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lunes, 18 de enero de 2016

Crónicas Felinas CLXII: Parecidos razonables

Marrameowww!!!

Existe un rumor en el mundo que dice que, nosotros los animales, tendemos a parecernos a los humanos con los que convivimos.

La verdad es que me encantaría poder desmentir este rumor y clamar a los cuatro vientos que sólo se trata de calumnias y falacias infundadas pero, lamentablemente, tengo que admitir que es verdad. Munchkin, sin ir más lejos, se parece mucho al consorte. Ambos son por naturaleza destrozones y desordenados. Les gusta vivir en su caos particular y jugar a darse zarpazos y mordiscos (sí, el consorte también muerde, y tengo que reconocer que muerde bastante fuerte). Adoran pasarse la vida durmiendo, sin hacer nada, simplemente viendo la vida pasar; aunque es de justicia señalar que esto también me gusta a mí, y supongo que a cualquier ser vivo con dos dedos de frente.

Y, por mucho que me duela contaros esto y probablemente en un futuro niegue haberlo escrito incluso bajo tortura… yo me parezco a la bruja. Sí. Aun cuando la ponga verde porque es una tirana, no puedo evitar verme reflejado en algunas de sus actitudes. Sin ir más lejos, en la pasión que ambos tenemos por el orden. Cuando algo está descolocado en casa, también nos descolocamos nosotros. La bruja es capaz de estar en el sofá viendo la tele y tener que levantarse porque está viendo un cuadro torcido y no puede concentrarse en la película hasta que lo arregla. A mí eso me pasa con la almohada. Si, cuando nos vamos a acostar por la noche, la almohada no está colocada como a mí me gusta, ya empiezo a dar vueltas en la cama hasta que la ponen bien. Es que, de lo contrario, no me puedo acostar.

Otra cosa son las rutinas. La bruja tiene horarios y momentos para todo. Desde que se levanta hasta que se acuesta hace todo en un orden determinado, sin salirse ni un milímetro del plan establecido y cuidadosamente estudiado para la optimización del tiempo.

Pues yo también. Por la mañana me levanto con el consorte, quien me pone el plato de comida. Yo como un poco, después pido agua del grifo, después como otro poco, voy al baño, como otro poco, le pido al consorte que me haga mimos con la toalla de la ducha (me encanta) y, finalmente, le pido que me abra la puerta del dormitorio para seguir durmiendo con la bruja. Así todos los días y siempre en ese orden porque temo que, de otra manera, los astros se alineen contra mí.

Cuando la bruja por fin se levanta, le vuelvo a pedir comida y me voy al sofá a dormitar con la satisfacción del deber cumplido y de otra mañana bien aprovechada.

Así que, al final, van a tener razón en eso de que las mascotas se parecen a sus dueños. No obstante, aquí habría que puntualizar quiénes son las mascotas y quiénes son los dueños pero sobre ese aspecto ya debatiremos otro día.

Yo, desde luego, lo tengo muy claro.

Prrrrrr.

jueves, 14 de enero de 2016

Una serie de catastróficas desdichas VIII: El retorno de la Lavadora (y una propinilla)

¿Recordáis este capítulo de mi larga lista de vicisitudes, donde os contaba que mi lavadora casi espicha?

Pues al final espichó. Ya estaba dando señales de agonía desde hacía tiempo y, al centrifugar, hacía un ruido que parecía que se nos caía la casa encima. Recuerdo que una vez la pobre lavadora se quedó centrifugando y le dije al churri que salía a hacer un recado. En el rellano se podía escuchar con perfecta claridad el ruido infernal que producía la misma.

Hasta que un día dijo “Hasta aquí hemos llegado” y, en pleno proceso, se paró, dejando como recuerdo un montón de ropa ensopada que tuve que escurrir en la bañera como buenamente pude, con el pertinente agradecimiento de mis riñones por andar cargando un barreño lleno de ropa empapada y cubierta de manchas de jabón.

La tendí con mucho esfuerzo, aun a sabiendas de que tendría que volver a lavarla. Ella, como agradecimiento, lloraba lágrimas sucias de jabón y tinte sobre el suelo de mi terraza. Un panorama desolador. Y, como no queríamos volver a entrar en una batalla con la inmobiliaria, el dueño y la madre del cordero, decidimos comprar una nueva y que saliera el sol por Antequera (o por donde quisiera, pero que saliera, porque yo necesitaba la ropa seca).

Y ahora todo es algarabía y felicidad. Mi nueva lavadora hasta hace musiquita cuando la enciendes. Y tiene una capacidad de carga de dos kilos más que la anterior, por lo que estoy feliz, pensando en que voy a poder lavar hasta el nórdico con comodidad.

