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jueves, 5 de julio de 2012

La Mudanza VIII: El desenlace


¡A las buenas noches!

He vuelto, he vuelto. O, si hay que ser fiel a la verdad, la parte que queda entera de mí ha vuelto.  Resurjo de mis cenizas como el Gato Félix Ave Fenix.

Agradezco desde ya la cantidad de comentarios y mails que he recibido clamando por mi presencia. Sé que estáis perdidos sin mí. Lo entiendo. Por tanto, he decidido ser clemente y dar señales de vida, que una se debe a su público.

Con este post de hoy creo que se puede dar por finiquitada la etiqueta “La Mudanza”, aunque no lo diré muy alto, por si acaso, ya que pensaba que no iba a poder pronunciar nunca estas palabras.

Aquello no fue una mudanza. Fue una boda gitana. Engañamos con malas artes a tres compañeros de trabajo para que vinieran a ayudarnos (y a conducir la furgoneta, que nosotros no tenemos carnet, somos así de hippies). Mi suegra había venido unos días antes también a echar una mano con la limpieza del piso nuevo.

El día D nos levantamos prontito, terminamos de embalar las cuatro cosas con las que habíamos estado subsistiendo los días previos y nos dispusimos a esperar a nuestros compis. El primero llegó en Metro. Me llama. Me dice que está en la puerta de una óptica y que para dónde tira. “Da la vuelta a la manzana”, le digo yo, muy segura de mí misma. Olvidé que hay una óptica enfrente de otra. Total, que lo mandé para el lado contrario. A la segunda llamada ya conseguimos que tomara la senda correcta. Llega y vamos bajando las cosas para cuando llegue nuestro segundo compañero con la furgoneta. El primer compañero me vaciló toda la mañana porque le había dicho que quedaba lo gordo y tres bolsitas. Las tres bolsitas se multiplicaron misteriosamente convirtiéndose en unas veinte  y no hacíamos más que bajar bolsitas mientras intentábamos infructuosamente explicar de dónde habíamos sacado de repente todo eso. Yo decía que siempre hay un peor, que podría llover. Me confirman que llueve. Bingo.

A la hora de entrar en la furgoneta, montamos el número (no podía ser menos). Éramos cuatro en total y en la cabina sólo entraban tres, por lo que alguien tenía que ir atrás en la caja, con los trastos. La elegida por votación popular fui yo. Este es el momento en el que tengo que explicaros que tengo claustrofobia pero como no quería dar la brasa, que ya bastante estaban haciendo por nosotros, dije que valía.

Me monto en la caja, me siento en el microondas (sí, sigue funcionando).  Me cierran la puerta y aquello era una boca de lobo. La furgoneta se pone en marcha y yo sólo oigo chasquidos y crujidos a mi alrededor. Me empiezo a imaginar sepultada bajo los implementos de mi hogar y se me comienza a nublar la vista, sudo frío. Me muero. Estoy segura de que me muero. Todo esto en los primeros cincuenta metros del recorrido. A todo esto, mi churri recuerda  mi problemita con los espacios cerrados y hace parar la furgoneta. Me abren y me sacan blanca como un papel y en estado semicatatónico.  Mi churri, que es un héroe y un caballero, me toma el relevo y yo puedo viajar en la cabina, retomando el aliento.

Al llegar a nuestro nuevo hogar se nos une nuestro tercer compañero, que vive muy cerquita de ahí. Subieron en un pispás el colchón, el somier y la parte de abajo del sofá cama los doce pisos por la escalera (por suerte, se pudo desmontar y la parte de arriba cabía en el ascensor). Unos machotes, todos.

Al terminar de subir todo, nos fuimos  a tomar un refrigerio para recuperar fuerzas y, más tarde, fuimos a comer con dos de ellos, que el tercero no podía venir,  aunque somos conscientes de que les debemos a todos un pedazo de cena como está mandado. Para que luego no creamos en la solidaridad humana. Mis chicos, después de todo esto, se fueron a trabajar toda la tarde hasta las once de la noche. Grandes, muy grandes. No quepo en mí de agradecimiento.

