¡A las buenas noches!
He vuelto, he vuelto. O, si hay que ser fiel a la verdad, la
parte que queda entera de mí ha vuelto. Resurjo de mis cenizas como el Gato Félix Ave
Fenix.
Agradezco desde ya la cantidad de comentarios y mails que he
recibido clamando por mi presencia. Sé que estáis perdidos sin mí. Lo entiendo.
Por tanto, he decidido ser clemente y dar señales de vida, que una se debe a su
público.
Con este post de hoy creo que se puede dar por finiquitada
la etiqueta “La Mudanza”, aunque no lo diré muy alto, por si acaso, ya que
pensaba que no iba a poder pronunciar nunca estas palabras.
Aquello no fue una mudanza. Fue una boda gitana. Engañamos
con malas artes a tres compañeros de trabajo para que vinieran a ayudarnos (y a
conducir la furgoneta, que nosotros no tenemos carnet, somos así de hippies).
Mi suegra había venido unos días antes también a echar una mano con la limpieza
del piso nuevo.
El día D nos levantamos prontito, terminamos de embalar las
cuatro cosas con las que habíamos estado subsistiendo los días previos y nos
dispusimos a esperar a nuestros compis. El primero llegó en Metro. Me llama. Me
dice que está en la puerta de una óptica y que para dónde tira. “Da la vuelta a
la manzana”, le digo yo, muy segura de mí misma. Olvidé que hay una óptica
enfrente de otra. Total, que lo mandé para el lado contrario. A la segunda
llamada ya conseguimos que tomara la senda correcta. Llega y vamos bajando las
cosas para cuando llegue nuestro segundo compañero con la furgoneta. El primer
compañero me vaciló toda la mañana porque le había dicho que quedaba lo gordo y
tres bolsitas. Las tres bolsitas se multiplicaron misteriosamente
convirtiéndose en unas veinte y no
hacíamos más que bajar bolsitas mientras intentábamos infructuosamente explicar
de dónde habíamos sacado de repente todo eso. Yo decía que siempre hay un peor, que podría
llover. Me confirman que llueve. Bingo.
A la hora de entrar en la furgoneta, montamos el número (no
podía ser menos). Éramos cuatro en total y en la cabina sólo entraban tres, por
lo que alguien tenía que ir atrás en la caja, con los trastos. La elegida por
votación popular fui yo. Este es el momento en el que tengo que explicaros que
tengo claustrofobia pero como no quería dar la brasa, que ya bastante estaban
haciendo por nosotros, dije que valía.
Me monto en la caja, me siento en el microondas (sí, sigue
funcionando). Me cierran la puerta y
aquello era una boca de lobo. La furgoneta se pone en marcha y yo sólo oigo
chasquidos y crujidos a mi alrededor. Me empiezo a imaginar sepultada bajo los
implementos de mi hogar y se me comienza a nublar la vista, sudo frío. Me
muero. Estoy segura de que me muero. Todo esto en los primeros cincuenta metros
del recorrido. A todo esto, mi churri recuerda mi problemita con los espacios cerrados y hace
parar la furgoneta. Me abren y me sacan blanca como un papel y en estado semicatatónico.
Mi churri, que es un héroe y un caballero,
me toma el relevo y yo puedo viajar en la cabina, retomando el aliento.
Al llegar a nuestro nuevo hogar se nos une nuestro tercer
compañero, que vive muy cerquita de ahí. Subieron en un pispás el colchón, el somier
y la parte de abajo del sofá cama los doce pisos por la escalera (por suerte,
se pudo desmontar y la parte de arriba cabía en el ascensor). Unos machotes,
todos.
Al terminar de subir todo, nos fuimos a tomar un refrigerio para recuperar fuerzas
y, más tarde, fuimos a comer con dos de ellos, que el tercero no podía venir, aunque somos conscientes de que les debemos a
todos un pedazo de cena como está mandado. Para que luego no creamos en la
solidaridad humana. Mis chicos, después de todo esto, se fueron a trabajar toda
la tarde hasta las once de la noche. Grandes, muy grandes. No quepo en mí de
agradecimiento.
Después de la comida el churri y yo nos fuimos a buscar a
los gatos pero su traslado mejor que os lo cuente otro día el Gordi, que le
dará más emoción.
Bueno, pues lo dicho. De a poco me iré poniendo al día. El
amigo Google Reader me comunica que tengo más de 300 entradas vuestras sin leer
(sin contar con los amiguitos de Word Press, que creo que suman otras
cincuenta, más o menos), así que tenedme paciencia que, pasito a pasito, iré
leyendo y comentando todo lo que encuentre a mi paso con mi fuerza de voluntad
arrolladora. De aquí a fin de año yo creo que ya estaré al día… Un beso muy
fuerte a todos y estoy feliz de estar de vuelta!!!