Escríbeme!!!

¿Sugerencias? ¿Comentarios? ¿Quieres venderme algo o cyber-acosarme? Escríbeme a plagiando.a.mi.alter.ego@gmail.com

Mostrando entradas con la etiqueta Mi trabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mi trabajo. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de abril de 2018

¿Heavy o hippie?


Mi trabajo es una auténtica mina de conversaciones absurdas. Sobre todo en la zona donde me siento yo, donde nos sentamos las más escandalosas. Creo que ya se han cansado de separarnos como en el cole (ha pasado ya varias veces; no os creáis que exagero) y al final han optado por dejarnos todas juntas, supongo que con la vana esperanza de que nos terminemos agotando entre nosotras.

El caso es que esta situación provoca que haya conversaciones dignas de ser grabadas, como la que tuvo lugar el pasado viernes. No la grabé pero la retuve en mi memoria y por eso hoy vengo a reproducirla.

Las protagonistas fueron dos compañeras, a quienes llamaremos Juanita y Pepita. Suelo dar iniciales pero no sé quién va a entrar a leer esto y no quiero despertar suspicacias.

El caso es que Juanita estaba hablando con otra gente de sus planes para el puente de mayo (como andamos prácticamente todos a estas alturas; yo no veo la hora de que llegue y salir un poco de Madrid si puedo). Pepita, que se sienta a mi lado, un poco lejos de Juanita, oyó (o creyó oír) algo acerca de Granada y comenzó la siguiente conversación, que no tiene desperdicio (pondremos a Pepita en color rosa y a Juanita en color azul, por ningún motivo en especial):

—¿Te vas a Granada?

—¿Quién se va a Granada?

—Tú.

—No, yo no me voy a Granada.

—Ah, había oído algo de Granada.

—Pues no me voy a Granada. Me voy a Águilas y, si puedo, iré también a Mojácar.

—¿Y qué vas a ir a hacer a Mojácar?

—Hay un festival.

—¿Hay un festival en Mojácar?

—Sí, un festival hippie.

—Sí, no va a ser un festival heavy.

—¿Por?

—Porque no pega.

—¿A mí no me pega Mojácar?

—No, el heavy no le pega a Mojácar.

—Ah, ya.

—Yo, si puedo también me iré en el puente.

Y ahí ya no me pude resistir y pregunté “¿A Granada?” con claras intenciones de entrar en un bucle conversacional preguntando si en Granada había heavies o hippies pero la cosa no prosperó, por lo que me puse a hablar con otra compañera de no sé qué otro tema que tampoco era el colmo de la seriedad, luego de haber comentado con otra más que la conversación que acabábamos de presenciar era de lo más surrealista. A todo esto, Pepita se había puesto los cascos y, de repente, mirando por la ventana, exclamó “¡Un relámpago!”, ajena completamente a lo que nos habíamos reído con su conversación.  Ella es así.

La pena es que, por haberse puesto los cascos, se perdió el sonido del trueno, del cual le avisamos pertinentemente, claro está, porque, ante todo, somos buenas compañeras.

Comprobar que me junto con gente que está igual que yo en cuanto a salud mental, me hace plantearme qué tipo de parámetros se siguieron en las entrevistas de trabajo. No sé si creer que es casualidad o si buscar ayuda profesional urgente.

jueves, 15 de marzo de 2018

Los objetivos


El churri trabaja en una empresa muy moderna, donde tienen reuniones motivacionales y “retiros espirituales” de estos donde se van todos, mindundis y jefes, un fin de semana a fomentar los lazos entre compañeros y donde esperan que la mayor aspiración de todo el mundo sea progresar junto con la empresa. Por tanto, el otro día vino a casa diciendo que tenía que preparar una presentación de Power Point indicando los objetivos que había cumplido el año pasado.

Me quedé pensando en la ardua tarea que tenía el churri por delante porque, si a mí me tocase hacer una presentación semejante, la lista de mis logros del último año sería algo así:

- No me he dormido encima del teclado.

- No he mandado a ningún cliente a tomar viento fresco.

- No he prendido fuego el edificio (estoy ganando muchísimo en autocontrol).

- He conseguido llegar vestida todos los días, dejando el pijama en casa (aunque el otro día me puse el jersey con la etiqueta hacia adelante; tendré que trazar un plan de acción para mejorar este punto).

- He logrado seguir respirando mientras trabajaba. Esto debe ser lo que se conoce como “multitasking”.

- He evitado la úlcera de estómago pese a ingerir el café de la máquina. Esto es algo que sólo conseguimos los que tenemos antigüedad en la empresa. No lo recomendaría nunca a principiantes.

- He recordado mi número de empleada en al menos dos de las múltiples ocasiones en que lo piden para hacer cualquier gestión. El resto de veces lo he tenido que mirar en mi tarjeta de acceso, lo cual me lleva al siguiente punto.

- No he perdido la tarjeta de acceso.

- He bajado por las escaleras con tacones sin ganarme una baja laboral en el proceso.

- He conseguido vencer la hipotermia y los golpes de calor pese a los azarosos cambios del aire acondicionado.

Y con estos diez puntos yo creo que ya tendría hecho mi resumen del año. Sólo me faltaría ponerle unos cuantos monigotes de esos de Power Point, que siempre dan un aire desenfadado a la presentación y poner una conclusión final, algo que englobe todo y les haga ver que soy merecedora de un ascenso y/o un aumento de sueldo. Supongo que pondría algo como “En resumen, me he mantenido con vida y no me he ganado un despido disciplinario”.

Entiendo que con eso debería bastar. Menos mal que mi empresa no es tan moderna ni tan cool. Ya el tema de la puntualidad, la consecución de objetivos globales y la total carencia de absentismo la dejo para otro momento, que tampoco quiero que me tomen por una empleada modelo; no vaya a ser cosa que me den un cargo directivo, con el estrés que eso debe suponer. Es mejor que piensen que, al menos, no molesto mucho y me ducho a diario, lo cual siempre es de agradecer (sobre todo para las pituitarias de los compañeros que se sientan en mis inmediaciones).

jueves, 15 de febrero de 2018

No gané pero gané

Como muchos de vosotros sabéis, entro a trabajar a las siete de la mañana. Una hora muy agradable para entrar a trabajar, sobre todo ahora en invierno, con lo a gusto que se estaría en la camita bajo el edredón nórdico.

A eso de las nueve hago un break con un grupito de compañeras para tomarnos un café. Como en ese grupito hay fumadoras y no fumadoras y yo pertenezco a las primeras, me suelo quedar fuera un ratito (sí, con toda la rasca porque el vicio no entiende de estaciones) y las que no fuman y son más sensatas se suelen subir antes para no pelarse de frío en la calle.

El caso es que, una mañana de estas, cuando ya iba subiendo, recibo una llamada de una de las compañeras no fumadoras. Me sorprende que algo sea tan urgente como para que no pueda esperar a verme arriba, así que atiendo con cierta preocupación y me suelta “¿Cuándo es tu cumple?”. Me quedo un poco sorprendida con el hecho de que esto requiera una llamada telefónica pero respondo “El 14 de mayo”. Se vuelve loca con mi respuesta y me dice “Pues sube rápido, que en la radio sacan cada día una fecha al azar y si has nacido ese día y tu llamada es la número 100, ganas 10.000 euros; y hoy ha salido el 14 de mayo”. Uyyyyy, creo que nunca llegué tan rápido a mi puesto de trabajo.

