Marrameowww!!
Luego de que la bruja haya dejado esto abandonado como viene
siendo su costumbre últimamente, paso hoy a relatar lo que aconteció un buen
día (o malo, según se mire), hará cosa de una semana.
Estaba la bruja dándonos de comer. Yo esperaba pacientemente
en la puerta de la cocina porque eso de parecer desesperado por la comida es
algo de muy mal gusto, mientras Munchkin, que entiende poco de modales, saltaba
a su alrededor cual mariposa loca porque piensa que así la presiona para
obtener más rápidamente su alimento. Hete aquí que, una vez le hubo servido el
pienso en su platito, procedió a cerrar la bolsa y guardarla en el armarito de
metal como de costumbre. Hasta aquí nada escapaba a nuestra rutina; el matiz
viene dado por el hecho de que, una vez cerrado el armarito, la bruja se
dispuso a abandonar la cocina pasando junto al jovenzuelo, quien comía
despreocupado sin imaginar la desgracia que se cernía sobre su cabeza, cual
espada de Damocles.
Porque pasó algo terrible (para él; mi vida siguió como si
nada). Dado que es de naturaleza torpe, la bruja pisó el rabo de Munchkin,
quien maulló desesperado como si… como si… Bueno, como si le hubiesen pisado el
rabo.
La bruja, que nunca ha tenido lo que se dice unos nervios de
acero, también profirió un alarido, lo
cual provocó una situación de caos mayor que la habitual en esta casa. El
imberbe se ofendió mucho y no quería saber nada de la bruja, que lo perseguía
por la casa con voz melosa repitiendo que había sido un accidente y que no
tuviera miedo porque “mami” (sí, se refiere a sí misma como “mami” para nuestra
absoluta vergüenza) lo hizo sin querer. Pero Munchkin, que no es que sea muy
listo pero hasta ahí llega, prefirió no jugársela y mantener una prudencial
distancia para salvaguardar sus apéndices.
Sé que en el párrafo anterior he dicho que el jovenzuelo no
es muy listo y lo que voy a decir va a parecer una reiteración innecesaria pero
tengo que contaros que el miedo le duró varios días. Y vosotros pensaréis que
tenía miedo de la bruja pero no. Tenía miedo del armarito.
Cada vez que le servían la comida se ponía a deglutir como
siempre hasta que escuchaba el armarito cerrándose. En ese momento, salía como
alma que lleva el diablo a esconderse detrás de la puerta de la cocina porque el
muy pavo no se había dado cuenta de que la causa de sus males no había sido el
armario sino la bruja. Sí, lo sé, es muy triste y bastante bochornoso para el
género felino, pero real como la vida misma. Yo que pensaba que esto iba a
servir para que el imberbe le cogiera aún más tirria a la bruja y ahora resulta
que guarda un odio visceral al mobiliario.
Tal vez por eso sea que se pasa el día arañando el sofá.
Debe de haberle hecho algo que desconozco.
Prrrrrr.
