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jueves, 22 de febrero de 2018

Envidias culinarias

La semana pasada al churri le tocó turno de tarde en el trabajo. Eso significa que ni nos vimos en toda la semana. Bueno, sí nos vimos pero en estado catatónico porque, cuando yo me iba a trabajar, él estaba más que frito y, cuando él volvía, la que roncaba como un cerdo dormía angelicalmente era yo.

Los viernes tenemos la costumbre de pedir hamburguesas a domicilio. Es nuestro momento de comer porquerías, dando por iniciado un fin de semana de desenfreno y poco aprecio por nuestra salud. Por tanto, los viernes que él sale de trabajar a las once de la noche, yo lo espero en casa (medio en coma, pero lo espero) y él me llama cuando está a un par de paradas de casa para que yo vaya haciendo el pedido y así el señor hamburguesero llegue más o menos al mismo tiempo que el churri.

El caso es que el viernes pasado se quedó terminando unas cosas y salió más tarde, por lo que me dijo que mejor se pasaba él directamente por la hamburguesería y las traía. Nos pusimos a mirar cuánto tardaba el autobús que tenía que tomar para ir al local y después venir andando con las hamburguesas y vimos con horror que el último bus ya había pasado. Gentilmente se ofreció a ir andando desde el metro hasta la hamburguesería y desde ahí volver para casa. No es que quede en el quinto pino pero entre la ida y la vuelta es un paseo y me dio como penita. Así que le dije que yo no me había comido lo del mediodía (consistente en pescado con calabaza y judías verdes) porque me había comido un pincho de tortilla en el trabajo y había vuelto sin hambre, por lo que yo podía cenar eso y le pregunté si él tenía algo para cenar. Dijo que sí, que algo encontraría, por lo que quedamos en eso.

Me sentí muy buena persona por haber renunciado generosamente a mi hamburguesa con tal de que él pudiera llegar antes a casa y no anduviese pateando todo el barrio con este frío. Lo malo fue que, cuando él llegó, yo me calenté mi pescado y él para cenar se sacó unos cuantos quesos y pan tostado y se preparó ahí un picoteo maravilloso en un momento. No desmerezco en absoluto el pescadito y la verdura pero confieso que lo miraba de reojo con bastante envidia porque él sí estaba comiendo cosas con grasa y yo ahí con mi pescadito y mi calabaza. Hasta les daba queso a los gatos, a quienes yo miraba con mucho recelo. En una de estas me preguntó “¿Quieres un trocito de queso?”. Contesté que no, evidentemente. Mi orgullo me hizo fingir que estaba yo de lo más a gusto comiendo comida sana pero en mi fuero interno esperaba que el queso le diera estreñimiento o algo.

El sábado pedimos hamburguesa porque yo tenía que desquitarme.

La mía la pedí con doble de queso.

jueves, 4 de mayo de 2017

Me hizo gracia, pero que no se sepa

En innumerables ocasiones os he comentado que el churri es bastante desastre en lo que a mantener el orden de esta casa se refiere.

Os diré que en casa tenemos una habitación que se supone que está ahí para las visitas. Como esto no es un B&B y no tenemos tantas visitas a lo largo del año, ha sucedido con ella lo que suele suceder en estos casos; que la habitación de invitados se ha ido convirtiendo paulatinamente en un trastero, lo cual nos obliga, cuando efectivamente vienen visitas, a mover todo donde buenamente podamos para que el invitado no sienta que está durmiendo en un almacén. Pero el hecho de que utilicemos esa habitación para acumular trastos no significa que los mismos deban ser abandonados ahí a la buena de Dios. Hasta un trastero puede estar ordenado con un poco de buena voluntad.

Por poneros algún ejemplo de la haraganería del churri, os cuento que el carrito de la compra tiene asignado su sitio en un rinconcito tras el sofá cama. Pues bien, cuando el churri vuelve de la compra y le digo que guarde el carrito, su concepto de guardarlo consiste en abrir la puerta del dormitorio/trastero, soltar ahí el carrito y volver a cerrar la puerta, siguiendo la máxima de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Lo malo es que sí hay ojos que ven (ayudados por gafas o, en su caso, lentillas): los míos. Y claro, mi corazoncito sufre porque me toca dejarlo en su sitio para no correr el riesgo de descalabrarme chocando con el carrito la próxima vez que entre. Sobre el sofá cama se acumulan abrigos y chaquetas del churri porque es más fácil dejarlos ahí tirados que guardarlos en el armario. El otro día compró una cacerola y hasta eso estuvo un par de días sobre el sofá cama. Bueno, creo que os hacéis una idea.

Tal es su vagancia en ese sentido que hay veces que prefiere apelar a mi sentido del humor en busca de clemencia antes que hacer las cosas como se debe y esto es lo que sucedió la semana pasada. Llego de trabajar y, al entrar en dicha habitación a guardar mi abrigo (en el armario, como debe ser), observo la colección de peluches que tengo sobre el sofá cama y me encuentro con esto:

Conejo de peluche


Me faltaron segundos para mandar al churri un mensaje preguntando el motivo de este acto de vandalismo. Reproduzco a continuación la conversación:

- ¿Por qué mi conejito parece un indigente?

- Lo ves todo… no quería dejar tirada la capucha… le he dado uso.

- Que se la pongas al conejito no quiere decir que no la hayas dejado tirada.

- Ya tienes una entrada bloguera. Y le puedes sacar foto.

- Pues me lo voy a pensar.

Y le hice caso. Me lo pensé. Y decidí que habría que sacar algún provecho de mis ataques de nervios.

Ahora ya entendéis por qué cada día estoy peor de lo mío.


P.S. Os recuerdo que tenéis hasta el próximo martes para votar por el ganador del PAPA 2017 pinchando aquí.

jueves, 9 de febrero de 2017

De pescados y clases sociales

El sábado pasado el churri y yo cenamos boquerones fritos. A ver, un momento, no cambiéis de blog tan rápido, que os prometo que esto lo digo por algo  y no es que me haya quedado tan falta de ideas que esto vaya a convertirse ahora en un diario de lo que como. No digo que nunca vaya a suceder pero, de momento, hoy no es el día.

El tema es que el churri y yo siempre hemos tenido una cierta rivalidad en cuanto a esto. Él es muy fanático de los boquerones mientras que yo lo soy de las anchoas. Hasta hace un tiempo no tenía ni idea (llamadme ignorante) de que en realidad se trata del mismo pescado y que se le llama “boquerón” o “anchoa” según cómo esté preparado. Si se prepara con vinagre es boquerón y si se encurte con sal pasa a ser anchoa.

Mi argumento para defender la anchoa era que, aun sin ser conocedora del dato antedicho, siempre había preferido la anchoa al boquerón y que, si el precio se encarece al convertirse de boquerones a anchoas, será porque las anchoas son mejores y esto es claro distintivo de que tengo el paladar fino. No es que los boquerones no me gusten pero donde esté una buena anchoa… El churri decía que eso era porque los mejores boquerones son los que se reservan para anchoa, ya que éstas llevan mucho más elaboración, lo cual no hizo más que reforzar mis argumentos, por lo que exclamé triunfante “¿Ves? Cualquier boquerón con un mínimo de ambición en la vida aspira a llegar a anchoa en un futuro. De hecho, desde que son pequeñitos les inculcan que si estudian mucho, obedecen a sus padres y se esfuerzan, algún día llegarán a anchoa. Yo creo que hasta opositan para anchoas”.

