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jueves, 15 de junio de 2017

De cómo no tuve Internet y viví para contarlo

De esto ya ha pasado tiempo pero, con esto de que me fui de vacaciones, al final no os lo conté y se me quedó este tema pendiente en la lista de posts futuros.

El viernes previo al puente del 15 de mayo estaba yo trabajando tan alegremente (o no tan alegremente pero es mejor tomarse las cosas con humor) cuando, algo más de una hora antes de terminar nuestra jornada, nos instaron a apagar todos los ordenadores. Desconocíamos el motivo hasta que nos enteramos de que el responsable era el ciberataque que tuvo en jaque al mundo entero.

Nuestra empresa no estaba afectada pero, por seguridad, nos mandaron desconectarlo absolutamente todo hasta nuevo aviso. Nosotros decíamos que vaya forma de perder el tiempo para una hora que quedaba así que, al final, en vistas de que la cosa no tenía visos de solucionarse en breve, nos mandaron a todos para casa una hora antes.

Yo estaba que daba palmas con las orejas. A eso llamo yo empezar un puente por la puerta grande. Iba a tener más tiempo para mí. Genial.

El problema fue que, como todavía no estaba claro qué alcance tenía el ciberataque ni cuáles eran realmente los objetivos, el churri me prohibió terminantemente encender el router de casa ni acceder a nada que tuviera contraseña. Así que desconecté del móvil el Facebook, el Twitter y hasta Bloglovin´ y, por último, desconecté los datos por si acaso.

Y ahí fue cuando me di cuenta de lo extraña que se torna la vida cuando no tienes acceso a redes sociales.  Nunca me he considerado adicta a ellas pero sí debo reconocer que se me hacía muy raro no poder consultar cada cierto tiempo si alguien había actualizado el blog, o qué contaban mis primos desde allende los mares o cuál era la nueva polémica tuitera. Una sensación muy extraña, como de ama de casa de los cincuenta viendo la tele como única vía de información del mundo exterior.

Me di cuenta de que mis manos, por puro instinto, se dirigían al móvil movidos por un acto reflejo de consultar novedades y se detenían a mitad de camino una vez que tomaban consciencia de que no había más tela que cortar. No es que me sintiera desesperada ni ansiosa (no llego a tanto) pero sí me sentía mortalmente aburrida, a lo que debo agradecer el hecho de haber adelantado considerablemente en mis lecturas pendientes.

Y esto me dio que pensar si necesitaré desintoxicarme de tanta tecnología o si simplemente será que las redes sociales ya forman parte de mi vida y estos actos reflejos son ya tan naturales como cuando se va la luz y por instinto pulsamos el interruptor al entrar en una habitación y no hay tanto de lo que preocuparse.

¿Y vosotros como vivisteis el ciberataque? ¿Os atacó la paranoia como a una servidora o pasasteis tres kilos del tema y seguisteis con vuestra vida tecnológica normal? ¿Dependemos demasiado de las aplicaciones?

Hala, empezad a opinar.

miércoles, 14 de junio de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIX: Los pavos macarras (II)

Vamos con el segundo anuncio de esta bilogía que comenzamos la semana pasada (podéis ver el primero aquí).

Vemos a los mismos cuatro amigos del primer anuncio en el mismo garito aunque esta vez, se encuentran en la barra. Quiero creer que tanto la escena anterior como esta suceden en el mismo día porque van vestidos exactamente igual así que, si son dos días diferentes, estamos ante el grupo de amigos más aburridos (o raros) de la historia. Van siempre al mismo sitio y tienen un “uniforme” para salir a tomar algo.

Sea como fuere, el camarero coloca la cuenta sobre la barra. La que antes no tenía suelto la coge entre sus dedos y la lee alejándola bastante de su cara. No sé si es porque tiene hipermetropía o porque la cuenta le da como asquito y quiere mantenerla lo más alejada posible. Anuncia que tocan a cuatro pavos por persona. El que tenía una necesidad imperiosa de ir a un cajero en el anuncio previo, se asoma por detrás del hombro de la chica para echar un vistazo a la cuenta. O no se fía de las habilidades de cálculo de su amiga o se fía demasiado y tiene miedo de que los time y se quede con la diferencia. Vaya amigos.

Este mismo chico dice no tener suelto. ¿Será que entre el anuncio anterior y este ha ido al cajero y ahora sólo tiene billetes grandes? Os dije que esto iba a suceder; os lo dije.

La otra dice que le da sólo dos pavos porque se ha tomado solamente una (a sitios muy baratos va esta gente). Nótese que esta misma chica decía en el anuncio anterior que no tenía más que un billete de cincuenta así que no sé ahora de repente cómo tiene moneditas. Ahhhh, te hemos pillado, lagarta.

