En estas épocas de desfiles, donde aparecen de repente
Reinas Magas con aspecto de meretrices de la Edad Media y Reyes Magos
enfundados en trajes comprados en los chinos bailando al son de los disc
jockeys, la publicidad no podía ser menos.
Y es así como, en el salón de una casa, vemos a una dulce
niña pregunta a su padre por qué dejan tres plátanos a los Reyes Magos. Sí que
tienen costumbres raras en esa casa, sí. Supongo que al padre le preocupa mucho
que Sus Majestades sufran un bajón de potasio.
El padre, que al parecer tiene respuestas para todo (y si
no, se las inventa), le cuenta la historia a su niñita. En un momento
flashback, nos vemos en mitad del desierto. Los tres Reyes Magos están más
perdidos que el alambre del Pan Bimbo intentando encontrar el camino a Belén.
Por lo visto, Gaspar ha decidido que la mejor manera de encontrar el camino es
mirar al cielo utilizando un plátano como si de una rosa de los vientos cutre
se tratase. Melchor, que se ve que era más partidario de llevar un GPS, le
pregunta a Gaspar si está seguro de que eso vaya a funcionar pero Baltasar, que
está muy calladito, de repente rompe su silencio alertando a voces de que ha
encontrado la senda correcta gracias a su plátano-brújula. La explicación
parece ser que la forma del plátano cuadra a la perfección con la Estrella de
Oriente. Para celebrar que han hallado su camino, se zampan sus instrumentos de
navegación sin ningún miramiento. Como se vuelvan a perder, verás. Cómo se nota
que es cierta la historia del villancico éste que decía que ya venían los Reyes
Magos caminito de Belén y que Holanda ya se ve. Nunca me había explicado yo por
qué iban de Oriente a Belén pasando por Holanda pero, en vista del resultado,
creo que la cosa está más que clara.
Volvemos al salón de la casa y vemos que el padre, tan
ensimismado como estaba rememorando la historia, se está comiendo también uno
de los plátanos que iban a dejar a Sus Altezas Reales. La niña se lo recrimina
y el padre deja de comer. Desconozco si sustituye ese plátano por otro a
estrenar o si le deja ahí el plátano mordisqueado a Gaspar, a quien le tiene
tirria desde que, a sus ocho años, le trajo unos calcetines cuando él había
escrito claramente “bicicleta” en la carta.
Luego terminan de poner el árbol (muy mal; el árbol ya
tendría que estar puesto desde el 8 de diciembre, como manda la tradición) y,
en la cima, en lugar de la tan manida estrella, ponen un plátano de cartón
gigante para darle un toque de distinción y modernidad a su abeto y así
conseguir que esté en consonancia con los festejos que estos alcaldes tan
innovadores han tenido a bien idear para deleite de grandes y pequeños.
Desde luego, las festividades navideñas ya no son lo que
eran.