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miércoles, 11 de marzo de 2015

Anuncios Pesadillescos CXXX: Amor eléctrico

Los productos de limpieza nos dejan grandes joyas en esto de los anuncios pesadillescos. Creo que esta marca ya había tenido su momento de protagonismo en esta sección pero me sigue dando tantos momentazos que no he sido capaz de resistir la tentación de compartir con vosotros esta nueva creación.

Una mujer frente al lavavajillas sostiene una copa entre sus dedos. Casi con asco. No es que esté sucia, sino mojada. A viva voz, reprocha al lavavajillas su ineptitud con un “Oh, no. Otra vez no lo has secado. No lo entiendo”, mientras la copa chorrea más agua que las cataratas del Niágara. Por cierto, inciso, ¿habéis notado que en un montón de anuncios la gente muestra su descontento iniciando las frases con “Oh, no”? Queda como muy Shakespeare. No conozco a nadie que use esa expresión.

Seguimos. Un técnico que aparece de la nada en la cocina de esta buena señora aficionada a la tragedia griega le explica que el problema no está en el lavavajillas, pobrecito él. Ella, lejos de asustarse y llamar a la policía, escucha atentamente las palabras del técnico que se ha colado en su vivienda (con cartelito identificativo, eso sí). Él le explica pacientemente que para solucionar el inconveniente no tiene más que usar abrillantador – Uno en concreto, claro está que no vale cualquiera – en cada lavado, ya que esto ayudará a que la vajilla seque mejor que echándole sólo detergente. Hay que ver las cosas que aprende una. Confieso que yo no lo sabía porque, aunque mi casa venía con lavavajillas, no lo he usado jamás porque tardo menos en lavar a mano como toda la vida y dejar que las cosas se sequen al aire. Y no les reprocho que estén húmedas ni nada, soy un alma generosa.

Y, por si todo esto fuera poco, aquí viene el momento más vergonzoso y surrealista del anuncio; ése que le ha hecho merecedor de tener su hueco en esta sección. Nos enseñan un plano de la mujer acuclillada frente al lavavajillas, abrazada al electrodoméstico al tiempo que hace caricias a su lacada forma cúbica y diciéndole “Lo siento”.

Cuando vi el anuncio estaba cenando y creedme si os digo que el tenedor se quedó a medio camino de mi boca abierta. ¿Le pide disculpas a un electrodoméstico por haber osado pensar mal de él? Y yo que decía que soy rara porque cuando doy sin querer un golpe a los gatos les pido perdón. Esto ya es de traca.

Voy a tener que ir a presentar mis respetos a los electrodomésticos de mi casa para que vean que valoro su labor y su esfuerzo diario en hacernos la vida más fácil, no sea cosa que un día se me rebelen y se pongan en huelga por no haberse sentido lo suficientemente queridos.

No quiero ni imaginarme la cara de esta mujer cuando le dieron el guion del anuncio y comprobó que iba a tener que hacerle carantoñas al lavavajillas.

Lo que hay que hacer.

lunes, 9 de marzo de 2015

Crónicas Felinas CXXV: Perdiendo la cordura

Marrameowww!!!

La bruja últimamente anda un poco agobiada de trabajo. La consecuencia de esto es, aparte de que tiene más cara de cadáver que nunca, que está más despistada de lo habitual.

Tiene la costumbre de llevarse una barrita de cereales al trabajo, dice que para merendar algo sano, aunque luego vaya a la máquina de la cafetería y arrase con las bolsas de patatas fritas que encuentre. Por cierto, el otro día andaba protestando porque dice que en dicha cafetería han puesto unas servilletas con la leyenda “Gracias por su visita”. Indignada andaba diciendo “A ver si éstos se creen que como ahí por gusto como para tener que andar dándome las gracias por la visita. Mejor que se molesten en quitar el cartel de No Hay Salida que se divisa en cuanto subes la escalera, que eso desmoraliza a cualquiera” y bla, bla, bla. Confieso que ahí desconecté y ya no me enteré de mucho más. Está tan cansada que ya cualquier cosita de nada es un motivo más que tiene para protestar y uno no ha nacido para consejero espiritual ni mucho menos para psicólogo. A mí que me den de comer y me limpien el cajón de arena y ya está; paso de andar escuchando sus problemas, la verdad.

Perdón, que me disperso. Hablaba de la barrita de cereales. El caso es que ya lleva dos días que se la olvida en casa pero no dentro del armario de la cocina sino arriba de la encimera o sobre la mesa del salón. Esto, claro está, hace las delicias de Munchkin, que no pierde oportunidad de pillar la barrita que haya sido abandonada a su suerte y utilizarla de juguete hasta que destroza el envoltorio y, si puede, se zampa un trozo, que ya sabéis desde la semana pasada que últimamente en esta casa nos racionan la comida como estuviésemos en economía de guerra.

