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miércoles, 13 de enero de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXIII: Modernizando las tradiciones

En estas épocas de desfiles, donde aparecen de repente Reinas Magas con aspecto de meretrices de la Edad Media y Reyes Magos enfundados en trajes comprados en los chinos bailando al son de los disc jockeys, la publicidad no podía ser menos.

Y es así como, en el salón de una casa, vemos a una dulce niña pregunta a su padre por qué dejan tres plátanos a los Reyes Magos. Sí que tienen costumbres raras en esa casa, sí. Supongo que al padre le preocupa mucho que Sus Majestades sufran un bajón de potasio.

El padre, que al parecer tiene respuestas para todo (y si no, se las inventa), le cuenta la historia a su niñita. En un momento flashback, nos vemos en mitad del desierto. Los tres Reyes Magos están más perdidos que el alambre del Pan Bimbo intentando encontrar el camino a Belén. Por lo visto, Gaspar ha decidido que la mejor manera de encontrar el camino es mirar al cielo utilizando un plátano como si de una rosa de los vientos cutre se tratase. Melchor, que se ve que era más partidario de llevar un GPS, le pregunta a Gaspar si está seguro de que eso vaya a funcionar pero Baltasar, que está muy calladito, de repente rompe su silencio alertando a voces de que ha encontrado la senda correcta gracias a su plátano-brújula. La explicación parece ser que la forma del plátano cuadra a la perfección con la Estrella de Oriente. Para celebrar que han hallado su camino, se zampan sus instrumentos de navegación sin ningún miramiento. Como se vuelvan a perder, verás. Cómo se nota que es cierta la historia del villancico éste que decía que ya venían los Reyes Magos caminito de Belén y que Holanda ya se ve. Nunca me había explicado yo por qué iban de Oriente a Belén pasando por Holanda pero, en vista del resultado, creo que la cosa está más que clara.

Volvemos al salón de la casa y vemos que el padre, tan ensimismado como estaba rememorando la historia, se está comiendo también uno de los plátanos que iban a dejar a Sus Altezas Reales. La niña se lo recrimina y el padre deja de comer. Desconozco si sustituye ese plátano por otro a estrenar o si le deja ahí el plátano mordisqueado a Gaspar, a quien le tiene tirria desde que, a sus ocho años, le trajo unos calcetines cuando él había escrito claramente “bicicleta” en la carta.

Luego terminan de poner el árbol (muy mal; el árbol ya tendría que estar puesto desde el 8 de diciembre, como manda la tradición) y, en la cima, en lugar de la tan manida estrella, ponen un plátano de cartón gigante para darle un toque de distinción y modernidad a su abeto y así conseguir que esté en consonancia con los festejos que estos alcaldes tan innovadores han tenido a bien idear para deleite de grandes y pequeños.

Desde luego, las festividades navideñas ya no son lo que eran. 

lunes, 11 de enero de 2016

Crónicas Felinas CLXI: Actividades de fin de semana

Marrameowww!!!

El fin de semana pasado, el consorte decidió irse a Albacete porque le debía una visita a sus padres luego de que yo fingiera terribles enfermedades antes de Nochebuena.

La bruja se quedó aquí a nuestro cuidado. Por un lado, fatal, porque tener que sufrirla todo el fin de semana es una tortura espantosa pero, por otro lado, dado que no estaba el consorte para defenderla, era la ocasión idónea para hacerle la vida imposible.

De la primera jugarreta se encargó Munchkin. El viernes la bruja nos puso la comida del mediodía y, como es una pava, se olvidó de guardar mi platito una vez que yo terminé de comer (yo no soy como el otro ordinario; voy comiendo de a poquito durante todo el día porque eso es lo que hacen los gatos finos). Según estaba la bruja lavando platos, ve pasar a Munchkin relamiéndose y eso le hizo caer en la cuenta de que el plato había quedado abandonado a su suerte con la ración prácticamente completa. Así que Munchkin comió ración doble y a mí me tuvo que poner otra. Por si acaso os lo estáis preguntando, el niñato no se empachó ni se indigestó ni dio siquiera señales de estar teniendo una digestión complicada. Se fue a mirar por la ventana tan orondo, a ver si veía alguna paloma. El estómago de este gato cada día me asombra más.

Lo más gracioso de esto es que tenía el pienso prácticamente contado hasta el lunes y, gracias a esta genial ocurrencia del imberbe, tuvo que salir a la calle el sábado, arrastrada por el viento, a comprarnos más pienso porque no nos iba a llegar.

La segunda fue mía, porque yo no me iba a quedar atrás. En un descuido de la bruja mientras se preparaba el desayuno (sí, tiene muchos descuidos porque es así de tonta; no hay más vueltas que darle) yo me dediqué a lamer la mermelada de melocotón de su tostada. Qué divertido resulta ver cómo se pone echa un basilisco.