Mientras decía esto, me  imaginaba (mientras tomaba notas para el post) a las abuelas boqueronas, orgullosas, diciendo “pues mi nieto ha conseguido plaza de anchoa. Y del Cantábrico, nada menos”.

Está claro que, ante estos irrefutables argumentos, el churri no tuvo más remedio que reconocer que el estatus de anchoa es mucho más valioso que el de simple boquerón. Una anchoa es un boquerón con rango, no se ha quedado en boquerón raso y eso, claro está, hay que valorarlo.

Y, sí, por si acaso os lo estáis preguntando, en esto consisten las conversaciones que se mantienen en esta casa los sábados por la noche. Debates sesudos que denotan a las claras nuestro elevado nivel intelectual. Hablar de política o del cambio climático ya está muy visto. El debate del momento es boquerón vs anchoa, que os veo muy pasados de moda. El día menos pensado lanzo una encuesta en Twitter, a ver quién gana (aunque si gana el boquerón siempre podré decir que la gente no tiene ni repajolera idea, que es lo que decimos siempre que el resultado de una encuesta no nos convence).

Y tú, ¿aspiras a anchoa o te conformas con ser boquerón?

jueves, 8 de septiembre de 2016

Mi condena

Creo que, a estas alturas de la película, todos sabéis que soy muy de letras. Y creo que también alguna vez os he comentado que mi madre es bióloga, lo que me llevó a tener una infancia muy traumática donde mi madre hablaba, para mí, extraños dialectos repletos de latinajos que mi mente pueril no alcanzaba a comprender.

Pero el destino es cruel (porque es cruel y aquí no hay defensa posible) y quiso que me viera emparejada con otro científico, de tal manera que no tenga escapatoria y deba vivir todos los días de mi vida escuchando cosas raras. Desde que se conocieron es peor, porque debaten por Skype cosas que a mí me suenan a chino o peor, porque siempre he tenido facilidad para los idiomas y al chino le terminaría encontrando el truco.

El churri es muy freaky, así, en general. La prueba más fehaciente de ello la obtuve el otro día, cuando compramos un nuevo pienso para Forlán y estábamos viendo cuántos gramos diarios tenía que comer (en este sentido somos los dos igual de histéricos y les pesamos la comida antes de echársela en el plato, lo cual está visto que tampoco nos ha funcionado mucho en vista de que hemos tenido que poner a Munchkin a dieta, pero nos hace ilusión eso de sentir que somos buenos padres). Mi modus operandi fue tal que así: En el paquete pone que de 3 a 5 kilos de peso del gato hay que dar de 35 a 65 gramos de  pienso. Forlán pesa cuatro kilos, de 35 a 65 van 30 gramos así que la medida intermedia serían 35+(30/2)=50 gramos. Y ya. A mí las cuentas de vieja me han funcionado siempre estupendamente, aunque tenga que utilizar los deditos para sumar y restar.

Lo que cuento a continuación es verídico. El churri sacó una calculadora y se puso a hacer números como un contable de los de antes de Excel (ya sólo le faltaba un ábaco) y empezó a mascullar para sí “es que debería hacer una interpolación pero con esta calculadora no sé cómo se hace, así que estoy tardando más porque estoy haciendo una regresión lineal”. Un rato más tarde anunció que el resultado de sus cálculos (oh, sorpresa) había sido de 50 gramos. Lo confirmó posteriormente, cuando dio con la función de la interpolación en la calculadora. Yo, mientras tanto, alucinaba y le decía “Claro que sí, cariño, todo el mundo hace regresiones lineales e interpolaciones para dar de comer a sus mascotas. De hecho, no te permiten tener animales en casa si no tienes una o dos ingenierías”. ¿Veis a lo que llevo condenada toda mi vida? Entre mi madre nombrando a los animales por su nombre científico y el churri rizando el rizo para cualquier sencillo cálculo, cualquier día de estos me sacan en parihuela, con los brazos sujetos por una camisa de fuerza y mascullando entre espumarajos de saliva “Yo sólo quería darles de comer. Sólo quería darles de comer…”

P.S. Le dedico este post a Chema, que sé que va a salir en defensa del churri. 

jueves, 14 de julio de 2016

Los mundos del churri

Hace un tiempo el churri se compró una esponja para la ducha porque decía que la que tenía ya estaba para el arrastre. El caso es que yo veía pasar los días y en la bañera seguían cohabitando en paz y armonía la esponja vieja y la nueva. Como no me gusta que haya cosas dando vueltas por casa cuando no tienen un propósito claro (ya sabéis que yo soy un poco histérica en cuanto al orden y que ando rozando peligrosamente el TOC), decidí consultar al churri el motivo de la convivencia de las esponjas.

Lo malo fue que elegí un mal momento, ya que me dio por preguntárselo cuando él ya estaba a punto de quedarse dormido, lo cual siempre deriva en conversaciones que traspasan los límites del surrealismo y me terminan poniendo de los nervios, como fácilmente podréis comprobar a continuación. La transcripción no es fiel al cien por cien porque es casi imposible poder recordar de memoria algo así pero voy a intentar reproducirla de la forma más fidedigna posible.

—Churri, ¿por qué tenemos en la bañera tanto tu esponja antigua como la nueva?

—Porque soy un cenutrio.

—Sí, eso ya lo venía sabiendo desde hace un tiempo, pero sigo sin entender el motivo por el que tenemos dos esponjas tuyas en la bañera.

—Es que es una historia metafísica muy complicada de explicar. Escapa al entendimiento de la mente humana.

—Ya me imagino, ya.

—Y eso.

—¿Y eso qué?

—¡Las esponjas!

—Ah, pues creo que fueron unos de los primeros seres vivos que existieron. Fuera del agua parecen una piedra dura pero una vez que se mojan son de lo más suavecito. Pero tal vez deberías preguntarle a tu madre, que como bióloga supongo que sabrá asesorarte mejor. Aunque, siendo entomóloga, imagino que te podría dar más información sobre cucarachas o algo así. ¿Para qué quieres saber sobre las cucarachas?

—No quiero saber sobre las cucarachas —digo haciendo acopio de toda la paciencia que me va quedando—; lo que quiero es saber por qué no has tirado la esponja vieja. Déjalo. Ya la tiro yo.

—¿Por qué vas a tirar la vieja?

—Pues porque digo yo que si tienes una nueva es porque no quieres la vieja.

—Quiero las dos.

—Pues eso quiero saber: el motivo.

—Ahhhhhh. Vale. Pues porque la nueva es más exfoliante que la vieja y a veces no me apetece desollarme vivo de buena mañana.