Daría lo que fuera por ver la cara de la bruja cuando abre el bolso en la oficina y se pone a revolver infructuosamente en busca de su olvidada barrita de cereales. Ya me la imagino blasfemando en arameo recordando que una vez más la ha dejado en casa, a merced de las fauces del jovenzuelo.

Por lo demás, de momento no se ha olvidado de nada más pero no descarto que en cualquier momento salga en pantuflas a la calle, porque uno la mira a la cara y se da cuenta de que está perdiendo el poco norte que le iba quedando. A mí me da un poco de miedo, lo reconozco. Porque el hecho de que vaya dejando barritas de cereales desparramadas por ahí o incluso que salga a la calle en pantuflas o con la toalla enroscada en la cabeza me da bastante igual pero, ¿y si un día se olvida de echarnos de comer? Eso sí que sería una auténtica desgracia así que desde aquí insto a los jefes de la bruja a que la dejen respirar un poco más.

Prrrrrr.

jueves, 5 de marzo de 2015

Hay una carta para ti (o para cualquiera)

Hoy hablaré de una carta. Adoro cuando me llegan estas cosas.

Cerradita como estaba, sólo vemos “Sr./Sra. INVITACIÓN PERSONAL”.

Ya empezamos bien. Tan personal no será la invitación cuando no saben ni a quién la dirigen pero bueno, procedamos a su apertura.

Lo primero que llama la atención es el cuerpo de letra tamaño XXL que puede leerse sin necesidad de gafas aunque seas primo hermano de Rompetechos. No se conforman con la letra gigante sino que, además, hacen uso indiscriminado de las mayúsculas, la negrita, el color rojo y unas fotos gigantes de las que hablaremos a continuación. Un deleite para la vista.

El motivo de este bombardeo visual es invitarnos a una “conferencia” donde van a enseñarnos (sólo a enseñarnos para dar envidia, en ningún momento se les pasa por la cabeza vendérnoslos) productos para nuestra salud y nuestro descanso.

Ya de por sí la oferta suena tentadora pero, si necesitamos algún aliciente más, nos prometen que nos van a regalar una de estas dos maravillas si vamos a acompañados de nuestro cónyuge (a los solteros que les den; deberían estar agradecidos de que les den una excusa para no quedarse en casa muertos del asco).

Opción 1 (con fotaca): Un cojín terapéutico relleno de gel. Según dicen, anunciado en televisión, que esto siempre es sinónimo de calidad. ¿A quién se le va a ocurrir pensar que algo que anuncian en televisión puede ser malo? Nota mental: Buscar el anuncio de este cojín. La cosa promete.

Opción 2 (con fotaca más grande): Una extraordinaria garrafa de aceite de oliva virgen. Juro que lo de “extraordinaria” no me lo he inventado yo. La marca de la que viene en la foto es la de una cadena de supermercados francesa de lo más conocida aunque nos advierten que la marca puede cambiar según existencias, no sacrificando por ello la magnífica calidad del producto.

Ante este soborno irresistible, ¿cómo decir que no? Además, si invitas a este evento tan interesante a  un matrimonio amigo (¿Qué tendrá esta gente contra los solteros? ¿Pedirán el libro de familia para comprobar si realmente ése que te acompaña es tu marido o si has ido con el vecino del bajo?) ellos se llevan los mismos regalos que te lleves tú. Halaaaaaa. Vamos a freír más patatas que en la guerra todos.

Y no termina aquí el despliegue de ventajas. Si llevas cien euros y los enseñas (hacen hincapié en que sólo tienes que enseñarlos) te dan otro estupendo regalo del que prefieren mantener el misterio. Está bien, esto; así cuando más tarde te quieran vender algo por valor de cien euros, no tienes excusa para decir que no has llevado. Qué lissssstos son.

Eso sí, para beneficiarse de este planazo, tienes que ser mayor de 55 años. Los jóvenes no tienen derecho a freír nada ni a aposentar el culete en cojines de gel y se exige DNI, según dicen, así que nada de hacerse los listillos.

Jo, con las ganas que tenía de ir…

miércoles, 4 de marzo de 2015

Anuncios Pesadillescos CXXIX: Eso no se hace

Una pareja y su hijo pequeño se montan al coche para emprender un viaje. Según la madre está acomodando a su vástago en el asiento trasero le hace la siguiente promesa “Cuando paremos a echar gasolina, te compro un helado”.

Un brillito de ilusión asoma en los ojitos jóvenes e inocentes de nuestro protagonista. El vehículo emprende su camino y pasa por un valle… y una gasolinera que el niño mira con alegría, pero no paran… pasa por campos… y una gasolinera que el niño mira con grandes expectativas, pero no paran…  pasa por montañas y por ríos y por desiertos y por multitud de paisajes con sus respectivas gasolineras que podamos imaginar pero nunca, nunca jamás paran.