Llego, móvil en mano, me dan el número de teléfono y empiezo a llamar hasta que se cumple el plazo. No, no gané nada. Ganó una de A Coruña que no sé quién la manda nacer un 14 de mayo.

Y diréis, “pues vaya porquería de anécdota” pero no. Ahora viene la parte interesante. No sólo estaba llamando yo. En un momento tenía como a diez compañeros llamando desde sus móviles a ver si sonaba la flauta. Vamos, que espontáneamente se montó allí un call center. Y, en ese sentido creo que gané mucho aunque el precio no fuera dinerito. Me pareció algo muy bonito que la gente, desinteresadamente y sin que yo les hubiese pedido nada, haya puesto su granito de arena para intentar que yo ganara. Gente así vale un potosí así que, en lugar de frustrarme por no ganar, terminé el día muy contenta.

Una compañera, presa de los nervios, marcó mal y, cuando nos dijo “el mío da tono”, a mí casi me da un ataque. Luego constatamos que del otro lado de la línea su interlocutor no entendía nada de lo que le decía ella acerca de un premio de 10.000 euros.

Por la tarde le comenté al churri “Pues hoy podía haber ganado 10.000 euros”, a lo que me respondió “¿Y no ganaste?”. A ver, alma de cántaro, ¿tú te crees que si hubiera ganado no te hubiese llamado un minuto más tarde con un ataque de histeria considerable gritando “¡He ganado 10.000 eurooooooos!”. 

Qué poco me conoce después de diez años. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Momentos de ocio, gula y delirio

La semana pasada, debido a un problema administrativo en mi trabajo, nos quedamos unos cuantos sin nada que hacer. Esto sucedió el miércoles y el jueves. El miércoles, a eso de las diez y media de la mañana nos mandaron directamente a casa porque ya dieron por sentado que ese día no se iba a resolver el problema y que, para tenernos ahí muertos del asco, era mejor que nos fuéramos y no estuviéramos ahí alborotando y molestando a los demás. Barajé varias opciones para disfrutar de la mañana libre pero al final opté por ir a comprar el pienso de los gatos y poner lavadoras. Yo sí que sé aprovechar el tiempo libre inesperado.

El jueves seguían sin mandarnos los ficheros que necesitábamos pero tampoco nos mandaban a casa porque tenían esperanza de que llegasen a lo largo de la mañana. A eso de las doce del mediodía, como nos aburríamos mucho, unas compañeras me dijeron que se iban al supermercado a comprar picoteo porque parece que el aburrimiento se lleva mejor si estás comiendo porquerías y contemplando cómo se ensanchan tus caderas. Opté por acompañarlas para, al menos, tener algo que hacer. Las llamaremos A, B y C (son sus iniciales en serio; ni a propósito me hubiese quedado esto tan currado). Lo primero que dije fue que iba por acompañarlas pero que no me llevaba ni el monedero, a lo que B me replicó “pues que no se te antoje nada”.

Nunca habíamos estado en ese supermercado y, aunque en mi barrio hay otro de la misma cadena, éste en concreto es enorme, por lo que no sólo aprovechamos para comprar el picoteo sino para cotillear la sección de cosméticos y, en nuestra locura habitual, planteábamos posibles entretenimientos para nuestros ratos de ocio:

1) Si la cosa seguía igual, al día siguiente ir a trabajar directamente con el carrito de la compra, así volvíamos a la oficina con una lechuga y una barra de pan asomando.

2) Comprar calabazas y cuatro cuchillos y montar un concurso de calabazas de Halloween con el resto de compañeros como jurado.

3) Llevar mascarillas para la cara, un par de velas y montar un spa en el baño del trabajo para salir todas con la piel radiante.

También podíamos haber jugado al escondite en el supermercado, dado que C. se nos perdía constantemente como una niña pequeña.

Al final no hubo nada de esto pero, cuando salíamos ya del supermercado, nos llamaron por teléfono y nos dijeron que nos podíamos ir ya, que era la una de la tarde y eso no tenía visos de mejoría. Pena que no nos habíamos llevado los bolsos y tuvimos que subir a por ellos.

A., que es colombiana, propuso que al día siguiente podíamos ir a un sitio que queda medianamente cerca donde hacen empanadas de su país. Se me hizo la boca agua pero nos quedamos sin catarlas porque el viernes ya se ocuparon de tenernos entretenidos.

Y ahora sólo pienso en empanadas. 

jueves, 18 de agosto de 2016

De búho a alondra

Como os adelantaba Forlán el pasado lunes, vengo a relataros el motivo de mi ausencia. Efectivamente, sólo me tomé vacaciones de blog porque aún no he podido vacacionar este verano. A ver si con un poco de suerte consigo hacerlo en septiembre; sé que me perdonaréis si vuelvo a dejaros abandonados otro poco.

Mi ausencia ha estado motivada por grandes cambios sufridos por mi personita a nivel laboral. En mi empresa se terminó el proyecto en el que llevaba trabajando más de once años, que se dice pronto, y tanto el churri como yo vimos peligrar nuestros puestos. En mayo nos enteramos de que en julio se iba todo al traste y fueron meses de bastante incertidumbre, la verdad. No de drama, porque siempre se encuentran salidas en esta vida pero no es una sensación agradable eso de no saber si vas a seguir trabajando y en qué condiciones. Total, que se decretó un ERE. Huelgas, concentraciones, pitadas y demás. Las ofertas que hacían para recolocarnos eran de risa y no teníamos nada claro qué iba a pasar con nosotros. Finalmente, algunos decidieron coger el dinero y correr y otros, como el churri y yo, decidimos quedarnos en unas condiciones no demasiado penosas gracias a que los sindicatos hicieron, en mi humilde opinión, un gran trabajo.

El caso es que estoy en un proyecto nuevo donde tengo un horario de 7 de la mañana a 3 de la tarde. Yo, la que llevaba años de mi vida levantándome a las 10 de la mañana para entrar a trabajar a las tres, ahora me levanto a la escandalosa hora de las 5:15 AM. Por razones que escapan a mi entendimiento, hay gente que me dice que es un horario fantástico, que así tengo toda la tarde libre. ¿Libre para qué?, me pregunto yo. Porque cuando salía de casa a las dos de la tarde, hay que ver lo que me cundía la mañana. Desayunaba tranquilamente mi café y mis tostadas mientras le dedicaba un rato a mi blog, hacía cosas de la casa, me duchaba sin prisas y me vestía y me maquillaba eligiendo cada complemento. Ahora tengo que ducharme antes de acostarme para ganar unos veinte minutos de sueño, me pinto el ojo con la legaña aún pegada mientras me voy tomando el café para no perder tiempo (de las tostadas ya me olvido; ya picotearé algo allí), me lavo los dientes, me visto con la ropa que ya tuve que dejar preparada el día anterior y salgo escopetada. Cuando vuelvo, como y me desmayo en el sofá donde caigo en coma hasta la hora de ducharme y cenar para repetir el proceso. Y dicen que al que madruga Dios le ayuda pero os doy mi palabra de que a mí no me recoge ni la taza del desayuno.