Acabáramos. Ya veis todas las vueltas que tengo que dar para conseguir una simple información. Información que, por otra parte, no me va a servir de mucho porque al final me toca tener que estar viendo las dos esponjas cada vez que entro en la bañera pero, al  menos, pude poner fin a esa especie de interrogatorio a un demente. Tengo que empezar a elegir mejor la hora en la que libro mis batallas porque este tipo de conversaciones me reportan mucho estrés. Como dice siempre mi madre, al final tanto gregre para decir Gregorio.


P.S. Me voy de vacaciones, que las ando necesitando mucho. Creo que tardaré unas tres semanas en reincorporarme a la vida blogueril. Si tardo cuatro, no penséis que he muerto. Si tardo cinco, pues lo mismo sí. ¡Feliz verano a todos!

jueves, 7 de julio de 2016

Juntos, pero no revueltos

Hoy vengo con otro post de reflexión trascendental.

El otro día me dio por pensar cuándo y con qué propósito se habría inventado la cama de matrimonio. Supongo que lo ideal sería buscar en Internet y así desasnarme pero yo prefiero montarme mi propia película para no estar influenciada por datos reales, que eso mata siempre la ilusión y la frescura.

Duermo en cama matrimonial pero más de una vez me he planteado poner dos camas individuales, como los matrimonios puritanos. Para esto hay varios motivos. El primero y fundamental es que al churri le gustan los colchones blandos porque los duros le destrozan la espalda mientras que a una servidora le sucede justo a la inversa. El colchón que tenemos (que habrá que cambiar en breve porque ya tiene casi diez años) es más bien duro porque era el que tenía yo en mis épocas de soltería. Esto trajo serios conflictos (para el churri; para mí no porque dormía como una reina) hasta que mi prima nos reveló que existían unos toppers para poner encima del colchón que lo hacen más blando o más duro, a voluntad, así que esto quedó resuelto comprando uno blandito en tamaño individual y colocándolo en su lado de la cama. Ahora también hemos descubierto que existen colchones con una mitad dura y otra blanda. Valen una pasta gansa pero sería nuestra solución ideal. Se ve que no somos los únicos con este problema.

El segundo motivo, no tan fundamental pero de solución más difícil, es que el churri se despatarra mucho y como yo no ocupo gran cosa siempre termino durmiendo en una esquinita, en el poco espacio que me dejan él y los gatos, muy dados también a ocupar mi espacio vital.

Siempre que visito castillos medievales y sitios así veo que ya de entonces existía la cama matrimonial. ¿Cuál es el motivo por el que se inventó algo en lo que, normalmente, alguno termina durmiendo incómodo porque hay otro que da más vueltas que una peonza? Porque la pasión arrebatadora bien puede vivirse en un colchón individual y luego cada cual a dormir a pierna suelta en su camita. Yo creo que el motivo es que en la antigüedad no existía la calefacción central y con lo complicado que era calentar esos casoplones, por lo menos durmiendo acurrucados se combatía mejor el invierno. Pero en verano esto termina siendo un problema; no soy yo demasiado partidaria de que me planten un brazo sudoroso encima. Dicho sea de paso, en invierno también existe un inconveniente y es que, si la otra persona se pone de lado, sucede el fenómeno que yo identifico como “el tunelcillo” y que consiste en que queda un hueco por debajo de la manta o del nórdico, por donde se cuela todo el aire frío.

Así que yo sigo abogando por las camas individuales. Se perderá el romanticismo y pareceré una mojigata pero iba a poder dormir de lo más cómoda, calentita o fresquita según mande la ocasión.

jueves, 28 de abril de 2016

El romanticismo y yo

A veces me sorprendo a mí misma con mi poco romanticismo. Reconozco que a los veinte años, cuando una estaba con todo el pavo subido y viviendo las mieles del primer amor “en serio” todo me parecía un cuento de hadas. Cualquier nimiedad que en circunstancias normales podría interpretarse como simple educación, yo la veía como la gesta de un caballero.

Pero luego vino el desamor y, con él, se me quitó la tontería. Luego de llorar durante meses por pensar que ya nunca jamás sería capaz de volver a amar, me sacudí las penas y seguí adelante porque era lo único que podía hacer, básicamente. Bueno, eso o encerrarme en un convento de clausura pero los hábitos me ensanchan las caderas y el velo me deja el pelo fatal, así que me dije “pues a seguir, que aunque el amor me dé palos, al menos puedo elegir mi outfit”.

Y fui viviendo diferentes historias de amor, algunas más intensas que otras. Y reconozco que cada ruptura me resultaba más fácil. Me volví una persona de lo más práctica y el pragmatismo no suele ser buen compañero del romanticismo al uso. Y luego conocí al churri y si bien admito que es la persona con la que más a gusto he estado en mi vida y que no lo cambiaría por ninguno, ya no siento esas maripositas que otrora sentía cuando era joven e inexperta. Tal vez haya perdido magia en el proceso pero he ganado en tranquilidad lo que no está escrito. O sí está escrito, porque lo acabo de escribir.

Así que, cuando el otro día el churri me dejó por sorpresa un muffin de arándanos en la cafetería para que me lo diera la chica majísima de los cafés al ir yo a buscar mi ídem, me pareció un gesto de lo más bonito y por supuesto que se lo agradecí pero si esto me hubiera pasado a los veinte años creo que ni me hubiese comido el muffin. Lo hubiese enmarcado para contemplarlo día y noche como símbolo eterno de un amor inquebrantable. Pero me ha pasado con 37 años a punto de tocar a su fin, así que me lo comí, y bien bueno que me estuvo.

Tengo una amiga que es todo lo contrario a mí. Creo que en su otra vida fue Sissi Emperatriz. Hasta ir a Cibeles a coger el búho (autobús que pasa por la noche, para los que no conozcáis la expresión) un sábado a las cuatro de la mañana le parece de lo más romántico. Para mí es ir por la Gran Vía sorteando borrachos, locos y gente de dudosas intenciones. Está visto que cada uno ve la vida con el prisma que le haya tocado en suerte.

Y creo que por eso me dan urticaria las novelas de amor, las canciones pastelosas y las comedias románticas. Especialmente esas donde la protagonista se termina enamorando locamente de alguien que al principio de la película le caía fatal. ¿Dónde se ha visto eso? Si alguien me cae fatal será por algo. La gente no cambia y no voy a decir de repente “pues mira, es un borde, un pedante, un egoísta y tiene mal aliento pero, de repente, me chifla”.

Nada, que no hay caso. No consigo ser romántica.

P.S. Ya estamos en la segunda fase de los PAPA. Recuerda que tienes tiempo de votar al ganador hasta las 23:59 españolas del martes 3 de mayo pinchando aquí.

jueves, 3 de marzo de 2016

Que viva el romanticismo

Tal vez este post debería haberlo publicado en Anuncios Pesadillescos pero la verdad es que el anuncio en sí mismo tampoco es que me haya llamado poderosamente la atención (ni para bien ni para mal). Lo que me llamó la atención fue el producto.

Poco antes de San Valentín, una cadena de reparto de pizza a domicilio nos sorprendía ofreciéndonos una pizza en forma de corazón. Y yo flipé, claro está. No soy de celebrar San Valentín y tengo que reconocer que toda esa parafernalia me produce un poco de urticaria pero me imaginé en la situación de que el consorte quisiera sorprenderme en ese día con una cuatro quesos en forma de corazón y me entró la risa tonta.