Después de la comida el churri y yo nos fuimos a buscar a los gatos pero su traslado mejor que os lo cuente otro día el Gordi, que le dará más emoción.

Bueno, pues lo dicho. De a poco me iré poniendo al día. El amigo Google Reader me comunica que tengo más de 300 entradas vuestras sin leer (sin contar con los amiguitos de Word Press, que creo que suman otras cincuenta, más o menos), así que tenedme paciencia que, pasito a pasito, iré leyendo y comentando todo lo que encuentre a mi paso con mi fuerza de voluntad arrolladora. De aquí a fin de año yo creo que ya estaré al día… Un beso muy fuerte a todos y estoy feliz de estar de vuelta!!!

lunes, 4 de junio de 2012

La Mudanza VII: A ver cómo nos lo montamos


Una vez que hemos cumplido la etapa de encontrar piso y haberles gustado a los de la inmobiliaria, viene la parte de organizar el traslado de enseres varios.

Esto, en sí, no debería resultar tan complicado pero si tenemos en cuenta que nosotros no tenemos coche, ya tenemos una complicación. Si le sumamos que el churri tiene ocupados con un curso todos los fines de semana de junio, ya tenemos dos. Si le añadimos una pizca de “mi compañera V. se ha ofrecido a llevarnos cosas en su furgoneta pero el sofá-cama y la cama no entran, tenemos tres. Si lo agitamos con “Podemos alquilar una furgoneta más grande pero no tenemos carnet”, tenemos cuatro. Y si finalmente lo sazonamos a gusto con “Hemos encontrado voluntario para conducir la furgoneta pero va haber que sobornarlo mucho porque las cosas no caben en el ascensor y hay que subirlas doce pisos”, pues ya la hemos liado.

No sé en qué horita me dio por decir que me gustan las cosas difíciles. Esto no va a ser una mudanza, va a ser una boda gitana que durará días y días. Ayer, sin ir más lejos, un compañero nuestro de trabajo nos hizo dos viajes en su coche para llevar unas cuantas cajas, dos maletas con ropa y un montón de libros. Alucino con la capacidad de este hombre para hacer semejante Tetris en un turismo. Pensábamos que íbamos a poder llevar un par de cajas y alguna cosilla más pero en total fueron seis cajas nada pequeñas. Increíble. Le debemos una cena (se la vamos a deber a unos cuantos, a este paso).

En próximos días iremos cuadrando horarios para que V. nos lleve otras cositas en su furgoneta, alquilar otra más grande, conseguir conductor-porteador-voluntarioso (y voluntario), visitar grandes superficies para comprar los muebles que nos faltan y cosas así. Muy divertido todo.

El sábado estuvimos limpiando. Sólo hice el baño principal (que era de lo que más roña tenía) y terminé baldada. Aun así todavía le quedan restregones de pintura que tendría que haber repasado ayer, pero con el tema del traslado de cajas no nos quedaban fuerzas, así que optamos por volver a nuestro actual hogar a vegetar en el sofá en estado semi-inconsciente. Estoy sacando unos bíceps que ríome yo de los fisiculturistas. Con el traslado de cajas me dedico a trabajar los cuádriceps y los dorsales.

Toda la vida negándome a ir al gimnasio y ahora, quién me ha visto y quién me ve. 

jueves, 31 de mayo de 2012

La Mudanza VI: El principio del fin


Sí, lo sé. Ayer no publiqué. Mal rayo me parta pero, antes de que intentéis lincharme en plan turba enfurecida dadme el derecho a réplica.

Ayer esta vuestra sierva se levantó a las siete de la mañana (me destemplo sólo con recordarlo). Sé que muchos de vosotros os levantaréis incluso antes a diario pero, teniendo en cuenta que llego a casa todos los días cerca de las doce de la noche y, a lo tonto a lo tonto, soy incapaz de irme a la cama antes de las dos de la mañana, coincidiréis conmigo en que fue toda una proeza.

Pues eso, que me levanté, me adecenté y salimos de casa el churri y yo a las ocho de la mañana (me sorprendió ver que las calles ya estaban puestas). Desayunamos en el bar y nos fuimos al banco a sacar el dinero para ir por la tarde, finalmente a firmar el piso.