Por supuesto que no nos olvidamos de levantarla de la cama por las mañanas para que nos diera de comer. A ver si se piensa que, por ser fin de semana, puede dormir hasta la hora que le dé la gana. No, señora. Nosotros tenemos hambre y la tenemos ya, así que a levantarse y a servirnos la pitanza como los marqueses que somos. Porque lo valemos.

Y así hemos pasado el fin de semana, ideando constantemente nuevas formas de hacerla rabiar y apostando cuánto tardaría la vena de su frente y/o de su cuello en empezar a hincharse y, con suerte, en explotar dejándolo todo perdido de sangre para que después tuviese que limpiar el estropicio. También hay que reconocer que esta experiencia ha sido todo un desafío a nuestro ingenio pero hemos sabido salir airosos, porque ésta no sabe con quién se la juega. A ver si se piensa que por caminar en dos patas va a poder con nosotros.

Prrrrrr.

jueves, 7 de enero de 2016

Una serie de catastróficas desdichas VII: El barquito chiquitito

Ja. Que os creíais que por haber cambiado de año ya no iba a contar más desgracias. Pues no, señores, todavía me queda un par más de tragedias que contar. Suerte que ambas son del año pasado y, con un poco de suerte, este año será generoso para conmigo y mantendrá alejado el mal fario o, al menos, dosificará estos aciagos momentos para que no tenga que vivirlos todos juntos.

Hace cosa de mes y medio llamaron al churri para ofrecerle instalar fibra óptica y aumentar la velocidad de Internet a 300 Mbps, lo cual suponía una evidente mejora en relación a los 10 Mbps que teníamos hasta el momento. El churri aceptó encantado. A mí, la verdad, me daba un poco igual porque los 10 Mbps me iban bien para lo que yo uso Internet y, si tengo que descargarme algo (legalmente, que conste) tampoco tengo tanta prisa como para no poder esperar un poco pero el churri quería más velocidad. Y más y más… Vamos, que si hubiera que ponerse casco para navegar por Internet, él estaría encantado.

Total, que vinieron a instalar la fibra. Y lo pusieron a 300 Mbps y chutaba aquello que daba gloria, la verdad. Peeeeeeero… tuvimos dos inconvenientes. El primero fue que mi pobre portátil rosa-divino de la muerte-que me tiene loca de amor no reconocía el router (o el router no reconocía el portátil, no sé bien lo que pasaba pero el asunto es que no se querían hablar). Finalmente, el churri consiguió que se hicieran amigos y ya estábamos todos contentos, navegando a velocidades supersónicas.

Pero no duraría mucho nuestra algarabía porque el router que nos pusieron resultó ser una castaña que se reinicia solo cada dos por tres o se queda tostado y no hay manera. Yo moría de desesperación porque prefería estar con mis 10 Mbps de toda la vida, que nunca me fallaban, que tanta velocidad para estar quedándome en el limbo cada media hora y sentirme como el barquito chiquitito que no podía, que no podía, que no podía navegar. El churri puso el router antiguo que, como es antiguo, no nos da más de 100 Mbps pero, al menos, se está quietecito y no hace cosas raras. Pedir que nos cambiaran el router no era una opción porque, al parecer, es un problema del modelo y la compañía sólo instala ese modelo, así que era un poco tontería.

Al dar el alta le habían dicho al churri que podía probarlo tres meses y, si no le convencía, podía volver atrás, quedándose con 30 Mbps simétricos al mismo precio de los 10 que teníamos antes. Pensé que esa sería su opción pero no. Él ya está como niño con juguete nuevo y quiere sentir el vértigo, así que ha decidido que va a comprarse un router maravilloso que no se cuelgue y le permita disfrutar de su ultra velocidad.

No sé yo si al final no nos sale más caro el invento pero, si es su ilusión…


P.S. El próximo día 9 este ilustre blog cumple cuatro añitos. Un año más, muchísimas gracias a todos por estar ahí, que escribir para uno mismo es una cosa muy triste. 

miércoles, 6 de enero de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXII: Los nuevos Umpa Lumpas

Estamos en épocas navideñas y, por ello, es inevitable que nos bombardeen con tres tipos fundamentales de anuncios. Turrones, perfumes y juguetes.

Los turrones, de momento, los salvamos. Los hay más ñoños y menos ñoños pero creo que aún no he visto un anuncio de turrones que me haga abrir los ojos como el dos de oros. A los perfumes ya les he dado bastante caña en esta sección, así que vamos hoy con el anuncio de una conocida cadena de jugueterías que me dejó bastante loca cuando lo vi por primera vez.

Uno de los empleados de la juguetería atraviesa una puerta y, tras ella, vemos que ha llegad al “Departamento de Felicidad” de la empresa. Aquí otros empleados, ataviados con batas blancas de científico, se dedican a jugar con robots, montar en cochecitos a batería y demás cucamonerías.