Poneos en situación. Vuestra pareja, que os quiere mucho, quiere sorprenderos el día de San Valentín. De repente, suena el timbre y os dice “Ve a abrir, que es para ti”. Tú esperas encontrarte un repartidor de flores, cuarenta kilos de bombones (a los que no diría yo que no, sea o no sea San Valentín) o, en el colmo de la locura, unos mariachis que vienen a cantarte lo que pasaría si Adelita se fuera con otro. Pero no, nada de eso. Te encuentras una pizza. ¿Qué dices a esto, por mucha forma de corazón que tenga el alimento? Es obvio que la intención ha sido buena pero que te demuestren amor con una pizza es como si te dieran un Triskys a modo de anillo de compromiso. Vamos, que no me hace falta un pedrolo del tamaño de Saturno pero cúrratelo un poquito que, aunque no lo parezca, yo también soy una princesita (o quiero parecerlo, de vez en cuando).

Pues eso, que no sabría qué decir en semejante momento. No es cuestión de cebarme con mi pobre hombre, que ha querido tener un detalle (y, de paso, cenar pizza y no tener que cocinar) pero es que a mí el disimule se me da muy mal y no sé si me saldría lo de poner ojitos de ilusión a la vez que exclamo “Ay, pero qué rico eres. Me compras comida basura porque sabes que me encanta ponerme gocha. Cómo me conoces, pillín”. Yo seguro que diría algo como “¿Y esto?”. Porque yo soy así, espontánea y natural y, claro, ahí vería al pobre escondiendo sospechosamente un estuche negro tras la espalda, pensando que tal vez lo del Triskys no era tan buena idea, al final, por muy original que pareciera en un primer momento.

Me gustaría saber si es que yo soy una siesa que no necesita este tipo de pruebas de amor para saber que quiero estar con alguien. ¿De verdad hay por ahí alguna persona que se derrita cual mozzarella caliente al ver aparecer un pizzero con una pizza en forma de corazón?

Yo no necesito ni pizzas ni viajes a Roma para comerla en la Fontana di Trevi. A mí con que me digan que me quieran, cualquier día del año, me vale. 

jueves, 4 de junio de 2015

Siendo sincera…

“Si no te dejo es por pereza”, le dije hace poco al churri.

No os asustéis, nosotros somos así. Nos decimos las cosas sin paños calientes y nos soltamos lindezas del tipo “¿Cuánto me quieres?” – “Lo suficiente para aguantarte” y cosas así.

Así, pinchándonos, es como mantenemos viva la llama. No obstante, si bien no tengo intención de dejar al churri en un futuro próximo (en un futuro lejano ya veremos, según se vaya portando) no es que mi frase no tuviera cierta parte de verdad.

Me dio por pensar que, si por azares del destino yo mañana me volviera a ver soltera, ya así me quedaría. La sola idea de conocer a alguien, quedar para tomar algo y “conocernos” me da un perezón infinito.

Creo sinceramente que la paciencia para aguantar semejantes tostones se pierde a partir de los 25 años. A partir de ahí, si pretendes perder tu condición de soltería, o te buscas uno que ya conocieras de antes (que fue lo que hice yo, básicamente) o ya optas por quedarte como estás, que también se está muy a gustito (o, “tan agustamente”, como escuché hace poco y debo decir que aún me sangran los oídos; de verdad, cada día hablamos peor).

Conocer gente da pereza. Esto es así y no admito discusiones. Y más si es con miras a establecer una relación futura con la persona en cuestión. Los hay que sólo te hablan de sí mismos con todo lujo de detalles (de verdad, no me interesa la discusión que tuviste con tu jefe cuando ni siquiera te conocía ni mucho menos me hace ilusión saber lo que te contó el podólogo cuando te miró los pinreles, de verdad que no, te lo puedes ahorrar, en serio). En el extremo opuesto están aquellos que mantienen su vida en un total ostracismo pero, por el contrario, parecen (o quieren parecer) extremadamente interesados en todos los detalles de la nuestra, por lo que nos someten a un extenso interrogatorio para conocer todos los pormenores que él considera importantes para decidir si eres la princesa de sus sueños, desde qué música escuchamos cuando nos duchamos hasta qué tipo de pijama usamos para dormir, pasando por la regularidad y/o posibles molestias de nuestros ciclos menstruales. También puede interesarles qué tal nos llevamos con nuestra familia.

Supongo que, en cuanto a citas con mujeres, los especímenes serán más o menos parecidos (exceptuando las preguntas acerca de la menstruación) pero como no tengo experiencia en citas con mujeres, pues hablo del género masculino, que es el único que conozco (o intento conocer a diario). Seguro que los representantes de tan digno sexo enriquecéis esta entrada con vuestros comentarios y, ¿por qué no?, también con vuestras experiencias con las féminas.

Pues eso, que viendo el panorama, me niego a volver a pasar por eso, así que sí, si no dejo al churri, es por pereza. No sólo por las citas posteriores sino porque separarme implicaría otra mudanza.

Y las mudanzas son el mal.

jueves, 24 de abril de 2014

Crónica de un encuentro accidentado

Hace algunas semanas (sé que no son noticias frescas pero son tantas las aventuras trepidantes que vivo, que se me acumula el trabajo), el churri y una servidora habíamos quedado con mi amiga S. para ir a ver trapitos a un centro comercial. Realmente las interesadas éramos nosotras pero el churri se apunta a un bombardeo.

Me dice S. que quedamos en la puerta de un edificio del centro. El churri sentencia "eso está en Plaza de España" y yo, como creo mucho en sus dotes orientativas, confío en mi GPS humano y me dejo llevar.

Decidimos ir en bus, que estamos muy hartos de Metro. Perdemos el bus. A esperar 15 minutos. Cuando vamos a un poco más de la mitad del trayecto llamo a S. y le digo "oye, que llegamos tarde". Me responde que no hay problema, que va a aprovechar a entrar a la tienda de al lado para comprar una funda para la tablet.

Llegando al edificio de Correos, el autobusero nos dice que ahí nos deja porque no puede seguir por la manifestación. La del 22 de marzo, sí. ¿Había avisado antes el autobusero? ¿Había algún cartelito informando? Ni lo uno, ni lo otro. Genial, todo. Nos bajamos, vamos al Metro. Cogemos la línea 2. El churri vuela escaleras abajo y le pregunto "¿pero estás seguro que nuestro andén es éste?". "Sí, sí. Corre, que viene", contesta muy ufano.

Montamos en el metro a toda carrera. Intento recuperar el resuello cuando, al minuto, oigo "Ding, dong, ding. Próxima estación: Retiro". Muy bien, churri, ¿ves cómo el andén no era ése?

Bajamos en Retiro. Damos la vuelta para ir al otro andén. Montamos en el metro que sí va donde queremos. Transbordeamos, o como narices se diga eso y llegamos a Plaza España.

Llamo a S. : "Oye, que estamos saliendo del Metro. Sí, del Metro. Es una historia muy larga. Ya mismo estamos ahí".