Teníamos la firma a las seis de la tarde. Dado que mi horario de trabajo es de tres de la tarde a once de la noche tenía cuatro opciones:

a) Entrar a la hora de siempre,  irme a las cinco y recuperar seis horas en días posteriores (no me molaba nada eso de tener que estar alargando mis jornadas laborales por semejante tontería)

b) Pedirme el día libre (tampoco me molaba nada perder un día de vacaciones para hacer trámites)

c) Entrar a la hora de siempre, irme a las cinco y luego volver, para no tener que devolver tantas horas (me aburría sólo de pensar en tanto viaje para arriba y para abajo)

d) Fastidiarme y meterme el madrugón para entrar a trabajar a las nueve, salir a las cinco y aquí paz y después gloria. Opté por fastidiarme.

Miedo me da lo que puedo haber hecho yo en el trabajo en ese estado semi comatoso en el que pasé la jornada. Respiraba porque eso no hay que pensarlo y por puro instinto de supervivencia.

A las cinco nos fuimos como almas llevadas por el diablo a la firma del piso. Nos dieron ochocientos papelitos para firmar (entre ellos, una autorización para consultar en el ASNEF si somos morosos, después de que ya lo habían consultado. Sin palabras), hicimos entrega del dinerillo y, a cambio, nos dieron las llaves. Qué momento de júbilo ese de la entrega.

Volvimos a casa y metimos algo de ropa en dos maletas (por ir moviendo algo, porque la mudanza va a tener tela. Ya os contaré en capítulos posteriores) y partimos a visitar nuestro nuevo y flamante piso sin la presencia de Comercial Lacónico. Comprobamos que hay que limpiar a fondo porque lo han dejado todo lleno de salpicones de pintura y tierrecilla de obras y que hay que avisar a la inmobiliaria para que a su vez avise al casero para que vaya a recoger todos los trastos que dejaron metidos en los armarios. Por lo demás, todo perfecto y estupendo. Dejamos colgadas nuestras primeras prendas en el armario en plan colonizador, volvimos a casa a dejar las maletitas (en un Metro atestado de gente donde acabamos pensando que nos íbamos a tener que meter dentro de las maletas) y nos fuimos  a cenar fuera porque el churri no andaba con ánimo de cocinar.

Total, que llegamos a casa a las once y cuarto de la noche. Estoy escribiendo esto a las doce y media de la madrugada del miércoles 30 al jueves 31, o sea, que os hablo desde el pasado. Si no contesto los comentarios es porque no sobreviví a la noche…

Sé que me estoy retrasando con vuestras entradas. Tenedme paciencia, las leeré todas en cuanto recupere un poco mi vida. De a poquito y con buena letra.

Os dejo que mañana me quiero levantar a una hora decente para embalar cositas. Mi vida es una fiesta. 

viernes, 25 de mayo de 2012

La Mudanza V: Luz en el horizonte


En capítulos anteriores os comentaba que nuestro piso preferido era el de Comercial Lacónico que, si mal no recuerdo, fue el segundo que fue a ver el churri cuando comenzó este Via Crucis.

Las cosas no se nos presentaban nada fáciles. Nos habían pedido copia de los dos contratos y de las tres últimas nóminas de los dos pero con eso no les bastaba porque nuestro contrato no les hacía mucha gracia. No es indefinido y eso nunca les mola. Llevamos siete años trabajando en lo mismo pero, como nos van cambiando de empresa, parece que siempre fuésemos nuevos en todas partes. Conclusión, que el contrato por obra que tenemos hoy en día es de mayo de 2010 (aunque reconoce la antigüedad desde febrero de 2008).

Total, que como no les chistaba mucho, nos pidieron copia de la vida laboral. Al alba nos tuvimos que levantar el churri y yo un día la semana pasada para ir a pedirlas. A principios de esta semana, llegaron. Mandé un correo con las copias del nuevo caprichito de estos señores y les expliqué un poco cómo va el rollo con nosotros porque si no iban a decir que no hemos estado mucho tiempo en ningún sitio. Estas cosas, mejor explicarlas.