El que en anteriores capítulos se mostraba indignadísimo porque todo el mundo le ponía excusas para pagar el regalo de otra amiga, ha aprendido la lección y alega tener que pasar por un cajero porque ha aprendido que esta excusa ya le sirve para dos veces.  

Y, como no podía ser de otra manera, aparecen en escena los pavos. Ahora, en vez de bates, uno de ellos va armado con un taburete. El otro se ha puesto unos guantes que parecen de goma, de estos de fregar. Debe trabajar en la cocina o no quiere estropearse esas manos tan grimosas liándose a puñetazo limpio.

Pero esta vez no recurren a la violencia física sino psicológica. El de los guantes mete su moco (esa cosa que les cuelga a los pavos) en la copa de la nueva víctima y remueve con él su cubata, obligándola posteriormente a bebérselo.

Es de esta manera que, finalmente, la pobrecita (aunque de pobrecita tiene poco porque bien que se escaqueó en el anuncio anterior) termina cobrando mientras los pavos acosan al resto del personal.

Y así hemos dado caza a los cuatro. Yo tenía que haber sido detective privada.

lunes, 12 de junio de 2017

Crónicas Felinas CCXVI: Tiempos de venganza

Marrameowww!!!

Como bien sabéis, no me gustan nada las visitas (salvo las de los padres del consorte porque me dan jamón), así que, desde que se fueron las que la bruja utilizó como excusa para tomarse estas últimas vacaciones blogueriles, no he parado de vengarme.

Al día siguiente de irse las visitas, tiré al suelo la toalla del consorte y me hice pis en ella. No es algo que me entusiasme hacer, porque yo soy muy de buscar la intimidad del cajón y después dejar mis cosas convenientemente tapadas pero de alguna forma tenía que hacerles saber mi indignación. Dado que echaron a lavar esa toalla, me hice pis también en la de repuesto y en la alfombrilla. Pensaba seguir hasta que el consorte no tuviera más  remedio que secarse con una camiseta o con el paño de la cocina pero ahí ya se les encendió la bombilla y decidieron dejar cerrada la puerta del baño.

Como tenía que buscar otra manera de atraer su atención y tenerlos todo el día pendientes de mí una vez que ya habían puesto coto a mi plan A, empecé a hacerme el remolón con la comida. En verano siempre como menos porque los calores en esta casa no hay quien los aguante y esto me sirve como excusa para tenerlos constantemente detrás de mí con el platito en ristre para que coma.

Así que he aprendido que es maravilloso ponerme a maullar pidiendo comida para que me acerquen el plato y luego olerlo y no comer. O decidir que la comida me la tienen que poner en el baño o en la habitación donde el consorte tiene el ordenador o en el sitio que a mí se me ocurra en el momento. Sobre todo si la bruja se acaba de sentar, porque así la obligo  a volver a levantarse para perseguirme con el plato por toda la casa.

También he descubierto que es divertido dejar de comer de mi plato e irme a comer al plato de Munchkin, con lo que he conseguido que la bruja llegue incluso a cambiarnos la comida de un plato a otro. Esto es extremadamente divertido porque la bruja tiene las manos muy canijas, así que no veáis las risas cuando la veo intentando coger toda mi ración en una sola mano sin que se le caigan por ahí los granitos de pienso para poder coger lo del imberbe con otra mano y así cambiar todo del verde (el mío) al rosa (el del niñato) para que al final yo termine comiendo dos granos de ahí y pasando kilos del tema.

Eso sí, como tonto no soy. Después de montar semejante número con la comida, me pongo a jugar con lo que  primero encuentre a mano o a dar saltos sin ton ni son por la casa para que vean que estoy vital y enérgico. No sea cosa que se piensen que estoy malo y me terminen llevando al veterinario. Debo considerar las consecuencias.  

Soy un genio del mal.

Prrrrrr.  

jueves, 8 de junio de 2017

De visitas, regalos y una espalda tribanda

Ya sabéis que soy muy fan del buen tiempo, por lo que en estas vacaciones he disfrutado mucho, aunque no haya salido todos los días. A mí el simple hecho de poder estar en casa en manga corta y observar cómo la ropa se me seca en el mismo día, ya me hace una persona feliz.

Como recordaréis, os comenté que esperaba visitas de allende los mares, que vinieron una noche a casa y después tiraron para el norte, para finalmente volver a Madrid un par de días antes de tomar el avión que los llevaría de regreso.

