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miércoles, 10 de febrero de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXVII: El coche yonki

Hoy vamos con anuncio internacional. Hacía tiempo que nadie me proponía ninguno pero Nefer me trajo uno desde su México natal. El anuncio, realmente, no es mexicano pero como aquí no lo echan, pues tanto nos da, que nos da lo mismo. A efectos del destripamiento no vamos a andar discriminando.

El spot comienza con imágenes de lo que parece ser un encantador pueblecito italiano. En una casa, una señora llama seductoramente a su marido desde la cama. Él, ya entradito en años y enfundado en una bata de leopardo (bien que os reís de mi batapanda pero ya veis que hay cosas peores en esta vida), va corriendo al baño para buscar en el armarito. Dentro de un bote, encuentra una última pastillita azul, olvidada en el fondo del frasco. Intenta lanzarla a su boca para pillarla al vuelo pero ya se sabe que estas cosas nunca acaban bien. Es mejor asegurarse y depositarla en la cavidad bucal como está mandado, que luego pasa lo que pasa.

Y, lo que pasa, es que la pastilla sale volando por la ventana. El hombre, al grito de “Noooooo” ve cómo su poción de amor hecha fármaco rueda irremisiblemente por una tubería. Rebota en un tejado, donde pasa al lado de un gato quien, por suerte no la caza y se la come (bastante fogosos son ya los gatos en estado natural como para estar incentivados por las drogas).

La pastillita sigue su viaje. Rebota en la campana de la iglesia produciendo un simpático repiqueteo allegro ma non troppo, va chocando con cuanta pared se encuentra, tira un jarrón metálico que no sé qué pinta en la calle (será parte del ornato público en esos pueblecitos), asustando, de paso, a un cura que no sabe si es que hay alguien disparando o qué es lo que viene a perturbar la legendaria tranquilidad de la villa.

Choca contra unas flores que eran transportadas en un camión, da tres saltitos sobre el agua de una fuente, rebota en una copa de champán con más simpático repiqueteo y, finalmente, se precipita hacia el depósito de combustible de un coche que esperaba pacientemente ser rellenado en una estación de servicio.

Una vez que la pastillita está en el interior del vehículo, éste tiene una especie de reacción alérgica y se hincha, se hace fuerte y más machote (suponemos). Las féminas que pasan por allí, al verlo, hacen sonidos guturales bastante primitivos como “uhhh”, “mmmm” y “grrrr”. Según nos cuenta la voz en off, es un nuevo modelo de otro modelo ya existente pero más grande, más poderoso y listo para la acción.

Quién me iba a decir a mí que, con sólo introducir una pastillita azul en una máquina, ésta va a tener un diseño más varonil. Mañana mismo pruebo con la nevera, que la veo demasiado afeminada. Seguro que así termina teniendo más capacidad y enfría que da gusto.

Y si el ascensor va despacio, le daré una pastillita.

Y usaré casco, por las dudas. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Crónicas Felinas CLXV: Soy adicto

Marrameowww!!!


El otro día fue el consorte a comprarnos pienso. El pienso de siempre, el insulso. Ya sabía yo que esto de comer pienso rico no iba a durarnos toda la vida.




Pero, aparte del pienso, trajo algo más. Para compensarnos por la afrenta, supongo. Trajo un botecito.

Pues menuda cosa, diréis. Un botecito, vaya birria, diréis. Pero es que resulta que es un botecito mágico. Sí, sí. Mágico.

El consorte rocía el contenido del botecito sobre alguno de nuestros juguetes (un contenido que la bruja, cuando lo vio, dijo que parecía salsa de soja) y he de reconocer que, al principio, el olor no nos gusta nada porque aquello huele a alcohol que tira para atrás, y ya se sabe que nosotros somos gatos abstemios, no como el difunto Luhay, al que una vez sorprendieron con la cabeza metida en un vaso de chupito lamiendo los restos de un licor de sandía. Aunque hay que decir en su favor que él llevaba más años que yo aguantando a la bruja y eso no es tarea fácil. Tal vez, dentro de un par de años, yo también tenga que declararme ebrio consuetudinario y me beba hasta el agua de los floreros.

Pero bueno, que me disperso. El caso es que el olor a alcohol se disipa pasado un tiempo y entonces el olorcillo que queda es… indescriptible. ¿Le habéis olido los pies a un ángel? Porque me imagino que así deben oler. El juguete en cuestión se convierte por arte de birlibirloque en un objeto de deseo irresistible y andamos los dos encandilados, queriendo llevarnos el juguete a todas partes porque nos hace delirar de placer. Huelga decir que Munchkin, como es un salvaje, siempre me roba el ratoncito y me amenaza de muerte para que no me acerque, por lo que yo me quedo compuesto y sin ratoncito pero mis humanos, que en el fondo tienen sentimientos, rociaron un segundo ratoncito para que yo no tuviera que andar discutiendo.