Total, que el miércoles nos llamaron y nos dijeron que, por fin, habíamos pasado el examen (me sentí de nuevo estudiante) pero que el dueño parecía que quería que viese el piso otra persona que se había puesto en contacto con él. Ganamos la batalla porque nosotros queríamos entrar en junio (no como los otros, que lo querían para julio) y habíamos pasado con éxito su ginkana particular.

De manera que nos dijeron que el miércoles de la semana que viene íbamos a firmar el contrato y que nos lo mandarían previamente por mail para que le echásemos un ojo por si había algún problema con alguna cláusula.

El mismo día llegó el mail con el contrato. Páginas y páginas, como todo contrato. Vamos leyendo y bien, no hay problemas… Hasta que llegamos casi al final y nos encontramos una hermosa cláusula donde indican que se prohíbe la tenencia de animales. Casi me da algo.

Ayer jueves por la mañana llamó mi churri todo indignado diciéndoles que tres veces tres habíamos comentado con ellos el tema de los gatos (lo pregunté yo la primera vez que llamé, lo comentó el churri cuando fue a ver el piso y lo volví a comentar yo cuando fui) y que no nos habían puesto, hasta el momento, ningún problema. Le dicen que lo van a consultar y nos dicen algo. Todo el día estuvieron para llamar, finalmente, a última hora de la tarde. Nos dicen que se va a modificar la cláusula para que diga algo así como que vamos a entrar con dos gatos pero ni uno más ¿eh? Dice mi jefa que lo mismo me piden fotos de los gatos, no sea cosa que luego les demos el cambiazo.

Peeero, no termina aquí la cosa. En principio nos tenía que volver a mandar el contrato modificado (el cual, sobra decir que pienso leerme otra vez enterito) pero que estaba teniendo problemas con el correo (vaya). Tal vez para cuando leáis esto ya obre en nuestro poder, dado que lo estoy escribiendo al mediodía pero no se publicará hasta la noche.

Esto es un sinvivir. En ascuas me tienen todos, a ver si se aclaran de una vez. Con un poco de suerte, dentro de unos días ya habremos firmado piso y comenzaremos con el traslado de cosas, embalaje, visitas a tiendas suecas de renombre y cosas de esa índole.

Seguiremos informando. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

La Mudanza IV: Tiempo de decisiones


Hoy he ido a ver un nuevo piso. Tiene sólo dos dormitorios pero es amplio y se puede hacer un buen apaño. Está arreglado, bonito y tiene mucha luz. El barrio está bien y hay mucho comercio. Está muy cerca del Metro… Vamos, que me ha gustado. A ver si el churri puede concertar cita para verlo una tarde de estas. El problema que tenemos es que, como tenemos los horarios completamente cruzados, nunca podemos ir juntos a ver los pisos así que, para los que le gustan a uno o a otro, siempre hay que concertar una segunda visita.

El dueño no vive ahí (punto a favor), habla bastante pero no me dijo nada de si preparaba pollo en pepitoria (punto a favor) y, como estaba allí la actual inquilina y la vi saludarle cordialmente, se nota que no hay malos rollos (doble punto a favor). Para los que no entendáis a qué viene lo de la pepitoria y el comercial lacónico del que voy a hablar a continuación, tenéis el material de consulta en capítulos anteriores. 

En principio, estamos esperando a que nos digan algo de la inmobiliaria de Comercial Lacónico que, al paso que van, la próxima documentación que nos pidan serán las fotos de la Comunión. Exageran un pelín, la verdad, pero como el piso nos gustó mucho, de momento vamos tragando hasta tener un sí o un no definitivo.

También tengo que pedir cita para ver el que vio mi churri ayer por la tarde, que también dice que estaba muy bien. Esto es un sinvivir.

Luego hay otros que nos gustaría ver pero no vemos. ¿Por qué no los vemos? Porque los teléfonos de contacto están siempre apagados o, directamente, pasan de atenderlos. No sé para qué leches ponen un teléfono si luego no van a atender. Dudo yo que vayan a alquilar el piso por telepatía.

