El 23 de abril, Matt de “Blogueando de mi vida” publicó esta entrada donde relataba las casas en las que había vivido y los recuerdos que le traían.
Nos sirvió de inspiración a unas cuantas y recuerdo que le puse en un
comentario que yo había vivido en muchas y que no me daba un solo comentario
para explicárselo, por lo que me arengó a escribir esto que hoy relato.
Mi primera casa estaba en el madrileño barrio de Argüelles.
Era un piso con decoración muy “Cuéntame” (no hay más que ver el empapelado de
la pared en la foto de la izquierda, donde salgo disfrazada de hada). Viví allí hasta
los seis años. De ese piso recuerdo la lavadora que paseaba sola y que comenté
la semana pasada, ver a Espinete en una tele sin mando a distancia, una
teterita que me cargué saltando a la comba y una tarta de cumpleaños con
patitos.
De ahí nos mudamos a Pozuelo de Alarcón, un pueblo que está
a las afueras de Madrid. Era un chalet con jardín y molaba. De esa casa
recuerdo el ático, donde yo bailaba día y noche o patinaba o iba con el arito
de hula-hula o saltando en mi pelota con cuernos (de todos estos temas ya hemos
hablado en este blog), montar en bici todo el día por la urbanización, jugar
con el perro del vecino, que se llamaba “Galo” y que a veces me prestaban para
que se pasase a nuestro jardín y a mi primera mascota, “Chiqui”, que era un
hámster que terminó sus días en Montevideo. Ya ves tú lo viajero que nos salió.
Cuando nos mudamos a Uruguay, los primeros meses los pasamos
en casa de mi tía, mientras esperábamos para conseguir casa y que nos trajeran
los muebles de allende los mares. De ahí recuerdo el taller donde ella impartía
sus clases de expresión plástica y a su perro, Pancho, un pequinés con
muchísima mala leche.
De ahí nos mudamos a una casa de dos plantas con una azotea
donde habían hecho un parrillero de dimensiones que bien hubiesen valido para
asar una vaca entera. En esa casa vivió también mi gato Beramendi. Vivió poco
porque el pobre estaba enfermito. Era gris con rayas negras. De lo más bonito.
Recuerdo que en una lluvia torrencial que cayó se nos mojaron las moquetas de
las habitaciones superiores, porque el desagüe del balcón se llenó de hojas y
empezó a colarse el agua. Fantástico todo.
Luego nos fuimos a un piso situado en el piso 17 de una
torre con un total de veinticinco plantas. Lo que más recuerdo son las vistas. Las
ventanas daban a la bahía de Montevideo y creedme que es muy difícil
concentrarse en lo que estás estudiando cuando el sol cae a la tarde sobre el
Río de la Plata. En esa época empecé a salir con mi primer novio formal, así
que recuerdo alguna vez que vino a cenar a casa conmigo y con mi madre, en esas
cosas que nos gusta hacer cuando tenemos 19 años y creemos que nos casaremos
con el primer amor.
Al tiempo me fui a vivir a un piso compartido. Seis mujeres
en una casa diminuta. Aquello era un caos pero lo recuerdo como una de las
épocas más divertidas de mi vida. Muchas risas (muchas peleas también), mucho
salir de fiesta, mucha confidencia. Mucho de todo. Me llevé grandes amigas que
tuve la suerte de volver a ver en mi último viaje a Montevideo. En ese mismo
sitio había otro apartamentito pequeñito para una sola persona, donde pasé
también cerca de un añito, en un alarde de independencia suprema. Era más bien
una habitación con baño pero a mí me parecía mi palacio. Me encantó porque me daba
la sensación de independencia que quería pero, como mis antiguas compañeras
vivían ahí mismo, iba para su casa siempre que quería y estaba aburrida.
Simbiosis perfecta entre soledad y compañía.
Y ahí me volví para España. A Guadarrama, concretamente, un
pueblo de Madrid en la Sierra. Confieso que al principio odiaba el pueblo
porque yo no estaba acostumbrada a vivir en pueblos pequeños. Hoy por hoy,
volvería sin dudarlo. Aquello era paz, era seguridad, era aire limpio… Una
maravilla. En el piso de Guadarrama fue cuando me aparecieron Luhay y su
hermana Aída en la puerta con carita de hambrientos y de garrapatosos. Ahí se
quedaron conmigo. Mi ex me perdió a Aída durante los tres meses que estuve en
Chile por trabajo y Luhay ya sabéis que me acompañó nueve años y en tres casas
diferentes. Lo que más recuerdo de esa casa eran las vistas. Se veían las
montañitas y eso daba una sensación de desahogo y de libertad que no he logrado
reproducir en la capital.
Mi siguiente casa fue el piso donde vivía el churri en la
capital. Barrio pijo pero piso con poca luz natural. Era grande y estaba bien
pero era todo interior y yo echaba de menos mis montañas. En ese piso volví a
aprender a convivir en pareja, que una ya estaba demasiado acostumbrada a la
soltería y a encontrar las cosas en su sitio. En ese piso llegó Forlán a
nuestras vidas.
Y por último, el actual. Es muy luminoso, lo cual se
agradece. Hace muchísimo calor en verano, eso sí, porque da el sol todo el día
pero yo no soy muy calurosa así que tampoco me quejo mucho. Tiene calefacción
central y eso es muy de agradecer en invierno. Creo que es uno de los pocos
pisos en los que no paso frío. Está bien comunicado y el barrio tiene de todo
así que no me quejo. Habrá que terminar de amueblarlo algún siglo de estos.
Somos muy vagos para esas cosas, sí.
Y hasta aquí mi recuento de hogares que, como veis, han sido
unos cuantos.