Total, que tengo que recortar la siesta como sea para poder retomar el blog, que eso de vivir para trabajar, dormir y comer no mola nada. ¿Lo conseguiré? 

Hagan sus apuestas.

jueves, 21 de abril de 2016

Trapicheos

En la cafetería de mi trabajo, aparte de las consabidas máquinas de vending, hay también un puestecillo donde te atiende gente de carne y hueso y venden desayunos, comidas y café (meriendas y cenas no; a las cuatro y media se van y los de la tarde nos chinchamos, como de costumbre).

Pues bien, ese puestecillo antes lo llevaba una empresa que vendía unos cafés con leche de un tamaño bastante considerable y, aunque su precio era más elevado que el de la máquina, valía la pena porque por lo menos no estás tomando ese polvillo químico que debe llevar de todo menos café. Hace un tiempo, el puestecillo se lo quedó otra empresa diferente, que debe de haber una oferta imposible de rechazar, al mejor estilo Corleone.

Y en el renovado puestecillo también venden café, pero resulta que los cafés con leche grandes los sirven sólo por la mañana, para los desayunos. Si pides un café con leche al mediodía te lo sirven en un mini-vasito con un mini-palito y unos mini-sobrecitos de azúcar. En serio, parece que hubieran sacado todo de la casa de Pin y Pon. Todo menos el precio que, incomprensiblemente, es el mismo que para el café grande. Yo nunca como ahí pero dicen las malas lenguas que para las ensaladas también ponen un mini-tenedor. Debe de ser que se toman muy en serio eso de que hay que comer la comida en bocaditos pequeños para hacer correctamente la digestión y no tener que andar después tomando yogures con bífidus activo, por mucho que los recomiende nuestro chef más televisivo y más fan del perejil y de los chistes malos.

Una de las personas que trabaja en el puestecillo es una chica híper mega maja que ya estaba antes, por lo que el truco que hemos ideado los de la tarde es esperar a verla sola y pedirle que nos sirva un café grande. De hecho, generalmente no dan tapita para el vaso pero tienen tapas también por ahí (no sé por qué las tienen y no las dan, la verdad; o bien los dueños del cotarro tienen un extraño fetichismo relacionado con la acumulación de tapitas o bien con las tapitas sucede como con la prensa, que puedes devolver lo que no has vendido sin repercusión económica de ningún tipo), por lo que es el momento ideal para pedir una de estraperlo. Somos un cuadro, hablando bajito y señalando las cosas con los ojos para no llamar la atención. Me siento como en las series de cárceles, tan de moda últimamente, donde hay todo un submundo de mercados alternativos y economías sumergidas. Si a eso le sumamos que, según terminas de subir la escalera, lo primero que ves es un cartel donde dice “No hay salida”, sólo nos falta que nos pongan uniformes de colores chillones.

Así que en esas andamos. Esto debería considerarse tráfico de influencias. Ya que no me hago famosa por mis talentos, al menos ser conocida por mis acciones delictivas.

P.S. Por si os perdisteis el post de ayer, os recuerdo que ya está abierta la votación para los PAPA 2016. Podéis ver los candidatos y votar pinchando aquí

jueves, 18 de junio de 2015

Fenómenos inexplicables

Hay días en que me pregunto si no hubiera sido mejor no levantarme de la cama por encontrarme más empanada que de costumbre. No es que suela tener demasiados días de esos y tal vez es por ese motivo por el que me da más rabia el no verme lo suficientemente resolutiva, como me sucedió el pasado viernes.

No obstante, si de repente me percato de que todo el mundo está igual que yo, ya me da por pensar que hay una especie de movimiento cósmico que nos afecta como sociedad. Creo que se debe a las tormentas que sufrimos hace una semana (al menos en Madrid) con granizo y todo.

Mi día fue más o menos así: Hasta que tuve que salir a trabajar todo era más o menos normal pero me dio por acercarme al estanco, que me pillaba de camino. Al abrir el bolso para pagar, me percato de que se me ha olvidado el móvil en casa. Como no iba mal de tiempo y tampoco estaba lejos, decidí pegarme la carrerita hasta casa a por el móvil y me dije que, ya que estaba, dejaba allí el tabaco para no andar cargando con él y cogía también las gafas de sol, que me estaba quedando cegata.

Subo en el ascensor, abro la puerta, dejo el tabaco, cojo las gafas, cierro la puerta y me monto en el ascensor para bajar. ¿Eh? Espera, aquí falta algo. Claro, el móvil. Pues nada, a esperar a llegar a la planta baja y volver a subir, abrir la puerta, coger el móvil y cerrar la puerta otra vez.

Total, que llegué algo tarde. Se lo cuento a mi jefa y me dice “Ni me lo digas, a mí hoy me llamado un vecino porque me había dejado las llaves en la puerta de casa”. Vale, pues ya somos dos. Voy a por un café con leche a la cafetería y mi jefa me dice que le traiga un americano sin azúcar.

Le pido los cafés a la chica de la cafetería. Me los pone y le pregunto cuál es el americano. Echo un sobre de azúcar en el que por descarte tiene que ser el café con leche y lo noto como muy aguado, por lo que le pregunto, “¿segura que el americano no era éste?”. Me da la razón y me dice que no me preocupe, que me prepara otro. Prepara un segundo café americano y, por inercia, le echa leche. Mientras preparaba el tercer café me dice “Es que llevo así todo el día, no sé qué me pasa”. Por cierto, el tercero ya fue el bueno, por fin.

Pues lo dicho, que la tormenta esa que inundó las vías de Metro creo que también nos inundó las neuronas, porque esto no es normal.

Aunque, ahora que lo pienso, el día de antes nos había caído un rayo en el edificio donde trabajo. A ver si va a ser eso.

¿Podré pedir una indemnización por haberme quedado alelada?

P.S. Nuestra Mandarica ha escrito su primera novela. Necesita 100 precompras para que su ópera prima vea la luz. Tenéis toda la info pinchando aquí

jueves, 3 de abril de 2014

Cuando marzo mayea, se te pira la pinza

¿Recordáis la ola primaveral que tuvimos allá por principios de marzo? ¿Qué lejana parece ahora que nos volvemos a pelar de frío, verdad? No es por dármelas de pitonisa, pero ya sabía yo que esto iba a pasar. Y es que cuando el tiempo nos tiende una trampa haciéndonos creer que el buen tiempo ya está aquí, es porque se guarda un as bajo la manga. Espera a que saquemos la ropa de entretiempo para reírse de nosotros al vernos tiritar. La Madre Naturaleza es malvada. De algo de eso, creo, estuvimos hablando en mi trabajo cuando vivíamos aquel extraño fenómeno meteorológico. Hoy os traigo otra de esas fantásticas conversaciones que supongo que sólo pueden darse en mi oficina o en el patio de un psiquiátrico. Juntarme con este tipo de gente me hace plantearme seriamente qué criterios buscan los de selección de personal cuando hacen las entrevistas.

Álter: Uf, pues me da a mí desconfianza este clima tan bueno. Ya veréis cómo en nada estamos muertecitos de frío otra vez.

A.J.: No creo, a estas alturas de marzo será que se nos ha adelantado la primavera.