En conclusión, tenemos como primera opción a Comercial Lacónico si se dignan de una buena vez a decirnos algo y, como segunda opción, el que vio mi churri ayer o el que he visto yo hoy. Englobo dos en la segunda opción porque como, de momento, cada uno lo ha visto uno de nosotros, no estamos seguros de si ambos cuentan con el beneplácito de los dos. Tengo que ir con urgencia a ver el que vio ayer el churri porque, con contaros que había vuelto encantado con el piso de la Sra. Pepi Toria, os lo digo todo…

Espero que, de aquí a unos días, os pueda dar la buena noticia de que ya tenemos piso y comenzaré a daros la tabarra con cosas del estilo “Mi casa es un lío de cajas”, “Esto no es un hogar, es Kosovo”, “Creo que he embalado a los gatos porque no los encuentro” y demás situaciones que todos hemos vivido en las mudanzas.

Cruzad los dedos o lo que queráis cruzar por nosotros. Rezad a quien sepáis para que termine este calvario. Por favor. 

miércoles, 16 de mayo de 2012

La Mudanza III: ¿Qué leches hacemos?


Hace muchos días que no os tengo al tanto de mi tema “mudancil” así que, al tajo.

En capítulos anteriores, os comentaba que yo estaba ejerciendo las labores de secretaria (es decir, búsqueda y concertación de visitas) y el churri hacía el trabajo de campo (o sea, ir a verlos, que no lo he visto en mi vida con un azadón en la mano).

El pacto era que los que le gustasen al churri iría a verlos yo después, a ver si estábamos de acuerdo. De momento, le han gustado dos.

El primero de ellos fui a verlo el pasado viernes. Va por medio de inmobiliaria y yo me imaginaba el típico comercial que me iba a meter el piso por los ojos pero me encontré con el único comercial lacónico que he visto en mi vida. Esto me gustó porque me contó lo que me tenía que contar y dejó que yo trastease a gusto por el piso. Es grande, tiene tres dormitorios, una terraza grande cerrada que va a hacer las delicias de mis gatos y me va a dar tranquilidad a mí, sin tener que estar pensando si acabarán con sus huesos doce pisos más abajo y, en general, está pintadito, reformadito, luminoso y cuco.  Mandamos la documentación a la inmobiliaria el lunes y estamos a la espera de que nos digan si les gustamos o no les gustamos. Dicho sea de paso, para ver el piso llevé toda la ropa de marca que encontré que combinara entre sí, para dar imagen de poder adquisitivo. 

Ese mismo lunes mi churri fue a ver otro y me dijo que le había gustado mucho así que, aprovechando que éste lo alquila directamente la dueña y que ayer martes era festivo en Madrid, decidimos ayer por la tarde hacer un rondó juntitos en plan pareja feliz e ilusionada.

Éste me ha desconcertado mucho. Tiene algunos pros, como que, si bien sólo tiene dos dormitorios, también hay que decir que son dos dormitorios enormes, así que se puede hacer un apaño muy bueno. Es luminoso, aunque interior, tiene unos armarios enormes (esto para mí es vital), está pintadito, en líneas generales cuidadito y bastante bien. Pero tiene algunos contras que a mí no me terminan de convencer. Para que me entendáis mejor, relato la crónica de la visita:

Según baja la señora a abrirnos ya se pone a contarnos que su hija, que también vive en el edificio (luego nos enteramos de que el edificio entero es de la señora en cuestión y ahí vive casi toda su familia), se ha separado del marido pero que ella no quiere que vuelvan porque el marido es un chulo que sólo le quiere sacar el dinero a su hija y que, dado que tiene un muy buen trabajo (nos dijo cuál era pero, por una vez, voy a ser más discreta que la señora), no tiene ninguna necesidad de volver con el marido y que prefiere que su hija esté solica, que está mucho mejor.

Mientras nos enseñaba el piso nos habló de su hija, nos habló del vecino ginecólogo de arriba, nos habló de uno del bajo que es moroso y no limpia nunca, nos habló de su pueblo y nos explicó cómo se prepara el pollo en pepitoria. No lo digo por hacer la gracieta. Nos lo explicó. Lo de la pepitoria vino porque, cuando estábamos viendo la cocina (que, por cierto, la de los Alcántara era mas moderna), a mi churri no se le ocurrió mejor idea que decirle que el cocinillas de casa era él. Así que ella, emocionada, le empezó a hablar de cocina y le dijo que, si nos quedábamos, ya le explicaría ella cómo se hacía el pollo en pepitoria.