Emergemos a la superficie. Me pregunta el churri que dónde está S. Le respondo que primero habrá que encontrar el edificio. Me dice que el edificio es el que tenemos delante. Lo niego rotundamente. Sé perfectamente que no es ése. Buscamos en Internet (¿Recordáis cuando nos preguntábamos cómo podíamos vivir antes sin móviles? La pregunta ahora sería cómo vivíamos sin Internet en los móviles). Nos percatamos de que, efectivamente, el edificio no sólo no es ése sino que, para colmo, está a unos buenos veinte minutos de Plaza de España, aunque, con el agobio, nosotros tardamos diez, mientras yo refunfuñaba y llamaba por teléfono a S. rezando para que no le pusiese precio a mi cabeza.

Y llegamos. La pobrecica mía estaba ya aterida de frío y aun así no se nos lanzó a la yugular.

En el centro comercial le compré un regalito a S., porque de alguna forma tenía que sentirme algo menos culpable. El churri lavó su conciencia regalándome dos vestidos monísimos que no veo la hora de estrenar.

A ver si se desorienta más a menudo.

P.S. Recordad que podéis votar hasta las 23:59 horas (hora española peninsular) del martes que viene por el anuncio más pesadillesco del año pinchando aquí

jueves, 24 de octubre de 2013

¿Quieres salir conmigo?

De joven, cuando podía lucir sin pudor tops que enseñaban el ombligo, supe tener muchos novietes. Porque me gustaba conocer gente. Vamos, que era muy sociable. Bueno, vale, era un poco ligerita de cascos pero no es esto lo que vengo a contar hoy.

El caso es que salí con mucha gente. Y tengo que admitir que me gustaba aquello de que me invitasen a salir, ir a tomar algo mientras charlábamos para conocernos y, al tiempo, ver que el chico en cuestión era un idiota integral no estaba hecho para mí e ir en busca de otra presa, cual alegre viuda negra.

Pero llega un día en que das con el indicado. A mí me llegó ya casi en la treintena (no porque yo sea complicada sino porque soy muy especial y no me conformo con cualquier cosa, ¿vale?) y, ahora que lo pienso, doy gracias porque el elegido haya sido alguien que ya conocía de antes. ¿Por qué? Porque dudo que con casi treinta años yo hubiese estado preparada para volver a pasar por el infierno de las citas. Que a los veinte están muy bien  pero pasados los años da un perezón horrible tener que aguantar que un tío al que no conoces te esté dando la chapa durante dos horas contándote las maravillas del puenting o de la música de cámara que no ha escuchado en su vida, por cierto, pero leyó por ahí que eso impresionaba mucho a las féminas. Y a los veinte años, puede ser que sí que impresione y digas “qué chico tan deportista a la par que culto” pero a los treinta todo eso te la trae al pairo. Lo que quieres saber en realidad es si levanta la tapa del wáter, si aprieta el tubo de la pasta de dientes desde el final o por el medio, si sabe planchar, si se ducha periódicamente, si está enfermo de celos o te va a dejar vivir, si se permite a sí mismo pensar de forma diferente a la de su madre y esas cosas que realmente son importantes en la vida. Algunas de éstas las puedo perdonar si sabe cocinar. Eso es condición sine qua non para iniciar una relación conmigo.


Veía el otro día “Mujeres y Hombres y Viceversa” (me estoy luciendo hoy. A lo de “ligerita” le podéis sumar “no muy inteligente”) y pensaba si yo sería capaz de soportar tener no una sino tres citas consecutivas en un mismo día para hablar de lo mismo. Ver esas citas es como asistir al mismo guion donde uno de los protagonistas va cambiando. Como un casting para una telenovela cutre. Que si qué tal te llevas con tu familia, que si cómo te ha ido en tus anteriores relaciones (se supone que aquí hay que contestar que muy mal, que has tenido muy mala suerte y que te has decidido a presentarte el programa porque estás buscando el amor de verdad). Ahora entiendo por qué la franja etaria de ese show es tan reducida. 

jueves, 22 de agosto de 2013

¿A que era un plan brillante?

El otro día, el churri y yo vimos en el portal de mi edificio el anuncio de que se alquilaba un apartamento a un precio bastante razonable, la verdad.

Ni corta ni perezosa, le dije al churri que tal vez debería alquilarlo para vivir en plan vecinitos. De esta manera, yo conseguiría tener mi casa ordenada y él podría vivir en su caos de lo más ricamente. Eso sí, me subiría a cenar todas las noches, que una no está dispuesta a volver a conocerse de memoria los pasillos de comida precocinada de los supermercados, como cuando vivía sola.

También le dije que, a la que bajaba la basura, pues que me tocase timbre y así aprovechaba el viaje para bajar también la mía, que bajar dos veces es tontería y se utiliza demasiado el ascensor, con el consiguiente gasto de energía y lo malo que es eso para el medio ambiente. Hay que ser ecológicos en esta vida. De la misma manera, y siguiendo en esta línea verde, cuando fregase los suelos de su casa, que ya bajase con el cubo y el mocho a fregar los míos, que el agua tampoco debería ser desperdiciada y una ya está algo viejuna y sufre horrores de dolores en la espalda. Segura estoy de que él no quiere sentirse responsable de mi cérvico-dorso-lumbalgia.

A cambio, le dije que podía bajarme la ropa para planchar, que eso tampoco me cuesta tanto y siempre puedo hacerme la que no estoy cuando vea por la mirilla que viene con una pila de ropa. Eso sí, algún armario de la que es actualmente mi casa tendría que quedar ocupado con la ropa que no uso por ser prendas de fuera de temporada ya que, al tratarse de un apartamento, no iba a tener yo espacio para mis cosas y no vamos a dejar que mi ropa se arrugue por meterla de mala manera en un baúl o alguna de esas soluciones tan ingeniosas que inventan los suecos para cuando vives en treinta metros cuadrados pero tienes más zapatos que Imelda Marcos.  Lo mismo con los productos de cosmética. Lo mejor sería pillar una habitación de la casa del churri en plan trastero particular para mí. Que se olvide de la habitación de invitados. Mucho mejor como almacén que, además, esas cosas ahora están muy de moda.

A mí me parecía un plan estupendo pero, por alguna extraña razón, él pensaba que la idea hacía aguas y claro, de tanto pensarlo, el apartamento se alquiló y yo me quedé como la lechera, que ya había vendido las vacas antes de vender el cántaro de leche. Así que ahora estoy esperando a ver si cuelgan algún otro cartelito para ser la primera en ocupar la vivienda. Sería fantástico recuperar mi autonomía pero tener un novio-vecino chachi que venga los fines de semana a ver peliculitas y me traiga el tupper con la cena todas las noches. Eso sí, prometo devolverle el tupper lavadito, que tampoco es cuestión de abusar.