Las visitas vinieron cargadas de regalos de mi mami, quien me tejió con esas manitas (mucho más habilidosas que las mías) una bufanda y dos gorritos. Los dos gorritos eran exactamente iguales pero de distinto tamaño porque con el primero pensó que era demasiado pequeño y me hizo otro, para ver cuál me servía. El caso es que los dos han vuelto a Montevideo porque hasta el grande me quedaba pequeño, así que dijo “pues mándamelos, que los destejo cual Penélope esperando a Odiseo y tejo otro más grande”. En su defensa diré que la culpa fue mía, porque me pidió que me midiese el cabezón y ni eso fui capaz de hacer correctamente. También me mandó dos tazas de grupos musicales uruguayos que seguro que no conocéis y un colgantito muy mono que aún debo estrenar. Me había prometido una bandera para colgar en el balcón cuando hay partido pero no llegó. Como buena hija caprichosa, se la reclamé y me dijo que no había querido cargar a su amiga con más cosas, pero que ya la mandaría y que hay que ver cómo soy. Pues sí. Así soy. Por su parte, las visitas me trajeron un libro que relata la historia de Clarita García de Zúñiga (en este post tenéis un cuadro con su careto y un enlace a la leyenda que gira en torno a su persona). Por si os interesa, el libro se llama “Clara, la loca” y es de Mercedes Vigil.

Yo a mi madre también le mandé cositas, que no se diga, pero como todavía nos las ha recibido, no desvelo nada.

Bueno, que me he desviado ya mucho. El único día que tuvieron los pobres para hacer un poco de turismo por Madrid los llevamos a ver el Madrid de los Austrias, que es como lo más representativo, y el Parque del Retiro. Menuda panzada a andar que nos metimos todo el día y el sol pegaba cosa mala. Yo encantada, claro, porque hacía bueno (¿veis como el primer párrafo del post estaba escrito por algo?) pero no tomé la precaución de bañarme en protección solar, lo cual provocó que ahora tenga la espalda marcada con: a) La marca de los tirantes del sujetador; b) La marca de los tirantes de la camiseta y c) La marca diagonal del bolso bandolera. Vamos, que ahora tengo una espalda tribanda de lo más fashion.

Gajes del oficio.

martes, 6 de junio de 2017

Anuncios Pesadillescos CCVIII: Los pavos macarras (I)

De verdad, no sé qué pasa últimamente con las aplicaciones para móviles de bancos o cualquier otra cosa relacionada con las finanzas, que sus anuncios son cada día más extraños. Será que no quieren que temas tan serios parezcan aburridos pero este tipo de anuncios ya se pasan un poco y, para muestra, un botón (o dos, en este caso). Esta semana vamos con uno y la semana que viene completaremos la bilogía.

En el primero de ellos vemos a un grupo de amigos, todos ellos vestidos de un modo muy setentero por motivos que no alcanzo a comprender, sentados en la mesa de un restaurante/discoteca (no me queda muy claro qué es porque sólo veo su mesa y el resto es un área diáfana por la que camina la gente; además, hay tan poquita luz que si quieres comer algo no te vas a encontrar la boca). En fin, el caso es que uno de ellos anuncia que para el regalo de cumpleaños de otra (que supongo que no está presente) tocan a cinco pavos por cabeza.  La primera dice que no lleva suelto, el segundo, que necesita un cajero y se lo dará más tarde y la tercera pregunta si tiene cambio de cincuenta o si ya le da el dinero al día siguiente. Vamos, en realidad las tres excusas son la misma, aunque el que más se luce es el del cajero porque, una vez que vaya, podrá reciclar la excusa de que no tiene cambio. Ese sí que sabe.

El pobre chico encargado de hacer la colecta comenta con resignación que eso es lo de siempre y todos lo miran encogiéndose de hombros cuando, de repente, irrumpen en el local dos pavos gigantes ataviados con trajes azul celeste y portando en sus manos (sí, los pavos tienen manos, qué sé yo) sendos bates de baseball que hacen descansar sobre sus hombros en un claro gesto amenazador.

Los cuatro ocupantes de la mesa los miran con cara de terror. Los pavos se acercan raudos a la mesa y comienzan a arramplar con cuanto vaso encuentran sobre la misma, destrozándolos con los bates y haciéndolos estallar en miles de cristalitos. Uno de los pavos mira fijamente al encargado de la colecta mientras la voz en off nos aconseja que no dejemos que unos pavos nos arruinen la fiesta. El otro pavo, que es todavía más macarra, salta sobre la mesa partiéndola en trozos y escuchamos un grito desgarrador proveniente de la garganta de una de las asistentes (concretamente, la del billete de cincuenta, que le va a caducar en el bolsillo).

Así que, por fin, nos dicen que se puede reunir dinero con una aplicación gratuita sin comisiones creada para tal fin. No te explican muy bien en qué consiste, ni nada. Sólo vemos a la que no llevaba suelto utilizando la app al lado del “recaudador” mientras, al fondo, los pavos tienen acorralados al del cajero y a la de los cincuenta euros, que sigue dando grititos.