Luego se puso a hablarnos de unos árabes que ella conoce no sé por qué razón (mi cerebro desconectaba de a ratos) y que la adoraban y que cada vez que la veían le daban un gran abrazo. Hasta aquí, vale, aunque la historia no viniese a cuento. El problema es que quiso ilustrar el relato abrazándome a mí. Cuando me llegó el abrazo yo estaba con los brazos cruzados y reconozco que el momento me pilló por sorpresa, de manera que reaccioné como un Teletubbie en su primer día de trabajo. Me quedé en plan “¿La abrazo también a ella o me quedo aquí, tiesa como un palo?”. Opté por, al menos, descruzar los brazos y reírme como una idiota.

Superado el susto, nos dijo que le gustaría mucho que los inquilinos fuésemos nosotros porque no tenemos niños ni perros, porque ambos lo destrozan todo. Tenemos gatos pero eso no parecía importarle. Decía “Pueden estar en la terraza” a lo que yo alegaba que al ser la terraza abierta me daba miedo que se cayesen o se diesen un garbeo por las terrazas de los vecinos, a lo que pregunta “¿Pero no tienen jaula?” Esto ya me descolocó por completo y le digo “No, están sueltos”. Pensé que iba a decir que entonces tampoco quería gatos pero no nos puso mayores problemas. De hecho, comentamos que en todo caso quitaríamos la alfombra del salón porque no queríamos que los gatitos la enganchasen y me suelta “Tú por eso no te preocupes, hija. Si se rompe pues se tira”. Yo, cada vez entendía menos.

Tuvimos que decirle que teníamos mucha prisa y nos teníamos que ir porque no nos soltaba ni forcejeando con ella. Cuando nos íbamos, descubrí (con gran terror por mi parte, debo añadir) que la señora vive justo en el piso de enfrente, así que me la imaginé en mi casa día sí día también contándonos la vida de los vecinos, preguntándonos por la nuestra para ir a contársela al ginecólogo de arriba o al moroso de abajo y trayéndonos tuppers con pollo en pepitoria.

En conclusión, que la señora está deseando que le digamos que sí y me dice “A tu marido le gustó mucho el piso”. Opté por no decirle que no estamos casados, no sea cosa que diga que tampoco quiere gente viviendo en pecado o me pregunte si por la noche guardo al churri en una jaula para evitar tentaciones deshonestas.

Así que ahora me veo en un brete. Por un lado prefiero el que vi el viernes, con su comercial lacónico y su cocina del siglo XXI  pero a lo mejor la inmobiliaria nos dice que no y la Sra. Pepitoria es un valor seguro. Supongo que esperaremos unos días a ver qué nos cuenta Comercial Lacónico y, en base a eso, decidiremos.

Me ha quedado una entrada de dimensiones históricas. Lo siento si os he aburrido (siempre intento que las entradas no sean demasiado largas para que se puedan leer rápido y sin cansar a la gente) pero, por más que he intentado resumir, cada detalle superaba con creces el anterior.

To be continued…

jueves, 3 de mayo de 2012

La mudanza II: Optimizando recursos


He de reconocer que la mudanza está sacando lo peor de mí. Estoy un tanto agobiada y no tengo la proverbial paciencia que suelo tener.

Dado que el churri y yo tenemos los horarios bastante cruzados y que los míos no son, ni de lejos, los de una persona normal, lo más probable es que, los pisos que haya que ir a ver, los verá primero el churri, al menos para hacer un filtrado previo y ya veremos si yo puedo acercarme en algún momento a darles un repaso o si me tendré que fiar de su criterio (me fío bastante, de todas formas, la verdad sea dicha).

Es de esta manera que la primera búsqueda a través de Internet, de la que os hablaba hace un par de días, la he hecho yo y luego, sobre mi búsqueda, hemos visto con el churri los que nos convencían a los dos.