P.S. Esta semana no hay premio, así que os libero de tener que aguantarme mañana. Muy feliz finde!!!

jueves, 8 de agosto de 2013

Si es que no hay comparación

Cuando yo era soltera (bueno, sigo siéndolo pero ya me entendéis) compraba leche de una marca asturiana porque Asturias mola mil (de nada, Eva). Eso sí, la compraba semidesnatada, porque la entera estaba pensada para que crezcamos sanotes y fuertotes cual auténticos chicarrones del norte y tenía unos enormes grumos de nata que de repente saltaban de la botella al vaso o taza provocando terribles salpicaduras. Pero, como digo, comprando semidesnatada tenía una leche igual que la entera de cualquier otra marca y de una calidad estupenda. Si me leen me contratan para hacer el próximo anuncio, oye.

El problema es que un día me fui a vivir con el churri. Ya se sabe que cuando una se ha acostumbrado a sus manías de chica single, sabe que va a tener que transigir en numerosos aspectos cuando decide compartir el camino de la vida con otra persona (qué poético me ha quedado esto). Y el churri compraba otra marca de leche. No es que la leche que compraba él fuera mala pero tenía una gran diferencia que para mí era vital con respecto a la marca que yo solía comprar: No venía en botella, venía en tetrabrik. Y no en el tetrabrik normalito y simétrico de toda la vida, no. Se trataba de un tetrabrik con una especie de tejadito a dos aguas en su parte superior que levantaba mis iras y me hacía blasfemar en arameo. “Pues vaya tontería. Qué más dará”, diréis vosotros. Pues no, no da lo mismo y paso a explicar por qué, que os veo perdidillos.

Cuando la leche viene en botella cae cual cascada ininterrumpida, sin provocar ningún tipo de conflicto (salvo si tiene demasiada nata, como ya he explicado al principio de este post), es como una catarata láctea que viaja sin interrupciones hasta el recipiente donde queramos volcarla. En un tetrabrik con tejadito a dos aguas la leche cae en capítulos. Tú la vas vertiendo en el vaso, taza, cacerola o donde sea que te dé por verterla y mientras tanto escuchas “Blup, blup, blup” y sabes (porque lo sabes) que uno de esos “blup” va a preceder a un chorro traicionero que salpique cuanto pille a su alrededor y, a su alrededor, suele estar el ser humano que vierte la leche. Ese ser, en este caso, era la otrora chica single que se había acostumbrado a su catarata láctea y no estaba dispuesta a transigir en eso. En otra cosa, sí; pero en eso, ni hablar.

Es por eso que, cada vez que me servía leche con el tetrabrik a dos aguas me temía lo peor. Y lo peor se cumplía. Y yo protestaba. Y el churri se hartaba cada vez más de escuchar lo importante que era la forma del continente lácteo.

Y fue así como, tras un trabajo fino de manipulación psicológica y, por qué no decirlo, de chantaje emocional, conseguí que en aquél mi nuevo hogar se empezase a comprar la marca de leche que compraba yo en mis épocas de soltería. Y todo fue felicidad. 

jueves, 25 de julio de 2013

Conversaciones absurdas

Yo tengo un humor bastante surrealista. Bueno, esto lo sabréis si habéis leído al menos dos veces este blog. Lo gracioso del caso es que el churri tiene un humor muy surrealista también lo que provoca que en ocasiones tengamos conversaciones tan absurdas como la que reproduzco a continuación (Churri en azul, servidora en rosita ñoño)

- Tú me cambiarías por unos Manolos, seguro.

- Estoooo. No, no.

- Por tres pares de Manolos, entonces.

- Estooooooooooo. No, no, no. Los zapatos sólo son zapatos. Tú eres…

- Yo también soy un zapato.

- Una alpargatilla.

- Eso, soy una alpargata.

- Bueno, pero eres mi alpargata y yo seré tu pie.

- ¿Eres un pie? Espero que limpito, por lo menos.

- Eso por descontado. Limpito y lustroso.

- Ah. Pero es que yo soy una alpargata maloliente y sudada.

- ¿Me estás diciendo que no eres una alpargata a estrenar?

- Tengo treinta y cinco años, ya me he pateado unos cuantos veranos, hijita.


Visto lo visto, lo mismo sí que lo cambio por unos Manolos. Nuevecitos. 

viernes, 17 de agosto de 2012

De casas encantadas y demás fantasmadas

A Mo, de "Blogueando – de mi peque y otras cosas –" le han dado un premio.

Pues mira qué bien por ella, diréis. Pues sí. Muy bien por ella y muy bien por mí, que gracias a eso me ha surgido una idea para mi post de hoy.

El premio que recoge nuestra Mo conlleva como penitencia contar siete cosas sobre uno mismo y, en el punto 5, cuenta que vivió cerca de una década en una casa encantada.

Pues yo también.

No fue cerca de una década, fue sólo media pero me bastó para, por lo menos, sospechar que ese piso estaba encantado. No es que sea una persona extremadamente supersticiosa ni que me pase la vida buscando fenómenos paranormales donde no los hay pero cuando pasan cosas raras, pasan. Os lo cuento y a ver qué opináis.

Se trataba de un piso en la Sierra de Guadarrama. Lo raro de todo este asunto es que los fenómenos no comenzaron a manifestarse hasta que yo estuve viviendo sola en esa casa, que fue aproximadamente el último año. Los primeros cuatro años había estado o con pareja o con compañeros de piso y todo normal pero fue quedarme sola y empezaron a pasar cosas cada vez más evidentes, como si el fantasma fuese tímido y le costase romper el hielo.

El primero en percatarse fue Luhay (no, no digo El Gordi). Cada día me convenzo más de que los animales tienen una intuición especial para estos menesteres y ven cosas que nosotros no vemos. Dos por tres estaba yo en el salón y el gato se iba al pasillo y, de repente, volvía muerto de miedo, todo inflado, sin causa aparente.

Hubo un día en concreto en que lo vi en plena acción. Se quedó en un punto muy específico del pasillo, muy quieto, mirando algo (no sé qué y no sé si quiero saberlo), infladísimo y no podías intentar ni moverlo porque, del susto que tenía, hasta te bufaba. Estuvo así cerca de diez minutos y, de repente, se le pasó y se quedó tan normal. Como la niña de Poltergeist. Porque los gatos no hablan que, si no, me hubiese dicho el consabido “Ya están aquíiiiii”. Varias veces le pillé mirando ese punto determinado del pasillo. A saber.

Posteriormente ya fui yo la que fue notando cosas. Al principio era sólo como una sensación de desasosiego, como de sentirme vigilada sin motivo pero lo achaqué a que el gato me tenía sugestionada, así que no le di mayor importancia.

Hasta que pasó la primera cosa rara: ¿Sabéis las placas estas de metal que se ponen debajo de los muebles de la cocina para que no se vean las patas? (deben tener un nombre técnico pero ya sabéis que yo para estas cosas soy muy desastre y todo es "la cosa", "el chisme", "el invento", "el artilugio" o "el cachivache") Mis gatitos tenían la manía de sacarlas por lo que la puerta de la cocina siempre estaba cerrada. Un día voy, abro la puerta de la cocina y me encuentro las dos placas en todo el medio de la estancia. Por aquella época yo ya estaba saliendo con el churri (aunque todavía no vivíamos juntos). Ese día estaba él en mi casa e intentó vanamente convencerme de que seguro que se me había quedado abierta la puerta, el Gordi había sacado las placas y, al cerrar la puerta, yo no lo había visto. Imposible, era una cocina diminuta. No hay manera de no ver dos placas de metal en mitad de la habitación. Una vez que ya estábamos viviendo juntos me confesó que él tampoco lo entendía, que sabía perfectamente que la puerta había estado cerrada en todo momento pero que no me quiso asustar.