Álter: No, no. Ya lo dice el dicho. “Cuando marzo mayea, mayo marcea”.

A.J.: No, mujer. En mayo suele hacer bueno.

Álter: Pero eso es porque hay años en que mayo julea.

J.: ¿Julea? Vaya cosa más rara.

Álter: Claro, cada mes puede agostear, novembrear…

A.V.:  A ver si te atreves a conjugarlo.

Álter: Yo novembreo, tú novembreas…

A.J.: Pues ahora lo declinas.

Álter: Noviembre noviembreae. Y no sé más porque como hice el instituto en Montevideo me libré del latín. Nos daban italiano, que supongo que es más útil.  

A.V.: ¿Italiano? Mi piace molto… Cuando estuve en Italia me enteraba de todo si me hablaban despacio.

Álter: Mira, como el del chiste del taxi en Londres.

J.: ¿Qué chiste?

Álter: Cómo se nota que eres jovencillo… Ese chiste es más viejo que la tos. Recuerdo que me lo contaron cuando iba yo al colegio, que anda que no ha llovido desde entonces. Éste que iba a Londres y se ponía a decirle al taxista dónde quería ir en castellano a cámara lenta. El taxista le responde igual de despacito y, cuando descubren que uno es de Cuenca y otro de Dos Hermanas, se preguntan qué hacen hablando en inglés.

A.V. (que sigue a lo suyo): El problema era leer. Hubo un folleto que tuve que leerlo en inglés porque en italiano no me enteraba de nada.

Álter: ¿Y si lo leías despacito?

A.J.: No; se lo tenía que haber dado a alguien para que se lo leyese despacito. Ahí seguro que se enteraba.

J.: Oye, ¿y si curramos en vista de que ya se nos está yendo demasiado la olla?

Álter: No fastidies… ¿En serio es necesario?

Necesario no sé si era, pero al final tuvimos que ponernos a ello. Una pena. Si nos pagasen por tener conversaciones surrealistas seguro que nos llevábamos un plus todos los meses. Lástima de talento desaprovechado.


P.S. Recordad que estamos de sorteo. Podéis apuntaros pinchando aquí.

jueves, 20 de marzo de 2014

Nada que ver

Publico esto aun a riesgo de que un compañero de trabajo se me lance a la yugular pero que conste que ya le avisé que, probablemente, terminaría siendo carne de este blog. Va con cariño. Vale, con un poco de mala leche también, para qué negarlo, pero con cariño al fin y al cabo, que una cosa y la otra no son excluyentes. Y es que no es para menos con lo inspirado que estaba el otro día.

Resulta que mi compañera V., a la que ya conocéis ampliamente a estas alturas, le dio por preguntar quién sabía de series para recomendarle, que no sabía cuál ver y que tenía ganas de algo entretenido. El compañero A., tan solícito como siempre, le recomendó “True Detective”. No la he visto, así que a mí no me preguntéis. A modo de sinopsis, la frase estelar fue la siguiente:

- V., ¿has visto Twin Peaks?
- Sí.
- No tiene nada que ver con Twin Peaks.

Ante la carcajada general, intentó excusarse diciendo que en realidad sí era parecida a Twin Peaks, pero quitándole la parte de la rayada.

Y digo yo, si a Twin Peaks le quitas la parte de la rayada ya no es Twin Peaks. Es como cualquier otra serie donde han matado a alguien y te tiras toda la serie intentando averiguar quién es el asesino. Es como si te dicen “es como la tortilla de patatas pero si le quitas la patata”. Pues eso ya no es tortilla de patatas, ¿no? No soy experta en cocina pero diría que eso son huevos revueltos o, como mucho, una tortilla francesa. Total, que con esta explicación, a nadie le ha quedado claro cuál es el punto de conexión de True Detective con Twin Peaks.

El caso es que la tontería nos dio para fastidiar un rato. Como V. dijo que quería alguna comedia ligerita, le hablé de “The Millers” con la siguiente carta de presentación: “¿Has visto David el Gnomo? Pues nada que ver tampoco”. Y así un rato largo, que a nosotros cuando nos da por vacilar a alguien, podemos estar horas, hasta el límite de resultar cansinos. Es como localizar un pozo petrolífero y explotarlo hasta que quede más seco que la mojama.

Y ya la remató cuando, en determinado momento que volvíamos J., A.V. y una servidora de fumar, veníamos recordando la movida madrileña y no nos salía el nombre del que cantaba con Almodóvar. Me volvió la inspiración y digo a voz en grito, de lo más orgullosa “¡¡Mac Namara!!”

- Ése es un futbolista – Salta A.

- Sí, A. También hizo sus pinitos como actor en Twin Peaks.

Si es que hay días en que más nos vale estarnos calladitos porque cada vez que abrimos la boca sube el pan. Ojo, que yo también he tenido días de éstos pero como es mi blog, pues prefiero dejar a A. en evidencia y que parezca que yo siempre hablo con coherencia y pleno conocimiento de causa.  

jueves, 20 de febrero de 2014

El escalofriante caso de la rebeca de ultratumba

Hace mucho tiempo, en una de las tantas oficinas por las que nos hemos movido en la empresa donde trabajo que, como os he contado alguna vez, son muy dados a la mudanza y al cambio de aires, mi compañera V. y una servidora vivimos un caso de misterio al mejor estilo Agatha Christie.

Las únicas que quedábamos en nuestro pasillo en horario de tarde éramos ella y yo (bueno,  como ahora), y justo detrás de mí había un perchero. De ese perchero colgaba una rebeca verde. La rebeca siempre estaba ahí, lloviese o luciese el sol, fuese lunes o viernes. Y, claro, nos sorprendía que nadie la recogiese ni la reclamase nunca, por lo que empezamos a hacer cábalas sobre quién podía ser la misteriosa dueña de la prenda de vestir.

Lo que más plausible nos parecía era que hubiese pertenecido a alguien a quien hubiesen despedido o se hubiese ido por su propia voluntad en un ataque de furia, dejando la rebeca abandonada a su suerte tras de sí y no volviendo nunca a recogerla. Un tiempo más tarde, la señora de la limpieza (la que teníamos antes, no la cansina que tenemos ahora, de la que yo os hablé), le contó a V. que, la mesa donde ella se sentaba, otrora había sido ocupada por una chica que, por desgracia, había fallecido. Imaginaos, entonces, por dónde empezaron a ir nuestras teorías en cuanto a la procedencia de la rebeca. Incluso, un día de mucho frío, hacíamos apuestas sobre si, en caso de hipotermia, cogeríamos la prenda infernal o preferiríamos arrancar las cortinas. Se pasaba bastante frío en aquella oficina, sobre todo por las tardes, ya que a partir de las siete u ocho quitaban la calefacción y aguántate ahí hasta las once de la noche. Pero creo que definitivamente nos hubiésemos decantado ambas por las cortinas, que no estaban precisamente limpias pero tenían menos leyenda negra a sus espaldas.

Un día, V. me dijo “Álter, no te vas a creer qué vi ayer. Bueno, qué vi y dónde lo vi”. Ante mi manifiesta curiosidad, me contó que, en un momento dado, había mirado hacia la silla donde se sentaba R., un compañero de la mañana que ocupaba la mesa de al lado de V., y había visto la rebeca ahí colgada. Grima absoluta. Pelos como escarpias sólo de pensarlo.