En base a esta selección, me ha pedido que le realizase un listado con los pisos, para que él pueda ir llamando. A mí me dicen “listado” y tengo orgasmos múltiples. Así que me puse a currarme un fichero de Excel con la zona, el barrio, el precio, el teléfono de contacto, observaciones y demás. Me estaba quedando monísimo pero, según yo hacía eso, a mi amado le dio por ponerse a hacer revisión de armario, a ver si tenía ropa para tirar. Así que, mientras yo hacía el Excel, tenía que estar al mismo tiempo asistiendo a un pase de modelos y respondiendo preguntas del estilo “¿Qué tal me queda?” “¿Me hace gordo?” “¿Me marca la barriga?”. A la cuarta o quinta prenda, ya le dije algo como que no podía estar yo haciendo el listado y al mismo tiempo dando consejos de estilismo, a lo que él contestó que, en cuanto tengo un Excel delante, me teletransporto al trabajo y ya no se me puede interrumpir con nada. Dicho esto, fue hacia la cocina.

Llegados a este punto, tengo que explicar que mi casa (ex casa, en breve) tiene un pasillo larguísimo, de manera que, si uno se pone a farfullar en el salón, el que está en la cocina sólo oye el “farfulleo”, pero no el contenido del mismo.

Empiezo yo a farfullar:

- Encima me dices eso, después de que he buscado todos los pisos y que te estoy haciendo el listado.

El churri, desde la cocina, evidentemente no escuchaba con claridad mis sesudas protestas, que no admitían discusión alguna así que, como él es muy educado, me gritó desde la cocina:

- Si me estás echando la bronca por algo espérate a que vaya para allá porque no te oigo. No malgastemos tu esfuerzo.

De más está decir que me dio tal ataque de risa que fui incapaz de seguir echándole la bronca. Él sí que sabe cómo hacer para que una reprimenda no derive en discusión. 

martes, 1 de mayo de 2012

La mudanza I: A vista de pájaro


Llevaba unos días dándole vueltas a este post pero, dado que aún no había oficializado la noticia a los más allegados, me parecía feo publicarlo en el blog antes.

Como mis allegados ya lo saben, ahora os toca a vosotros. El churri y yo, que vivimos de alquiler, vamos a mudarnos debido a que van a vender el piso en el que vivimos.

Estamos mirando con un poco de calma, porque tenemos de tiempo hasta julio pero, como soy previsora, prefiero ver con tiempo y quitarme el problema de encima cuanto antes.

Años hacía que no buscaba vivienda. Cuando volví de Montevideo, encontré un piso monísimo en Guadarrama con vista a las montañas y ahí estuve viviendo cinco años, hasta que me mudé al piso donde vivo ahora, que es donde lleva años viviendo el churri.

No imaginaba, por tanto, que buscar piso podía llegar a resultar una tarea tan hilarante y sorprendente (a veces pienso si no seré yo, que soy muy pava, y encuentro el punto surrealista o raro en todo).

Dado que aún no hemos ido a conocer ningún piso “personalmente” todo el contacto que hemos tenido con ellos ha sido a través de Internet y, a fecha de hoy, sería capaz de clasificar los anuncios en varias categorías:

1- Los ampulosos

Estos te ofrecen el piso como si te estuvieran haciendo el favor de tu vida. No paran de destacar las bondades de la cocina, el baño, las comunicaciones, los colegios que tienen cerca, el barrio y hasta lo buenísima que está la vecina de enfrente.

2- Los humildes

Son lo contrario que los de la categoría anterior. Con todo se excusan. “Es interior pero luminoso”, “la cocina es pequeña pero bonita”, “es mejor verlo porque las fotos no me han quedado muy bien”… Dan mucha penita. Estos serán los primeros que vea, aunque más no sea para darles una palmadita en la espalda y decirles "Ea, ea, por lo menos lo has intentado".

