de bolas de pelo tiene los granos un poco más pequeños y redondeados. Por lo demás, el mismo pienso al que le cambian alguna tontería para tener más público objetivo.

Estuvimos como cuatro días comiendo ese pienso sin ningún problema pero, el jueves pasado, Munchkin no comió mucho en el desayuno y, al volver la bruja de trabajar y ponernos la ración del mediodía, yo comí gustosamente mientras Munchkin miraba el plato y pasaba olímpicamente. La bruja se extrañó, claro, porque ver que mi compañero de desgracias rechaza un plato rebosante no es algo que se vea todos los días. Miraba el plato con desconfianza y hasta daba saltos, como con miedo a que algún grano fuese a atacarlo por sorpresa.

La bruja pensó que al platito le había caído algo que a Munchkin no le gustaba, por lo que le puso uno de plástico de los que usa para las fiestas y así se ahorra andar fregando porque es una vaga, con idéntico resultado. Como de vez en cuando venía a husmear a mi plato, optó por echar su pienso ahí pero tampoco estaba por la labor de comérselo.

Casualmente, a mí había que vacunarme (los había oído conspirar), así que la bruja llamó al consorte para preguntarle si, finalmente, me iban a llevar. El consorte respondió que ese día no, que ya otro porque tenía que pasar por el supermercado (él, no yo), así que la bruja le contó lo sucedido y le dijo que se acercaría ella a intentar conseguir el pienso de siempre. El consorte, que de todo hace un drama, empezó a preguntarle si el imberbe tenía buen aspecto, si jugaba, si había ido al baño… La bruja respondió afirmativamente a todo y dijo que su teoría era que, por el tema que fuera, ese pienso le había dejado de hacer gracia porque se lo veía con hambre (probó  a darle un par de golosinas y casi le arranca un dedo con la desesperación). Pero el consorte no se conformaba, así que le dijo a la bruja que llevarían a Munchkin al veterinario en cuanto él volviera de trabajar. La bruja seguía insistiendo en que podía ir ella a comprar pienso y seguramente se terminaría el problema. El consorte no se dejó convencer hasta que volvió del trabajo. Ahí dijo que bueno, que se acercaban a la veterinaria a comprar el otro pienso pero que, como no comiera, al día siguiente lo llevaban de cabeza a la consulta.

Fueron a por el otro pienso y comió, vaya si comió. No dejó ni las migas. Me alegra que Munchkin no tuviera nada pero me fastidia el tonito de superioridad de la bruja diciendo “te dije que era el pienso”.

Cómo me fastidia que tenga razón.

Prrrrrr.