Vemos en primer plano a un empleado que, con sombrerito de cowboy y todo, monta un caballito de madera al grito de “Yihaaa”. El supervisor del Departamento de Felicidad rellena un complejo formulario donde, junto a un dibujito del juguete en cuestión, hay que marcar la casilla de “Apto” o la de “No apto”. Eso es lo que yo llamo un exhaustivo control de calidad. Se nota que este hombre tiene que haber estudiado carrera. Cualquier otra persona tendría una implosión cerebral intentando analizar todas esas variables.

El testeo continúa con otros dos científicos jugando con sables láser (de verdad, qué perreta tenemos todos con Star Wars), otros dos tomando el té en una mesita, otro que se asusta con un dinosaurio de plástico que lucha con otro de menor tamaño y en clara inferioridad de condiciones  y, por último, uno que achucha con amor un blando osito de peluche. Cabe destacar que, aunque me refiero a varios científicos y un supervisor, en realidad todos están interpretados por un mismo actor, por lo que debe de tratarse de una tribu encontrada en mitad de la jungla, como los Umpa Lumpas de Charlie en la fábrica de chocolate.

Y, a estas alturas, podréis decir que se trata de un anuncio para niños y que está muy bien que se juegue con la fantasía y se le dé este tono festivo y todo lo demás pero el problema es que el anuncio, en realidad, está dirigido a los padres, a los que se dirigen diciendo que en esta juguetería se toman muy en serio la felicidad de sus hijos. Y esto ya me da como cosita. Vamos, que podría salvar el anuncio si el destinatario del mensaje fuese el público infantil pero tanta imaginación para hablar con adultos, como que no lo veo, la verdad.  No sé si un adusto padre va a terminar convencido de la conveniencia de adquirir los juguetes para sus churumbeles en esta juguetería sólo por el hecho de ver a un hombre de más de treinta años montado en un balancín, con cara de estar viviendo la juerga de su vida.

No le veo yo la estrategia.

lunes, 4 de enero de 2016

Crónicas Felinas CLX: Comité Gatuno Antifestejos

Marrameowww!!!

Aquí estamos de nuevo un año más. Los gatos no entendemos demasiado esta algarabía que se monta por el cambio de año si, total, el pienso sigue siendo el mismo y tampoco varía la cantidad de siestas diarias.

La bruja y el consorte pretendían que fuéramos los cuatro a Albacete a pasar la Nochebuena pero, al ver que un domingo por la noche la bruja estaba preparando el neceser con sus potingues (la muy ilusa todavía piensa que por echarse cosas encima va a ser menos fea y menos vieja) supe que al día siguiente habría viaje y, como no me apetecía, el lunes por la mañana, cuando el consorte vino a darme el desayuno, decidí que no quería comer.

Como ya una vez me había pasado algo similar porque me habían subido las transaminasas por culpa de un antibiótico, el plan funcionó a la perfección. Devolvieron los billetes de tren perdiendo dinero en el proceso y nos quedamos en casita. Claro está que me tocó ir al veterinario por la tarde pero, como dijo que no tenía por qué ser nada y que me mantuvieran en observación y que ya me llevaran al día siguiente si seguía comiendo mal, decidí que esa misma tarde era buen momento para empezar a comer nuevamente, no fuera cosa que el plan se me fuera de las zarpas y, al final, me pasase todas las vacaciones de veterinario en veterinario.

De manera que el objetivo quedó conseguido y pude disfrutar en paz de las vacaciones. Bueno, en paz es un decir porque hay que ver qué manía más tonta tenéis algunos humanos con los petarditos de las narices. No os digo lo que les haría yo con los petarditos a quienes los tiran porque soy un gato fino y bien educado y la bruja me regaña si utilizo expresiones soeces pero os podéis hacer una idea.

En Nochebuena la gente parecía estar algo más calmada pero en Nochevieja eso ya fue como estar en mitad de un bombardeo en Kosovo. De verdad, no le veo la gracia. Aparte de los petardos, también se oían perros ladrando. No es que me caigan particularmente bien los perros pero, claro, imagino que lo pasarán igual de mal que nosotros. La mitad de la noche la pasamos debajo de la cama y así no hay forma de catar un langostino, ni nada. No hay derecho.

Creo que Munchkin lo pasó peor que yo, que ya tengo un poco más de experiencia en estas lides pero él, que aún es joven e inexperto, no quería ni asomarse. Como consecuencia se tiró el primer día del año durmiendo, porque por la noche apenas pudo pegar ojo, el pobre.

A ver si para las próximas festividades hay algo de suerte y la gente se dedica a tocar la zambomba. Es uno de los sonidos menos armoniosos que he conocido en toda mi vida pero, al menos, no da la sensación de que se te vaya a caer el techo encima.

Prrrrrr.