Unos días más tarde, el misterio quedó resuelto. Le comenté a L., la compañera que ocupaba mi mesa durante las mañanas, el tema del frío que pasábamos a veces por la tarde y me dice: “Ay, pues si alguna tiene frío, podéis coger la rebeca que tengo ahí”. Yo no sabía si reírme, si llorar por haber sido tan tonta de no haber pensado en algo tan obvio o qué hacer. Opté por no decirle nada de la trágica historia que habíamos inventado para su rebeca y contárselo más tarde a V., no sin cierta pena al saber que nuestra historia de fantasmas tenía una explicación tan banal. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

Limpia, brilla y da esplendor

En mi trabajo nos hemos mudado varias veces; debe ser que les gusta tenernos cada dos por tres embalando cosas y apostando a ver qué perderemos por el camino. ¡¡Podremos perderlo todo menos la dignidad, compañeros!! Perdón, he sido poseída por un sindicalista. Ya pasó.
En la antigua sede teníamos una señora de la limpieza que hablaba mucho y lo reconocía abiertamente. “A mí me gusta mucho hablar”, decía. Y te daban ganas de contestarle “Cualquiera lo diría…”. Pero si veía que no podías prestarle atención en ese momento respetaba eso y te dejaba tranquila.
Cuando nos mudamos a la nueva sede, tenía la esperanza de que nos tocase una señora de la limpieza menos habladora porque, la verdad, la que teníamos era muy maja pero a mí en lo personal me pone muy nerviosa tener que hablar de temas que ni me interesan, sólo porque se supone que hay que socializarse y esas cosas…
Pues a nuestra señora de la limpieza la mandaron a otra planta y a nosotros nos pusieron otra y… ¿habéis escuchado alguna vez la expresión “Virgencita, que me quede como estoy”? Pues eso. No sólo es que no calle ni debajo del agua, es que no se da ni por aludida cuando ve que no puedes (o no quieres) prestarle atención. Yo confieso que cada vez estoy más borde con ella y me da rabia porque tampoco es que me haya hecho nada pero os voy a poner un par de ejemplos para que veáis que mi reacción es hasta normal.
Si ve que estás hablando de algo con un compañero (y no me refiero a cotilleos, que ahí puede ser hasta comprensible, sino de temas de trabajo que supongo que deben resultar aburridos para quien no desempeña nuestras mismas tareas) no es que haga el típico truco de “voy pasando el trapito por aquí y lo paso despacito porque quiero dejar esto impoluto”. No, el disimulo no va con ella. Ella directamente se apoya en el palo de la fregona y te mira directamente para no perder ripio de la conversación. Si la miras con cara asesina le da igual.
Una vez trajo un bizcocho y nos dio un trocito a cada uno. Yo estaba hablando por teléfono (de un tema laboral, se entiende) y ella no hacía más que meterme el bizcocho por las narices, que me dieron ganas de decirle “pero a ver, ¿no ves que estoy hablando? ¿No puedes venir luego o dejarlo aquí encima de la mesa y ya luego me cuentas?”.
Yo generalmente trabajo con los cascos puestos porque así escucho mis éxitos ochenteros mientras tanto y la tarde se me hace más amena. Suelo ponerlos bajitos porque me pone nerviosa que alguien quiera hablarme y no enterarme. Sin embargo, confieso que hay veces en que ella me habla y yo finjo no escucharla. Perdón, finjo no oírla. Escucharla, no la escucho nunca. Pero no os creáis que esto le supone algún impedimento. Ella sigue, aunque no la esté ni mirando.
Sus temas preferidos suelen ser el retraso del pedido de los productos de limpieza y la última discusión que haya tenido con su jefa a quien, por cierto, nunca hemos visto pero ella a cada rato nos pregunta si ha pasado por la oficina. Bueno, y tiene más temas pero éstos me los dedica exclusivamente a mí, que no soy naaada aprensiva, como sabéis. Me ha contado su última diarrea, el aspecto de sus mocos en su último resfriado y una vez también vino a contarme que ese día no había tenido tiempo de bañarse. Genial.
Una vez, para variar, me pilló de consejera de belleza y me comentó que se había hecho una limpieza de cutis y, para confirmar los resultados, me preguntó:
- ¿Me se nota?
Y pude tener mi venganza silenciosa y liberadora contestándole:
- Te se nota muchísimo.
Aunque desde entonces siempre se lleva mi silla por delante cuando pasa detrás de mí con el carro de sus utensilios.

P.S. Macondo ha cometido la imprudencia de contar conmigo para sus Macondografías. Podéis leer la mía pinchando aquí y de paso echarle un ojo al resto, que no tienen desperdicio.

jueves, 1 de agosto de 2013

Palabros corporativos

El otro día, en cordial reunión con mis amiguitos de toda la vida, nos pusimos a recapitular esas palabrejas o expresiones que se utilizan en las empresas para parecer más profesionales y eficientes pero que realmente lo único que consiguen es que cada vez hablemos más a lo indio, usando palabras que ni siquiera están reconocidas en el insigne diccionario de la Real Academia de la Lengua.

He aquí algunas de ellas (seguro que en los comentarios podréis añadir otras tantas, aprendidas de vuestra propia experiencia, ya que cada gremio tiene sus expresiones propias):

- Calendarizar: ¿Para qué decir "programar" o "planificar" si puede decir "calendarizar"? A todo esto, me pregunto ¿"almanaquizar" también será válida?

- Complejizar: Utilizar este palabro en lugar del "complicar" de toda la vida me parece "complejizar" (y acomplejar) bastante el lenguaje.

- Masajear el dato: Por suerte, ésta no la usamos en mi trabajo. Por lo que me explicaron, parece ser un eufemismo para evitar decir "manipular" o "falsear", que eso queda muy feo.

- Provisionar: Ésta sí se usa en mi trabajo (y mucho, además). Deberíamos decir "proveer" o "implantar" (si nos referimos específicamente al contexto en que lo utilizamos nosotros) pero "provisionar" suena mucho más profesional, dónde va a parar. De hecho, si desgloso la palabra, me imagino que vendría a ser algo como anticiparse a los acontecimientos viendo las cosas antes de que sucedan (Pro-visionar) y eso es de lo más proactivo.

- ASAP: Parece una ONG pero no. Es una forma anglosajona y absurda de pedir a las cosas "para ayer" como se ha hecho siempre en este bendito país. Vienen a ser las siglas de "As Soon As Possible". Vamos, que lo antes posible. De hecho, en mi curro voy a empezar a poner "LAP".

- FYI ó PTI (tanto me da que me da lo mismo): FYI sería la versión inglesa (For your information) y PTI sería la versión castellana (Para tu información). En inglés ya me parece el colmo de la ridiculez si te estás comunicando con tus pares en castellano pero las siglas en español también me dan bastante grima. En primer lugar porque no sé qué tanto tiempo insume escribir "Para tu información" con todas sus letritas y, en segundo lugar, porque en este bendito país generalmente se utiliza fatal y cuanto te mandan un PTI, realmente lo que te están diciendo es que te pongas a ello y lo soluciones. Un día de estos me voy a quedar sin hacer nada y, cuando me reclamen, diré "Ah, no sé. Me dijiste que era para mi información. Y vaya si me enteré. Informadísima estoy. Me lo leí de arriba a abajo (o de abajo a arriba, si se trataba de una de estas cadenas interminables de mails). Otra opción que tengo es contestar con un cáustico MLS (Me La Sopla).