Y así pasamos el tiempo, peleándonos con ratoncitos de peluche y flipando en colores al mismo tiempo. Con deciros que ya ni recuerdo  cómo sabía el pienso para gatos enteros, lo digo todo. A mí que no me vengan con eso de que las drogas son malas. Esto es incluso mejor que cuando la bruja me deja oler su bote de valeriana (el cual saca últimamente mucho del armario del baño porque hay que reconocer que da un poco de penita de lo histérica que anda).  Pues lo dicho, que esto es incluso mejor que la valeriana, aunque nos haga discutir entre nosotros. Ya se sabe que en cuanto uno se pasa al lado oscuro de la sociedad, vive y respira por el vicio. Ahí no hay amistades ni hermandades adoptivas que valgan.

Os dejo que voy a ver si les hago ojitos a mis humanos para que me den mi dosis que ya me está empezando a dar síndrome de abstinencia. No digo “mono” porque para mono ya estoy yo.

Prrrrrr.

jueves, 4 de febrero de 2016

Prefiero catar helados

Una de las profesiones que más me costará entender en esta vida es la de odontólogo. No me refiero a que no entienda a qué se dedican ni qué carrera han estudiado, claro está. Lo que no entiendo es cómo alguien en su sano juicio puede pensar en algún momento de su vida que lo que más le llenaría de orgullo y satisfacción es hurgar en la boca de la gente. Me imagino a la abuelita preguntando a su nieto “Nene, ¿qué vas a querer ser cuando seas mayor?” y el niño, con los ojitos encendidos de ilusión, respondiendo “Quiero curar la halitosis, abueli”.

Si hay algún dentista leyendo esto, le ruego me disculpe. Sé que los dentistas son necesarios para mantener nuestra salud bucal y nuestro bienestar general pero no consigo entender cómo no se mueren de asco explorando las cavidades de perfectos desconocidos (aquí me diréis que peor lo tienen los proctólogos pero yo de esas cosas ni hablo).

Y, claro está, no faltará quien apunte que un dentista cobra mucho y que poderoso caballero es Don Dinero y todo lo demás pero qué queréis que os diga; un electricista también cobra mucho y ni tiene que estar viendo guarradas ni ha tenido que estudiar años y años de carrera. Los electricistas sí que saben. Los fontaneros, ya no tanto, que sí es cierto que cobran mucho pero hay cierta situaciones en las que no me gustaría para nada verme envuelta.

Pues eso, que no me creo que alguien estudie Odontología por puro amor al vil metal, ya que hay actividades igual de lucrativas y de más fácil acceso. No. Esto es vocación pura. Incomprensible, sí, pero vocación al fin y al cabo. O tal vez lo que suceda es que, tras cada dentista titulado, se esconda un psicópata frustrado, a quien lo que realmente le gusta no es librar a sus pacientes de las penurias sino arrancar muelas, ver brotar la sangre, dar “pinchacitos” con agujas gigantescas y, lo que es peor, obligarles a debatir sobre temas de actualidad cuando tienen la boca llena de aparatos de tortura y están a punto de morir ahogados en su propia saliva.

Recuerdo que no hace mucho mantenía una conversación con mis amigos. Una conversación profunda y filosófica, que es lo que nos caracteriza, porque nosotros somos gente seria y auténticos librepensadores contemporáneos. En esta ocasión, hablábamos de profesiones curiosas y salió el tema de gente que cata helados. Una amiga decía que vaya empacho de helado, que qué horror de trabajo y mirad, llamadme loca si queréis pero a mí me dan a elegir entre estar quitándole el sarro a gente que no conozco de nada o probar la nueva variedad de frutos del bosque con banana del Amazonas y no creo yo que tuviera que pensármelo mucho. Seguramente no cobraría lo mismo pero estoy plenamente convencida de que ese trabajo me reportaría muchas más satisfacciones.

Mi báscula quizás no opine igual pero qué sabrá ella, la muy maldita.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXVI: Hay que ser la leche

Hoy vamos con una leche de continuación. Porque sí, porque el “universo madre” no va a ser menos en lo que a anuncios pesadillescos se refiere.

He visto varios anuncios de esta marca y, hasta el momento, ni frío ni calor pero últimamente he visto uno que me ha llamado poderosamente la atención. Tal vez alguien se me tire al cuello pero, hala, ahí vamos.

Vemos a diferentes bebés. Una de ellas (creo que es una niña) levanta una pierna mientras se sostiene a la cuna y, tras ella, vemos una bailarina haciendo piruetas con su tutú y todo. Luego hay otro jugando con un ábaco y lo comparan con algo que supongo yo que será un ingeniero, tocando algo en una pantalla vertical transparente, al mejor estilo Matrix. El tercero se sube a la cama y vemos en paralelo la imagen de un escalador y, por último, el cuarto levanta los bracitos y se supone que eso es porque va a ser astronauta. Por lo visto, no levantar los bracitos en el espacio no es nada profesional.