Y el anuncio es básicamente eso. En cada gasolinera el niño recupera la esperanza pero sus ilusiones se ven truncadas una y otra vez. La voz en off nos informa que el coche en el que viajan es capaz de aguantar mil kilómetros sin repostar. Eso es aguante, ni los camellos de los beduinos, oye.

Y mil kilómetros son muchos kilómetros. Es como ir de Madrid a… muy lejos. Si calculamos una velocidad de crucero de 100 kilómetros por hora nos daría un viaje de 10 horas. Y me pregunto yo qué clase de ser perverso ha ideado este plan maquiavélico para mantener a los niños calladitos durante diez horas con  la vana promesa de un hipotético postre que no llegará nunca. Y me atrevo a ir más allá. El creativo publicitario puede idear lo que le dé la gana (ya nos tienen acostumbrados a ello; no vamos a andar rasgándonos las vestiduras a estas alturas) pero, ¿de verdad le parece un buen reclamo para los padres? “Compre este coche y podrá tener  a los niños engañados durante horas. No darán por saco en mil kilómetros. Una ganga, oiga”.

Yo no soy madre pero me parece que se me quitarían las ganas de comprar un coche que puede ser usado como instrumento de tortura medieval con mis churumbeles. Es que me sentiría hasta mala madre comprándolo. Ya me imagino a las vecinas murmurando a mi paso “Mira la del tercero, se ha comprado un coche especial para que los niños no les fastidien más”. No da buena imagen, qué queréis que os diga.

Un coche con orinal incorporado para los que están en plena operación pañal ya sería otra cosa. No habría que estar parando a cada rato pero el niño estaría contento porque tendría un lugar donde demostrar lo mayor y lo autónomo que es. Los padres, mientras tanto, pueden ir sacando fotos para subirlas a Twitter y todo sería alegría y buenos momentos familiares. De hecho, si este coche en concreto puede hacer mil kilómetros sin parar, creo que los orinales deberían venir de serie. Orinales para todo el mundo, que uno puede aguantar diez horas sin tomar un helado pero sin hacer pis ya lo veo más complicado.

Eso sí que sería una auténtica tortura, ahora que lo pienso. 

lunes, 2 de marzo de 2015

Crónicas Felinas CXXIV: La compañía da hambre

Marrameowww!!!

Desde la llegada de Munchkin a nuestras vidas he tenido que cambiar considerablemente mi rutina alimentaria.

Tanto en vida de Luhay como en la época en que fui gato único, la comida se dejaba en el platito y uno iba comiendo a demanda hasta que se acababa el platito y la bruja o el consorte lo rellenaban para recomenzar el proceso.

Hasta ahora, a Munchkin y a mí nos estaban poniendo la comida repartida en tres veces, dejándonos separados en diferentes habitaciones hasta que cada uno había dado debida cuenta de su alimento. Al principio achacaba esto a que el infante aún vivía a base de comida de cachorro y no es recomendable ni que él zampe comida de adulto ni que yo ataque su comida de bebés (aunque está muy rica y en cuanto podía, pillaba un grano). Por tanto, pensé que la situación se normalizaría ahora que Munchkin ha pasado por el duro trance de decir adiós a sus atributos masculinos y volveríamos a la política del platito único y el buffet libre.

Pero me equivocaba, queridos lectores. Y mirad que me fastidia reconocer que me equivoco. A pesar de que ya estamos comiendo los dos el mismo pienso, continuamos con las tres comidas diarias pesadas hasta el último gramo. El motivo, como seguramente adivinaréis, es que Munchkin es un zampabollos y come todo lo que le pongan por delante. Es más, él mete la cabeza en el cuenco y no para hasta que lame fondo. Y claro, no es plan porque, de compartir el mismo plato, yo iba a terminar como el espíritu de la golosina mientras él se pone cada vez más rechoncho; y de verdad que digo esto último con absoluta imparcialidad y basándome en las más estricta observación científica. No hay más que ver las chichas colgantes que se menean con ritmillo cadencioso al ritmo de sus andares.

Y tengo que decir que no estoy muy contento con este nuevo sistema. Antes iba comiendo de a poquito, lo que provocaba que tuviera siempre la tripita satisfecha. Esto de comer cada ocho horas es una especie de tortura medieval porque ahora me ponen el plato y, por supuesto, tengo hambre. Esto hace que degluta su contenido de una sentada, sin apenas respirar. Y como me lo trago todo de golpe, me quedo lleno. Y no mola porque después se me pasa y el hambre va aumentando, va aumentando y cuando ya llevo seis horas sin comer siento que desfallezco de inanición y miro con ojitos desesperados al humano que tenga más cerca pero están en un plan muy intransigente últimamente y no dan su brazo a torcer, los muy asquerosos.

En definitiva, que casi prefiero que me habiliten para mí solo una habitación de la casa, donde poder tener la comida a mi disposición todo el día, qué queréis que os diga. Será una vida más solitaria pero menos privativa.

No sabía que éste era el precio a pagar por la compañía. Me engañaron vilmente.

Prrrrrr.