Y pensé que con esto, dado que ya se nos terminaba el año, los hados dejarían de acosarnos y se irían en busca de víctimas más merecedoras de su ira pero aún nos reservaban una sorpresa de fin de año. El churri se compró una cafetera de estas de cápsulas (no la de George Clooney, la otra) y, cuando fuimos a hacer la primera limpieza para tomarnos un rico café, resultó que no funcionaba. Así que nos tocó ir el segundo día del año a cambiarla. Como imaginaréis, el departamento de Atención al Cliente estaba hasta arriba de gente pero, una vez superada la cola, la probaron. Yo pensé que no la iban a probar pero se ve que no nos creían y ahí que se fue la chica a buscar agua y una capsulita de café que no llegó a utilizar porque comprobó que, efectivamente (tan) locos no estábamos y era cierto que aquello no chupaba agua cuando la tenía que chupar.

Así que nos dieron otra que, por suerte, sí funciona y hemos podido disfrutar de cafés y chocolates calentitos. La cafetera parece haber terminado de romper la maldición que pendía sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles y espero, de todo corazón, que el resto de 2016 sea benévolo con nosotros. Sea lo que sea que hayamos hecho en otra vida, creo que ya hemos pagado sobradamente nuestra deuda.

Así que esta sección termina aquí (espero).

miércoles, 13 de enero de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXIII: Modernizando las tradiciones

En estas épocas de desfiles, donde aparecen de repente Reinas Magas con aspecto de meretrices de la Edad Media y Reyes Magos enfundados en trajes comprados en los chinos bailando al son de los disc jockeys, la publicidad no podía ser menos.

Y es así como, en el salón de una casa, vemos a una dulce niña pregunta a su padre por qué dejan tres plátanos a los Reyes Magos. Sí que tienen costumbres raras en esa casa, sí. Supongo que al padre le preocupa mucho que Sus Majestades sufran un bajón de potasio.

El padre, que al parecer tiene respuestas para todo (y si no, se las inventa), le cuenta la historia a su niñita. En un momento flashback, nos vemos en mitad del desierto. Los tres Reyes Magos están más perdidos que el alambre del Pan Bimbo intentando encontrar el camino a Belén. Por lo visto, Gaspar ha decidido que la mejor manera de encontrar el camino es mirar al cielo utilizando un plátano como si de una rosa de los vientos cutre se tratase. Melchor, que se ve que era más partidario de llevar un GPS, le pregunta a Gaspar si está seguro de que eso vaya a funcionar pero Baltasar, que está muy calladito, de repente rompe su silencio alertando a voces de que ha encontrado la senda correcta gracias a su plátano-brújula. La explicación parece ser que la forma del plátano cuadra a la perfección con la Estrella de Oriente. Para celebrar que han hallado su camino, se zampan sus instrumentos de navegación sin ningún miramiento. Como se vuelvan a perder, verás. Cómo se nota que es cierta la historia del villancico éste que decía que ya venían los Reyes Magos caminito de Belén y que Holanda ya se ve. Nunca me había explicado yo por qué iban de Oriente a Belén pasando por Holanda pero, en vista del resultado, creo que la cosa está más que clara.

Volvemos al salón de la casa y vemos que el padre, tan ensimismado como estaba rememorando la historia, se está comiendo también uno de los plátanos que iban a dejar a Sus Altezas Reales. La niña se lo recrimina y el padre deja de comer. Desconozco si sustituye ese plátano por otro a estrenar o si le deja ahí el plátano mordisqueado a Gaspar, a quien le tiene tirria desde que, a sus ocho años, le trajo unos calcetines cuando él había escrito claramente “bicicleta” en la carta.

Luego terminan de poner el árbol (muy mal; el árbol ya tendría que estar puesto desde el 8 de diciembre, como manda la tradición) y, en la cima, en lugar de la tan manida estrella, ponen un plátano de cartón gigante para darle un toque de distinción y modernidad a su abeto y así conseguir que esté en consonancia con los festejos que estos alcaldes tan innovadores han tenido a bien idear para deleite de grandes y pequeños.

Desde luego, las festividades navideñas ya no son lo que eran. 

lunes, 11 de enero de 2016

Crónicas Felinas CLXI: Actividades de fin de semana

Marrameowww!!!

El fin de semana pasado, el consorte decidió irse a Albacete porque le debía una visita a sus padres luego de que yo fingiera terribles enfermedades antes de Nochebuena.

La bruja se quedó aquí a nuestro cuidado. Por un lado, fatal, porque tener que sufrirla todo el fin de semana es una tortura espantosa pero, por otro lado, dado que no estaba el consorte para defenderla, era la ocasión idónea para hacerle la vida imposible.

De la primera jugarreta se encargó Munchkin. El viernes la bruja nos puso la comida del mediodía y, como es una pava, se olvidó de guardar mi platito una vez que yo terminé de comer (yo no soy como el otro ordinario; voy comiendo de a poquito durante todo el día porque eso es lo que hacen los gatos finos). Según estaba la bruja lavando platos, ve pasar a Munchkin relamiéndose y eso le hizo caer en la cuenta de que el plato había quedado abandonado a su suerte con la ración prácticamente completa. Así que Munchkin comió ración doble y a mí me tuvo que poner otra. Por si acaso os lo estáis preguntando, el niñato no se empachó ni se indigestó ni dio siquiera señales de estar teniendo una digestión complicada. Se fue a mirar por la ventana tan orondo, a ver si veía alguna paloma. El estómago de este gato cada día me asombra más.