- Prototipar: Otra que no usamos en mi trabajo. De hecho, no me quedó ni siquiera muy claro a qué se refieren con esto. Parece ser (o eso creo haber entendido) que, cuando no tienes ni idea de cómo hacer un procedimiento, te lo inventas sobre la marcha y si furula, pues ha furulado y ya se puede usar de ahí en adelante. Algo así, no sé.


Pues éstos son los que recordamos en el momento de delirio pero seguro que hay muchos más. ¿En vuestros trabajos que palabros corporativos se usan?

jueves, 27 de junio de 2013

Por si os queréis meter conmigo

Hace cosa de dos años tuve una época en que me dio por ser gafe. Bueno, no sé si es que era gafe o que lanzaba maldiciones gitanas de manera inconsciente pero el caso es que atraía la desgracia. Ajena, eso sí.

 Caso 1 (A mí no me vaciles)

El detonante: Un compañero que me solía acercar a las proximidades de mi casa en coche cuando salíamos de trabajar por las noches, me dijo un día de broma que se le había roto el coche y que no iba a poder llevarme. Le dije que no me tomase el pelo, que a ver si ahora iba a tener que estar buscando otro chófer.  

La consecuencia: Al día siguiente tuve que buscar otro chófer porque, efectivamente, se le rompió el coche.  

Caso 2 (La venganza)

El detonante: La segunda oportunidad de ser la bruja del cuento la tuve cuando le relaté a mi compañera V. la esterilización de mi gato Forlán. Le dije que, por lo que recordaba de Luhay, había llegado a casa bastante dolorido y le costó como un día entero conseguir volver a moverse con normalidad. Sin embargo, Forlán salió dando saltos del transportín en cuanto lo apoyé en el suelo del salón. Y así se lo conté a V., sorprendida yo por la asombrosa capacidad postoperatoria de mi gato. El comentario de V. fue algo como “pues sí que tienes un gato inquieto. Sólo se va a quedar tranquilo si le cortas una pata”. Dicho así suena cruel pero lo dijo en broma y encima luego hasta me preguntó si me había molestado porque pensaba que lo mismo se había pasado. Le dije que no me lo había tomado a mal y era completamente cierto pero se ve que había alguna parte oculta de mí que clamaba venganza.

La consecuencia: El fin de semana siguiente mi querida V. se lesionó un gemelo jugando al Paddle, lo que la tuvo como un mes de baja. Palabrita.

 Caso 3 (La premonición)

El detonante: Y ya la última fue una vez que otro compañero de trabajo iba a viajar en avión a no sé dónde y tenía que hacer transbordo. Como él nunca había hecho transbordo, me preguntó si era necesario recoger el equipaje y volver a facturarlo al nuevo avión. Le dije que no, que de eso se encargaban en el aeropuerto, a no ser que le perdiesen las maletas.

La consecuencia: Se las perdieron a la ida y a la vuelta.

Nunca más ha vuelto a pasar pero en mi trabajo aún circula la leyenda de que es mejor no intentar tomarme el pelo o ni siquiera pedirme opinión, no sea cosa que lance una de mis maldiciones no planificadas. 

jueves, 18 de abril de 2013

A grandes males, estúpidos remedios

Mi oficina tiene un microclima particular y extremo. Esto es, necesitas gorro de lana y bufanda en agosto o ventilador en diciembre. No obstante, esto es sólo orientativo. En un mismo día las condiciones climáticas pueden variar de tal manera que uno sospeche que el edificio, a lo largo de la jornada, se desplaza sin nosotros saberlo, haciendo una ruta desde el África ecuatorial hasta Finlandia, o viceversa.

Como consecuencia de esto, estábamos todo el día toqueteando los controles de los aparatejos de aire. El inconveniente de esto es que el frío (o el calor) va por zonas, por lo que en unos departamentos lo subimos y en otros lo bajamos, sumando a las variaciones de temperatura unas corrientes de aire que parece que se avecina un huracán tropical.

Como consecuencia de ello, el Departamento “Veteasaberqué” mandó un correo electrónico a todos los empleados advirtiendo que nos dejáramos de fastidiar con los controles del aire, que eso suponía un gasto de energía tremendo y que, de incurrir en esas nefastas costumbres, seríamos castigados con crueles torturas medievales, incluyendo cerillas encendidas bajo las uñas, que nos cuelguen de los pulgares o bronca de parvulario, a elegir.

No contentos con eso, se ve que cuentan con que nuestra memoria falla (probablemente porque nuestras neuronas se derriten y se congelan alternativamente y así no hay forma de retener información, puntualizo yo) y, en un despliegue de recursos inusitado, han colocado un post-it en cada uno de los controles con las palabras “No tocar”. Cuando digo “en cada uno de los controles” no me refiero sólo a cada uno de los aparatitos que hay en la pared, no. Cada aparatito tiene dos rueditas de control (para la intensidad y la temperatura). Pues en cada ruedita han puesto un post-it, no sea cosa que, en un alarde de picardía, toquemos una de las rueditas diciendo “es que ahí no ponía nada”…

Hay muchos aparatitos. Muchos, muchos. Cada uno con sus dos rueditas. Creo que el gasto en post-its ha sido superior al que hubiesen invertido en energía si nos dejasen tocar los controles a nuestras anchas. Por otra parte, la técnica disuasoria me parece que hace aguas. Si realmente quieres manipular los controles ¿te va a detener un post-it? Uuuuhhhh, no lo toques, que tiene, no uno,  sino dos  post-its y ya sabemos que los post-its los carga el diablo. A saber qué terrible maldición egipcia puede caer sobre ti y tus seres queridos si osas manipular la temperatura del aire…

Llamadme drástica pero yo creo que una mini-valla electrificada alrededor de cada control sería más efectiva. No sé si ahorraríamos energía pero nos íbamos a divertir cosa mala.

P.S.: A la derecha tenéis colgada la encuesta con los finalistas a anuncio más pesadillesco del año. Tenéis tiempo de votar hasta el próximo lunes a las 21:30 horas.

jueves, 8 de noviembre de 2012

La noche más terrorífica


La semana pasada leí varias entradas de bloggers amigos acerca de la noche de Halloween. Como este blog emite en diferido. Hoy va la mía.

Tuve una noche de lo más terrorífica que ya comenzaba a perfilarse desde tempranas horas de la tarde.

Trabajo cerca del estudio donde se hace el programa “El Hormiguero”. Pues bien, el miércoles pasado estuvimos observando cómo hordas de adolescentes con pancartas emergían de las profundidades del Metro al mejor estilo “The Walking Dead” y se dirigían hacia la productora. Camisetas de tirantes y minifaldas que caminaban enloquecidas en pos de alguien que no teníamos ni idea de quién se trataba.

