De esto ya ha pasado tiempo pero, con esto de que me fui de
vacaciones, al final no os lo conté y se me quedó este tema pendiente en la
lista de posts futuros.
El viernes previo al puente del 15 de mayo estaba yo
trabajando tan alegremente (o no tan alegremente pero es mejor tomarse las
cosas con humor) cuando, algo más de una hora antes de terminar nuestra
jornada, nos instaron a apagar todos los ordenadores. Desconocíamos el motivo
hasta que nos enteramos de que el responsable era el ciberataque que tuvo en
jaque al mundo entero.
Nuestra empresa no estaba afectada pero, por seguridad, nos
mandaron desconectarlo absolutamente todo hasta nuevo aviso. Nosotros decíamos
que vaya forma de perder el tiempo para una hora que quedaba así que, al final,
en vistas de que la cosa no tenía visos de solucionarse en breve, nos mandaron
a todos para casa una hora antes.
Yo estaba que daba palmas con las orejas. A eso llamo yo
empezar un puente por la puerta grande. Iba a tener más tiempo para mí. Genial.
El problema fue que, como todavía no estaba claro qué
alcance tenía el ciberataque ni cuáles eran realmente los objetivos, el churri
me prohibió terminantemente encender el router de casa ni acceder a nada que
tuviera contraseña. Así que desconecté del móvil el Facebook, el Twitter y
hasta Bloglovin´ y, por último, desconecté los datos por si acaso.
Y ahí fue cuando me di cuenta de lo extraña que se torna la
vida cuando no tienes acceso a redes sociales.
Nunca me he considerado adicta a ellas pero sí debo reconocer que se me
hacía muy raro no poder consultar cada cierto tiempo si alguien había
actualizado el blog, o qué contaban mis primos desde allende los mares o cuál
era la nueva polémica tuitera. Una sensación muy extraña, como de ama de casa
de los cincuenta viendo la tele como única vía de información del mundo
exterior.
Me di cuenta de que mis manos, por puro instinto, se
dirigían al móvil movidos por un acto reflejo de consultar novedades y se
detenían a mitad de camino una vez que tomaban consciencia de que no había más
tela que cortar. No es que me sintiera desesperada ni ansiosa (no llego a
tanto) pero sí me sentía mortalmente aburrida, a lo que debo agradecer el hecho
de haber adelantado considerablemente en mis lecturas pendientes.
Y esto me dio que pensar si necesitaré desintoxicarme de
tanta tecnología o si simplemente será que las redes sociales ya forman parte
de mi vida y estos actos reflejos son ya tan naturales como cuando se va la luz
y por instinto pulsamos el interruptor al entrar en una habitación y no hay
tanto de lo que preocuparse.
¿Y vosotros como vivisteis el ciberataque? ¿Os atacó la
paranoia como a una servidora o pasasteis tres kilos del tema y seguisteis con
vuestra vida tecnológica normal? ¿Dependemos demasiado de las aplicaciones?
Hala, empezad a opinar.