Lo más gracioso de esto es que tenía el pienso prácticamente contado hasta el lunes y, gracias a esta genial ocurrencia del imberbe, tuvo que salir a la calle el sábado, arrastrada por el viento, a comprarnos más pienso porque no nos iba a llegar.

La segunda fue mía, porque yo no me iba a quedar atrás. En un descuido de la bruja mientras se preparaba el desayuno (sí, tiene muchos descuidos porque es así de tonta; no hay más vueltas que darle) yo me dediqué a lamer la mermelada de melocotón de su tostada. Qué divertido resulta ver cómo se pone echa un basilisco.

Por supuesto que no nos olvidamos de levantarla de la cama por las mañanas para que nos diera de comer. A ver si se piensa que, por ser fin de semana, puede dormir hasta la hora que le dé la gana. No, señora. Nosotros tenemos hambre y la tenemos ya, así que a levantarse y a servirnos la pitanza como los marqueses que somos. Porque lo valemos.

Y así hemos pasado el fin de semana, ideando constantemente nuevas formas de hacerla rabiar y apostando cuánto tardaría la vena de su frente y/o de su cuello en empezar a hincharse y, con suerte, en explotar dejándolo todo perdido de sangre para que después tuviese que limpiar el estropicio. También hay que reconocer que esta experiencia ha sido todo un desafío a nuestro ingenio pero hemos sabido salir airosos, porque ésta no sabe con quién se la juega. A ver si se piensa que por caminar en dos patas va a poder con nosotros.

Prrrrrr.

jueves, 7 de enero de 2016

Una serie de catastróficas desdichas VII: El barquito chiquitito

Ja. Que os creíais que por haber cambiado de año ya no iba a contar más desgracias. Pues no, señores, todavía me queda un par más de tragedias que contar. Suerte que ambas son del año pasado y, con un poco de suerte, este año será generoso para conmigo y mantendrá alejado el mal fario o, al menos, dosificará estos aciagos momentos para que no tenga que vivirlos todos juntos.

Hace cosa de mes y medio llamaron al churri para ofrecerle instalar fibra óptica y aumentar la velocidad de Internet a 300 Mbps, lo cual suponía una evidente mejora en relación a los 10 Mbps que teníamos hasta el momento. El churri aceptó encantado. A mí, la verdad, me daba un poco igual porque los 10 Mbps me iban bien para lo que yo uso Internet y, si tengo que descargarme algo (legalmente, que conste) tampoco tengo tanta prisa como para no poder esperar un poco pero el churri quería más velocidad. Y más y más… Vamos, que si hubiera que ponerse casco para navegar por Internet, él estaría encantado.

Total, que vinieron a instalar la fibra. Y lo pusieron a 300 Mbps y chutaba aquello que daba gloria, la verdad. Peeeeeeero… tuvimos dos inconvenientes. El primero fue que mi pobre portátil rosa-divino de la muerte-que me tiene loca de amor no reconocía el router (o el router no reconocía el portátil, no sé bien lo que pasaba pero el asunto es que no se querían hablar). Finalmente, el churri consiguió que se hicieran amigos y ya estábamos todos contentos, navegando a velocidades supersónicas.

Pero no duraría mucho nuestra algarabía porque el router que nos pusieron resultó ser una castaña que se reinicia solo cada dos por tres o se queda tostado y no hay manera. Yo moría de desesperación porque prefería estar con mis 10 Mbps de toda la vida, que nunca me fallaban, que tanta velocidad para estar quedándome en el limbo cada media hora y sentirme como el barquito chiquitito que no podía, que no podía, que no podía navegar. El churri puso el router antiguo que, como es antiguo, no nos da más de 100 Mbps pero, al menos, se está quietecito y no hace cosas raras. Pedir que nos cambiaran el router no era una opción porque, al parecer, es un problema del modelo y la compañía sólo instala ese modelo, así que era un poco tontería.

Al dar el alta le habían dicho al churri que podía probarlo tres meses y, si no le convencía, podía volver atrás, quedándose con 30 Mbps simétricos al mismo precio de los 10 que teníamos antes. Pensé que esa sería su opción pero no. Él ya está como niño con juguete nuevo y quiere sentir el vértigo, así que ha decidido que va a comprarse un router maravilloso que no se cuelgue y le permita disfrutar de su ultra velocidad.

No sé yo si al final no nos sale más caro el invento pero, si es su ilusión…


P.S. El próximo día 9 este ilustre blog cumple cuatro añitos. Un año más, muchísimas gracias a todos por estar ahí, que escribir para uno mismo es una cosa muy triste.