La segunda cosa rara que pasó, cuando ya faltaba poco para que yo me mudase, sucedió un día que también estaba el churri en mi casa (ahora que lo pienso, el churri casi siempre estaba en mi casa cuando me pasaban estas cosas, a ver si va a ser que es una especie de médium o algo así). Estábamos en el salón y de repente el churri me dice que se va ya a su casa, que tiene un viaje largo hasta Madrid y que mañana hay que madrugar. Le digo que vale y voy a buscar su mochila al dormitorio. Voy a abrir la puerta del dormitorio y… no abre. Le vuelvo a dar y no, no abre. Era una puerta de estas que se cierran por dentro empujando el pomo y girándolo hacia el marco. El cierre se había echado por dentro. Solo. Tuvimos que abrir metiendo un clip por el agujerito que está pensado para tal fin con un poco de paciencia (y un acojone mayúsculo por mi parte, todo hay que decirlo). El churri nuevamente me salió con mil excusas: que si le habría dado yo sin querer al cerrar la puerta (¿cómo narices se hace para empujar un pomo y girarlo “sin querer”?) y no sé cuántas cosas más. Una vez más, también me admitió años más tarde que tampoco se lo explica. Milagrosamente, aquella noche conseguí dormir. Sola y en ese dormitorio que se cerraba por su cuenta.

Cuando ya estaba yo preparando la mudanza sucedió la última cosa rara de la que tengo constancia, aunque esto le pasó al churri y yo no lo vi. Se disponía él a desmontar una lámpara de techo subido a una escalera y, antes de subir, dejó el destornillador con el mango apuntando hacia él. Dice estar seguro de haberlo dejado así a propósito para no tener que estar haciendo contorsiones raras sobre la escalera. Pues bien, se sube a la escalera, quita la bombilla de la lámpara y, cuando baja la mirada para coger el destornillador, éste estaba mirando justo hacia el lado contrario.

Tengo que decir que, realmente, nunca me pasó nada malo en ese piso. Solamente pasaban cosas raras. No me aventuraría a decir que estaba encantado. Ni siquiera sé si realmente existen las casas encantadas pero sí sé que, a día de hoy, no le encontrado una sola explicación racional a nada de todo aquello. ¿Se la encontráis vosotros o mando la historia a Cuarto Milenio?

jueves, 26 de julio de 2012

¡Las mujeres (cobardicas) y los gatos primero!


Me considero una persona en esencia empática y altruista. Siempre intento pensar antes en los demás que en mí misma aunque, claro está, existen situaciones en esta vida en la que hay que ser un pelín egoísta. O, al menos, así es como lo veo yo.

No obstante, hay otras situaciones donde se supone que debería aflorar todo el altruismo, empatía y generosidad inherentes a mi persona y, sin embargo, llegado el caso no afloró nada.

El asunto fue el siguiente: Cierta noche nos encontrábamos el churri y yo en la cocina. Él cocinaba. Yo, que he tenido que buscar el término “cocinar” en el diccionario, fregaba cacharros. Luhay nos miraba (iba a decir “El Gordi” pero tengo una demanda pendiendo sobre mi cabeza cual espada de Damocles y ando con pies de plomo).

Hasta aquí, todo muy idílico y muy Casa de la Pradera. Sólo nos faltaba estar canturreando algo mientras desempeñábamos los quehaceres.

En nuestra antigua casa, los fogones estaban justo enfrente al fregadero por lo que según nos dedicábamos a nuestras tareas estábamos de espaldas el uno al otro y no podíamos mirarnos amorosamente a los ojos mientras nos salpicábamos juguetonamente un poco de espuma por aquí, un poco de aceite hirviendo por allá… (esa parte idílica falla, qué vamos a hacerle).

A todo esto, noto a mis espaldas un ruido tremendo y como que había más luz de lo normal. El gato toma las de Villadiego y yo, sin siquiera darme la vuelta a ver qué narices pasaba, le sigo como alma que lleva el diablo, que los animalitos tienen mucho instinto. Eso sí, yo no suelto ni a palos el plato y el estropajo, que me acompañan en mi carrera por el pasillo cual caballo desbocado.

A los treinta segundos sale el churri de la cocina. Un poco de aceite había prendido fuego pero me informa que ya está sofocado y que, aparte de las manchas negras en el mobiliario, que ya veríamos cómo se quitaban, no había que lamentar pérdidas. Que él estaba bien. Que muchas gracias por la preocupación.

Ejem, ejem.

Está claro que el instinto de supervivencia es, en mi caso, más fuerte que mi altruismo. Si yo hubiese sido la protagonista de Titanic ya os digo que me hubiese dado el piro en la barquichuela. Luego, probablemente, me hubiese arrepentido pero mi cobardía hubiese nublado mis sentidos por encima de mi amor apasionado.

Quizás me hubiese llevado el cuadro. Como recuerdo.

Y porque nunca se sabe cuánto puede llegar a valer tras semejante tragedia…

P.S. ¿Habré guardado el estropajo?

jueves, 3 de mayo de 2012

La mudanza II: Optimizando recursos


He de reconocer que la mudanza está sacando lo peor de mí. Estoy un tanto agobiada y no tengo la proverbial paciencia que suelo tener.

Dado que el churri y yo tenemos los horarios bastante cruzados y que los míos no son, ni de lejos, los de una persona normal, lo más probable es que, los pisos que haya que ir a ver, los verá primero el churri, al menos para hacer un filtrado previo y ya veremos si yo puedo acercarme en algún momento a darles un repaso o si me tendré que fiar de su criterio (me fío bastante, de todas formas, la verdad sea dicha).

Es de esta manera que la primera búsqueda a través de Internet, de la que os hablaba hace un par de días, la he hecho yo y luego, sobre mi búsqueda, hemos visto con el churri los que nos convencían a los dos.

En base a esta selección, me ha pedido que le realizase un listado con los pisos, para que él pueda ir llamando. A mí me dicen “listado” y tengo orgasmos múltiples. Así que me puse a currarme un fichero de Excel con la zona, el barrio, el precio, el teléfono de contacto, observaciones y demás. Me estaba quedando monísimo pero, según yo hacía eso, a mi amado le dio por ponerse a hacer revisión de armario, a ver si tenía ropa para tirar. Así que, mientras yo hacía el Excel, tenía que estar al mismo tiempo asistiendo a un pase de modelos y respondiendo preguntas del estilo “¿Qué tal me queda?” “¿Me hace gordo?” “¿Me marca la barriga?”. A la cuarta o quinta prenda, ya le dije algo como que no podía estar yo haciendo el listado y al mismo tiempo dando consejos de estilismo, a lo que él contestó que, en cuanto tengo un Excel delante, me teletransporto al trabajo y ya no se me puede interrumpir con nada. Dicho esto, fue hacia la cocina.