3- Los orgullosos

Hay algo en concreto, de toda la casa, que les produce especial satisfacción y, como consecuencia, el ochenta por ciento de las fotos que cuelguen, tendrá eso como protagonista. ¿Que te gusta el sofá? Pues foto del sofá de frente, el sofá de perfil, foto general del salón con el sofá en primer plano… Si estás contento con el baño, pues detalle de la grifería, detalle del espejo, detalle del plato de ducha y detalle del rollo de papel higiénico. Me causan desconfianza porque, cuando se centran tanto en una sola cosa, a saber por qué no me enseñan tanto el resto del piso.

4- Los hogareños

Se ve que quieren dar un aspecto cálido al piso. Desean que eso se vea como algo lleno de vida, así que no les importa en absoluto sacar fotos donde, en mitad de la escena, se vea un cubo de fregar, una toalla colgada, un cepillo de dientes usado… Para que te imagines la acción en toda su magnitud.

5- Los interioristas

Reconozco que he visto fotos de pisos decorados con muy buen gusto pero hay otros que se ve que se creen tocados por los hados en lo que a decoración de interiores se refiere pero esto se debe seguramente a que se lo dijo alguien que lo quiere mucho en su familia. Recuerdo con auténtico terror (y esto es verídico), un piso donde se podía apreciar un cartel decorativo en el baño con el dibujo de unos ratones fornicando. La cosa no quedaba aquí. Presidiendo la pared del salón, había un corazón realizado con luces de navidad y, en una estantería, se observaba una pequeña maceta de lata con una mano artificial asomando de la misma… Dantesco.

6- Los “vintage”

Vale que los objetos revival estén de moda pero eso no significa que equipes el piso con el mobiliario de la casa del pueblo de tu abuela. Se trata de poner detallitos, no de vivir como un amish. He llegado a ver (no en un solo piso, sino en varios), cosas como: un escritorio antiguo de estos que tenían un tablero plegable, combinado con dos sillones de piel verde con las patas un poco en diagonal (estos que causaron furor en los setenta, no sé si me explico bien). Me estaba imaginando sentada en un sofá de esos, con mi portátil rosa super fashion horterísima de la muerte que me tiene loquita de amor apoyado en el escritorio y, sentado en el sofá de al lado, un fantasma leyendo por encima de mi hombro; un aparador inmenso de madera oscura, oscurísima sobre cuya superficie descansaba… un teléfono de disco!!! Vintage, vintage.

7- Los enemigos de las nuevas tecnologías

No se apañan mucho con el manejo de la cámara, así que cuelgan las fotos como salgan. Si salen de canto, pues de canto, que para eso tenemos el cuello articulado. Hay pisos que prácticamente los he tenido que ver haciendo el pino sobre la silla. 

8- Los "Andy Warhol"

Fotógrafos profesionales frustrados que quieren dar a conocer al mundo su talento, aunque sea publicitando un piso. Lo suyo es el arte conceptual. ¿Para qué vas a sacar la foto de un mueble de frente si puedes hacer un contrapicado de infarto? No te enteras de qué tiene el piso pero sientes que estás en una visita virtual al MOMA.

9- Los de los requisitos raros

Creo que son los que más miedo me dan. Recalco que todos los ejemplos que estoy poniendo son reales, lo he visto yo con estos ojitos. He leído cosas como “Se requiere inquilino menor de treinta años con salario mínimo interprofesional”. Básicamente le comuniqué al churri que, para este piso en particular, éramos demasiado viejos y demasiado ricos. ¿Qué motivo puede haber en querer un inquilino imberbe y pobre? De más está decir que el alquiler costaba más que un salario mínimo interprofesional así que no sé yo si el casero será adicto a las demandas y todo su afán es alquilar el piso para poder ir a los juzgados un par de meses más tarde.

Otra perla. Pongámonos en situación. Piso vacío, sin muebles y con suelos de sintasol pero donde prohíben animales. ¿Tanto aprecio le tienes a tu sintasol? Lo más curioso es que este lo vengo viendo desde hace ya un tiempo. Me imagino a los posibles inquilinos yendo a verlo y el dueño, desesperado, gritando “Cuidado por dónde pisáis!!! No vayáis a estropear el sintasol!!!”. Esto tiene que acojonar. Fijo.

Ya os iré contando nuestro proceso de búsqueda y mudanza porque la cosa promete darme material para varios posts, así que inauguro la etiqueta “La mudanza”