Y me da a mí que todo esto no hace sino alimentar, aparte de a los niños, las ansias de muchos padres de pensar que sus hijos van a tener todos carreras interesantísimas. ¿Por qué no ponen ahí una imagen de una cajera de supermercado o de un barrendero o de un conductor de autobuses? ¿Quién nos dice que el niño no va a ser el conductor de autobuses más feliz del planeta? ¿Acaso no es eso lo que importa? Yo no tengo hijos pero lo veo mucho también en gente con mascotas, a quienes les parece que su perro/gato/tortuga es súper especial y hace cosas que no hacen el resto de perros/gatos/tortugas del mundo cuando, por lo general, no tienen nada de especial. O sea, tienen de especial que los queremos  pero no es tan fácil dar con un genio, ya sea persona o animal.

De pequeños todos hemos levantado las piernas, los bracitos, hemos subido a camas y hemos jugado con ábacos y con lo que nos pusieran por delante. ¿Estábamos todos predestinados a hacer grandes cosas por la humanidad? Yo levanto los bracitos a diario para alcanzar las cosas en los muebles de la cocina, porque soy tirando a canija y el churri piensa que mido un metro ochenta. Y soy de lo más feliz, oye. A veces escucho quejas referentes  a que la sociedad está pensada para explotar al máximo la competitividad y, cuando veo estas cosas, es cuando veo que sí, que es cierto. Ser competitivo no está mal. Aspirar a más, pues tampoco, pero parece que si uno no tiene una fascinante vida que colgar en las redes sociales, nada sirve de nada. Y los barrenderos, los cajeros y los conductores de autobuses son muy necesarios. Todos somos importantes en la sociedad, aunque parezca que sólo has llegado a algo si la gente abre los ojos como  platos y comenta “qué interesante” cuando dices tu profesión/oficio. 

lunes, 1 de febrero de 2016

Crónicas Felinas CLXIV: La injusticia

Marrameowww!!!

Hoy vengo a relataros una de las peores injusticias a las que nos hemos visto sometidos últimamente.

La bruja y el consorte suelen irnos variando los sabores de pienso porque, si no, nos aburrimos. Bueno, realmente me aburro yo; Munchkin jamás en su vida podrá aburrirse de mover el diente, aunque le toque comer lo mismo día sí, día también. En mi caso, sin embargo, cuando me empiezo a cansar de un pienso, comienzo a hacerme el remolón para comer y, como sé que eso les asusta sobremanera, corren a buscarme otro menú.

Bueno, el caso es que nos compran pienso para gatos esterilizados con salmón, pienso para gatos esterilizados con pavo, pienso para gatos esterilizados anti-bolas de pelo (que no sé qué le echarán pero me encanta) y así, en diferentes variantes. Pues bien, el otro día llegó el consorte con un nuevo saco de pienso. Nuevo en el sentido de que estaba a estrenar y también en el sentido de que no lo habíamos visto nunca. Normal que no lo hubiéramos visto: era un pienso para gatos sin esterilizar (o “enteros”, como les da por hacerse llamar, a los muy chulitos) y fue probarlo y hacernos los ojos chiribitas. Sobre todo a mí. Me encanta, tiene un tamaño ideal para poder masticar a gusto (es que Muchkin es un bestia que se lo traga todo sin apenas masticar pero a mí me gusta dar unos cuantos bocados porque me han dicho que es muy bueno para la digestión y que así se engorda menos; hay que cuidar la línea) y, no sé por qué, pero me da un montón de energía. En cuanto como, me lío a dar saltos y  botes por toda la casa, al tiempo que maúllo, presa de la felicidad. Resumiendo, que estoy encantado. Munchkin también pero, como os digo, él no cuenta porque no es nada selectivo.

Y diréis ¿cuál es la injusticia si estás comiendo un pienso que te encanta? Pues que, probablemente, no lo vuelva a comer nunca más. Resulta que el consorte nos trajo ese pienso por error y, cuando la bruja se enteró, le echó la bronca diciendo que se supone que nosotros no podemos comer pienso que no sea para gatos esterilizados porque nos vamos a poner hechos unas bolas y que ya bastante barriga tiene el imberbe como para estar favoreciendo el engorde, que ni que fuéramos pavos y tuvieran pensado celebrar el Día de Acción de Gracias este año y blablablá.

Así que por lo que veo, una y no más, Santo Tomás. Ahora ya entendéis cuál es la injusticia. Cuando uno nunca ha probado semejantes delicias vive ajeno a lo que se pierde pero ¿qué sucede cuándo te han dado a probar las delicias que se esconden en los anaqueles de las tiendas especializadas y que nos están prohibidas? ¿Cómo voy a comer ahora esa insulsez sabiendo que existen semejantes delicatesen reservadas a gatos que, encima, no han perdido partes de su anatomía?

No hay derecho.

Prrrrrr.