Vemos a una familia en una mañana
invernal, abrigados hasta las orejas mientras cargan el coche con mil bártulos
para irse a la nieve (o eso me hace pensar el trineo sobre la baca), como si en
su lugar de origen no tuviesen ya suficiente frío. Da fe de ello la capa de
escarcha sobre el parabrisas. Quiero creer que es escarcha porque, de lo
contrario, tendré que instarles a darle un agüita al vehículo.
El padre tose. Empezamos bien. En
el momento de cargar la última maleta, estornuda. Su mujer pone una cara de
preocupación que cualquiera diría que el hombre acaba de ser atacado por un
Tiranosaurio Rex. Tanta alharaca por un estornudo. El hombre no se queda atrás
en lo que a reacciones sobredimensionadas se refiere y, con sus ojos llorosos
propios del constipado (o quizás porque la pena lo embarga) mira hacia arriba y
comienza a cantar “Don´t stop me now” de Queen. Los niños se asoman desde el
asiento trasero entonando a dúo “´Cause we´re having a good time”. La hija jovencilla,
que se dispone a darse un besito con su ligue de turno en el dormitorio,
preparando el terreno para el fin de semana sola en casa que se le avecina,
mira por la ventana y, ante el terrible pensamiento de “Ay, madre, que éstos al
final no se van y me chafan todo el plan”, se une a la cantinela con voz digna
de musical de Broadway.
Pero el hombre, que es de lo más
previsor, vuelca el contenido de un sobrecito en un vaso con agua que no
sabemos si ha sacado de dentro de la casa o si ya lo tenía ahí preparado dentro
del coche porque a él a previsor no le gana nadie y, un segundo más tarde, se
dirige a la cámara dando saltitos, sobre en mano y con los pelos de punta
(desconozco si a causa del viento o si se trata de un efecto secundario del
medicamento) al grito de “I don´t wanna stop at all”.
Y allí que se van, tan
contentos con sus gorritos de lana. La
madre conduce, los niños se dan collejas en el asiento de atrás pero todos
sonríen muertecitos de felicidad. A ver cómo iban a perderse ellos ese viaje
tan idílico donde todo apunta a que va a ser paz y armonía. Llamadme agorera
pero me da a mí que ahí la única que se lo va a pasar bien es la hija
jovencilla, a quien ya no vemos más durante el anuncio pero a la que me imagino
viendo alejarse el coche mientras se frota las manos de satisfacción.
Diréis que soy una sosa, que lo
soy, pero yo hubiese aprovechado la coyuntura para quedarme en casita tapada
con una manta y el medicamento me lo hubiese tomado una vez que ya todos se
hubiesen ido con viento fresco (como las propias condiciones climáticas exigen)
para emular a Tom Cruise en Risky Business.
Esta gente no sabe divertirse.