Llegados a este punto, tengo que explicar que mi casa (ex casa, en breve) tiene un pasillo larguísimo, de manera que, si uno se pone a farfullar en el salón, el que está en la cocina sólo oye el “farfulleo”, pero no el contenido del mismo.

Empiezo yo a farfullar:

- Encima me dices eso, después de que he buscado todos los pisos y que te estoy haciendo el listado.

El churri, desde la cocina, evidentemente no escuchaba con claridad mis sesudas protestas, que no admitían discusión alguna así que, como él es muy educado, me gritó desde la cocina:

- Si me estás echando la bronca por algo espérate a que vaya para allá porque no te oigo. No malgastemos tu esfuerzo.

De más está decir que me dio tal ataque de risa que fui incapaz de seguir echándole la bronca. Él sí que sabe cómo hacer para que una reprimenda no derive en discusión. 

viernes, 20 de abril de 2012

Uno rapidito


La conversación (Churri, verde. Álter, rosa):

- Chiqui, ¿te puedo pedir un favor?

 - ¿Qué?

- Uno rapidito.

- Venga, va, ponte ahí.

- Ahí, ahí. ¿Eso no está duro?

- Más o menos pero cambia de postura porque estoy incómoda.

- Ay, me dan escalofríos.

- ¿Qué tal va?

- Mucho mejor.

- Me estoy cansando. Es que estoy muy cargada.

- Luego te doy yo un poquito, si quieres.

- ¿Ya estás?

- Sí, me he quedado mucho más a gusto.

El contexto:

Churri con dolor de cuello pidiéndome un masaje. Ruego al cielo que no nos haya oído ningún vecino. Si me empiezan a mirar raro en los rellanos, ya sabré por qué es.

P.S. Dado que, tal como se deduce fácilmente del post anterior, no se me publican las entradas programadas, se cambia la hora de publicación a la que buenamente pueda yo publicar a mano (sobre las 0:00 hs. aprox.) hasta que a Blo se le pase la tontería. 

domingo, 8 de abril de 2012

La uña


Hace casi un año, mi churri me pisó en el supermercado. No parecía la gran cosa hasta que un día comencé a notar que la uña del dedo gordo de mi pie izquierdo comenzaba a adquirir un tono morado nazareno (muy adecuado para estas fechas pero completamente fuera de lugar para las épocas en las que estábamos por aquel entonces).

El morado comenzó a desplazarse hacia la punta de la uña, pero aquello iba mucho más lento de lo que yo hubiese deseado y ya estaba lamentándome pensando que este verano no podría usar mis maravillosas sandalias. Nunca lo he comentado, pero tengo unos pies divinos. Pequeñitos, con todos los deditos alineados, una auténtica monada de piececillos que aprovecho para lucir en la época estival.

Poco a poco, la uña volvió a tener un color normal pero comprobé, con gran horror por mi parte, que estaba partida en diagonal y que amenazaba con caerse.

Hice parte al churri de todo el proceso uñeril. Por un lado, porque debía compartir con alguien mis peores temores y, por otro lado, por un mero ansia de venganza para que viviese en sus carnes parte de la penuria que tenía que estar pasando yo debido a su torpeza extrema.

El churri me dijo que ni se me ocurriese arrancármela porque, de lo contrario, se deformaría y pasaría el resto de mis días con un bollo en la uña. Por una vez en la vida, hice caso. Hasta el otro día en que vi que ya sólo se sostenía por un minúsculo hilo que la hacia girar en todos direcciones. Mi dedo gordo parecía un helicóptero y era incomodísimo cuando me ponía los calcetines, de manera que opté por prescindir de ella.

La débil  uña que asoma debajo tiene bastante buena pinta así que parece que no me va a quedar bollo alguno, lo cual me llena de alegría.

Feliz como estaba, quise compartir mi extrema alegría con el churri. Pena que no elegí un buen momento. Lo pillé cuando ya estábamos dispuestos a dormir. Él tenía un sueño que se caía pero, dada mi emoción,  a mí me resultaba imposible conciliar el sueño o concentrarme en el libro que estoy leyendo actualmente, de manera que comencé a relatarle (nuevamente) todo el proceso de curación ungular y quise mostrarle el resultado final.

- Chiqui, ya me he quitado la uña porque estaba a punto de caerse.

- Muy bien.

- Creo que ha quedado muy bien ¿te la enseño?

- Mañana.

- No, ahora.

- Mañana. Déjame dormir y no seas cansina.

- Pero es que te la quería enseñar ahora, a ver qué opinas.

- La uña va a seguir mañana en el mismo sitio. Te daré mi opinión cuando no me esté muriendo de sueño. Hala, ponte a dormir.

- ¿Me puedo mirar la uña?

- Haz lo que te dé la gana. 

jueves, 22 de marzo de 2012

Ya soy mayor


Hoy voy a relataros algo que me tiene muy contenta y orgullosa de mí misma.

Como ya he comentado aquí en más de una ocasión, soy muy miedosa cuando voy por la calle. No siempre he sido así, claro está. Cuando  una es jovenzuela se come el mundo, vive como si no hubiera mañana y piensa que nació para el peligro.

El caso es que fui creciendo y me llevé un par de sustos en esta vida, lo que ya me hizo ser mucho más desconfiada y aumentó mi miedo a las calles.

El barrio donde vivo es muy tranquilo pero hubo un día en que mi churri me llamó al trabajo y me dijo “Hoy voy a ir a buscarte al Metro”. Cuando pregunté por qué, me explicó que habían intentado asaltarlo volviendo a casa (a eso de las ocho de la tarde). Hoy por hoy, salgo de trabajar a las once de la noche pero en aquella época salía a las doce.

De esto hace más de tres años. El miedo que cogí con aquello hizo que no fuera capaz de volver a ir sola por la noche desde el Metro hasta mi casa (debe haber unos doscientos metros). Mi churri volvía a mi casa por las tardes y, por la noche, volvía a bajar para ir a buscarme, porque yo no era capaz de enfrentarme al caminito a solas.

Desde el verano pasado, empecé a aventurarme un poco más y, si bien mi churri seguía bajando, yo salía del recinto del Metro y comenzaba a hacer el caminito hasta que me lo encontraba. Me daba seguridad saber que andaba por ahí y que, en algún momento, me lo cruzaría.

Como habréis notado, como lectores experimentados que sois, he conjugado en pasado los dos párrafos anteriores. Esto se debe a que, desde hace tres días, he dado un nuevo paso en el enfrentamiento a mi miedo y estoy haciendo el caminito sola. Solita, sola.

Puede parecer una tontería, así contado, pero soy una persona por lo general independiente y me frustra mucho el tener que depender de alguien para hacer algo tan básico como volver a mi casa desde el Metro así que, para mí, es todo un logro esto que estoy haciendo. No voy a decir que no me cueste porque me cuesta y mucho pero me da muchísima satisfacción el momento en que meto la llave en la cerradura y me doy cuenta de que lo he conseguido un día más.

Espero seguir así. Qué mayor soy ya!!!