La curiosidad nos pudo, claro está. Y gracias a San Internet descubrimos que habían llegado a nuestro país los “One Direction”. O no estamos en este mundo o es que somos muy viejos porque era la primera noticia que teníamos de estos imberbes que siguen la senda de New Kids on The Block, N Sync y Backstreet Boys. Es decir, nada nuevo bajo el sol pero la fórmula debe funcionar porque no paraban de salir chiquillas poseídas blandiendo sus carteles donde, expresaban sus profundos conocimientos de inglés con frases como “Thanks for coming”, “We love you”, “We bought you the jamón” y cosas así.

La cosa debe haber terminado cerca de las once de la noche, hora en la que servidora abandona su puesto de trabajo para volver sana y salva a su hogar. Hacía un ratillo que veíamos que las hordas enfervorizadas, y con las hormonas más alborotadas que nunca, desandaban el camino y volvían a sumergirse en las profundidades de la tierra. La calle, cortada. Los conductores, cabreados. Se mascaba la tragedia en esta noche de los muertos.

Bajé al metro y, al llegar al andén, tuve que sortear cientos de púberes que habían decidido sentarse en el suelo, facilitando las cosas para una posible emergencia. A mi paso, escuchaba conversaciones tales como “Pero luego nos etiquetas a todas ¿eh?” y “Ay, mírale ahí, qué mono!!”. El estereotipo hecho verbo.

Conseguí acceder al fondo del andén, que parecía estar menos poblado de fans de One Direction y más de gente disfrazada dirigiéndose a fiestas de Halloween. Ahí que me monté. En una extraña coctelera de jovenzuelas alocadas y vampiros cargando botellas de vodka y naranja.

Sorprendentemente, conseguí llegar a casa. No sé si cuerda. Pero llegué.

P.S.: Muchas gracias a Valeria por escribirme una calaverita de Halloween. Me hizo muchísima ilusión. Podéis leer la explicación en este post suyo y, en los comentarios, está la calaverita que me dedicó, por si os pica la curiosidad. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Adiós, mi pequeña


Hoy hago una entrada homenaje a M. (a la que recordaréis de capítulos anteriores como éste), que se ha ido de nuestra oficina.

Era la más pequeñita del grupo, lo que significa que aún está estudiando y sólo venía a trabajar cuatro horitas. Este año le han cambiado el horario en la Facultad y no le han podido cambiar el turno en el trabajo, por lo que nos ha tenido que dejar.

Según nos comentaba, sus amigos le decían el último día “Estarás contenta, que hoy es tu último día de trabajo” pero ella decía que se iba con mucha pena porque el trabajo le servía para desconectar de los estudios y que, además, se lo pasaba muy bien (la verdad es que en mi trabajo nos lo pasamos muy bien, las cosas como son).

Le regalamos unas botas forraditas para que en invierno tenga los pies calentitos y no se nos constipe la criatura. Teníais que ver su cara. Estaba radiante de felicidad con sus botas.

Nos trajo un bizcocho casero hecho con sus propias manos y café calentito en un termo (mírala qué apañá) y nos dimos besitos y nos deseamos lo mejor de lo mejor y casi se le  escapa una lagrimilla pero aguantó como una jabata. Esa es mi niña.

De los dos años que ha pasado en la empresa, pasó más o menos la mitad en el turno de mañana y la otra mitad en el de tarde, con V. y conmigo. A V. la han cambiado de departamento así que, aunque sigue ahí sentadita cerca mío para que podamos “cotillear”, ya no hace las mismas tareas que yo, por lo que en la tarde me he quedado solita.

Ayyyy, mi M. que te vas y me dejas sola frente al peligro… Mala “muhé”. En este tiempo hemos compartido risas, experiencias, recuerdos infantiles, anécdotas y algún cabreo laboral.

Se te va a echar mucho, mucho, de menos así que más te vale estudiar mucho y sacar buenas notas porque como encima me entere de que no te esfuerzas, ahí estaré yo para darte collejas. Ya que me dejas solita, que sea por una buena causa, al menos. 

jueves, 20 de septiembre de 2012

A bordo del Enterprise


En el edificio donde trabajo han hecho reformas. Bueno, digo "reformas" por decir algo porque le han querido dar una imagen tan futurista que ahora no sabemos si estamos trabajando en un edificio de oficinas o en la nave de Star Trek.

Voy a intentar, en la medida de lo posible porque creo sinceramente que no se han inventado palabras para describir este atentado a la estética, explicaros cómo ha quedado la recepción del edificio.

Imaginaos un blanco nuclear que ciegue según entras. Si vuestra mente está añadiendo alguna planta, un sofá o al menos un cuadrito para dar un aspecto un poco más cálido al entorno, desechad esa idea ya mismo. Quedaos sólo con el blanco nuclear.

Las paredes están recubiertas de unas chapas onduladas al mejor estilo techo de poblado chabolista pero pintadas de blanco lacado, para que refuljan y den esplendor al conjunto.

Al fondo, divisamos al guardia de seguridad semioculto tras un mostrador, con un ventanal a sus espaldas. Esto nos hace sospechar que el guardia de seguridad en cuestión cumple funciones de Capitán Kirk. Lo vemos de frente porque está dirigiéndose a la tripulación pero, en cuanto se dé la vuelta y quede mirando de frente al ventanal, veremos que no se trata de un ventanal sino del parabrisas de la nave.

Al techo le han dado un aspecto abovedado con unos agujeros circulares muy raros en la parte en que el techo se une a la pared. No son luces ni cámaras por lo que pensamos seriamente que debe tratarse de ojos de buey para que podamos contemplar el espacio exterior cuando a la nave disfrazada de edificio de oficinas le dé por despegar. Yo creo que planean secuestrarnos a todos y llevarnos a una galaxia muy muy lejana (sí, estoy mezclando Star Trek con Star Wars, no me seáis freakys puristas).

Lo que me resulta más inquietante de todo es que, justo en el centro del techo abovedado, hay un foco circular híper potente, que creo que planean utilizar para escanearnos según vamos pasando.

Esto me está dando mucho miedo. Si algún día dejo de escribir, ya sabéis cuál puede haber sido mi aciago destino aunque tal vez no me acepten como parte de la tripulación porque acabo de darme cuenta de que, con la mano izquierda, no soy capaz de separar los dedos en dos pares por lo que puede ser que directamente me despidan.

viernes, 24 de agosto de 2012

Anecdotilla tierna para empezar el finde


Antes que nada, imperdonable el no haber publicado ayer pero organicé fatal mi tiempo y me pilló el toro. Cosas que pasan.

Paso a relataros hoy una breve anécdota que me ha sucedido esta semana.

De sobra sabéis que soy fan de la gata anodina esta de la que sacan todo tipo de merchandising y de la que ya hablé en una ocasión anterior. Colecciono artículos suyos como si no hubiera un mañana. Pues bien, entre todos mis enseres tengo pañuelitos de papel estampados con su careto (los cuales me hace mucha gracia ofrecer a mis compañeros masculinos cuando me piden un pañuelito porque se quedan como dudando si cogerlo o aguantarse la moquera).

Pues bien,  mi jefa tiene una sobrina de siete años que también es fan de la bicha y hace un tiempo le di  un pañuelito de estos para que se lo llevara a su sobrina (creo que en alguna ocasión le había dado una tirita, que también tengo tiritas de la personaja). De esto tiene que hacer como un año ya, que parece que no viene a cuento pero sí viene. Tened paciencia.

El asunto es que llego el miércoles a mi trabajo y me encuentro una cajita de pañuelos decorados del simpático animalito encima de mi teclado. Cuando viene mi jefa de comer le pregunto si ha sido ella quien los ha puesto ahí, dado que ya en alguna ocasión me ha regalado libretitas y cosas así. Me dice que sí pero que no va de parte de ella. Que es de parte de su sobrina que había estado en el super con su madre y encontraron los dichosos pañuelitos. Su madre cogió una cajita para la niña y la niña le dice “Coge otra cajita para regalársela a la chica que trabaja con la tía, que una vez me regaló un pañuelito”.

Puede parecer una tontería pero la historia me llegó al alma. Una niña tan pequeña que se acuerde de algo así desde hace tanto tiempo y que tenga el detalle de agradecerlo así sin conocerme de nada… No sé. Me pareció algo tan tierno que pienso que merece la pena plasmarlo en el blog, aunque más no sea para que mantengamos la esperanza en el buen corazón de la gente.

Muchas gracias, mi niña!!!!

miércoles, 8 de agosto de 2012

Rompiendo una lanza por agosto

Múltiples son las entradas que he leído en estos días de gente que maldice su suerte por estar trabajando en agosto. Se dice, se comenta, se rumorea que agosto es como un largo y agónico domingo que transcurre sin pena ni gloria hasta los albores de septiembre.

Pues como yo soy un poco bicho raro, he de decir que a mí me encanta trabajar en agosto. Vale, de a ratos me aburro como que mucho, ya que casi todo el mundo anda vacacionando, lo que provoca que apenas entre trabajo y sí que las horas, a veces, parecen hacerse como de goma, pero yo siempre le encuentro el lado positivo a todo. A saber:

1- Consigo asiento en el Metro todos los días. Es el único mes del año en el que consigo viajar sentada. Vale, son cuatro paradas pero basta que no te puedas sentar para andar clamando por un asiento como un alma en pena con callos.

2- Como entra poco trabajo, puedo actualizar el blog desde el curro. Sí, está muy feo, ya lo sé, pero va a ser lo más cerca que voy a estar de sentir que me pagan por escribir estas paridas, así que dejadme disfrutar de mi momento de blogger remunerada.

3- Hay más tiempo para socializar con los compañeros, lo que provoca situaciones que, a su vez, dan material para escribir más entradas y continuar en este círculo vicioso blogueril.

4- Habiendo cogido mis vacaciones en la segunda quincena de julio, volver a trabajar en agosto es como un lento despertar. Como remolonear un poquillo un domingo por la mañana. No es lo mismo que venir de hacer el vago todo el santo día y verme sumergida en la vorágine de septiembre, donde todo el mundo viene atacado y, encima, de mala leche por culpa del estrés post-vacacional. Una ha ido cogiendo el ritmillo de a poco y, como las vacaciones ya están olvidadas, paso por ser la que tiene mejor rollito en septiembre.

5- El hecho de estar en la ciudad en agosto te da el privilegio de poder ir al super sin colas, al cine sin colas, al banco sin colas y a cualquier parte. Sin colas, sin gente, sin agobios… Ayyyy. Qué a gustito se está.

Lo dicho, que yo soy una gran fan de agosto en la ciudad y, como estoy viendo que últimamente le han salido muchos detractores, he decidido romper una lanza en su favor, que también tiene sus cosas buenas, como todo en esta vida. Todo es cuestión de saber vérselo.

Así que, si estáis trabajando en agosto, imprimid este post, pegadlo donde lo veáis bien y repetiros estas frases como un mantra. Seguro que le cogéis más cariño a agosto, aunque más no sea porque acabéis cogiéndome tirria a mí y a mis pamplinas.  

jueves, 2 de agosto de 2012

Subidón, subidón


Esta semana he vuelto al trabajo.

El lunes y el martes, pues lo típico. Un montón de cosas acumuladas en las dos semanas de ausencia que hicieron que mi estrés post-vacacional alcanzara niveles insospechados. Ayer miércoles ya lo había dejado todo controlado y pude respirar tranquila… por escaso tiempo.

Estamos todos trabajando en silencio, muy modositos, cada cual a sus cosas cuando, de repente, se empieza a oír la alarma de incendios. La tenemos justo en la puerta de entrada a nuestra oficina así que se oía y se oía bien.

No subía nadie a avisar que teníamos que salir por patas y, como una vez ya sonó sin motivo aparente y la cortaron a los dos minutos, seguimos tan tranquilos. Muchas luces no tenemos, no. Cualquier día va a ser como el cuento del lobo. El día que haya un incendio de verdad no vamos a salir hasta que veamos que nos van a consumir las llamas (las de fuego, no las primas de las vicuñas).

En fin, que como aquello no paraba le digo a mi compañero J. “Vamos a bajar a ver si el de Seguridad nos dice algo”. Informo a mi compañera V. (ya por todos conocida) que si pasa algo la llamo y la dejo encargada de mi bolso (hay que salvar el brillo labial aun arriesgando la vida).

Bajamos y el buen hombre nos dice que no pasa nada; que van a hacer obras y que han quitado una botonera (no preguntéis, nosotros tampoco entendimos ni papa) pero no dice nada de si piensan parar la alarma o no.

Volvemos a subir y contamos la incomprensible historia de la botonera. Trabajar con una alarma de incendios sonando constantemente saca de los nervios a cualquiera pero, no conformes con esto, de repente empieza a sonar un teléfono en un departamento que está justo al lado y donde no hay gente desde las cuatro de la tarde. El teléfono suena y suena, haciéndole los coros a la alarma. Le digo a V. que, si lo llego a saber, llamo a los asiduos de la Fabrik y de Radikal y montamos una Rave en un momento dado. Subidón, subidón.

Me puse música en el MP3 pero de fondo seguía oyendo la alarma, cual acompañamiento cutre-musical. Nuestro compañero D. se levanta y cierra la puerta que conduce al pasillo, con lo que se amortigua un poco el sonido. Viene el vigilante de seguridad (no sé si a mirar la famosa botonera) y, al salir, deja otra vez la puerta abierta. V. resopla y va a cerrar la puerta otra vez. Al rato, una chica que trabaja en otro proyecto en nuestra misma planta (no sabemos ni quién es) se va a su casa, dejando la puerta abierta. Esto ya es vacile. V. resopla más fuerte y cierra la puerta por tercera vez. Esto ya empieza a afectar a nuestros nervios, es como una tortura china.

Cerca de hora y media estuvo sonando la alarma. Vuelvo a bajar con J. a fumarnos un cigarrito y, al subir, constatamos que ya no suena. Hay como una turbina dando vueltas pero ya no emite sonido alguno. Columbramos que se ha roto y lo comentamos con nuestros compis al entrar.

 - No, no, no – Dice nuestro compañero M. – He sido yo, que la he hackeado.

- ¿Cómo que la has hackeado?

- Sí, la he inclinado y ahora, como no hace contacto, no suena.

A grandes males, grandes remedios. Sólo espero que la haya vuelto a dejar como estaba, que ya me veo el resto de nuestros días sin alarma…